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Autor: | Editorial:



Rebaños y pastores
Comienza la primavera y ha llegado el momento de que los grandes rebaños de ovejas que pasan el invierno en los pastos de las Bardenas se muevan hacia el norte en su anual trashumancia hacia los frescos pastos del Pirineo.

Es privilegio antiguo de los señores de Xavier que estos inmensos rebaños de miles de cabezas que atraviesan sus tierras en los viajes de los pastos de invierno a los de verano, y a la inversa, paguen un canon por cada hato de trescientas ovejas. Un cordero a la subida, una borrega a la bajada.

Este año, los guardas de Xavier, apostados en el paso para recibir el pago debido, sólo han recibido desaires, burlas y hasta insultos:
-¿Pagar? Eso se acabó, nunca más pagaremos...
-¡Habéis de hacerlo! ¡Es derecho de los señores del castillo de Xavier! -Han reclamado los guardas.
-¡Era derecho concedido por el rey de Navarra, y como Navarra ahora tiene por rey al soberano de Castilla...! -argumenta con descaro un zagalón.
-¡Ya no hay privilegios ni derechos para los súbditos del rey de Navarra...! ¡Que ya no es rey de esta Navarra de aquende los Pirineos!

-Y vosotros habéis sido imbéciles sirviendo a señores que ni siquiera saben a qué rey les conviene obedecer.
Los guardas de El Paso han acudido espantados a contarle a doña María lo que está ocurriendo:
-¡Rebaños de más de mil cabezas, señora! ¡Y se han negado a pagar lo que os corresponde! ¡Y sabemos que vienen otros rebaños detrás y si estos pasan sin pagar, los otros tampoco lo harán...!

"Y mis hijos mayores lejos de casa, enredados en esta guerra en la que llevamos todas las de perder..." se dice llena de cólera doña María; pero no quiere que los servidores adviertan su profunda irritación, y con aparente solemnidad ordena:
-Volved a El Paso. Vigilad bien y tenedme informada de quienes son los que cruzan y cuantas cabezas conducen... Yo dispondré lo que haga falta para que esos hombres no se escapen sin pagar y lleven su merecido...

La verdad es que no sabe muy bien qué es lo que puede hacer... hasta que, providencialmente, han aparecido Miguel y Juan, acompañados de los hombres que les han ayudado a traer preso al alcalde de Sangüesa.
Tan pronto como Miguel ha sido informado de lo que ocurre, se pone de nuevo en movimiento:

-¡A caballo, hermanos!
Ramón, el mayoral, ha preguntado:
-¿Vamos nosotros también, señor?
-No, vosotros quedaos; para este negocio nos bastamos nosotros tres. ¡Francés, silba a los perros!
-Os llevan una ventaja de tres días -informa doña María.
-Eso no es nada, madre, los alcanzaremos en un santiamén... Las ovejas caminan despacio y todavía estarán subiendo...

Miguel y Juan han tomado monturas de repuesto. Francés ha ensillado su potro. Y a sus agudos silbidos han acudido los perros, que dormitaban en los alrrededores de las caballerizas y que saltan y ladran alborozados e inquietos presintiendo la emoción de la aventura inminente.
-Recogeremos al pasar los mastines de nuestros pastores. ¡Todos los perros nos harán falta!
Y al cabo, allá van al galope los tres jinetes en dirección al collado de Malpaso...

Y como Miguel había previsto, no han tardado mucho en divisar a lo lejos el enorme rebaño de ovejas que avanza lentamente alejándose ya de las estribaciones de la sierra de Leyre.

