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De bien en mejor
Se han reanudado las reuniones en la Cartuja las mañanas de los días de fiesta. Pedro Fabro se ha alegrado profundamente, a su manera sosegada y discreta, al ver a su amigo incorporado a este grupo que sigue a Ignacio. A lo largo de las reuniones que se suceden en los años 1533 y 1534, Francisco tiene ocasión de conocer íntimamente y comenzar a estimar a otros componentes de este grupo a los que Ignacio distingue con una especial amistad. Diego Laínez, es un castellano menudo de cuerpo, alegre y vivo. Dotado de un talento extraordinario, posee ya, a sus poco más de veinte años, el título de maestro con mención honorífica, concedido por la Universidad de Alcalá.

Alfonso Salmerón es también castellano, de Toledo, tiene tres años menos que Laínez y está asímismo dotado de una gran inteligencia que ha dedicado al aprendizaje de las lenguas clásicas. Puede expresarse fluidamente en latín y griego.
Alonso de Bobadilla, nacido en la provincia de Palencia, es tres años mayor que Laínez. Tiene un carácter fuerte, abierto, franco, brusco a veces. Es bachiller por Alcalá y, al llegar a París, falto de recursos para proseguir sus estudios, ha recurrido a Ignacio, que le ha ayudado con dineros y le ha conseguido una plaza de regente en el colegio Calvi.

Simón Rodrigues es portugués. Francisco le conocía ya porque ha sido compañero suyo en el colegio de Santa Bárbara, donde, como otros muchos portugueses, disfruta de las becas concedidas por el rey Juan III de Portugal. Rodrigues es un hombre inquieto, melancólico, imaginativo e inestable.

A todos estos muchachos de procedencias tan dispares y personalidades tan distintas, Ignacio ha ido formándolos, poco a poco, hasta aficionarlos, y comprometerlos más tarde, con sus altos ideales de vida en pobreza, búsqueda incansable de la voluntad de Dios y humilde dedicación al servicio de los prójimos.
Ninguno de estos hombres ha tenido que pasar por una crisis de conversión propiamente dicha, simplemente han "enderezado sus sendas", han tomado un camino por el que se proponen avanzar yendo "de bien en mejor", según expresión del propio Ignacio.
-Son el mejor regalo que puedo hacer a mis amigos -ha declarado Loyola.

Y porque lo cree sinceramente ofrece a los muchachos del grupo "ponerlos en Ejercicios". Uno tras otro, y cada uno de ellos separadamente, han recibido el regalo. En cada caso, la experiencia se ha vivido de diferente manera y ha producido respuestas distintas, de acuerdo con las diversas personalidades de los ejercitantes; pero todos han salido de estos días de retiro confirmados en su decisión de seguir a Dios en pobreza y de ayudar a los prójimos.

El primero en hacer los Ejercicios Espirituales ha sido Pedro Fabro. De la experiencia vivida en estas semanas ha salido renovado y con las ideas muy claras:
-Ahora estoy bien seguro de lo que debo hacer, tengo la certeza de lo que Dios quiere de mí. Seré sacerdote y trabajaré por el bien de los demás sin aceptar nunca beneficios ni remuneración alguna.

Y el día 14 de mayo, Ignacio y los otros cinco jóvenes universitarios asisten, graves y emocionados, a la ordenación sacerdotal de su compañero. También todos ellos se proponen alcanzar algún día esa dignidad que los convertirá en intermediarios entre Dios y los hombres, en servidores de los más pobres, en maestros de las verdades eternas, en ejemplos vivos de todas las virtudes...
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