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Autor: | Editorial:



Maestro Javier
Ha conseguido con extraordinaria facilidad, con una tan extraordinaria facilidad que hasta a él mismo le sorprende y le halaga sobremanera, un puesto de regente en el colegio Beauvais. Y casi inmediatamente después, varios alumnos han venido a rogarle que los admita como discípulos. No sabe que Ignacio, que se interesa vivamente por él, le ha recomendado para el puesto de regente y anima a los estudiantes a solicitar sus lecciones.

Van a solucionarse sus problemas económicos. Empieza a tener un agradable presente y se le prepara para adelante un halagüeño futuro. Se ha demostrado a sí mismo que es capaz de lograr a fuerza de inteligencia, de tesón y de trabajo un primer escalón en la carrera de méritos académicos que se había propuesto conseguir. A partir de ahora todo será más fácil. Se sabe poseedor de un físico más que agradable, de una mente más que medianamente despierta y de una personalidad muy atractiva. Tiene muchos amigos. Está seguro de poder llegar tan alto y tan lejos como se lo proponga. Sí, maestro Francisco está satisfecho, muy satisfecho.

El trabajo como regente le ha supuesto poder ocupar un aposento para él solo en el colegio de Beauvais, aunque esto no le ha separado gran cosa de sus antiguos compañeros. El colegio de Santa Bárbara queda cerca. Tiene que pasar bastantes horas cada jornada con sus alumnos y debe dedicar también tiempo a sus propios estudios, pero siempre que puede encontrar un rato libre se acerca a su anterior residencia para hacer una visita a su buen amigo Pedro y quizá también para conseguir noticias directas sobre la vida y andanzas de Loyola, cuya personalidad y actividades le interesan cada día más.

Esta tarde ha encontrado a Fabro solo con sus libros.
-Vaya, no es nada raro hallarte estudiando, pero sí que resulta asombroso encontrarte sin tu inseparable compañero -ha sido el saludo.

-Demasiadas veces me encontrarás sin él. Tiene siempre tantas y tan diversas ocupaciones...
-¿Ya no estudia?
-Sí, estudia mucho y con gran provecho.
-¿Todavía le sirves de repetidor?
-Sí, le ayudo en lo que puedo.
-¿Y te paga?
-¡No! ¿Por qué habría de hacerlo?
-Le estás enseñando, ¿no?; a los maestros se les paga...
-Me enseña él a mí mucho más de lo que yo puedo repetirle a él.
-¿Te enseña él a ti? ¿Qué puede enseñarte?
-Mucho y bueno.
-A ver, cuéntame algo de lo que habláis. Si es cierto que tú aprendes algo de él, quizá también a mí me sirva de algún provecho -dice Francisco en tono festivo.
-Pues... anoche hablamos de la gloria de Dios.
-¿La gloria de Dios? ¿Qué sabe Ignacio de la gloria de Dios?

-Debe de saber, porque la descubre en todas partes de esta obra magnífica que es el universo. Una obra que refleja el talento infinito del que la hizo. El hombre no puede crear lo que Dios crea, sólo puede reconocer y admirar la gloria de ése Artífice...

-Creo que miráis demasiado a las estrellas.
-A las estrellas y a la Tierra y al Sol y a las aguas que lo reflejan, a los pájaros y a las flores...
-Así que Ignacio opina que la gloria de Dios se manifiesta en las cosas, en los animales, en las plantas...
-¡Y en el hombre! ¿Por qué crees que Ignacio anda siempre ocupado en ayudar a todos los compañeros que lo precisan?
-No sé... Es su modo de ser, supongo.
-En su mirada, capaz de entrar en lo más íntimo del corazón de las personas que tiene cerca y de ver allí la imagen y semejanza de Dios que todo hombre lleva dentro de sí. En ti también se manifiesta la gloria de Dios.
-¿En mí? ¿De qué modo se puede manifestar la gloria de Dios en mí?
-Eres un hombre inteligente, tienes un corazón generoso...
-¡Bah!
-Un corazón generoso que estás tratando de esconder y que acabará estallándote.

