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Autor: | Editorial:



Una historia y un sueño
Han salido las niñas con el aya y Pachica. Van a cenar y a acostarse.
Y también ha dejado la sala hace rato Juan, después de recoger con todo cuidado caperuzas y pihuelas dentro de un cofrecillo.
Doña María y Miguel siguen examinando documentos y, de vez en cuando, alzan ligeramente la voz y se puede oir parte de su diálogo.
-Las campas y prados de El Real y del Escampadero nos pertenecen indiscutiblemente. Tenemos documentos que lo acreditan.
-Habrá que pedirle al procurador Martinez de Lesaca que se hagan copias autorizadas para presentarlas a los del Concejo de Sangüesa.
-Ya hace unos años tu padre tuvo que pleitear por estos derechos.

-Y habrá que volver a hacerlo ahora...
-Escribiré un memorial al rey.
-¿A qué rey, madre? ¿A don Juan de Navarra, que está tan lejos y cuya autoridad no se acata en Pamplona? ¿A don Fernando de Aragón y Castilla, que no reconoce ni respeta los derechos de sus propios sobrinos, los reyes legítimos de este Reino? Nuestros derechos tendremos que defenderlos nosotros.
Tía Violante se ha quedado sola y pensativa, contemplando ensimismada el bailoteo de las llamas en la chimenea. Francés la mira a hurtadillas un poco preocupado. ¿Ha sido demasiado brusco e irrespetuoso al interrumpir su charla con las primillas? ¿Estará ella enfadada con él por haberse atrevido a decirle lo que podía o no podía contarle a las niñas? Él no quería ser impertinente; sólo pretendía evitar a las pequeñas los malos ratos que él pasó de niño a causa de aquellas advertencias de tía Violante..., seguramente hechas con muy buena intención, pero...

Gracieta parece tener una habilidad especial para reconocer situaciones incómodas y saber lo que hay que hacer para suavizar tensiones.
Ha venido a dejarse caer de rodillas en la piel de oso. Luego se acomoda sobre sus propios talones y ruega:
-Doña Violante, ¿no querréis contarme la historia de doña Magdalena?
Sale la señora de su ensimismamiento para sonreir complacida a la muchacha.
-¡Gracieta, pero si ya te la he contado muchas veces!
-¡Sí, pero es una historia tan hermosa...; y como además es una historia verdadera...
Se anima el gesto de la narradora.
-Sí que es una historia hermosa, tienes razón; y verdadera, ya lo creo... Lástima que tu no hayas conocido a doña Magdalena. Tampoco Francés la ha podido conocer. Cuando él nació ya ella no estaba en Xavier.
"Pues esta historia empezó hace bastantes años, cuando don Juan de Jaso, señor de Xavier, era embajador en la corte de Castilla.

"Gozaba del favor de doña Isabel y de don Fernando. Y la reina castellana le ofreció para la mayor de sus hijas, de cuyas buenas cualidades le había llegado noticia, un puesto de dama de honor en su corte. Mi sobrina Magdalena debía de tener por aquel entonces unos catorce años. Era buena como un ángel, delicada como una vara de lirio y bonita como la miniatura de un misal. Tenía los ojos azules como las flores de miosotis y dos trenzas rubias como dos rayos de sol...".
Se extasía la narradora describiendo los encantos de la sobrina ausente. Gracieta ha vuelto la mirada a Francés. Parece estar comparando la descripción que hace doña Violante con la figura del muchacho que ella tiene ante los ojos. No hay ningún parecido entre los dos. Francés es moreno, tiene el pelo oscuro, corto y alborotado en desordenados rizos rebeldes, y su figura no tiene nada de la delicada fragilidad del lirio; se asemeja más bien a la flexible reciedumbre del tronco de un abeto jóven.
Sonríe Gracieta satisfecha al formular su propia conclusión: "Seguramente doña Magdalena era una doncella muy hermosa, pero Francés está bien como está; prefiero que no se parezca a su hermana...".

Y vuelve a prestar atención al hilo de la historia:
"Cuando don Juan tornó de aquel viaje a Castilla y le habló de que había aceptado en su nombre el buen puesto que en la corte castellana se le ofrecía, ella le escuchó con humildad y buen ánimo. Y se hicieron los preparativos para su viaje. Lo que te hubiera gustado ver todo lo que se fue guardando en aquellos dos cofres: tocas de lino, terciopelos y seda; sayas y sobresayas de algodón fino; camisas de holanda con vainicas y randas de encaje; briales de brocado con franjas de hilillo de plata; faldas y corpiños de lana adornados con bordados de perlas..., y collares, anillos, pendientes... Todo le parecía poco a su padre para aquella hija tan buena, tan querida y tan hermosa que salía de casa para ir a ser dama de la poderosa reina de Castilla".

