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Autor: | Editorial:



Doña María sabe llorar
Durante semanas, despierto y bien despierto, Francés ha vivido la más espantosa de las pesadillas. Un piquete de diez soldados ha tomado posesión del castillo y ha vigilado los movimientos de cada uno de sus habitantes.

El licenciado Salazar, asistido por un secretario, ha recorrido todas y cada una de las estancias y dependencias, inspeccionando, registrando, investigando, preguntando. Nada ha escapado a su fiscalización, ni siquiera los arcones en que guardan sus ropas las mujeres.
Francés, impotente, ha tenido que soportar que las miradas vigilantes y un tanto burlonas de los soldados le sigan en cada uno de sus movimientos a través de su propia morada, y, lo que es más, ha visto esas miradas escrutadoras e impertinentes seguir los pasos de su madre, de su tía, de Gracieta, de Pachica...

Y lo peor no le ha llegado todavía...
El licenciado Salazar se ha instalado en la mesa que fue de su padre y se ha dedicado a revisar sistemáticamente carpetas, legajos, documentos, cartas...
-¿Qué se guarda en ese arcón?
-Nada que os pueda interesar, documentos familiares -ha contestado doña María.
-Abridlo, por favor.
-Os aseguro que nada de lo que se guarda ahí puede tener el menor interés para vos...
-Os creo, señora; y, sin embargo, os ruego me hagáis la merced de abrirlo -las formas del licenciado Salazar están siendo en todo momento corteses, pero sus frases son exigentes y firmes; no hay lugar a dudas, tiene autoridad y está dispuesto a ejercerla.

Doña María no ha tenido más remedio que desprender la llave de su cintura y abrir el arcón... Y lo que allí se ha encontrado ha parecido interesar muchísimo al licenciado Salazar.
Francés tiembla en su interior al verle leer y releer las cartas que Miguel ha recibido en los últimos meses y los borradores de las misivas que él ha escrito desde esta misma mesa... ¿Qué va a ocurrir ahora?
Una malhadada tarde se ha detenido ante el castillo una pequeña caravana de carros y caballerías. Llegan en ellas unas cuadrillas de hasta cuarenta y siete hombres. Son canteros y peones y vienen armados de piquetas, mazos y barras de hierro.

-Órdenes del cardenal -ha sido la escueta explicación del licenciado Salazar-. Está fuera de toda duda que este castillo ha sido albergue de conspiradores. Hay documentos en mi poder que lo prueban... El castillo debe ser arrasado... Y no sólo él, también vuestra torre de Azpilcueta será abatida... Y de vuestra casa de Pamplona se tomará toda la madera aprovechable para la obra de la nueva fortaleza.
-¡Pero eso es injusto! ¡Se está cometiendo contra esta familia un atropello inmerecido! ¡Siempre hemos estado al servicio del Rey Católico! ¡Mi hijo Miguel está en Pamplona empleado en el servicio de Su Majestad, al igual que mi sobrino Esteban de Zuasti.

Francés escucha las alegaciones de su madre lleno de un infinito asombro. ¡Está mintiendo! ¡Miente con un desconcertante aplomo! En Xavier se ha conspirado... Y Miguel no está en Pamplona; está, con Juan y muchos de sus hombres, incorporado a las fuerzas que el rey de Navarra tiene apostadas allende el Pirineo en espera de una ocasión propicia. Sí es cierto, en cambio, que está en Pamplona, y sí es cierto también que está al servicio del Rey Católico. Se ha sabido últimamente que forma parte de las gentes que el duque de Nájera ha reclutado... Esteban de Zuasti a sueldo del virrey... Fanfarrón, tramposillo y ambiguo Esteban...

Las cuadrillas recién llegadas trabajan aprisa y metódicamente.
Caen el muro exterior y su paso de ronda. Las dos torres redondas, la torre del puente levadizo y el portón de entrada. Al suelo se han venido las obras de fortificación: almenas y pegueras. Se derriba hasta la mitad la torre del homenaje.
Con todos los materiales que han caido a tierra se llena el foso; y se destruye el puente levadizo.
Francés asiste durante dos semanas a este pavoroso destrozo con los puños crispados y un desolado espanto cuajado en los ojos. ¡No poder hacer nada...!
Y los canteros se disponen a continuar...

-¡No, por favor, por Dios y por todos los santos! ¡Los aposentos de la familia no los destruyáis! ¿Dónde viviremos si destrozáis nuestra morada? ¡Tened compasión, tened compasión de mí, de todos nosotros...!
Doña María, llorosa, ha venido a suplicar, humilde, abatida, doblegada, ante el licenciado. A Francés le horroriza el temor de verla caer de rodillas frente al hombre que acaba de dirigir, impávido, el bárbaro castigo...

El licenciado, después de un rato de reflexión, ha terminado por atender los ruegos encarecidos de la viuda.
-Bien, esperemos que lo ya hecho sirva de lección y escarmiento. Dejaremos la casa como está. Partiremos mañana. Hemos de hacer obras parecidas en Sangüesa. No olvidéis que estaremos vigilantes y que podemos volver en cualquier momento.
Y es cierto que se han ido a seguir su labor de destrucción en otros lugares. Detrás han dejado una familia dolorida y un castillo de Xavier que ha perdido toda la gallardía fuerte y airosa que ha tenido hasta hoy. Es ahora sólo una construcción desfigurada y chata, poco más que una casa de labranza.

En un último gesto de salvajismo y prepotencia, los soldados, antes de retirarse, han hecho hogueras con gran parte de los documentos que Salazar ha despreciado y ha dejado esparcidos por mesas y anaqueles.
Por el aire, convertidos en pavesas, han volado viejos títulos de propiedad, cartas, nombramientos del Consejo Real de Navarra, antiguos contratos matrimoniales, actas notariales certificando acuerdos sobre olvidados pleitos... Los anales de la familia reducidos a cenizas...

Luego, han destrozado el jardín y las conejeras, llevándose todos los animales que han podido cargar en los arzones de sus caballos.
Francés ha visto partir al grupo de soldados. Lo que ha vivido es tan grave que ni siquiera siente alivio al verlos desaparecer en dirección a Sangüesa. A su alrrederor quedan ruinas y desconsuelo y un grupo de mujeres tan abatidas que ya ni sollozan.
Gracieta ha venido a colocarse a su lado y habla en voz queda y como sonámbula:

-Doña María sabe llorar... -murmura roncamente, con el gesto abrumado de quien acaba de descubrir una realidad sobrecogedora.
Sí, también a Francés le han dejado atónito las lágrimas de su madre. Ella ha sabido llorar en el momento oportuno igual que antes fue capaz de mentir sin vacilación ninguna; y gracias a sus lágrimas se ha conseguido que al menos parte de la casa quede en pie.

Triste y angustiosa experiencia para este adolescente que va creciendo, comprobar que la única defensa que puede quedarle a esta familia son las lágrimas, más o menos sinceras, de la madre; pero ¿qué puede hacer él?
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