-¡Estallando de furia como no te calles pronto!
-Estallando de generosidad... No podrás ocultar durante mucho tiempo la gloria de Dios que llevas dentro...
-¡Yo no estoy queriendo ocultar nada!
-Más te vale, porque tampoco ibas a conseguirlo... Y dice Ignacio que por esa gloria de Dios que reside en el interior de cada uno de nosotros y en cada uno de nuestros prójimos hemos de trabajar sin descanso.

La conversación de los dos amigos se ha prolongado todavía durante un rato. Francisco parece interesado en el tema.
-Así que la gloria de Dios... Trabajar por la gloria de Dios que reside en mí y en los otros... He de pensar despacio en ello, creo que no acabo de entenderlo...
-Deberías hablar con Ignacio -le recomienda Fabro.
-Te repites, amigo -dice Francisco con una mueca burlona-. Me has aconsejado eso mismo más de cien veces ya.
-Y otras tantas te lo volveré a decir. Algún día me harás caso, espero. Y entonces comprobarás que te será de gran provecho hablar con Ignacio y que te gustará hacerlo... -afirma Pedro seriamente.

Maestro Francisco ha marchado camino de su residencia con paso lento y actitud meditativa. Y cuando ha llegado a su colegio...

-Buenas noches, maestro Francisco -ha saludado el portero saliendo a su encuentro con aire agitado.
-Buenas noches, Eugenio. ¿Qué ocurre?
-¿Habéis oído ya las terribles noticias?
-¿Qué noticias, Eugenio?
-¡La peste, tenemos ya la peste entre nosotros! Se sabe que han muerto cuatro estudiantes en una casa junto al colegio Boncourt y me han contado que hay allí una docena al menos de otros estudiantes con fiebres altísimas y cubiertos de llagas... ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Qué podemos hacer?

-Haremos lo que es aconsejado hacer en estos casos. Retirar lo más rápidamente posible a los muertos. Aislar a los enfermos para que no contagien a otros y cuidarlos y atenderlos para tratar de salvarlos.
-¡Cuidar a los contagiados! ¡No seré yo el que se arriesgue haciendo eso! ¡Todos los que se ponen cerca de un apestado contraen las fiebres sin remedio! ¡Hasta respirar el aire que está cerca de ellos es un peligro grandísimo!

-No creo que la cosa sea tan grave. Estáis exagerando, ¿no os parece?
-¿Exagerando? ¿Sabéis que ya se ha dado la orden de que si algún colegial ha estado junto a un apestado deberá permanecer durante un tiempo sin volver a dormir en su colegio hasta estar seguro de que no ha contraído la peste? ¿Exagerando? ¡Sólo un loco iría voluntariamente a ponerse cerca de los contagiados...! Y a propósito de locos, seguro que vos conocéis a un cierto Ignacio de Loyola, que es un colegial de Santa Bárbara, ¿no?

-Sí, le conozco, ¿qué hay con él?
-Pues eso, que es un loco. Me acaban de contar que se ha metido en la casa de los apestados y que está allí desde primeras horas de la tarde, cambiándoles las ropas, lavándoles las llagas, dándoles de beber ¡Tocándoles...! ¡Loco, ese hombre debe de estar loco por fuerza...! ¡Os digo que...!

Maestro Francisco no escucha ya la perorata del bueno de Eugenio. Lo que ha oído ha sido suficiente para hacerle tomar una decisión.

En vez de entrar en el colegio, como era su intención de hace unos momentos, ha dado media vuelta y se ha encaminado hacia la residencia de estudiantes que está junto al colegio Boncourt; pero al llegar allá no se decide a entrar inmediatamente en la casa y se concede un tiempo para pensar su primer impulso...

Durante horas deambula por el barrio estudiantil recorriendo las calles solitarias.

