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Autor: | Editorial:



Los votos de Montmartre
En las frecuentes reuniones del grupo se está hablando desde hace unos días de un proyecto que a todos parece agradar sobremanera:

-Sí que me gustaría que fuésemos todos juntos peregrinando a Jerusalén. No os podéis imaginar la emoción que se siente al caminar por los mismos lugares por los que anduvo Cristo... -les ha dicho Ignacio.
-Iremos, ¿qué puede impedírnoslo? Los siete somos hombres libres.
-Antes deberíamos todos terminar nuestros estudios, si queremos obtener la debida autorización para enseñar.
-Los terminaremos.

-Y cuando seamos todos maestros en Teología, iremos a Jerusalén y allí nos quedaremos enseñando y ayudando a las gentes.
-Bueno, nos quedaremos en Jerusalén... si nos dejan. Yo quise permanecer allí y hube de volverme. Ni siquiera es fácil conseguir el permiso para ir allá -expone Loyola.
-Y si no nos dejan quedarnos, ¿qué haremos? -pregunta Simón Rodrigues.
-Pues... ¡volvernos! -Francisco parece estar siempre dispuesto a un gesto y a una frase que tienen la virtud de hacer reír a todos; pero cuando acaban las risas, la conversación retoma su tono serio:

-Y si hemos de volvernos, ¿en qué nos emplearemos?
-Habremos de comprometernos en aquellas tareas que sean mayor servicio de Dios y ayuda de los prójimos.
-Sí, pero ¿cómo sabremos cuáles puedan ser esas tareas?
-Hay una manera segura de no errar.
-¿Cuál?
-Preguntar a la Iglesia.
-Sí, pero en la Iglesia, ¿a quién, a nuestros confesores, a nuestros obispos?
-Directamente al Papa -dice Ignacio.
-¿Al Papa?
-Él es la cabeza de la Iglesia, la Vera Esposa de Cristo.

Él, mejor que nadie, podrá decirnos dónde podremos emplearnos.
La conversación puede prolongarse durante horas; disfrutan estando juntos, gozan hablando y hablando para conocerse mejor unos a otros, son felices compartiendo conocimientos e ideas, calculando posibilidades, pensando inconvenientes y ventajas de hacer las cosas de una manera o de otra y siempre teniendo como norte que no se pierde de vista, ya que es decisivo punto de referencia, lo que sea la voluntad de Dios.

Ignacio ha hecho hoy una propuesta que todos aceptan con entusiasmo:
-Podríamos reunirnos el 15 de agosto en la capillita de San Dionisio y Compañeros Mártires , que está en ese lugar que llaman Montmartre, y allí celebrar todos juntos la fiesta de la Asunción. Y a los pies de Nuestra Señora podríamos pronunciar nuestros votos con la fórmula que estos días hemos venido preparando, ¿qué os parece?
El asentimiento ha sido general; todos estan gozosamente dispuestos a comprometerse.
En este luminoso día del corazón del verano, los siete amigos se han reunido para subir juntos a la colina de Montmartre y entrar en la cripta del pequeño santuario. Allí Fabro, el único sacerdote del grupo, ha celebrado la misa con Ignacio como acólito.
En el momento de la comunión, Pedro se ha vuelto a sus compañeros y ha escuchado a cada uno formular el voto que le compromete a peregrinar con los compañeros en pobreza hasta Jerusalén y emplearse en el servicio de Dios y de los prójimos. Y si esto no fuera posible, encaminarse a Roma y ponerse a disposición del Papa para que él los envíe a donde le pareciera más conveniente. Después les ha repartido la comunión y él mismo también ha pronunciado la fórmula del voto y ha comulgado.

Acabada la ceremonia, los siete amigos han salido de la cripta para reunirse cerca de la fuente que hay un poco más allá y comer juntos en una sencilla y entrañable fiesta campestre.

Acaban de sellar en estos votos de Montmartre un compromiso de amistad y servicio con Dios, entre ellos y con los prójimos, pero ¿hasta dónde puede llevarles esta generosa, entusiasta y juvenil promesa?
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