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Autor: | Editorial:



Adios a Xavier
En Xavier, como en toda la Navarra de este lado de los Pirineos, la vida empieza a transcurrir, por fin, al ritmo de la paz.
Miguel se ha hecho cargo de sus obligaciones y responsabilidades como cabeza de la familia y señor de Xavier.

A Juan le ha cedido doña María el señorío de Azpilcueta y algunas otras posesiones. Y los dos hermanos consideran que les ha llegado ya el momento de pensar en casarse, en fundar una familia. Doña María y tía Violante contribuyen más que gustosas en la tarea de ayudarles a repasar la lista de muchachas en edad adecuada procedentes de familias que por su historial , rango y situación económica merezcan ser elegidas para emparentar con la casa de Xavier.

Para Francés, como ya puntualizó doña María hace años, no hay previstos ni títulos, ni señoríos, ni posesiones; pero la ley y la costumbre le conceden ciertos derechos y Miguel está dispuesto a asumirlos:
-Yo te proveeré de todo cuanto necesites hasta tanto que no seas capaz de independizarte y vivir dignamente por tu cuenta de lo que ganes.

-¿Qué te propones hacer? -ha preguntado Juan. Y porque Francés se demora unos segundos en contestar, se adelanta a proponer: -Quizá deberías seguir la carrera de las armas... Miguel y yo hemos dejado en muy buen lugar el nombre de Xavier. Tendrías muchas puertas abiertas. Se te ofrecerían magníficas oportunidades. El emperador necesita buenos capitanes y los navarros tenemos una bien ganada fama de bravos y leales.

Francés niega lentamente con el gesto al tiempo que habla sin dirigirse en particular a ninguno de los que le escuchan atentos a sus palabras:
-No, yo no siento ninguna inclinación por la existencia azarosa del soldado. Pienso con gusto en la vida sosegada del estudio. Yo seguiré la carrera de los libros como nuestro padre. Me atrae la idea de aprender, de aprender todo lo que buenos maestros puedan enseñarme para quizá luego dedicarme a enseñar a otros lo aprendido, como lo hace nuestro pariente Martín de Azpilcueta.

-¡Así que quieres ir a la universidad! -se asombra Juan, seguramente porque la idea del estudio está lejísimos de sus propios gustos y capacidades.
-Volveremos a tener en esta familia un doctor Jaso -ha comentado complacida doña María-. A vuestro padre le hubiera gustado ver que, al menos, uno de vosotros le seguía por el camino de las letras.

Toda la familia habla estos días de los proyectos matrimoniales de los dos mayores y de los planes que el más jóven hace para su futuro. Y el eco de los comentarios ha llegado lejos.
Desde Gandía, una carta de sor Magdalena dice:
-Me place sobremanera saber que mi hermano Francisco se decide a seguir el camino del estudio. Estoy cierta de que será gran servidor de Dios y de la Iglesia...

Y desde Salamanca Martín de Azpilcueta escribe:
-Si se ha decidido a estudiar y quiere tener en cuenta mi consejo, yo creo que debería ir a París; aquella universidad es en este momento la que imparte mejores enseñanzas en el campo de la filosofía y la teología.

Y ha quedado decidido: Francés irá a París.
Miguel ha conseguido hacer una cierta provisión de dineros para que el menor de los hermanos pueda viajar holgadamente e instalarse en la universidad como corresponde a su condición de miembro de una familia de hidalgos acomodados.
Y las mujeres de la casa han cosido durante horas y horas para prepararle un buen equipo de ropa.

Gracieta, inclinada sobre su labor, prende en cada puntada el más delicado caríño y el más cuidadoso esmero. Y mientras su mano guía la aguja que entra y sale en la tela, su cabeza trabaja al ritmo cadencioso de la costura. "Se va... Esta vez, Francés se va, se va de veras y se va lejos... ¿Volverá...? ¿Cuándo volverá, si es que vuelve...? ¿Y cómo será cuando vuelva y qué pensará y qué hará? Esta casa sin él se va a quedar vacía, vacía y triste... Y yo..."

¿Se da cuenta Francés de toda la desolación que su inminente partida está haciendo sentir a alguien tan cercano? Probablemente no.
Está viviendo en estos últimos días del verano de 1525 las emociones encontradas del que se aleja por primera vez del hogar. Tiene ya diecinueve años y apenas ha salido de Xavier en viajes muy cortos por la región para visitar a parientes y allegados en cuyas casas ha sido recibido y albergado por gentes que le quieren, a las que conoce y a las que le unen lazos familiares. Ahora se va a marchar lejos, fuera incluso de las fronteras de su propio país... Se va a encontrar en un medio completamente extraño y desconocido, con gentes nuevas con las que tendrá que entenderse en lenguas que no le son habituales como las que habla aquí... Y, sin embargo, quiere verse ya allí... Le interesa tanto todo lo que esta nueva vida le ofrece... Y, por otro lado, desea tánto dejar atrás la tediosa rutina diaria de Xavier, con sus fastidiosos pleitos con granjeros, leñadores, almadieros...

Pensar en arrancarse de lo conocido y amado es duro; está seguro de que adaptarse a lo nuevo también le va a costar esfuerzo... Sí, Francés está viviendo en estos días emociones intensas y esto le hace menos capaz de hacerse cargo de los sentimientos que embargan a los que están ayudándole a hacer los preparativos para su partida.

Hoy, al entrar, se ha contrado con Gracieta que se ocupa en renovar el aceite de la lamparilla que arde continuamente ante el Santo Cristo.
Y se ha detenido junto a la muchacha para hacerle una confidencia:
-¿Sabes? Hace ya muchos años soñé una noche que unas invisibles fuerzas poderosas me llevaban lejos, muy lejos de aquí, pero que yo no dejaba de verle...
-Ahora te vas... y ya sólo podrás verle si le guardas en tu memoria...
-¿Te acordarás de pedir por mí cuando vengas ante Él?

-Todos los días le pediré por tí, todos y cada uno de los días hasta que vuelvas... Porque volverás, ¿Verdad?
-¡Claro que volveré! Y cuando vuelva...
Ciertamente tiene el firme propósito de volver. Tan pronto como haya conseguido los títulos universitarios que ambiciona, volverá, y entonces...

La convicción de que algún día le verán retornar ha suavizado un tanto el dolor de los que le despiden.
Allá va, jinete en el mejor caballo que se ha conseguido encontrar, el hijo más pequeño de la casa de Xavier.

Y a medida que el paso de la cabalgadura le aleja de su hogar, de su valle y de su tierra va creciendo más y más en el caballero la convicción de que está dejando atrás para siempre al adolescente Francés de Xavier para empezar a ser desde ahora Francisco, un hombre jóven que con ánimo decidido y corazón alegre se encamina ilusionado hacia esa sede de la sabiduría que es en este momento la universidad de París.
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