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Autor: | Editorial:



Una extraña propuesta
Las tardes de los días de fiesta en que el tiempo es bueno muchos estudiantes se reúnen en los campos de la isla de Notre-Dame para ejercitarse y competir en diversas actividades físicas: esgrima, saltos, carreras, juego de pelota, levantamiento de peso, lanzamiento de jabalina...

Francisco acude con regularidad a estos encuentros. Es ágil y fuerte, tiene una buena estatura y una enorme vitalidad y le gusta medirse con los otros. En casi todos los ejercicios tiene grandes posibilidades de obtener un triunfo. En saltos y carreras, especialmente, apenas encuentra rivales que puedan hacerle sombra. Y le gusta ganar, ser el primero, ocupar un puesto preeminente.
Pedro Fabro pocas veces toma parte en estos ejercicios; a él le van mejor actividades más quietas y más intelectuales, pero acompaña siempre con gusto a Francisco.

Disfruta viendo el entusiasmo con que su amigo participa en las competiciones y goza al compartir con él la satisfacción del triunfo.
Esta tarde del domingo de la última semana de septiembre del año 1529, Pedro no ha venido. Ha tenido que quedarse en el colegio porque el maestro Peña quería hablarle de algo y Francisco, cada vez que puede distraer su atención del ejercicio en que está tomando parte, mira inquieto en la dirección por la que debería llegar Pedro. ¿Para qué le habrá llamado Peña? Seguro que no es para reconvenirle por nada, Pedro es un magnífico estudiante de conducta irreprochable. Entonces, ¿cuál puede ser el motivo de esta conversación privada a que el maestro le ha convocado? Francisco siente una enorme curiosidad.
Al fin aparece Pedro; y Francisco abandona a medio recorrido la carrera en la que participaba para venir sin aliento a preguntar:

-¿Qué... qué quería?
-Hacerme una extraña propuesta.
-¿Sí?, cuenta... ¿qué propuesta?
-Este curso vamos a tener en nuestro piso un nuevo compañero.
-¡No hay sitio!
-Van a instalarle en el cuartillo pequeño del rincón. Pondrán un catre y un arca. Compartirá con nosotros la mesa grande del cuarto de estudio.
-¿Es esa la propuesta?
-No, eso es cosa decidida. La propuesta que me ha hecho el maestro es que yo trabaje con el nuevo como repetidor... Parece que anda el hombre bastante atrasado en sus estudios.

-Te quitará tiempo.
-Espero que no mucho.
-Dile que no puedes aceptar.
-He aceptado ya. ¿Qué otra cosa podía hacer? Peña parecía tener mucho interés por ese alumno nuevo...
-¿Te lo ha presentado?
-No, sólo me ha dicho su nombre; se llama Ignacio de Loyola.
-¿Ignacio de Loyola? Yo ya he oído hablar antes de alguien que se llamaba así. ¿Quién es ese, de dónde sale?
-Ha estado en el colegio Monteagudo el curso pasado estudiando latín. Se contaron de él algunas historias bastante curiosas, ¿no te acuerdas? Parece ser un tipo fuera de lo corriente.

-Sí, ahora recuerdo que se habló de él... Preferiría que maestro Peña no le hubiera admitido como discípulo. No nos hacía falta un nuevo compañero, y menos ése...

Y sin poder concretar todavía muy bien por qué, Francisco siente que dentro de él se alza una oleada de antipatía y desconfianza hacia este casi desconocido que viene a introducirse en la tranquila rutina de su vida de estudiantes.
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