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Autor: | Editorial:



Nuevos compañeros
En este mes de octubre comienza el curso académico 1534-35. Los seis amigos reunidos alrrededor de Ignacio de Loyola prosiguen sus estudios. Van a continuar haciendo lo mismo que hacían antes de los ejercicios espirituales y de los votos de Montmartre..., pero de una manera distinta, con una fundamental diferencia. Ahora, siguiendo las enseñanzas de Ignacio, cada hora de estudio, cada esfuerzo por ayudar a los otros, cada rato de descanso, cada momento de oración, todo el horario completo de su vida de universitarios, está regido por el lema de hacerlo todo por un mayor y mejor servicio de Dios.

A principios del año 1535 la vieja dolencia de estómago que ha venido molestando a Ignacio con intermitencias más o menos prolongadas desde los días de Manresa, reaparece, y esta vez, con extraordinaria intensidad. Durante dos largas semanas, el paciente, aquejado de un agudísimo dolor, debe permanecer hecho un ovillo en la cama, sin poder comer, beber o dormir y soportando a duras penas, sin quejarse, las punzadas que le torturan el estómago y que invaden de un profundo malestar todo su cuerpo.

Alrrededor del enfermo se han congregado sus amigos y han hecho venir a los mejores doctores de la Universidad. Todos están de acuerdo:

-Su dolencia es grave; y no ha respondido a ninguno de los remedios que se le han aplicado. Ya sólo quedaría una última tentativa para lograr su recuperación.
-¿Cuál?
-Que volviera a su tierra, a su casa, al país en que nació. Los aires natales hacen, a veces, milagros en casos como éste.
El enfermo no está en disposición de tomar decisiones, de modo que los amigos deciden por él. Y en un momento en que parece que el dolor cede y que el malestar es menos intenso, le comunican lo que han determinado entre todos, después de haber deliberado seriamente durante horas:

-Deberás seguir el consejo de los médicos. Te irás a Loyola.
-Es preciso que recobres la salud.
-Estamos seguros de que es voluntad de Dios que te cuides para sanar.
-Uno de nosotros hará el viaje contigo para acompañarte y cuidarte ¿A cuál elegirás como compañero?
Ignacio está débil a causa de los violentos dolores sufridos y de las fiebres que estos dolores le provocan siempre, pero se siente lo suficientemente confortado por el cálido interés de sus amigos como para esbozar una leve sonrisa y murmurar:

-Ya veremos, ya veremos lo que conviene hacer. Dejadme que lo considere.
Y cuando la crisis ha pasado y se encuentra mejor, los amigos insisten:
-Debes ir a tu tierra. Los médicos dicen que sólo allí encontrarás remedio para ese mal tuyo. ¿Quién de nosotros quieres que te acompañe?
Para ahora ya ha pensado Ignacio lo que cree que debe hacer y ha tomado su decisión:

-Obedeceré a los médicos. Iré a mi tierra, pero iré solo. No necesito que ninguno de vosotros venga conmigo. No es razonable que por acompañarme interrumpáis los estudios. Ya es bastante lamentable que yo haya de interrumpir los mios, pero ¿qué le vamos a hacer? Las enfermedades vienen porque Dios lo permite y hay que tomarlas como venidas de su mano.
Y no ha habido manera de convencerle de que acepte la compañía de ninguno de sus amigos. Lo más que han conseguido los seis muchachos es hacerle reconocer la conveniencia de que no viaje andando. Han comprado entre todos un cuartago, un caballejo de pequeña alzada, y le han obligado a aceptarlo:

-Sería un disparate que te propusieras hacer todo ese largo recorrido a pie; estás muy quebrantado por la enfermedad.
El razonamiento es tan sensato y tan puesto en razón que Ignacio acepta agradecido.
Le duele separarse de sus amigos. Claro que ha quedado en encontrarse con ellos en Venecia dentro de dos años. Para entonces ellos habrán terminado ya sus estudios en París. Y habrá llegado el momento de que todos juntos hagan el viaje a Jerusalén.
Dos razones poderosas, además de la de obedecer a los médicos y recuperar la salud, han animado a Ignacio a emprender este viaje: volver a su tierra, donde tan malos ejemplos dio en otros tiempos y donde quiere reparar en lo posible el mal hecho; y en segundo lugar, entrevistarse con las familias de aquellos de sus compañeros y llevarles noticias.

Visitará en Obanos a Juan de Azpilcueta, para quien lleva una larga carta de su hermano Francisco. Pasará después por Almazán, en Soria, para entregar igualmente al padre de Diego Laínez una carta de su hijo. Y proseguirá luego por Sigüenza y Madrid, hasta Toledo donde se propone ver a la familia de Alfonso Salmerón. Hacia finales de año llegará a Valencia, donde deberá enbarcarse rumbo a Génova, para proseguir después a pie hasta Venecia.

En París ha quedado el grupo de los seis estudiantes. En ausencia de Ignacio, Pedro Fabro se ha convertido en cabeza del grupo. Él es el que convoca a los otros a las reuniones de los domingos por la mañana y el que se ocupa y se preocupa por el bienestar físico y espiritual de sus compañeros.

Todos prosiguen sus estudios y sus compromisos universitarios. Fabro, además, como ya antes hizo Ignacio, se ocupa en dar Ejercicios Espirituales a todos aquellos que se deciden a hacerlos. Como consecuencia de esta profunda experiencia espiritual tres nuevos compañeros se han unido al grupo. Cuando los amigos se han reunido el día de la Asunción en Montmartre para renovar sus votos, Claudio Jayo, un paisano de Fabro, que es también ya sacerdote, se ha unido a la ceremonia formulando los mismos compromisos. Y en agosto del año siguiente, en 1536, cuando han vuelto a repetir en la misma fecha y lugar idénticos votos, Pascasio Broet, sacerdote, y Juan Coduri, estudiante, ambos franceses, están ya con ellos.
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