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Autor: | Editorial:



París
Tres semanas a caballo.
Primero, Pamplona. Luego, siguiendo en dirección inversa la ruta jacobea de los peregrinos europeos que van a visitar el sepulcro del apóstol en Compostela: Roncesvalles, San Juan de Pie de Puerto, Blaie, Poitiers, Amboise, Blois, Orléans y, al fin, París.

A lo largo de la ruta ha tenido múltiples ocasiones de comprobar que el francés que sabe es más que suficiente para poder entenderse con las gentes. Tampoco al llegar al final de su viaje tiene dificultad para pedir y recibir información, así que ha enfilado con seguridad la rue Saint Jacques, que divide en dos mitades casi iguales el barrio universitario, para llegar a detenerse ante el colegio de Santa Bárbara, que va a ser su residencia todo el tiempo que duren sus estudios.

El colegio de Santa Bárbara está en pleno centro del barrio universitario. Un barrio situado en la orilla izquierda del Sena, la rive gauche, en la que conviven más de 4.000 estudiantes con sus profesores. Es como una ciudad independiente con sus propias leyes, organización y autoridades.
Un criado ha indicado a Francisco dónde debe depositar su equipaje, hasta que le adjudiquen habitación en la que instalarse, y en qué caballeriza pueden hacerse cargo de su cabalgadura.

El mismo criado le dice que debe ir a presentarse ante el secretario para inscribirse y hacer el pago correspondiente a su pensión.
Hay otros varios alumnos aguardando en fila ante la mesa del secretario y tiene ocasión de escuchar el siguiente diálogo:
-Mi nombre es Jean-Marie Robert de la Place Vallon-Prunier -ha informado uno de los muchachos que le preceden.

El secretario ha levantado la cabeza para mirarle impaciente y ha exclamado en voz alta para que le oigan bien todos los que aguardan:
-¡Un solo nombre, un solo nombre y un solo apellido! Es más que suficiente para la inscripción de alumnos recién llegados... ¡No vamos a estar aquí escribiendo todo el día!
Y el nuevo alumno ha quedado reseñado en la lista como Robert de la Place simplemente.
Francisco tiene tiempo para prepararse: "¿Me inscribiré como Francisco de Jaso? Jaso es el apellido de mi padre, de mi abuelo..., pero Xavier es para mi un nombre muy querido, yo soy de Xavier, es el nombre de mi casa, de mi tierra... Y ha tomado rápidamente una decisión. Cuando le llega el turno pronuncia claramente:

-Francisco de Xavier -y deletrea el apellido que acaba de adoptar para que el secretario lo escriba correctamente.
Antes de abandonar la secretaría los alumnos han tenido que escuchar a un instructor que les informa:
-A los alumnos no se les permiten ropas seglares. Todos los universitarios deben vestir el uniforme.
-¿Uniforme? ¿Qué uniforme? -ha preguntado alguien.
-Túnica negra, talar, es decir hasta los talones y ceñida por una correa tambié n negra. Y en invierno, además, una capa del mismo color. La universidad es un lugar austero y serio y los universitarios deben serlo asimismo. Y habéis de saber que el horario a observar, y a observar de la manera más estricta so pena de severísimos castigos, es el siguiente: levantarse a las cuatro de la mañana, poner en orden la habitación y las ropas del lecho; la primera clase es a las cinco. A las seis es la misa, a las siete el desayuno: un panecillo y agua; a partir de las siete y media, clases, debates, conferencias y lecturas hasta las once, en que en el comedor se sirve el almuerzo, nutritivo y suficiente, pero no sabroso. Estáis aquí para alimentar vuestros espíritus, no para engordar vuestros cuerpos. Durante las comidas se lee la Biblia o las vidas de los santos. Después de la comida se leen recomendaciones y se proclaman los castigos que algunos alumnos han merecido. Las varas de los maestros se encargan más tarde de aplicar estos castigos. Luego, recomienzan las clases hasta la hora de la cena, que es a las siete. A continuación se hace la oración de la noche. Inmediatamente después habréis de retiraros a descansar y estáis obligados a guardar absoluto silencio hasta que suene la campana de la mañana siguiente... Nadie, ¿Oís bien?, nadie, ni tan siquiera un maestro residente, puede salir durante la noche del colegio sin un permiso especialísimo que sólo puede conceder el principal, doctor Gouveia. Y una última observación: dentro del colegio y de todo el ámbito universitario es de obligado uso el latín. No se debe utilizar ningún otro idioma. Esta es la razón por la que todos los recién llegados estáis obligados a pasar este primer curso estudiando a fondo esta lengua, ya que, a partir del próximo año, haréis en latín todos vuestros estudios. Y ahora, andad a instalaros. Os he informado y quedáis advertidos. A partir de este momento vuestros maestros serán los encargados de haceros aprender y sus varas os recordarán, siempre que lo necesitéis, que habéis de ser aplicados y obedientes.

Mientras los muchachos se dispersan, después de escuchar al instructor, Francisco oye a su alrrededor todo tipo de comentarios, protestas y bromas. También él se hace a sí mismo en voz alta un comentario jocoso-admonitorio:
-Amigo mio, si sobrevives a este programa será un verdadero milagro... Eta kontuz ibil zaitezke edota inongo aitzakirik gabe, zure maixiaren makila behin eta berriro probatuko duzu... "Y ya puedes andarte con tiento o probarás sin remedio más de una vez la vara de tu maestro..."

Espontáneamente le han salido las frases en el vascuence familiar que habla con Gracieta. Se sobresalta un poco al oirse y mira receloso a su alrrededor. Nadie parece haber comprendido su comentario; mejor así.

Y con una media sonrisa entre ácida y divertida, se ha unido al grupo que sigue al instructor que va a señalar a cada uno el aposento en que debe instalarse. Más tarde ha salido para encaminarse a la tienda del sastre que le han recomendado; tiene que adquirir el negro atuendo que deberá vestir en el futuro durante todos sus años universitarios.
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