En un gesto de afectuoso desagravio, Francés, después de guardar el ajedrez, ha venido a sentarse también cerca de Violante y se dispone a escuchar, con paciencia, una vez más, este relato que se sabe de memoria y que ciertamente no le importa mucho. Sólo conoce a esta hermana mayor por las historias que de ella se cuentan. No la ha visto nunca...
Gracieta, en cambio, parece estar realmente interesadísima en la descripción detallada que doña Violante hace de telas, adornos, joyas y calzados.
"Todos lloramos aquel día que se partió de aquí para ir a la corte de Medina. También ella lloró al salir de Xavier; pero estábamos contentos, a pesar de ello, porque creíamos que a Magdalena le esperaba un brillante destino en la corte. Y enseguida supimos, porque don Juan nos lo contó, que la señora reina se encaríñó con ella en cuanto la tuvo cerca y pudo apreciar sus muchas gracias y virtudes.

"Y antes de que pasase mucho tiempo, varios caballeros muy principales descubrieron también la belleza y el encanto de Magdalena. La señora reina estaba dispuesta a favorecer el matrimonio de su dama con el caballero que la mereciera y fuera de su gusto. Entre estos aspirantes estaba el hijo del duque de Gandía.
"-Considera ese matrimonio, hija mía -le dijo la reina-. Ese caballero sería un buen esposo.
"-Yo, señora, si a Vuestra Majestad le place, querría que me hicierais la merced de dejarme entrar en el Monasterio de Santa Clara de Gandía.
"-Así que deseas ser religiosa... ¿Y tan lejos, Magdalena, quieres irte habiendo otros conventos más cercanos?
"-Es verdad, señora, pero un día que estaba yo hablando con ese hijo del duque de Gandía me dijo grandes cosas del orden, la santidad y observancia que se viven en aquel convento. Y desde entonces siempre he conocido que Nuestro Señor me llamaba a profesar en aquella casa...

"Y Magdalena, que hubiera podido ser, si hubiera querido, duquesa de Gandía, prefirió consagrarse al Señor.
"Y aquel hijo del duque, que se había enamorado de ella a poco de conocerla, la acompañó, junto con toda la comitiva de damas, caballeros y criados que la señora reina designó, hasta dejarla ante la puerta de la clausura de aquella santa casa. Y ella allí vive, entregada a la oración y a la penitencia.
"Todos deberíamos tomar ejemplo de ella". Es la frase con la que doña Violante remata su historia.
-¡Yo no pienso encerrarme en un convento! -afirma rotundamente Francés.
-Claro que no, muchacho. Yo no digo que hayamos de imitarla profesando en una clausura. No a todos nos da el Señor vocación de monjes. Hablo de seguir su ejemplo de vida virtuosa.
Pachica ha entrado en la sala. Viene a extender el mantel y a colocar platos y cubiertos. Se va a servir la cena.

-Francés, recoge tu tabardo y llévatelo a tu cuarto.
"Los ricos vestidos de Magdalena se deshicieron para convertirlos en ornamentos y sus joyas de ofrendaron a Nuestra Señora de Gracia..." -doña Violante ha querido completar así su narración, pero se ha quedado ya sin oyentes.
Francés se ha levantado para obedecer la orden de Pachica.
Gracieta ha descubierto que está caído en el suelo el papel que Francés traía en la mano cuando llegó de la iglesia y, siempre dispuesta a servirle, se apresura a recogerlo:
-Oye, Francés, toma-. Y antes de entregárselo admira-: ¡Qué bien escribes!
-Eso no lo he escrito yo. Lo ha escrito don Miguel. Está en latín.
-¡Ah!
Gracieta contempla las letras bien trazadas y los renglones perfectamente alineados. No entiende nada, y no porque esté en latín, sino simplemente porque está escrito. Gracieta no sabe leer y a nadie se le ocurrirá nunca enseñarle a descifrar un conjunto de letras. No sería apropiado. ¿Para que iba a necesitar leer una criadita, por más que sea una niña especialmente querida y protegida por la señora de la casa? Ya se le está enseñando todo lo que una chiquilla como ella debe saber: limpiar, ordenar, cocinar, tejer, coser, zurcir, lavar... Es todo lo que va a precisar para ser en el futuro una buena esposa y una buena madre..., si llega el caso de que encuentre alguien que quiera casarse con ella.

