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Autor: | Editorial:



¡Órdenes del cardenal!
Avanza la primavera. Hoy hace un día espléndido. Ni una nube en el cielo ni un soplo de aire sobre las mieses.
Francés ha vuelto de sus clases, ha dejado libros y cuadernos en su aposento y con un:

-¡Me voy a nadar al río! -lanzado a través de la casa para que lo recoja cualquiera de las mujeres que trajinan en los quehaceres domésticos, va hacia la salida llevando bajo el brazo el viejo calzón de lienzo que utiliza para sus baños en el río Aragón.

-¡Anda con cuidado, que el río baja crecido! -es la recomendación de doña María, que le llega desde la sala.
-Al volver, tráete del Molinaz un saquillo de harina flor; quiero hacer unas tortas de piñones para mañana -ha pedido Pachica desde la entrada de la cocina.
-Muy bien. Hasta luego...
Cuando pasa ante las caballerizas, invita:
-Venga, León, ¿te vienes al río?
Cuatro saltos entusiastas y media docena de sonoros ladridos son la respuesta. León ya sabe toda la estupenda diversión que pueden ser estas sesiones de natación con Francés de Xavier.

Camino del río el muchacho ha recogido un trozo de rama del grueso de su brazo y de más de dos palmos de largo. Y mientras avanza, lo va descortezando con cuidado para dejarlo pulido y sin astillas.

León conoce por experiencia para qué va a servir y salta alrrededor de Francés tratando de quitarle la rama de las manos:
-¡No seas pelmazo, León! Mira que me enfado y te mando a casa...
León finge una sumisión atemorizada...
El juego entre el espléndido muchacho y el magnífico animal ha comenzado.
Los dos conocen las reglas y los dos se entregan al ejercicio con toda la energía de sus cuerpos jóvenes, fuertes y bien entrenados.

León no es precisamente un perro de aguas, aunque es muy posible que en la linea ascendente de sus antepasados haya habido alguno. ¿quién sabe? Desde luego su pelo es bastante más largo y más sedoso que el de cualquiera de sus compañeros en las perreras de Xavier. Lo que si parece ser sin duda es un animal que sabe aguardar al acecho.

Mientras Francés se despoja rápidamente de sus pocas ropas y enfila el viejo calzón, el perro le ha mirado hacer en un tenso silencio, y sólo un leve parpadeo y un cierto temblorcillo en la nariz revelan el esfuerzo que está haciando para mantenerse absolutamente quieto y esperar...

-¡Al agua, León!
Una rápida carrera hasta la misma orilla, un salto y los dos cuerpos entran en el río en medio de estrepitosos chapoteos.
Francés ha conservado en su mano el trozo de rama y ahora levanta el brazo para mostrárselo al perro que nada cerca de él.
-¿Lo ves, León? Ahora lo tiro, pero ¡no vayas por él todavía, eh?
El perro viene a colocarse lo más cerca que puede del muchacho. El trozo de madera ha descrito un leve arco por encima del agua y luego ha caído y ha comenzado a navegar despacio arrastrado por la corriente.
Francés se sostiene a flote nadando con un brazo mientras agarra con la otra mano la pelambre empapada del cuello del perro.

Deja pasar unos largos instantes y luego:
-¡Vamos!
Nadan el muchacho y el perro casi a la par, pero Francés no tiene que esforzarse mucho para ser en el agua más rápido que León. Cuatro brazadas más y ha conseguido agarrar el madero. Claro que inmediatamente después le alcanza León, y ahora el juego simula una lucha feroz, y hay un remolino de brazos y de patas y un embarullado volverse y revolverse de cuerpos que se hunden y reaparecen resoplando, gritando, riendo, ladrando...

El ritual supone ahora que, después de mucho forcejeo, Francés cede y León se aleja hacia la orilla con el trozo de rama entre los dientes; Francés nada a su lado hostigándole sin cesar al hacer amago continuamente de que le intenta quitar la rama de la boca.
Al fin han llegado los dos a la orilla y trepan hasta la diminuta playa de arena que ha creado la corriente en esta leve curva del río. Francés se deja caer de rodillas y agarra con las dos manos la madera que aún guarda León bien aferrada entre los dientes:

-¡Suelta, fiera, suéltala! ¡Es mía...! -y ahora sí que la lucha enfrenta a los dos amigos en igualdad de fuerza. El perro, en tierra, es tan fuerte como Francés, quizá más para muchas cosas... Y seguramente León no soltaría la madera si no fuera porque Francés le acosa sin cesar tirando de ella con energía... y porque está deseando abandonar la lucha para poder sacudirse a gusto y librarse de toda el agua que su pelo ha retenido.
-¡Vete lejos a sacudirte, animal!
Es tarde; una rociada de agua fría ha salpicado al muchacho de pies a cabeza.
-¡Te voy a...!

