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Autor: | Editorial:



Preguntas
Al sentarse a escribir esta tarde ha descubierto entre los tinteros una bolsita que contiene monedas. Ha levantado la vista para buscar la mirada de Pedro, que estudia frente a él.

-¿Es tuyo esto, Pedro?
-No, es tuyo.
-¿Mío? ¿Sabes quién lo ha puesto aquí?
-Sí.
-¿Quién?
-Yo.
-Así es que es tuyo...
-No; yo lo puse ahí porque otro me lo pidió...
Francisco no se decide, en un primer momento, a preguntar quién es ese otro; tiene la casi certeza de que la respuesta le va a dar un nombre que preferiría no oír.

-¿Quién te pidió que...?
También Pedro duda unos segundos antes de contestar:
-Ignacio.
-¡No necesito limosnas de ése!
-No es una limosna, es un préstamo, Francisco. Se lo devuelves en cuanto puedas y en paz.
-¡No le he pedido nada, así que se lo haces llegar y le dices que...!
-No le ofendas devolviéndoselo. Te lo ofrece de todo corazón. Lo hace por prestarte un servicio lo mismo que ha hecho antes por otros.

-¿Por qué se entromete en mi vida? ¿Acaso espera de esta manera ganarme para ese grupo de bobos que le seguís los domingos hasta la Cartuja? Pues más le vale irse enterando de que...
-No seas injusto, Francisco. Ignacio no espera nada a cambio. Te hace un servicio porque es lo que él cree que debe hacer, sólo por eso. Tómalo con la misma sencillez con que él te lo ofrece. Y, mira, quizá ha llegado el momento de que seas tú el que se vaya enterando de algo; no es la primera vez que Ignacio te ayuda de esta manera. El sabía de tus apuros... Y se interesa mucho por ti... Así que tú creías que era yo el que te daba de lo mío... Y bueno, era mío porque el me lo había dado, pero para que te lo ofreciera a ti... También a mí y a otros nos ha favorecido a menudo con sus dineros. Es muy generoso.

El diálogo queda aquí truncado; Pedro ve a su compañero abrir un libro y concentrarse, al parecer, en el estudio. Está claro que no quiere seguir hablando...
Francisco está en una gran necesidad en estos momentos y estas monedas vienen a remediar la penuria por la que pasa en el presente; así y todo le escuece recibir ayuda precisamente de este compañero por el que ha sentido desde el principio una tan espontánea antipatía. Las circunstancias le van a forzar a aceptar el dinero, aunque..., si el envío desde Navarra llegase pronto..., si Miguel no se retrasase más en mandar lo prometido..., si pudiera prescindir de estas monedas..., si fuera posible evitar el bochorno de que un Xavier se vea obligado a recibir ayuda de un Loyola...

Los ojos siguen los renglones, pero la mente no registra lo que los ojos leen. Dentro de la cabeza de Francisco bullen las preguntas: "¿Por qué lo hace? ¿Por qué se emplea tan continuamente en el servicio de los demás? ¿Por qué se ocupa de mis problemas? ¿Será cierto que sólo busca en todo cumplir de la mejor manera posible la voluntad de Dios? ¿Y será de veras voluntad de Dios que Loyola se cruce continuamente en mi camino? ¿Qué siente Ignacio por mí: interés, afecto...? Le he mostrado tantas veces indiferencia, desprecio y hasta enemistad y, sin embargo, él se ha comportado amistosamente conmigo, se ha preocupado en servirme en mi necesidad... ¿Por qué lo hace? ¿Por qué me busca? ¿Qué quiere de mí? ¡Yo no puedo darle nada! ¿Me quiere a mí? ¿Desea ganarme para que yo le siga y aprenda a servir a Dios, a buscar su voluntad a la manera que él lo hace? Ciertamente las cosas que hace son extrañas, extraordinarias y, sí, lo reconozco, a veces admirables... ¿Sería yo capaz de hacer lo que él hace? ¡Seguro que sí... si me lo propusiera!, pero ¿porqué tendría yo que seguir las enseñanzas de Ignacio?, ¿por qué tendría yo que imitarle?, ¿qué siento yo por Ignacio de Loyola?"

Y algo fuerte y cálido que se alza dentro de él desde muy hondo y que parece que va a concretarse en respuesta, de momento, en esta autointerrogación impaciente: "¿Y por qué cada vez que este hombre se me acerca acabo yo haciéndome miles de preguntas?"
¿Está empezando a crecer en lo más secreto y escondido de su conciencia una veneración por Ignacio que muy bien pudiera trocarse en un sentimiento más exigente y más recio antes de que pase mucho tiempo?

Maestro Francisco ni lo sospecha todavía, pero un profundo desasosiego le hace pasar media tarde sin poder fijar la atención en las páginas del libro que tiene delante.
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