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Autor: | Editorial:



Cartas
Francisco y Pedro han pasado sin dificultad y con buenas calificaciones sus exámenes de fin de curso y están, por tanto, en disposición de iniciar el período de tres años estudiando humanidades que les llevará hasta alcanzar el título de Maestros en Artes.

A partir de ahora estudiarán bajo la supervisión de un nuevo maestro, Juan Peña, un español que trabaja como regente en el colegio de Santa Bárbara y que simultanea sus horas de enseñanza con su dedicación a los estudios de medicina.
Se les ha instalado, junto con su maestro, en el tercer piso del torreón sur. Disponen cada uno de un pequeño dormitorio y comparten una sala de estudio. El maestro, además del dormitorio, tiene asignado un cuarto de trabajo propio.

Los dos amigos asisten a las clases juntos y juntos pasan las horas de estudio en la sala del torreón. Ambos están espléndidamente dotados para las actividades intelectuales y son responsables, trabajadores y disciplinados. Superan curso tras curso con toda facilidad.
Sentado por las tardes ante la mesa de trabajo, Francisco no sólo estudia, hace resúmenes de lecciones, listas de libros a leer o apuntes para disquisiciones y debates; también con una cierta frecuencia escribe cartas a su casa.

Se recrea disfrutando, ¡desde tan lejos!, del recuerdo de su hogar de Xavier y de todos los familiares y amigos tan queridos que allí le esperan. Cuenta largamente de sus estudios, de sus amigos y compañeros allí, de sus proyectos para el futuro. Pide noticias de todo y de todos; y pide también, a veces insistentemente, que no se olviden de enviar con puntualidad la asignación económica que Miguel se comprometió a darle durante todo el tiempo que durasen sus estudios. Le es preciso pagar la pensión en el colegio en las fechas señaladas y también tiene que pagar a los profesores cuando le corresponde. De no hacerlo en el momento debido, un alumno puede encontrarse en una posición muy embarazosa y desairada. Francisco lo sabe por experiencia porque le ha ocurrido más de una vez. La situación económica en Xavier no debe ser muy boyante. Miguel sigue probablemente teniendo dificultades con arrendatarios, almadieros y pastores y los gastos de su boda con Isabel de Goñi y la de Juan con la viuda Juana de Arbizu, rica heredera del señor de Sotes y Aoz, no han contribuido precisamente a mejorar el estado de sus arcas. Los envíos de dinero a París no son lo frecuentes y abundantes que debieran ser.

Al final de las misivas de Francisco siempre hay unas frases expresivas y cariñosas dedicadas especialmente a Pachica y Gracieta, dos mujeres que en el recuerdo del estudiante forman parte por derecho propio del añorado grupo familiar.
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