-Es el himno de Completas -explica Francés tomando el papel de manos de Gracieta-. Le conté el otro día a don Miguel que algunas noches sueño cosas horribles. Ya sabes, pesadillas, y me despierto sudando y asustado. Y me ha dado ese himno para que lo rece antes de acostarme.
-¡Léemelo!
-No vas a entender nada, ya te he dicho que está en latín...
-No importa, me gustará oirlo. Léelo.
-Ven, ven aquí junto a mí a leerlo; también yo quiero oirlo -ha pedido tía Violante.
Y Francés se acerca con el papel en la mano. Está encantado de poder lucir ante este auditorio, que sabe incondicionalmente bien predispuesto en su favor, sus conocimientos de latín.
-El latín no lleva nunca acentos, pero don Miguel los ha puesto en esta copia para que yo sepa pronunciarlo correctamente -la explicación va dirigida, por supuesto, a tía Violante. A Gracieta acentos o no acentos le da exctamente lo mismo.

-Vamos, lee -apremia.
Te lúcis ánte términum,
Rérum Creátor póscimus,
Ut sólita cleméntia
Sis práesul ad custódiam.
Prócul recédant sómnia,
Et nóctium phantásmata,
Hostémque nóstrum cómprime,
Ne polluantur córpora.
Práesta, Pater omnípotens,
Per Jésum Christum Dóminum,
Qui técum in perpetuum
Régnat cum Sáncto Spíritu. Amén.


Recita el muchacho con voz segura.
-¡Qué hermoso! -se extasía Gracieta.
-¡Pero si no has entendido nada! -ríe Francés.
-¡Suena tan bien...! -dice la muchacha.
-Dice don Miguel que se cree que lo escribió Santo Tomás de Aquino -luce Francés su erudición.
-Sí que suena bien -conviene tía Violante-, pero ahora traduce, mi latín no llega a tanto como para entender eso; traduce, si es que sabes... -ha retado sonriendo la señora.
-¡Claro que sé traducirlo! Bueno, ya lo he traducido esta mañana con don Miguel en el tiempo de estudio.

Antes que la luz se extinga
te rogamos, Creador,
que con sólida clemencia
Tú nos guíes y nos guardes.
Huyan muy lejos los sueños
y los nocturnos fantasmas.
Reprime a nuestro enemigo,
y que los cuerpos no manche.
Dálo, Padre Omnipotente,
Por el Señor Jesucristo
que contigo y el Espíritu,
reina por todos los siglos. Amén.


-Es hermoso, ciertamente. ¿Querrás hacer una copia para mí, sobrino? -pide doña Violante.
-Claro, sí -concede magnánimo Francés. En realidad se siente profundamente satisfecho de que lo que ha leído haya gustado tanto.
Está ya preparada la mesa del todo y se produce un movimiento general en el salón. La familia va a sentarse para comenzar la cena. Francés recoge su tabardo y emprende una rapidísima carrera a través de escaleras, corredores y estancias, para obedecer la orden de Pachica y estar de vuelta antes de que su madre inicie la oración de acción de gracias que precede a la cena.
Cuando, una hora más tarde, llega a su cuarto para acostarse, puede oír todavía cómo sopla el viento en violentas rachas desiguales que se desgarran, gimiendo en largos lamentos, al romperse contra las almenas del castillo.
Esta noche, antes de meterse en la cama, Francés ha recitado devotamente el himno que don Miguel le ha recomendado.
Luego, de un salto, se ha metido en la cama y se ha arrebujado bien bajo las mantas. La ropa está helada. Mientras resiste los primeros momentos estremecedores, antes de que su cuerpo joven empiece a reaccionar, recuerda tiempos pasados:

"Cuando yo era pequeño venía Pachica a la hora de acostarme y me calentaba la cama con un braserillo. Entonces sí que daba gusto meterse bajo las mantas; pero ahora ya soy mayor y no estaría bien que me calentasen las sábanas. Era agradable, pero eso es cosa de niños y yo ya..."
Y está logrando vencer los últimos escalofríos; empieza a adormecerse...
Tan pronto como se queda dormido comienza a soñar...
Y no parece que el himno de completas vaya a librarle esta noche...
Se ve cruzar ante la capillita del Cristo, hace un vendaval furioso y una racha violenta de aire le levanta en vilo y se lo lleva volando por los aires... Se siente agarrado y arrastrado por miles de manos invisibles... La silueta del Cristo se va quedando en la lejanía...
-¡Señor, Señor, Señor...! -clama Francés en sueños, angustiado, porque no quiere alejarse de su hogar, no quiere dejarse arrastrar por el vendaval lejos de la figura familiar y amada.
Y se despierta a media noche, como otras veces, sudando y respirando con dificultad, acongojado.
Y todavía impresionado por efecto del sueño, repite el himno:

...Procúl recédant somnia
et nóctium phantásmata...

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