Hace ya días que se venía rumoreando que había reaparecido la peste en París. Los contagiados se ven asaltados por fiebres muy altas, más tarde aparecen flemones por todo el cuerpo que, al cabo de unos días, se abren convirtiéndose en llagas dolorosísimas que supuran humores pestilentes... La mortandad es enorme... Algunos barrios pobres de la ciudad parecen haber sido especialmente afectados por la peste. Ahora la epidemia ha llegado a la orilla izquierda del Sena.

"Y cuando todo el mundo está asustado y tiende a alejarse lo más posible de los apestados", se dice Francisco, "Loyola se pone voluntariamente al servicio de los enfermos... Es un gesto muy valiente, un acto muy generoso; el que hace una cosa así tiene que estar animado de una extraordinaria fuerza interior... ¿Qué es lo que le impulsa a Ignacio a hacer este tipo de cosas? Quizá tiene razón Pedro, quizá yo puedo aprender mucho de este guipuzcoano..."

¿Qué especial movimiento de la gracia, qué especial manifestación de la gloria de Dios que se alberga en lo más íntimo de su ser le ha hecho caer en la cuenta, descubrir de repente con claridad meridiana algo que ya venía fraguándose en su interior desde hace meses: el convencimiento de que Ignacio de Loyola es el maestro que el Señor ha puesto en su camino para mostrarle su voluntad?

Y está ya muy avanzada la noche cuando, al fin, considera llegado el momento de entrar en la casa. La puerta está abierta y el zaguán completamente a oscuras, por lo que entra tanteando prudentemente la pared. No se oye el menor sonido, así que decide esperar. Se deja caer junto a la pared y así, sentado en el suelo, aguarda...
Al cabo de un rato, sus ojos se han habituado a la oscuridad y puede descubrir que tiene frente a él, al otro lado del zaguán, la borrosa silueta de un mueble grande, un banco... Un banco de madera oscura sobre el que se va destacando, poco a poco y cada vez más claramente, el bulto alargado que es, seguramente el cuerpo de un hombre tendido sobre el asiento. Un hombre que parece dormir profundamente. Francisco mantiene sus ojos fijos en el hombre que duerme, y espera... ¿Qué espera? ¿Por qué espera? ¿Acaso lo sabe él mismo?

Pasa el tiempo, está empezando a clarear. El hombre dormido se remueve sobre su duro lecho, abre los ojos, se medio incorpora y lentamente traza sobre sí mismo una amplia señal de la cruz, de la frente al pecho, desde el hombro izquierdo hasta el derecho...

Francisco le ha reconocido inmediatamente:
-Buenos días, Loyola.
-¡Francisco!
-El mismo; llevo horas mirándote. ¿Cómo puedes dormir tan profundamente sobre una madera?
-Cuestión de costumbre, amigo; en lugares menos cómodos he dormido muchas noches... ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes que en esta casa hay peste?
-¿No lo supiste tú ayer tarde y también estás aquí?
-Puedes contagiarte...
-¿Te has contagiado tú?
-No sé, no creo.
-No te has contagiado tú, que eres guipuzcoano, ¿y crees que puedo contagiarme yo, que soy navarro? -bromea Francisco.
-Dime, ¿a qué has venido?
-A encontrarte.
-¿Para qué?

La alta silueta del maestro Francisco se ha destacado a contraluz sobre el vano de la puerta cuando ha cruzado el zaguán para venir a sentarse en el banco junto a Ignacio.
-He venido a rogarte que me hables de la gloria de Dios.
A la claridad creciente del alba, que se va haciendo más y más luminosa por momentos, estos dos hombres se miran profundamente a los ojos y guardan silencio durante un largo rato. Ignacio intuye que Dios acaba de confiarle al que será uno de sus mejores discípulos.
Francisco se confirma en el reciente deslumbrante descubrimiento de que está ante el maestro que Dios ha puesto en su camino. A ninguno de los dos les sorprende demasiado lo que está ocurriendo, es algo que venían presintiendo, esperando, ¡deseando!, desde hacía ya largo tiempo...

