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Autor: | Editorial:



¡Yo lo haré!
La economía de la familia de Xavier se nutre de las rentas que están obligados a pagar todos aquellos que viven y trabajan en sus tierras. Los labradores pagan en especie: trigo, cebada, habas...

También entran otros productos y dinero en moneda por otros conceptos: cuando los rebaños pasan por sus tierras y los animales se alimentan de la hierba y beben del agua que pertenecen a tierras del castillo, deben pagar por ello, bien en animales, bien en dineros.

Y todavía tienen los señores de Xavier otros derechos por los que cobrar impuestos: todos aquellos que recogen leña en bosques que les pertenecen deben pagar por ella; y deben pagar también los almadieros que bajan por el río Aragón conduciendo enormes cargamentos de madera en forma de grandes balsas hechas de largos abetos talados en los montes Pirineos. Los troncos van trabados unos con otros por medio de ramas verdes de avellano hasta formar una sólida plataforma. El almadiero dirige su pesada nave por medio de una larga pértiga. Y es éste un trabajo que exige una gran fuerza física, un buen conocimiento del curso del río, un ojo atento para descubrir en cualquier momento un inesperado obstáculo en el agua y una gran experiencia.

Es privilegio antiguo concedido a los señores de Xavier por los reyes de Navarra cobrar un tronco por cada navegación de almadía, porque éstas pasan haciendo portillo y rozando, y a veces rompiendo, la presa y el arcal del molino. Los almadieros deben detenerse ante el Molinaz y entregar allí el convenido tronco.

Además de todo lo que le ha de venir de fuera, Xavier cuenta, naturalmente, con sus propios recursos: el huerto, las conejeras y el corral surten a la familia de parte de los productos necesarios para la alimentación diaria. Y del molino llega la harina; de las viñas, el lagar y la bodega, el vino; de la salina llega la sal, de la que aún sobra mucha para la venta y el intercambio; y de los olivares viene el aceite que condimenta alimentos y nutre faroles y lamparillas.

De los rebaños de ovejas, cabras, vacas y cerdos llegan la carne, los quesos, la lana, las pieles y los cueros.
Gran parte de todo ello se puede convertir en dinero, pero son muchos los gastos de una familia como ésta: ropas y calzados para la casa entera, señores y criados; donaciones a la iglesia y manutención y sueldos de los clérigos; pago de salarios a guardas, criados, mensajeros, jornaleros y pastores; emolumentos a letrados y notarios; impuestos a concejos y ayuntamientos... Y Miguel y Juan piden dinero sin cesar, desde los lugares más diversos, para poder pagar sus gastos de campaña. Continuamente llegan mensajes suyos traidos por los personajes más dispares y siempre pidiendo, pidiendo, pidiendo... Doña María entrega invariablemente lo que tiene en ese momento en su arquilla, pero lo hace con la inquietud de que lo que entrega ella ahora sólo es algo de lo que se priva a la familia de aquí y que quizá no llegará a aquellos dos miembros de la familia que están tan lejos.

Mientras vivió don Juan de Jaso, la economía de la familia Xavier fue más que boyante, fue espléndida. Además de los recursos propios y de las rentas y derechos que le correspondían, el arca doméstica contaba con el pingüe sueldo que al señor de la casa le cumplía recibir por su puesto en la Corte de Navarra como consejero del rey, jurista, embajador...

El dinero en aquellos días era abundante en el castillo y se empleaba en la compra de nuevos señoríos, en obras de ampliación y embellecimiento de los edificios, en la adquisición de perros, caballos y ganados. Se gastaba en trajes lujosos, joyas espléndidas, fiestas lucidísimas... Y también, desde luego, en caridades: se restauró y se dotó generosamente la iglesia parroquial, se fijó el sueldo de los tres clérigos y del sacristán que la servían. Se hicieron donaciones importantes en moneda y en especie al cercano monasterio de San Salvador de Leyre... y se recogió a la huérfana Gracieta Remón con ánimo de criarla, de educarla y de dotarla en su día, cuando llegara el momento, con vistas a un matrimonio.

Pero todas estas abundancias pertenecen al pasado. Hoy, con don Juan muerto, los dos hermanos mayores lejos y sabe Dios dónde, el castillo abatido y la familia en desgracia, doña María tiene a veces serios problemas para abastecer la despensa, la leñera y la ropería de sus gentes.

