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Autor: | Editorial:



Pedro Fabro
Hoy es el primer día de clase.
Una pequeña avalancha de muchachos se dirige hacia la puerta de cada aula. Visten todos los negros trajes talares y casi todos van cargados con carpetas y tinteros.
Dos estudiantes han coincidido justo a la entrada de una de las aulas. Se han cedido el paso uno a otro con una cortesía ceremoniosa que ha resultado casi cómica y que les ha arrancado ya una primera ligera sonrisa. Luego, han terminado por avanzar al unísono. Hay espacio suficiente para caminar emparejados. Y se han sentado juntos en el primer banco que han hallado libre.

Son físicamente muy distintos. Uno es esbelto, rubio, de ojos claros, mirada amable y ademanes suaves y comedidos de persona sensible. A su lado, Francisco destaca por su más que mediana estatura, su pelo y barba oscuros, su complexión más recia y sus movimientos más decididos y seguros.

Siguen entrando más estudiantes y Francisco mira interesado a su alrrededor observando los tipos diversos que van desfilando ante sus ojos y escucha las voces que hablando en multitud de diferentes lenguas y con mil acentos diversos intercambian saludos, exclamaciones, comentarios...
Es el mundo bullicioso de la turba estudiantil, que le resulta a él, llegado del tranquilo silencio del solitario Xavier, asombroso, estimulante, prometedor y también un poco intimidante.

-Bonjour -ha saludado a media voz en francés el muchacho sentado a su lado. Parece tímido y no muy seguro de que el otro le vaya a entender y a contestar.
-Buenos días -ha respondido Francisco en la misma lengua.
Y porque le resulta simpático el aspecto Franco y afable del muchacho, subraya su frase con una abierta sonrisa que anima a su compañero a preguntar:
-D´ où viens-tu?
-Soy navarro,je suis de Navarre, de la Navarre de l´autre côté des Pyrénées. Y tú, d´où viens-tu?
-Je suis de la Savoie, dans les Alpes... Comment t´apelles-tu, toi?

-Me llamo Francisco, Francisco de Jaso, de Xavier...
-¡R´aso de R´avier...! -juega a espantarse su interlocutor al tratar de repetir lo mejor que puede las duras iniciales tal y como las acaba de oir pronunciar-. Quels noms si terribles! Nunca podré decirlos como tú los dices... Tendrás que aceptar que sólo te llame Francisco -se disculpa con una mueca que finge ser atemorizada y que resulta simplemente divertida.

Francisco entra en el juego cordial del otro:
-¿Y tú, cómo te llamas tú?
-Moi, je m´ apelle Pierre, Pierre Fabre.
-¡Pierrr...e! ¡Pierrr...e Fabrrr...e! -remeda Francisco-. ¡Demasiadas erres! Et je ne pourrai jamais les prononcer comme tu le fais! ¡Nunca podré yo pronunciarlas como tú las dices! -mira al otro fijamente y en sus ojos chispea la lucecita de la travesura. Le apunta con el dedo índice que simula un gesto solemne y recita salmodiando la cita latina: -Tu es Petrus...
-Quelle irréverénce...! -le interrumpe fingiéndose escandalizado Pierre.

Y Francisco cambia de tono para decir con aire de festiva frivolidad:
-Yo te llamaré Pedro, te guste o no, y pronunciaré las erres a mi manera.
Y han reído juntos. Risa que han tenido que reprimir y convertir en un gesto serio en el momento en que se ha producido la entrada del maestro; pero risa que ha sido como la piedra fundacional de una amistad que comienza con buenos augurios y que durará ¿hasta cuando?
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