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Autor: | Editorial:



Almadieros
Francés ha frecuentado mucho el trato con pastores; con los pastores que cuidan los rebaños de su casa y también con los que se mueven por la comarca y con los que cruzan, siguiendo la cañada, los campos de Xavier en sus anuales subidas y bajadas en busca de los pastos de invierno y de verano.

Y ha aprendido muchas cosas de estos hombres que pasan casi toda su vida al aire libre, sirviendo las necesidades del ganado y también aprovechando sus productos.

Sabe ordeñar ovejas, cabras y vacas y le gusta saborear con deleite el alimenticio y tibio líquido cremoso. Sabe utilizar el cuchillo de monte, que lo mismo sirve para liberar a un animal enredado entre unas zarzas que para degollar, desollar y despiezar el cabrito que se va a asar para la cena. Sabe construir con piedras y ramas un cubilar, que servirá de refugio y abrigo en las frías noches lluviosas. Sabe hacer quesos y batir la nata hasta obtener una mantequilla dorada y dura. Sabe hacerse entender y obedecer por los fieros y nobles mastines, sin los que sería imposible manejar los inmensos rebaños y defenderlos de los lobos hambrientos.

Las andanzas con pastores y zagales le han enseñado a trepar con pie seguro por riscos y escarpaduras, a saltar sin miedo arroyos y quebradas y a bordear sin vértigo simas, barrancos y desfiladeros.
Acampar a la intemperie, encender y mantener una hoguera y cocinar sobre ella son tareas que domina y que no tienen secretos para él. Y todavía ha aprendido de estos hombres algunas cosas más... Todo lo aprendido le va siendo útil en uno u otro momento... Por ejemplo, hoy...

Hoy ha bajado al Molinaz...
Gira la rueda impulsada por las aguas del río que empujan sus paletas. Y en el interior del edificio crujen acompasadamente todos los engranajes y artilugios que hacen moverse a la piedra que tritura el grano. Un halo de impalpable polvillo blanco envuelve el molino y a las tres figuras que vienen a saludarle.
-¡Francés, Francés! -ha gritado el pequeño Toñico viniendo a tirar de la manga al muchacho-. ¿Me has traído algo?

Porque está acostumbrado a los mimos del menor de los hijos de Xavier, que casi siempre llega con una golosina para el diminuto glotón.
-Con Dios vengas, Francés -ha dicho Lucía.
Alonso es menos efusivo, se limita a dar información:
-Siguen pasando... y sin pagar. Tres han bajado esta mañana. Les he gritado que se detuvieran y que pagaran. No me han hecho caso.
-El próximo almadiero pagará -asegura Francés en tono sombrío-, el próximo pagará..., y los que vengan detrás, también.

-Pero, ¿qué puedes hacer? ¿Cómo vamos a detenerles y a obligarles a pagar...?
-Esto les detendrá.
Francés lleva en la mano algo con lo que ha estado jugueteando todo el tiempo. Algo cuyo conocimiento y práctica también debe a los pastores. Es una honda. Los pastores la utilizan para lanzar con puntería magnífica un canto que sirve de estímulo a una oveja remisa, que endereza la marcha de un carnero díscolo o aleja a una alimaña curiosa.

Manejada con fuerza y destreza, una honda puede ser un arma muy eficaz.
-Esto les detendrá -ha repetido con voz firme.
Y se ha apostado en la orilla, un largo trecho aguas arriba del Molinaz. Alonso se ha colocado a su lado. Él no sabe manejar una honda y siente bastante recelo acerca de lo que puede ocurrir si Francés se decide a utilizar la suya.
No han tenido que aguardar mucho, ya se aproxima una almadía. Desciende corriente abajo, impulsada y mecida por las aguas del río.

Un hombre manera el remo que va sujeto a la parte delantera y que sirve para corregir la dirección de la marcha en el sentido que el almadiero quiere. Otro hombre maneja un remo similar en la parte posterior, éste es más largo y sirve para complementar la maniobra que inicia el remo delantero y también para enderezar la marcha o frenarla en caso necesario. Dirigir correctamente una gran plataforma de este tipo requiere la fuerza y el trabajo conjuntado de dos y hasta de tres o cuatro hombres.

Varias veces han gritado Francés y Alonso, moviéndose a lo largo de la orilla a la par de la almadía:
-¡Detenéos!
-¡Parad!
-¡Habéis de pagar!
Los dos almadieros han hecho primero oídos sordos a los gritos y, luego, unos gestos burlones y casi insultantes, cuando la almadía está a punto de cruzar ante el Molinaz.
Francés se siente indignado... Claro que sabía que esto podía ocurrir y está preparado para actuar.
Su mano derecha ha volteado la honda.
El hombre que maneja el remo de la parte delantera de la almadía ha observado el movimiento, al principio con incredulidad, más tarde con temor. Advierte que el muchacho parece saber muy bien lo que está haciendo y avisa a su compañero:

-¡Cuidado!
En el momento en que la piedra sale disparada, se agacha instintivamente. El proyectil, dirigido a su cuerpo, ha pasado rozando con violencia su cabeza en un sesgo seco y contundente. El hombre se ha doblado sobre sí mismo y, después, se ha desplomado sobre la balanceante superficie de troncos. Su caída ha provocado un más violento vaivén.
El otro almadiero contempla horrorizado el cuerpo inerte, mientras lucha furiosamente por controlar la marcha de la almadía que, sin uno de sus conductores y después de sufrir el impacto de la caída del hombre, se zarandea desgobernada, dando bandazos... El almadiero inconsciente rueda sobre los troncos con grave peligro de deslizarse hasta el agua.