-Como no tenemos un hombre en esta casa que defienda los intereses de la familia... -se lamenta a todas horas-. Los leñadores de Sangüesa van al monte Ferrandillo y nos roban leña que se llevan luego en acémilas bien cargadas... Y los almadieros pasan por delante del Molinaz sin querer detenerse ni pagar lo que nos es debido... ¿Quién, quién defenderá nuestros derechos contra los abusos de esos hombres?
-¡Yo, yo lo haré, madre!
-¿Tú, Francés, qué puedes hacer tú? ¡Esa es tarea de hombres! ¿Qué vas a hacer tú solo?
-No lo haré yo solo; Alonso de Artieda y Manuel de Larequi vendrán conmigo. Me ayudarán, lo haremos...

-¡Alonso y Manuel, buen par de dos! No esperes nada de ellos. Alonso se está dejando pasar las almadías a cuatro pasos del Molinaz sin saber cómo obligar a los hombres a detenerse. Y Manuel deja que le roben nuestra leña sin saber hacer otra cosa que venir a contármelo medio llorando. Esos no valen para nada...
-Valdrán, yo haré que valgan.
¡Pobre Francés de Xavier obligado a sus catorce años a capitanear a unos hombres para enfrentarlos con otros en defensa de los derechos de su señora madre!

Catorce años sólo, pero tiene el cuerpo ágil y recio, el carácter entero y apasionado de su gente y un amor y un respeto infinitos a su madre, a la que quiere servir y agradar por encima de todo.
No quiere volver a verla llorar nunca más, como la vió aquel terrible día ante el licenciado Salazar.
Ha dicho: "¡Yo lo haré!" Y lo hace.
Ha subido al monte con Manuel de Larequi y dos guardas más. Le acompañan los perros. A poco de recorrer el monte han oído el golpeteo delator de las hachas... ¡Ya están ahí, otra vez, los leñadores de Sangüesa!

-¡Estáis robando leña que pertenece a la señora de Xavier!
-¡El Ferrandillo pertenece al Concejo de Sangüesa, es propiedad comunal y podemos hacer leña en él!
-¡El Ferrandillo pertenece a mi familia desde los tiempos de mi padre y no os voy a consentir de robéis más leña! ¡Turco, León, Perla, aquí!
Los perros saben perfectamente distinguir los diferentes tonos que Francés emplea para dirigirse a ellos y vienen a colocarse junto a él con la mirada dura, las bocas entreabiertas y los rabos inquietos...
-¡Dadme esas hachas! -exige Francés.
-¡No te las daremos! ¿Para qué las quieres tú? ¿Va un hijo de la señora de Xavier a ponerse a cortar leña? -guapea uno de los leñadores en tono burlón.
-¡Dadme las hachas he dicho!
-No basta con decirlo. Un hombre ha de tener las fuerzas suficientes para respaldar sus palabras... -y da un paso hacia Francés aunque no se atreve a dar un segundo, porque el gruñido amenazador de los perros ha subido un par de tonos.

-¡No los dejéis moverse! -Francés ha lanzado la orden hacia el grupo que forman sus fuerzas: Manuel y sus dos hombres, que llevan como toda arma sus pesados bastones, que no parecen muy decididos a emplear; y los perros, que mantienen su actitud de tensa vigilancia.
Los leñadores son cuatro, tres de ellos tienen las hachas en las manos. El cuarto, mucho más joven que los otros, se ha estado ocupando evidentemente en acarrear la leña que los demás cortaban y la ha ido cargando en los profundos serones que cuelgan a ambos lados de cada una de las tres acémilas atadas un poco más allá.
Se miran los hombres unos a otros sin que ninguno de ellos se atreva a realizar el primer movimiento. ¿Qué va a poder hacer este jovencísimo Francés de Xavier?

