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Autor: | Editorial:



Las quejas del maestro Peña
El maestro Peña es exigente y hace trabajar en serio a su discípulos. No se contenta con todas las horas de estudio que tienen programadas durante la semana. Les hace madrugar también los domingos para que asistan a una misa temprana y los reúne luego para que tomen parte en disertaciones y controversias.

Hace semanas que el maestro está observando con desagrado que el número habitual de asistentes a estas reuniones dominicales ha disminuido notablemente. Diez o doce de sus mejores discípulos llevan varios domingos sin aparecer por la sala en que suelen reunirse. Y ha empezado a hacer averiguaciones...

Francisco a venido a contárselo a Pedro:
-Peña está furioso con vosotros. Hoy ha vuelto a pasar lista y ha contado los nombres de todos los que habéis faltado. Ha dicho que se va a quejar a Gouveia otra vez. Le va a pedir que os obligue a ir a las disertaciones y le va a exigir que castigue a tu alumno Ignacio por perturbar el orden escolar y andar desasosegando a los estudiantes.

-¡No puede hacer eso!
-¡Vaya si puede! Y parece firmemente decidido a hacerlo. Se dice que ya le advirtió a Ignacio hace días que dejase de apartaros los domingos de vuestras obligaciones escolares y que no se entrometiese en lo que no le incumbe, ya que no le corresponde a él adoctrinaros.

-¡No nos adoctrina! Hablamos como amigos, nos cuenta experiencias suyas. Sabe muchas cosas. Ha viajado por España, ha cruzado Italia dos veces, ha estado en Tierra Santa...
-Todo eso se lo puede contar a Gouveia si quiere. Ya veremos de qué le sirve. Creo que esta vez no va a salir muy bien librado.
Y parece que Francisco está en lo cierto.
Hace ya varias semanas que Ignacio ha conseguido que un grupito escogido de sus condiscípulos le acompañe los domingos por la mañana hasta la Cartuja. Allí los muchachos y él se confiesan, oyen misa y comulgan. Luego se reúnen en el claustro y hablan largamente de sus estudios, de sus familias, de sus amigos, de sus dificultades, de sus problemas, de sus proyectos... Intercambian opiniones sobre las nuevas doctrinas que defienden los discípulos de Lutero... Comentan los escritos de Erasmo, que se burla y critica con acerada pluma la vida y costumbres licenciosas de algunos clérigos... Discuten sobre las enseñanzas que están difundiendo los seguidores de Melanchthon y Calvino...

Ignacio, mucho mayor que todos sus compañeros, escucha, modera, orienta y disfruta comprobando que los muchachos llegan, después de contrastar sus diferentes razonamientos, a conclusiones correctas y dentro de la ortodoxia. Y resume para ellos cuando llega la hora de retirarse:
-Claro, es preciso reformar muchísimas cosas. Se hace necesaria una gran reforma, pero no en la Iglesia, que es Santa y la Vera Esposa de Cristo. Es preciso que nos reformemos nosotros, los cristianos, que ajustemos nuestras vidas a las exigencias de los Mandamientos, que vivamos la pobreza, la humildad y el servicio al prójimo como nos enseñó a hacerlo Jesucristo.

Cree que son útiles y provechosas estas reuniones. Son muchos los peligros que acechan a estos muchachos tan jóvenes que viven tan lejos de sus familias. Y opina que al congregarlos, cumplir junto a ellos sus deberes religiosos dominicales y departir luego largamente sobre temas que les preocupan, hace un servicio a Dios y a los muchachos. Y no ha dudado en continuar haciéndolo a pesar de las serias advertencias recibidas de maestro Peña.