En las miradas que intercambian se refleja el amor que sienten el uno por el otro, el respeto inmenso con que se contemplan el uno al otro. El amor y el respeto profundos con que el maestro-padre acoge al hijo-discípulo; el amor y el respeto profundos con que el hijo-discípulo reconoce y acepta la autoridad del padre-maestro.

No se hablan mucho; tampoco hacen falta ahora grandes discursos; pero Francisco ha venido a pedir una enseñanza y Loyola se la ofrece. Habla en frases lentas y tono confidencial; casi parece que habla sólo para sí mismo... Está compartiendo con Francisco, en esta semipenumbra prometedora de la amanecida, sus más profundas convicciones, las verdades en las que cree y en las que fundamenta el programa de su propia vida:
-La gloria, como tú bien sabes, es esa presencia de Dios que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser... Hacernos cada vez más conscientes de esa presencia dentro de nosotros mismos y tratar de ayudar a los otros a descubrirla también en su interior... eso es lo que yo entiendo que es trabajar por la gloria de Dios. Y tenemos sus dones para utilizarlos en esa tarea de promover su gloria: nos da inteligencia, memoria, voluntad... Nos da manos, pies, ojos, salud, capacidad de trabajo..., y todo ello no para nuestro propio y único provecho sino para que lo pongamos al servicio de los demás. "No se enciende la luz para ponerla debajo del celemín..." Jesucristo fue enviado a la Tierra para que las gentes fueran evangelizadas... Él desea que la verdad de su mensaje liberador llegue a todo ser humano... "Id y enseñad a todas las gentes..." Y nos pide que bajo su estandarte y siguiendo su ejemplo emprendamos la conquista de todos los pueblos para que todos le conozcan, le amen y le sigan... ¿Despreciaremos la invitación que Cristo nos hace hoy de trabajar a su lado?

Es ya completamente de día; desde el interior de la casa llegan rumores diversos: quejas, voces quedas, leve ruido de pasos, choques suaves de cacharros...
-Tengo que dejarte, Francisco. Tenemos aquí muchos enfermos que atender.
-Me quedo a trabajar contigo -ofrece espontáneamente el navarro.
-No; no debes hacerlo. Si te acercases a los apestados deberías luego abstenerte durante unos días de entrar en tu colegio y convivir con los sanos. Te debes a tus alumnos. Tienen derecho a que tú no faltes a las clases.
-¿Asistirás tú a las clases?
-No, pero mi situación es muy distinta de la tuya, maestro Francisco. Yo soy sólo un alumno -recuerda Ignacio con una sonrisa.
-Pasaré cada tarde por aquí para verte y saber cómo te ha ido el trabajo del día.

-Me gustaría que lo hicieras, pero no lo creo prudente. Mejor es que permanezcas lo más alejado posible de esta casa. A más de que tampoco podríamos hablar ni con sosiego ni en profundidad... Acabo la jornada demasiado rendido y conmocionado. No sabes lo que se sufre al ver a estos jóvenes ardiendo de fiebre y gimiendo de dolor... Hacemos lo que podemos para aliviarles, pero ¡podemos tan poco...! Anoche se nos murió uno que apenas tenía veinte años, y me temo que hoy morirá alguno más.
Se producen unos instantes de silencio hasta que Francisco lo quiebra para preguntar:

-¿Qué vas a hacer tú? ¿Hasta cuando estarás aquí?
-Me quedaré hasta tanto no lleguen suficientes enfermeros para cuidar de estos muchachos. Y todavía después habré de mantenerme unos días alejado del colegio; hemos de estar seguros de que no me he contagiado.

-¿Cuándo podré verte de nuevo?
-Pronto, espero. Acudiré a la Cartuja un domingo por la mañana en cuanto me sea posible. Espero encontrarte allí.
-¡Me encontrarás!
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