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Autor: | Editorial:



Maestros en artes
Avanza la primavera del año 1530. Pedro y Francisco, junto a los otros alumnos de su promoción, han pasado los durísimos exámenes que se exigen para obtener el título de Maestros en Artes. Francisco ha obtenido el puesto 22 entre un centenar de alumnos. Pedro ha logrado el 24. A final del curso han recibido, junto a los compañeros que como ellos han superado los exámenes, los diplomas, los birretes y las insignias que acreditan el título recién conseguido. Se han arrodillado ante el canciller que ha pronunciado la solemne fórmula: "Os doy la licencia para enseñar, regir, debatir y determinar, y para ejercitar en París y en toda la Tierra todos los demás actos escolásticos y magistrales de la Facultad Filosófica".

Este ha sido un gran día. Francisco había venido a París para esto, para conseguir un título universitario importante. Ahora puede solicitar un beneficio en la catedral de su diócesis. Tiene la absoluta seguridad de poder lograrlo. Pocos entre los clérigos de Pamplona podrán competir con él; eso sin contar con que se propone seguir estudiando, quizá hasta alcanzar un título de doctor en Teología. Eso le permitirá aspirar a un puesto mejor dotado económicamente y quizá llegar a ser con los años elegido como obispo de la diócesis. ¡Volver a Navarra! ¡Y volver para ocupar un puesto preeminente!

Está contento Francisco, enormemente satisfecho de lo conseguido. Ha logrado superar y superar con buena puntuación esta primera etapa. Claro que este momento de gloria tiene su preocupante contrapartida. Las tasas académicas son altas. Las ceremonias de licenciatura han supuesto ropas nuevas, regalos a los profesores y al canciller, banquetes ofrecidos a los miembros del claustro y a los compañeros. La bolsa de Francisco, después de todos estos cuantiosos gastos, está más que exhausta. Y por más que ha escrito pidiendo ayuda a su hermano Miguel con todos cuantos correos le ha sido posible enviar misivas, no ha conseguido respuesta.

Esta penuria económica le está nublando la alegría de la licenciatura conseguida y la preocupación le frunce el ceño en estos días.
Es de suma urgencia conseguir un puesto de regente y quizá también algunos alumnos que paguen por sus clases.

En la sala de estudio del tercer piso del torreón sur Pedro y Francisco están sentados frente a frente ante la mesa. Pedro lee un grueso volumen. Tan pronto como se ha graduado en Artes ha emprendido el estudio de la Teología. Después de mucho dudarlo y de largas conversaciones con Ignacio, ha tomado ya una firme decisión: será clérigo y será un clérigo pobre que no aspirará a conseguir ningún beneficio eclesiástico; dedicará toda su vida y su trabajo a emplearse en el servicio de Dios y de los prójimos.

Francisco lleva horas escribiendo; el rasguear rítmico e ininterrumpido de su pluma ha acompañado el estudio de Pedro hasta que este levanta la vista del libro para preguntar:
-¿Qué escribes durante tanto rato y con tanto afán?
-Cartas, documentos... Escribo a mi hermano Miguel, necesito dinero, ya sabes... Y he escrito a mi apoderado en Navarra para que solicite en mi nombre un beneficio en la diócesis.

-Así que estás bien seguro de que es eso lo que deseas..., un beneficio eclesiástico...
-¡Y tan seguro! Es lo que he querido desde el principio, desde antes de venir a París.
-Dice Ignacio que...
-¡Dice Ignacio, dice Ignacio! ¿Es que nunca volverás a hablar por ti mismo?
-He llegado a identificarme tanto con él y son mi pensar y sentir tan unánimes con los suyos que cuando digo "dice Ignacio..."

Como al conjuro de su nombre, el propio Ignacio ha entrado ahora en el estudio, a tiempo para oír la última frase de Pedro, y ha preguntado divertido:
-¿Qué dice Ignacio, Pedro?
Interrumpido una vez más en sus palabras, Fabro protesta fingiendo indignación:
-¡No me dejáis hablar!
-Vamos, no te enfades -le dice Francisco siguiéndole el juego-. Termina de exponerme qué es lo que dice Ignacio a propósito de los beneficios eclesiásticos. Seguro que es la suya una lección llena de sabiduría.

También las frases de Francisco tienen un ligero tono de broma, pero ya no se percibe en ellas la rencorosa animosidad que respiraba su actitud al principio hacia la persona del guipuzcoano. Lleva mucho tiempo conviviendo con él y ha observado su conducta tan recta, tan sincera, tan auténtica... Le ha oído hablar del amor a Dios y del servicio al prójimo y sabe de sus prácticas religiosas, de sus vigilias de oración y de su preocupación por la salud física y espiritual de sus compañeros, a los que ayuda siempre en la forma que le es posible.
-Vamos, di -repite.
Y Pedro, después de intercambiar una mirada con Ignacio, se decide a exponer:

-Pues dice Ignacio, yo se lo he oído varias veces, que a la hora de hacer elección hay que decidirse siempre por aquello que sea más servicio de Dios, y que hay algunos que al decidirse por el estado eclesiástico lo primero que piensan es en las rentas que el beneficio puede proporcionarles y después en servir a Dios, cuando debe ser justamente todo lo contrario. Primero pensar en cuál puede ser el mejor servicio de Dios y luego...
Pedro se ha interrumpido porque se ha dado cuenta del gesto serio, duro y molesto de Francisco. También Ignacio muestra un aire grave.

Esta noche, antes de entregarse al descanso, Francisco ha volado con el pensamiento hasta la pequeña capilla de Xavier y, como acostumbra hacer desde niño, dialoga con el Cristo de la sonrisa:
-Antes de conocer a ese hombre yo sabía lo que yo quería... y creía que también sabía lo que tú querías, Señor... Ahora ya no estoy seguro de nada... ¿Has puesto Tú a Ignacio en mi camino? ¿Estás queriendo decirme algo a través de él...?

Y durante muchas noches sus reflexiones ante el Cristo familiar han sido las mismas.
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