-¿Qué vamos a hacer? -Pide instrucciones Juan-. ¿Les exigiremos el pago ahora?
-¡No!
-¿Qué haremos, pues? -quiere saber Francés.
-Haremos que todo el rebaño dé la vuelta! ¡Les obligaremos a retroceder hasta El Paso! ¡Pagarán donde debieron haber pagado!
-¡Pero, Miguel, eso retrasará su viaje una semana por lo menos! -expone Juan. Todos los hermanos son expertos en la cría de ganado y saben hasta qué punto puede ser peligroso que un rebaño de esas proporciones retrase tanto tiempo la llegada a los pastos de verano. Además, obligar a las ovejas a volver a pasar por donde ya han andado y pastado las obliga a tener que apurar una hierba que ya ha sido recién mordida y pisoteada.

-Eso les enseñará a querer robar el pago a que tenemos derecho... Además, ocuparemos la cañada y, si los que vienen detrás pretendían pasar también sin pagar, se van a encontrar con que no pueden hacerlo... ¡Vamos, Francés, adelántate con los perros y oblígalas a volver...! ¡Vamos, no lo pienses más!

Francés sabe todo el perjuicio que su actuación va a causar al rebaño y a sus dueños, pero no lo duda. Se le ha concedido trabajar junto a sus hermanos mayores en defensa de los derechos de su familia y del prestigio de los señores de Xavier... y, aunque algo allá dentro le está haciendo preguntarse si la acción que proyecta su hermano no será desmedidamente dura en relación con la infracción cometida, consigue hacer callar a la débil vocecilla interior y se apresta a secundar a sus hermanos con toda su alma.

En esta mañana de primavera temprana se siente tan alegre, tan fuerte, tan lleno de vida y de entusiasmo...
Espolea a su montura, llama a los perros y se lanza arriba para llegar hasta la cabeza del rebaño.
Los pastores le han visto cabalgar seguro, arrogante y airoso, galopando al costado del rebaño y acompañado de los perros, que le siguen ladrando entusiasmados. Y le gritan enfurecidos:

-¡Ehhh...! ¡Parad...! ¡Alto...! ¡Deteneos...!
Pero el jinete no les escucha. Continúa su galopada hasta detenerse frente al carnero guía que encabeza la marcha. El animal lleva colgado al cuello el esquilón más sonoro, el que todo el rebaño está acostumbrado a escuchar y seguir durante la marcha. Y este soberbio ejemplar, grande y fuerte, es el objetivo de Francés. Tiene que hacerle dejar el puesto que ocupa ahora, conseguir que dé la vuelta y se coloque justo en lo que es la zona zaguera del rebaño, para luego hacerle reemprender la marcha en la dirección justamente opuesta a la que ha llevado hasta aquí.

Si logra que él lo haga todo el resto del rebaño le seguirá, a poco que los perros y los jinetes contribuyan a la maniobra.
El ruido del galope del caballo, los ladridos de perros extraños y el grito del jinete que azuza y guía a sus mastines han sembrado el desconcierto en el enorme rebaño. El carnero se ha detenido y las ovejas, detrás de él, empiezan a moverse espantadas, arremolinándose alocadamente, tropezando unas con otras, empujándose...
Ahora ya los pastores se han dado cuenta de que no hay un solo jinete junto al rebaño, sino tres. Y quizá empiezan a suponer quiénes pueden ser estos jinetes. Y quizá empiezan ya a lamentar la insolencia provocativa con que han desafiado a los guardas del castillo...
De todas formas, intentan contrarrestar la maniobra que ya ha iniciado Francés tratando de lanzar a sus propios perros contra los que tan diestramente está haciendo trabajar el muchacho del castillo. Y se organiza un pandemonium formidable. Ladridos, aullidos, balidos, mordiscos, silbidos, gritos...

