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Autor: | Editorial:



Aventuras nocturnas
Latín, latín, latín, de la mañana a la noche. Por algo se llama quartier latin, barrio latino, a esta ciudad universitaria de la orilla izquierda.

Pedro y Francisco no tienen apenas ningún problema con sus clases de latín en estos primeros meses de curso; los dos han llegado a París con una buena preparación en esta lengua y están bastante más adelantados que la mayoría de sus compañeros. Así que no les agobian los estudios y tienen tiempo para charlar, pasear, conocerse y muchas otras cosas...

Cuanto más se tratan más profundiza en ellos una mutua estima. Son muy diferentes en su aspecto externo y también difieren en muchas características internas; sin embargo, también descubren que tienen rasgos, intereses y experiencias comunes.
-Yo he vivido siempre en el campo -ha contado Pedro.
-También yo.
-Mis padres son campesinos y tienen un rebaño. Yo, de niño, salía al campo con las ovejas, era pastor.
-¡Yo sé bastante de pastores y de rebaños! -ha dicho Francisco con un énfasis burlón que Pedro no acaba de comprender del todo.

-Lo que sabes es mucho latín ¿Dónde lo has aprendido? -quiere saber Pedro.
-En mi casa.
-¿Tenías un preceptor?
-No, estudiaba con los clérigos de la iglesia.
-También yo he estudiado con un clérigo, pero no en mi casa. Yo he ido a la escuela en La Roche.
-Claro, por eso sabes tanto siendo tan joven.
-No soy tan joven, tengo 19 años, los cumplí el 15 de abril.

-¡También yo cumplí 19 años en abril!, pero no el 15, sino el día 7. Habrás de respetarme, soy mayor que tú...
-¡Sólo ocho días mayor que yo!
-Suficientes para imponerte respeto, pequeño...
El maestro ha lanzado una severa mirada en dirección a los dos charlatanes, que se están perdiendo su interesante disertación sobre las reglas gramaticales que rigen el uso de los verbos deponentes.
Francisco adopta un aire inocente, serio y grave y contempla al maestro, que es un hombre joven, aunque de aspecto enfermizo y avejentado. Y vuelve a observar lo que ya había descubierto hace días. El maestro tiene en el cuello y cerca de las orejas unos flemones a manera de bubas que parecen impedirle el libre movimiento de la cabeza y a los que se lleva las manos de vez en cuando como si le dolieran.

-¿Sábes tú qué es eso que tiene el maestro en el cuello? -ha preguntado Francisco a la salida de clase a uno de sus compañeros mayores. Y el otro le ha mirado con una cierta condescendiente superioridad.

-¡Claro que lo sé! Los ingleses le llaman el mal francés, los franceses le denominan el mal español y los españoles lo conocen como el mal napolitano... Lo que tiene el maestro es sífilis, una enfermedad incurable que seguramente ha contraido cualquiera de las noches en que sale del colegio para recorrer tabernas y burdeles.

-¿Sale por las noches? ¿Tiene permiso del principal?
-¡Ni se le ocurre pedirlo! Simplemente sale. Unas veces soborna al portero, otras salta las tapias del patio. Hay un lugar, cerca de las letrinas, donde el muro es menos alto... Ya irás aprendiendo, novato.
En el colegio de Santa Bárbara está prohibido vestir ropa seglar, hablar en una lengua que no sea latín, quebrantar el silencio después de la oración vespertina, salir de noche sin un permiso especial... Estas y otras reglas se infringen con bastante frecuencia; las varas de los maestros se utilizan con asiduidad y energía para hacer respetar la disciplina, pero...

También Pedro y Francisco se unen, a veces, a los grupos de alumnos que se despojan de los negros uniformes, se visten sus alegres ropas seglares y se escapan, saltando la tapia, para divertirse en turbulentas correrías nocturnas. Los muchachos se reúnen en las tabernas y comen, beben, juegan, cantan, discuten, se pelean... En ocasiones se producen enfrentamientos con grupos de otros colegios y se riñe en serio y hasta salen a relucir armas y se intercambian unas cuantas cuchilladas. Hay noches especialmente agitadas en que la ronda de alguaciles tiene que intervenir para contener a los juerguistas que alborotan las calles y que roban y maltratan, por juego y broma, a los desgraciados viandantes que caen en sus manos.