También el jovencísimo Francés se pregunta qué puede hacer. Los hombres que tiene enfrente son cuatro. El sólo cuenta con tres; tiene a los perros, desde luego... Y el pensar en estos animales le hace volver la mirada inmediatamente a los otros, a las tres acémilas que ajenas a todo aguardan cansadamente a que terminen de cargarlas.
Francés ha echado mano a su cintura y extrae de su funda el pesado cuchillo de monte. Se mueve hacia las acémilas.
-¡Eh!, ¿qué vas a hacer? -el más robusto de los leñadores ha dado un paso en dirección a Francés.
-¡A él, Perla! ¡Duro, sus, muerde!
La hembra es de menor tamaño que el resto de sus compañeros, pero mucho más valiente y decidida y más feroz también, cuando hace falta. No se lanza a morder inmediatamente, pero ha oído y entendido la orden, sabe que tiene licencia para atacar y acecha, semiagazapada y gruñendo, el momento propicio para obedecer al amo.

El leñador se ha detenido y los otros tres permanecen también quietos.
Francés está junto a las acémilas. Examina cuidadosamente a la que está más cargada. Mantiene el cuchillo bien agarrado en su mano derecha. ¿Va a degollar a la bestia? No; su mano izquierda se ha deslizado por debajo del serón cargado de leña ¿va a desventrar al animal de una cuchillada?

-¿Eh, qué vas a hacer? -vuelve a gritar el leñador, aunque esta vez ha tenido buen cuidado de no moverse porque Perla gruñe muy cerca de su pierna. Podría tratar de golpearla con el hacha, pero están los otros dos perros y los hombres, y, además, una cosa es robar leña en el monte y otra agredir con un hacha a los perros, a los hombres y al propio hijo de la señora de Xavier.

-¡Esto voy a hacer!
El afilado cuchillo manejado con fuerza y habilidad ha dado unos cuantos cortes y, sin tocar siquiera la piel del animal, le ha liberado de todas las correas y sogas que sujetaban sobre su lomo la carga de leña. Los serones han caído pesadamente al suelo. Y ahora sí que se ha espantado el animal. Ha saltado de costado dando corcovos, ha comprobado que el ronzal que lo sujetaba al arbol también ha sido cortado y ha salido huyendo monte abajo por los gritos de Francés, que le anima en su huida:

-¡Ahíjú, ahíjújújú...! ¡Corre, no pares hasta llegar a casa!
-¡Maldito, maldito, maldito...! -escupe rojo de rabia el leñador.
-¿Me daréis las hachas ahora?
-¡Lo que te vamos a dar es...!
Francés se acerca, cuchillo en mano al segundo animal cargado.
-¡No cortes ese aparejo también! -esta vez es otro de los leñadores el que habla.
-¡Dadme las hachas!
-¿Para qué las quieres? ¿Qué harás con ellas?
-Las llevaré al cast..., a casa, a Xavier. Si quereis recobrarlas, iréis allí y pagaréis por ellas la multa debida...
-¡Yo no te entregaré nada! -asegura tozudo el leñador robusto, pero habla ya con mucha menos insolencia.

La mano de Francés palpa ya el vientre de la segunda acémila en busca de la cincha...
-¡No, no lo hagas! ¡No destroces esa también!
El hombre habla dirigiéndose a Francés en un tono más que conciliador:
-Un aparejo cuesta mucho, ¿sabes? No lo cortes. Yo te daré mi hacha, pero... -y ahora ya habla con un acento lastimero que quiere inspirar compasión-: ¿Si no cortamos leña en el Ferrandillo, de dónde la obtendremos? Somos leñadores, vivimos de este oficio.
-Eso contádselo a los del Concejo, que ellos os digan de dónde podéis cortar leña... -se oye decir Francés en frases secas y cortantes y con una voz bronca que apenas reconoce como suya.
El leñador bravucón ha terminado por ceder, a la vista de que sus compañeros se han rendido.

Los tres hombres se han marchado cabizbajos por el camino que lleva a Sangüesa llevándose a las dos acémilas, que marchan, saltarinas y ligeras, con los serones vacios...
Las hachas y la leña han quedado en poder de las gentes de Xavier, y es más que probable que de ahora en adelante los leñadores de Sangüesa lo piensen dos veces antes de subir al Ferrandillo para hacer leña.

El pequeño de Xavier es un jovencito que aún no luce barba, pero que demuestra poseer ya todo el genio, el fuego y el temple de su casta.
Mejor no enfrentarse con él...
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