¿Van a iniciar un nuevo juego en tierra? León ya se dispone para recibir la embestida del muchacho, que se tirará contra él para remedar una lucha en que se supone que intentará sofocarle agarrándose a su garganta. Y el jugará a defenderse lanzando feroces dentelladas entre roncos gruñidos amenazadores... completamente inofensivos.
-¡Francés, Francés...! ¡Toñico, saca a Toñico, que se ha caido al agua...! ¡Francés, Francés..., Toñico...!
El angustiado grito en demanda de socorro llega desde el murete de la prensa del Molinaz; la que grita es Lucía, la criada de Alonso, el molinero.
Un salto para ponerse en pie, una rápida ojeada sobre el agua para localizar al chico que patalea hundiéndose y reapareciendo, y ya están perro y muchacho de nuevo en el agua.

Rescatar a Toñico de las revueltas aguas ha sido difícil y laborioso. El río baja ciertamente crecido.
La corriente forma en algunos sitios remolinos; y no es lo mismo nadar libremente por el trecho elegido y conocido que tener que tirar de un fardo de ropa empapada dentro de la que se debate un chiquillo espantado...

-León..., ¡suelta, suéltale...! ¡Fuera, vete...! ¡Suelta... te... digo... sueltaaa...!
El perro resulta un estorbo. Está convencido de que el juego continúa y quiere disputarle su presa a Francés.
Al fin ha conseguido remolcar a Toñico hasta la orilla, pero la corriente los ha arrastrado río abajo a varios cientos de pasos del molino.
Francés jadea fatigado por el esfuerzo. El pequeño tose, vomita, lloriquea, escupe... y tiembla de frío y de susto dentro de sus ropillas que chorrean en hilillos delgados por todas partes.

León, se sacude una y otra vez, esparciendo a su alrrederor una nube de agua pulverizada que alcanza al muchacho y al niño, pero ahora nadie le recrimina; Francés está demasiado cansado y completamente concentrado en ayudar y sostener al chiquillo, que poco a poco, va recobrando un ritmo de respiración más regular.
-Ma... madre..., ma... madre..., -llora hipando Toñico.
-Ya, ya viene..., ya viene tu madre -le tranquiliza Francés, que tampoco ha recobrado aún del todo el aliento.
Lucía llega corriendo y gritando entrecortadamente:
-¡Toñico, hijo, hijo...! ¡Ay, Francés, Dios te bendiga! ¡Dios te bendiga! Toñico, hijo, hijo, hijo...
Toñico ahora llora a moco y baba mientras la madre le besa, le abraza y le quita a tirones la ropa empapada para envolverle luego en su propio delantal.

-Francés, en pie, a su lado, les contempla y reprocha:
-Podrías..., deberías tener... más cuidado con el diablo del... chico. ¿Y si se cae... al agua un día que yo no... no estoy aquí?
-¡Si no se acerca al agua más que cuando tú estás nadando! ¡Si lo que quiere es jugar contigo en el río!
-¡Pues átale a tus sayas cuando yo vengo! ¡O mejor, ensénale a nadar.
-Yo no se nadar, ¡válgame el cielo! ¿Cómo iba a saber nadar una mujer? ¡Qué cosas se te ocurren, muchacho!
-Bueno, pues ya le enseñaré yo...
-Es sólo una criatura de tres años...
-Si tiene edad para caerse al río, deberá tenerla también para aprender a salir de él..., o se ahogará cualquier día. Poco más de sus edad tenía yo cuando mis hermanos me enseñaron a...

Han emprendido la vuelta hacia el Molinaz por la vereda que sigue el curso del río. Francés, seguido de León, marcha delante. Camina despacio y con cuidado porque va descalzo. Detrás viene Lucía con el crío en brazos.
Corriendo hacia ellos llega ahora Gracieta:
-¡Francés, Francés, ay, Francés...!
Llega llorosa, pálida y desencajada:
-¡Ay, Francés...!
-Pero no llores, boba, ¡si no ha pasado nada! Si Toñico está bien, un remojón y nada más... ¡Míralo, ahí atras viene...! ¡No le ha pasado nada...!
-En casa..., en el castillo..., han venido hombres, soldados y un capitán..., y están registrando... -es el entrecortado informe de la muchacha.
¡Soldados en el castillo! Francés olvida su fatiga y emprende una carrera saliéndose de la vereda para cortar campo a través.

Y es Lucía, la que, desde lejos, tiene que recordarle:
-¡Que te olvidas de tu ropa! ¡Que vas desnudo! ¡Que la señora no querrá que llegues así a casa...!
De cualquier manera se viste Francés encima del calzón empapado y así, descalzo, desabrochado, despeinado, sin aliento y ansioso llega corriendo hasta la entrada del castillo, donde frenan su carrera la visión de dos soldados apostados a ambos lados de la puerta y el brazo amigo de don Miguel que le detiene, mientras le informa en voz alta:

-¡Órdenes del cardenal regente...! -para luego añadir en un tono que es apenas un susurro-: Aguarda, sosiégate. Entremos juntos. Tú y yo no podremos declarar nada porque nada sabemos, ¿entendido?
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