El saboyano y el navarro son pacíficos por naturaleza y procuran siempre no intervenir en aventuras violentas, pero para cualquier otra correría extraescolar se puede contar con ellos, excepto cuando las correrías llegan a un determinado punto... Muchas noches, al filo ya de la madrugada, el grupo suele detenerse ante el portal de una cierta casa. Y el que capitanea el grupo, que con frecuencia es el maestro de las bubas en el cuello, anima a los otros:

-Venga, muchachos, adentro. Acabemos la noche debidamente.
Algunos acompañan al maestro sin dudarlo, otros le siguen presionados por su autoridad y por la sonrisa burlona con que observa su poco entusiasmo. Y hay varios que simplemente dan media vuelta y continúan su camino hacia el colegio. Invariablemente entre estos últimos están Pedro y Francisco.

El maestro ha intentado varias veces forzarles a seguirle. Esta noche lo ha intentado una vez más:
-¿Qué os pasa, jovencitos? ¿No os gusta divertiros? ¿O es que no habéis aprendido todavía a portaros como hombres? Vamos, venid con nosotros, que os vamos a enseñar algo que parece que tenéis necesidad de aprender.

Y como siempre se ha encontrado con una negativa comedida, pero firme:
-No.
-¡No sabéis lo que os estáis perdiendo!
Francisco dirige intencionadamente una rápida mirada al inflamado cuello del maestro:
De momento sabemos lo que estamos ganando...
-Así que es miedo, ¿eh?
-Prudencia, señor, entre algunas otras más poderosas razones...
Y el incidente ha quedado zanjado por esta vez, aunque quizá volverá a repetirse en alguna otra ocasión.
Pedro y Francisco han tomado el camino de vuelta al colegio a través de las calles vacias.

-¿Nunca has entrado en una casa... de esas? -Se atreve a preguntar Pedro.
-No, nunca.
-¿Entrarás alguna vez?
-¡Espero que no!
-¿Te asustan las mujeres?
-¿A mi? ¡No! He crecido rodeado de mujeres...
-A mí sí, un poco... me parecen tan misteriosas, tan diferentes de nosotros...
-¡No son tan diferentes! Se alegran con las mismas cosas que a nosotros nos causan alegría, se entristecen con las mismas penas, les duelen las mismas injusticias que a nosotros nos causan sufrimiento... No son tan diferentes de nosotros; créeme, Pedro, yo las conozco bien.
-Conoces a las mujeres de tu familia, pero éstas son muy distintas... Estas son pecadoras..., malas...
-No peores que los que las visitan...
-Contagian enfermedades terribles...
-Alguien las contagió a ellas antes...
-A mí me inspiran curiosidad. A veces, me inquietan pensamientos... Me asaltan fantasías acerca de lo que ocurre ahí dentro.
-Es fácil de imaginar.
-Me cuesta mucho esfuerzo apartar de mi cabeza ciertos pensamientos... Algunas noches tengo unos sueños...

-¡Tambien yo! En ocasiones he soñado que se me acerca una hermosa mujer y me tiende una mano hasta tocarme, y entonces yo... -se detiene bruscamente en la frase y en el paso.
Pedro se ha parado también y le mira.
-Hablemos de otra cosa, ¿quieres? -propone Francisco, y el otro asiente con gesto aprobador.

Y ambos reanudan el camino.
No es cosa fácil en estos momentos cambiar de tema de conversación. Así que marchan sin intercambiar ni una sola palabra más hasta alcanzar las tapias que deben escalar. Cada uno sabe comprender y respetar el mutismo de su compañero. Estos dos alumnos del colegio de Santa Bárbara se entienden cada día mejor, incluso cuando guardan silencio.
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