Ahora, estas actividades del grupo están a punto de costarle caras a Ignacio.
Gouveia ha escuchado esta segunda queja de maestro Peña y ha decidido imponer al desobediente guipuzcoano un correctivo que satisfaga a su maestro y que enseñe de una vez por siempre a este díscolo universitario a comportarse disciplinadamente.
Pedro Fabro ha llegado al tercer piso del torreón en busca de su amigo:

-¡Gouveia ha dispuesto que te castiguen por nuestras reuniones de los domingos! Los maestros van ya hacia la sala con sus varas. Y también va multitud de alumnos que quieren presenciar el acto. Te desnudarán y te azotarán... ¿Qué vas a hacer? ¿Qué podemos hacer?
Se produce un largo silencio que a Fabro le parece interminable. Al fin habla Ignacio:
-Vé a la sala donde se reúnen todos. Yo iré allá en unos momentos.
-¡Pero tú sabes lo que...!
-Vé. Espérame allí.
Y ha marchado al encuentro del principal...
Algunos estudiantes, que le han visto encaminarse hacia los aposentos de Gouveia, comentan maliciosamente:

-Ése va a dar explicaciones para intentar librarse de la zurra. No lo va a lograr; el principal parecía muy enojado.
A Francisco en el fondo le agrada lo que está a punto de ocurrir: "A ver si esto sirve para que Pedro acabe por abrir los ojos y se dé cuenta de que está dedicando una ciega veneración a alguien que no la merece..."
Aumenta con la espera la excitación que se vive en la gran sala llena de gente y los murmullos van subiendo de tono a medida que pasa el tiempo.
-¿Por qué tardará tanto Gouveia?
-Quizá Loyola se está alargando en sus excusas con la intención de retrasar la paliza.

Y, de repente, se produce un revuelo junto a la puerta y seguidamente van enmudeciendo las voces hasta hacerse un silencio respetuoso. Ha entrado el principal seguido muy de cerca por Ignacio.
Gouveia se ha situado frente a la concurrencia para manifestar:

-Os debo a todos una explicación. Os he hecho esperar porque me ha parecido justo dedicar todo el tiempo debido a escuchar con atención lo que Ignacio de Loyola quería comunicarme.
Y expone que en un principio creyó que Ignacio de Loyola era culpable de andar incitando a los estudiantes a faltar a sus deberes, pero que después de oír las razones que el inculpado aduce en favor de sus actividades ha comprendido que no hay ni culpa ni desorden en estas reuniones de estudiantes en la Cartuja, antes bien espera de ellas gran provecho para todos los participantes.

-Maestro Peña y yo estudiaremos de que modo se puede modificar el horario de los domingos para que todas las actividades sean compatibles... -ha terminado. Y seguido de Ignacio, maestro Peña y algunos otros regentes, ha dejado la sala.
Se disuelve la reunión lentamente entre murmullos y comentarios de todo tipo: asombrados, burlones, malhumorados, cínicos...
Francisco ha venido sorprendido y decepcionado a encontrarse con Pedro:
-¿Qué habrá sido capaz de contarle a Gouveia para conseguir cambiar su intención de esa manera?
-Pues le habrá contado la verdad. Le habrá expuesto las razones por las que reúne a los estudiantes los domingos en la Cartuja.
-¿Y sólo eso ha logrado que el principal levante el castigo que proyectaba?

-Ya lo has visto.
-¡Es un tipo increible! ¿Qué extraño poder tiene que os hace a todos dejaros arrastrar por sus palabras?
-Tiene el poder de la verdad. Busca sinceramente hacer en cada momento lo que él cree que es más servicio de Dios y enseña a los demás a hacer lo mismo...
-¡Servicio de Dios! Yo aprendí desde pequeño a vivir en el servicio de Dios, ¡y tú también! ¿Qué puede enseñarnos a nosotros él...?

-A mí, mucho. A ti, no se... ¿Por qué no hablas con él? ¿Por qué no vienes alguna vez a nuestras reuniones de los domingos? Ya ves que Gouveia ha dicho que las considera provechosas.
-Eso es para vosotros... Yo no tengo nada que aprender de Ignacio.
Y cree hablar con una absoluta sinceridad y un rotundo convencimiento, aunque tiene que admitir que allá dentro, en lo más interior de sí mismo, se le insinúa a veces la perturbadora interrogante: "¿De verdad pienso yo que de este hombre no puedo aprender nada?"

Está empezando a descubrir que siente un cierto respeto por la persona y los actos de este guipuzcoano cojo.
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