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Autor: | Editorial:



¡Son navarros!
Primavera de 1521. Un ejército compuesto por tropas francesas y navarras ha franqueado los Pirineos y marcha hacia Pamplona. Lo manda el militar francés monsieur de Asparrots.

Esta nueva ofensiva para recuperar la Navarra ocupada se hace aprovechando momentos de especial vulnerabilidad de las fuerzas castellano-aragonesas de guarnición en la capital.

En Castilla se han levantado las gentes para protestar contra las arbitrariedades de los gobernantes y el duque de Nájera ha tenido que desprenderse de la mayor parte de sus tropas para cederlas al ejército real, que lucha contra los Comuneros.

La situación de Pamplona es tan apurada y las noticias que llegan sobre el avance de numerosos contingentes de hombres tan amenazadoras, que el propio virrey se ha decidido a marchar a Castilla. Va a pedir personalmente ayuda para repeler el ataque de las huestes que se acercan desde los Pirineos; pero ya es tarde.

El día 19 de mayo las tropas franco-navarras han ocupado Pamplona sin necesidad de lucha alguna. Los habitantes no se han defendido. No deseaban en absoluto luchar en sus calles. Es más, gran parte de la población ha recibido a las tropas con el entusiasmo y la alegría con que se ve llegar a los libertadores.

Sólo en la fortaleza queda un grupito de soldados que se resiste tenazmente a entregarse.
Con las tropas que asedian la fortaleza se encuentran los hermanos Miguel y Juan de Xavier. Entre los que dentro de ella soportan los rigores del cerco, sin cejar en la defensa, se halla un gentilhombre guipuzcoano adscrito al servicio del duque de Nájera. Se llama Iñigo de Loyola y está firmemente empeñado en lograr que la fortaleza no se rinda.

Tres días de intenso cañoneo han abierto al fin, en las recias murallas, un enorme boquete. Las tropas sitiadoras han podido entrar y tomar posesión de este último reducto defensivo. En los sótanos han encontrado muchos muertos y heridos. Entre estos últimos está el gentilhombre Iñigo de Loyola. Tiene una pierna herida y la otra rota por varios sitios. Al parecer le alcanzó una bombarda cuando estaba vigilando en lo alto de la fortaleza.

El ejército franco-navarro no se ha detenido en Pamplona. Ha continuado un avance arrollador en el que ha llegado hasta Logroño, donde las tropas castellanas han detenido su marcha.

Hasta Xavier han llegado, aunque confusas y con retraso, noticias sobre batallas, movimientos de tropas y liberación de territorios.
¿Será verdad que Navarra vuelve a ser un reino independiente, que es inminente la llegada del rey y que se restablece la paz?

Los corazones se han llenado de esperanza. Y los ojos otean continuamente los caminos. No parece disparatado aguardar que, en cualquier momento, aparezcan dos jinetes, los dos hijos ausentes que pueden ya abandonar las armas y las angustias y sobresaltos de la guerra para reincorporarse a la sosegada rutina de la vida familiar.

Han pasado días y semanas, muchas semanas. Los corazones han ido perdiendo la esperanza y los ojos se han fatigado de escudriñar en vano las lejanías.

Al fin, llega alguien. No son dos jinetes, es uno sólo y no es ninguno de los hijos de la casa. El que desmonta al pie de la rampa es Esteban de Zuasti.

-¿De dónde sales tú ahora? ¿Qué sabes de Juan y Miguel? ¿Dónde está el rey Juan? ¿Es cierto que pronto volveremos a vivir tiempos de paz? ¿Qué puedes contarnos de...?

Y el aluvión de preguntas podría haber continuado. Las gentes de Xavier andan tan ansiosas por conocer noticias y saber qué esta pasando...
-Os contaré, os contaré lo que yo se... -pero dejadme primero que me lave un poco y que beba algo.

La familia se ha reunido poco después en la sala para oir lo que el recién llegado está ya en disposición de narrar.
-Cuando nuestras tropas y las francesas entraron en Pamplona yo no me encontraba allí. El virrey nos había enviado a Tordesillas. Debíamos unirnos al ejército real que luchaba para reducir el levantamiento de los Comuneros. En cuanto pude volví a Navarra. En Pamplona me encontré con Juan y Miguel. Pasé unos días estupendos con ellos. Festejamos juntos su entrada en la capital. ¡Estábamos todos tan felices...! Claro que yo luego empecé a pensar que aquello no iba a durar mucho. Yo sabía lo fuerte y poderoso que es el ejército real de Castilla. ¡He formado parte de él en la lucha contra los Comuneros! Y sabía que tan pronto como se acabase con la resistencia de los rebeldes todo el grueso de la tropa sería lanzada a recuperar Navarra, así que recapacité y enseguida decidí lo que me convenía hacer. Me ofrecí al señor de Asparrots para hacerme cargo de un tal Iñigo de Loyola que había sido herido en el asedio de la fortaleza. El francés y el guipuzcoano se conocían de antiguo, al parecer. Y monsieur de Asparrots quería enviar a Loyola a su casa. A mí me interesaba salir de Pamplona para que las tropas castellanas no me encontraran allí, si volvían... Así es que... Me habéis preguntado que de dónde salgo. Pues vengo de Loyola. He dejado al herido en manos de su familia. Un tipo duro ese Loyola, estaba malherido y le tuvimos que transportar en litera. No le oímos ni una queja en las tres semanas que nos llevó el viaje. Llegó agotado. No sé yo si sobrevivirá...