-¡Ahí vamos! ¡Ahííí... vamos! ¡Muerde, León...! ¡Llévatelo delante, Turco! ¡Sus y a él...! ¡Eso es...! ¡No le dejes... no le dejes volver, Moro..., no le dejes! ¡Hala, Perla, tú y yo por aquí, ya lo tenemos...! ¡Ya lo tenemos...! ¡Allá vaaa...!
Los perros del castillo, guiados por Francés y secundados por los otros dos jinetes, han conseguido separar al carnero guía del grueso del rebaño y hacerle correr ladera abajo. Los otros cinco perros que han venido con ellos apenas han tenido trabajo conteniendo a los perros de los pastores. Son más fuertes, están mejor alimentados y mucho más descansados en estos momentos. De todas formas, la lucha entre ellos nunca hubiera sido una pelea feroz a vida o muerte. Todos ellos, los perros del rebaño y los del castillo, llevan carlancas, esos gruesos collares de cuero erizados de púas que defienden el cuello del perro de la mortal mordedura del lobo.

En medio de una terrible barahunda y de un polvo cegador, toda la inmensa masa de cabezas, cuerpos y patas se ha enmarañado primero en remolinos enloquecidos para acabar enderezándose poco a poco en la dirección que les marcan los jinetes y los perros que para ellos trabajan. Es el camino fácil, además; es cuesta abajo...
Los pastores no han dejado de gritar, de jurar, de silbar a sus perros, de intentar gobernar el rebaño en la dirección que ellos quieren, utilizando sus hondas para lanzar certeras pedradas, pero de nada les ha servido... Y ahora no les queda más que servir al rebaño y aguardar lo que los tres hijos de la señora de Xavier quieran hacer con él...

Cuatro jornadas largas de marcha casi ininterrumpida les ha costado a los extenuados animales retroceder hasta las tierras del castillo. También los hombres se sienten enormemente fatigados.
-¿Lo detenemos en El Paso? -pregunta Juan a gritos por encima del rumor de los miles de pezuñas marchando camino abajo.
-¡No! Haremos pasar a las ovejas por el portillo del redil grande. ¡Vamos a quintearlas!
Y como ha dictaminado el hermano mayor, así se hace. Todo el rebaño ha sido obligado a pasar por la estrecha entrada del redil y de cada cinco ovejas se ha retenido una.

Ha sido un durísimo trabajo que ha costado horas, pero al final, el gran rebaño ha quedado libre y en redil permanecen retenidas en concepto de multa hasta más de doscientas cabezas.
Los pastores han reclamado, gritado, amenazado, exigido... y suplicado. Todo ha resultado inútil.
-Esto os enseñará a respetar las normas establecidas...
-ha sido la amenazadora y brusca respuesta de un sudoroso y fatigadísimo Miguel de Xavier.
Francés ha llegado al castillo muerto de cansancio, sucio, despeinado y con la garganta reseca y dolorida: ha tragado polvo y ha gritado durante muchísimas horas, pero vuelve feliz. Y es aún más feliz al oir el diálogo que sus hermanos sostienen con doña María antes de retirarse a descansar:

-No sabes cómo ha trabajado este pequeño, madre.
-Ha hecho el trabajo de un hombre, y de un hombre fuerte. Maneja los perros mejor que un pastor...
-Quizá ha llegado el momento de que lo llevemos con nosotros... -ha sugerido Miguel.
-¡No! -ha protestado doña María.
-No, claro que no -la tranquiliza Juan, para añadir-: Francés se debe quedar en casa mientras nosotros andamos por ahí en servicios de guerra. En el castillo debe haber siempre alguno de nosotros que acompañe a la madre.

El gran rebaño ha pasado dos jornadas de descanso en las proximidades de Xavier. Los pastores han venido a presentarse, humildes y cabizbajos, ante la señora. Así quería verlos ella. Sometidos y dispuestos a pagar. Al final se ha sentido generosa y les ha devuelto las ovejas retenidas. Sólo ha conservado las que le correspondian en pago de sus derechos.
Doña María está satisfecha.
Y les ha regalado a los chicos para que lo coman entre ellos, como obsequio por su hazaña. Los tres muchachos del castillo de Xavier han invitado al festejo al guarda Manuel de Larequi y los cuatro hombres juntos se han ido a comer el cordero y las viandas que lo acompañan al Molinaz, para que Alonso de Artieda, el molinero, pueda participar también.
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