Francés se ha quedado durante unos segundos paralizado de espanto. El no quería causar tanto daño. Su piedra estaba destinada solamente a ser un aviso, una advertencia, un apoyo a su reclamación de que los hombres estaban obligados a detenerse y pagar el tributo debido a su madre, a la casa de Xavier.

-¡Le has matado! -exclama asustado Alonso.
-¡Ven, hay que ayudarles! -urge Francés.
Y se lanza a la carrera. Conoce palmo a palmo el caminillo que bordea el río y todas y cada una de las particularidades de este tramo del Aragón. Un poco más abajo se adentran en la corriente unos grandes peñascos que la almadía debería bordear, pero mal gobernada como va, corre grave peligro de chocar contra ellos.

Francés teme que en este choque se pueda romper el remo delantero y entonces...
Ha conseguido llegar a los peñascos con una ligerísima ventaja sobre la almadía.
El almadiero lucha con todas sus fuerzas por controlar y por frenar la marcha de la almadía.
Los temores de Francés no se hacen realidad. La almadía se ha desviado y no corre peligro de chocar contra los peñascos. Pasa lejos de ellos, tan lejos que intentar alcanzarla desde ellos parece un peligroso y hasta disparatado empeño. Sin embargo, ha brincado velozmente de uno a otro sobre los lomos de piedra para tomar impulso, y en un arriesgadísimo salto ha conseguido ir a caer sobre la inestable plataforma de troncos.

Al recibir su peso de golpe, parte de la almadía se ha hundido en el agua. Francés, de bruces, se agarra engarfiando los dedos desesperadamente para sujetarse en las ranuras que hay entre los troncos.
Y cuando la almadía se estabiliza un poco y reflota otra vez por entero, consigue incorporarse, primero de rodillas, luego en pie...
-¡Loco! ¡Vamos a matarnos todos...! -ha vociferado el almadiero y luego ha soltado una larga retahila de palabras malsonantes.
Francés nunca ha manejado los remos de una almadía, aunque los ha visto manejar miles de veces. Ahora se atreve a empuñar el que ha quedado abandonado:

-¡Llévala a la orilla! ¡Hay que parar! ¡Tenemos que atender a tu compañero!
La maniobra, después de todo, no resulta tan difícil y Alonso, desde la orilla, ha ayudado en lo que ha podido recibiendo y atando las maromas a los árboles cercanos.

-¿Qué tienes? ¡Déjame ver! Yo no quería... -consigue decir sin que su voz traicione demasiado toda la inquietud que lleva dentro.
-¡Que no querías! ¡Cagüen...! Si llegas a querer, chiquito, le dejas en el sitio y no lo cuenta... -acusa el compañero.
El otro gruñe reniegos ininteligibles pasándose una mano por la cabeza. Se expresa con tosca brusquedad, parece todavía un poco aturdido y cuando separa la mano muestra la palma llena de sangre y deja al descubierto una larga brecha sobre la sien izquierda; pero es evidente que no tiene nada serio. Francés reasume su papel de defensor de los derechos de su casa. No le gusta hacerlo.

Se ha tenido que forzar para enfrentarse a los almadieros y lanzar la piedra. ¡Qué susto al ver caer desplomado al hombre!; le ha dejado sin aliento la carrera hasta los peñascos y ha tenido que vencer el miedo al intentar el arriesgado salto... No es agresivo por naturaleza y no le gusta lo que se está viendo obligado a hacer, pero...
-¡Deberíais haberos detenido!
-Nos dijeron que ya no había que hacerlo... Que muchos han pasado sin pagar...
-Es verdad, muchos no se han detenido, pero ¡nadie volverá a bajar por el Aragón sin pararse ante el Molinaz para entregar un tronco!
-¿Vas a estar siempre ahí apostado con tu honda? -pregunta con cazurra sorna el almadiero sano.
-Seré yo o serán otros, pero siempre habrá desde ahora honderos en la orilla..., y al que no quiera detenerse lo detendremos a pedradas...
¡Pobre Francés de Xavier que tiene que realizar tareas de hombre cuando es todavía un muchachito imberbe!; pero él no siente por sí mismo la menor compasión. Se obliga a montar guardia en todos los lugares en que cree que los derechos de su casa pueden estar siendo ignorados o conculcados. Y vigila a pastores, leñadores, almadieros, esquiladores, hortelanos, labradores...

Recorre diariamente a caballo todo el entorno de Xavier en leguas a la redonda y llega, a veces, hasta la salina. Y supervisa el trabajo que se hace allí.
Observa cómo se extrae el agua del pozo, cómo se vierte el agua sobre las grandes losas y cómo se la deja evaporarse al sol para luego recoger la sal que se deposita encima de la piedra.
Y todavía encuentra tiempo suficiente para proseguir sus estudios con los clérigos de la iglesia.
Jornadas apretadas, llenas de duro trabajo y de violentos contrastes: esfuerzo físico y emocional en unos momentos, tranquilo trabajo intelectual en otros...

Y termina cada día rendido, pero satisfecho y con la conciencia tranquila. Tiene la sensación del deber cumplido, de un penoso deber, a veces; pero un deber... que trata siempre de desempeñar lo mejor que sabe y puede.
Algunas noches, al hacer el resumen del día ante el Amigo, se pregunta y le pregunta:
-¿Es todo esto realmente lo que yo tengo que hacer?
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