La vida o la muerte del herido Loyola no merece ningún interés a los que escuchan a Esteban.
-¿Dónde están ahora Juan y Miguel? ¿Qué está pasando en Pamplona?
-Pues en Pamplona, como yo lo había previsto, vuelven a estar las tropas castellanas. Hay un nuevo virrey. Los nuestros fueron forzados a salir de la ciudad. He oído que en los campos de Noain ha habido una gran batalla y los navarros han salido derrotados. Y se dice que los restos del destrozado ejército se han refugiado en las fortalezas de Maya y Fuenterrabía. Espero que Miguel y Juan estén por allá. No creo que tengan ninguna posibilidad de resistir a las tropas castellanas durante mucho tiempo. Se dice que el rey Carlos ha dictado sentencia de muerte y pérdida de todos sus bienes a los que se atrevan a desobedecer su mandato de rendirse sin condiciones.

No pueden ser peores las noticias que, al cabo, se ha decidido a comunicar el primo Esteban. Los que le han escuchado se sumen en un abrumadora pesadumbre. ¡Condenados a muerte y a la pérdida de los bienes! ¿Qué será de la familia si la sentencia se cumple? ¿Se mantendrán Juan y Miguel en rebeldía a pesar de todo?
Cada uno de los reunidos en la sala se concentra en sus propios pensamientos.

"Le hice un favor al francés y, al mismo tiempo, he trabajado en servicio de un caballero guipuzcoano leal al rey Carlos. Ha sido la mía una jugada maestra. No es tan dificil servir a dos señores... si se hace con la suficiente habilidad y no se pierde de vista el propio provecho...", se complace ufano Esteban.
"Si mis hijos hubieran sabido actuar a la manera que lo ha hecho Esteban...", se dice doña María.

"Tramposo, ambiguo, maniobrero Esteban... Me alegro de que mis hermanos no se parezcan nada a él...", reflexiona Francés.
"Compadécete, Señor, de los que acudimos confiadamente a tí en los momentos de aflicción", es la plegaria de tía Violante dirigida al Santo Cristo que preside el oratorio y la vida familiar.
Y han pasado años. Transcurre la vida, austera y monótona, en el demolido castillo de Xavier. Las primaveras traen el paso de los rebaños, las labores de esquileo, el reverdecer de los campos; el verano las cosechas, el trabajo en la salina; el otoño la vendimia, las faenas del lagar y la bodega; el invierno el paso de las almadías y la recogida de la aceituna... Y para Francés, durante todo el año, además de sus trabajos de vigilancia de la hacienda familiar, transcurren las horas de dedicación personal al estudio.

En las caballerizas casi vacias los halcones de Juan han envejecido y, faltos de cuidados y ejercicio, aparecen flacos y alicaídos. En el despacho del primer piso, los anaqueles abiertos y el arcón vacio recuerdan pasados atropellos y la ausencia del señor... Y se han enmohecido en la armería el par de viejas espadas olvidadas y las dos o tres lanzas rotas que los soldados dejaron abandonadas...

Allá lejos, en la masiva fortaleza de Fuenterrabía, un esforzado grupo de leales al rey navarro todavía mantiene una desesperada defensa ante las tropas castellanas. Miguel y Juan de Xavier forman parte de este puñado de fieles que no se dejan abatir. Han soportado meses de asedio, inviernos terriblemente crudos, escasez de alimentos, aislamiento...
El virrey que manda la tropa sitiadora se asombra de la heroica firmeza de estos hombres.

-¿Cómo pueden seguir resistiendo?
Y el conde de Lerín, que le acompaña, responde con espléndida llaneza:
-No hay de qué maravillarse, señor; ¡son navarros...!

Ha vuelto a España el rey Carlos, investido ya de la alta dignidad imperial. Y ha sido debidamente informado de cómo andan las cosas en Navarra. Su buen sentido político le hace ver lo conveniente que será para todos sus reinos llegar a conseguir la paz. Y se decide a hacer las concesiones necesarias para lograrlo. Revoca la sentencia de muerte y el embargo de bienes de los que aún resisten en Fuenterrabía. Les asegura unas honrosas capitulaciones si aceptan pacíficamente reconocerle como soberano, y les promete la posibilidad de disfrutar de nuevo los mismos honores y privilegios que gozaban antes de iniciarse la contienda.

Después de tantos años de ausencia, Miguel y Juan han vuelto a casa. Se acabaron para ellos las aventuras y desventuras de la guerra.
Y entre el alborozo y las efusiones del reencuentro han descubierto con sorpresa lo enormemente transformado que está Francés. El hermano pequeño ha dejado de ser pequeño.

-¡Estás casi desconocido, muchacho! ¡Si ya eres más alto que yo!
Así, en el primer momento, sólo el cambio físico se puede apreciar. Pasará todavía algún tiempo, antes de que los hermanos mayores puedan darse cuenta de la madurez adquirida por el hermano que ha permanecido en casa todos estos años.

La llegada de Miguel y Juan hace posible para Francés desentenderse de los problemas familiares para empezar a proyectar su propia aventura personal.
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