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Autor: | Editorial:



Dos leyendas
Se acercan las fiestas de Navidad.
Hoy sí que ha hecho frío de veras. Hay más de tres palmos de nieve helada en el suelo. Francés la siente crujir bajo sus botas a medida que avanza en dirección al castillo.

Sopla un cierzo furioso que le revuelve el pelo, le acuchilla la cara y parece querer arrancarle la ropa y arrebatarle el papel y el farol que lleva en las manos.
Viene de la iglesia, donde ha rezado, junto con los clérigos, el oficio de Vísperas.

-Te conviene asistir con nosotros al coro -le había dicho don Miguel hace ya muchas semanas-. Sobre que recitar el oficio divino es unirse a la plegaria oficial de la Iglesia, algo muy del agrado de Dios y extraordinariamente saludable para el espíritu, el recitar en voz alta esas plegarias te familiarizará con la buena pronunciación del latín, cosa que te hace mucha falta.

La verdad es que a Francés estas salidas vespertinas durante las crudas tardes de invierno no le hacen ninguna gracia, pero doña María estuvo de acuerdo con don Miguel acerca de lo conveniente de su asistencia al coro y el muchacho ha aceptado la invitación sin protestas.
Y cada tarde, a última hora, acude al coro para recitar Vísperas. Al final del oficio se canta siempre la Salve. Muchas tardes doña María, tía Violante y Gracieta acuden también a estos rezos.

Por las mañanas asiste a las clases que los clérigos le dan. Estudia gramática, historia, latín, francés... A mediodia vuelve al castillo, come, pasa un rato de reunión con la familia en la sala grande y luego dispone de tiempo libre para sus actividades preferidas: pescar, cazar, montar a caballo, nadar, perseguir a los zorros que se atreven a llegar demasiado cerca de los gallineros y de las conejeras. Y algo que le gusta sobremanera, adiestrar a los perros jóvenes que luego van a servir para las dos grandes actividades en las que estos animales participan: la caza y el manejo de los grandes rebaños de ovejas y de vacas.

Claro que estas actividades al aire libre han sido imposibles en un día como el de hoy.
Francés, bien arrebujado en su tabardo forjado de piel, apresura su andar hacia el castillo. Está deseando refugiarse en casa.
En dos saltos, y sin tener que mirar siquiera los peldaños ha subido los dos tramos de escalera sin un tropiezo; se sabe cada piedra de memoria y cual es el lugar exacto en que hay que colocar el pie para un más fácil y seguro ascenso.

Y por fín ha podido cerrar la puerta tras sí. Al pasar ante el Cristo ha saludado:
-No sabes lo bien que estás ahí cobijado, Señor. Allá fuera hace una noche de todos los diablos.
Y entra en la sala. ¡Qué ambiente tibio y agradable se disfruta aquí dentro!
-¡Buenas noches a todos! -y en la voz del muchacho canta el gozo de la vuelta al hogar después del deber cumplido.
Está reunida en la casa la familia en pleno: doña María, la tía Violante, Miguel, Juan, Pachica, Gracieta y las primillas Blanca y Laurencia, que han llegado hace dos días con su aya. Van a pasar las fiestas de Navidad en Xavier porque sus padres han sido invitados a pasarlas en la corte de los reyes, al otro lado de los Pirineos. Don Sancho de Belzunce es miembro del Consejo del rey don Juan.

A Francés estas primas tan niñas le interesan muy poco. Tía Violante está, en cambio, encantada. Tiene en las dos pequeñas y en su aya unas oyentes atentísimas y ella disfruta contando historias; es una narradora incansable.
Francés se ha despojado de su tabardo y se ha acercado al fuego para reconfortar su cuerpo aterido.
-La iglesia estaba helada -comenta.
-¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo? -ha preguntado Pachica.
-¡Sííí...!
-Ahí, en la mesita del rincón, tienes pan, queso y fiambre. Y vino también. Te ayudará a entrar en calor, pero, ojo, un vasito sólo, ¿eh?

Francés ataca la mesita del rincón con verdadero entusiasmo, y mientras devora pan y queso y fiambre y hasta un puñado de higos secos que ha encontrado en una cestita, y bebe en un vaso del vino tinto, denso y aromático de la tierra, contempla las diversas actividades de los miembros de la familia.
Doña María, en un extremo de la mesa, le muestra a Miguel unos documentos y los dos hablan entre ellos animadamente.
Juan, sentado en el otro extremo de la mesa, ha extendido sobre el tablero hasta tres pequeños capirotes de cuero rematados en penachos de plumas. Son las caperuzas con que cubre las cabezas y ojos de sus halcones mientras los está adiestrando para la caza. En primavera y en otoño, cuando las bandadas de ánades que emigran en formaciones triangulares crucen volando sobre Xavier, sus halcones abatirán buenas piezas, que pasarán a la cocina para convertirse en deliciosos asados.

Examina Juan con todo cuidado capirotes, penachos y pihuelas, las correillas con que se sujetan las patas del halcón al grueso guantelete del halconero. Es importante que todo el equipo esté en perfectas condiciones. El primo Pedro de Jaso ha presumido siempre de que sus halcones y jerifaltes son mejores cazadores, vuelan más alto y son más veloces y certeros, pero eso no es cierto, al menos no va a ser cierto de aquí a muy poco. Francés está seguro de ello, porque los animales que su hermano está adiestrando ahora son magníficos...

Tía Violante está sentada en un sillón junto al fuego, y a sus pies, sobre la piel de oso tendida ante la chimenea, se han acomodado las dos sobrinillas, que la escuchan embelesadas. Un poco más allá está sentada el aya, que hila pausadamente mientras escucha.
Junto al alto candil de cuatro mechas están Gracieta y Pachica. Las dos trabajan en labores de calceta. La muchacha se ejercita junto a su maestra en la enrevesada tarea de tejer el talón de una media.
Francés ha terminado su merienda, y ya con el estómago calmado viene a proponer a Gracieta:
-¿Jugamos una partida de ajedrez?
-¡Sí! -el entusiasmo manifestado por Gracieta al contestar es casi tan rotundo como el que ha mostrado hace poco Francés al aceptar la merienda, aunque bastante más comedido en el tono.
Pachica interviene inmediatamente para rezongar:
-¿Ya vas a dejar la calceta?
La muchacha se disculpa haciendo con la cabeza un gesto hacia Francés:
-Él me ha dicho que quiere...
-¡Francés ha dicho, Francés quiere...! Y tú, claro, deseando dejar la labor. Así te está saliendo esa media, que tiene ya más trampas que las cuentas de un usurero... Creo que voy a tirar del hilo y a deshacer todo lo que has hecho hasta aquí.

-¡No! -hace como que se horroriza Gracieta ante la terrible amenaza; pero nada es verdad, ni el enfado de Pachica ni el miedo de la joven tejedora tramposa.
-Anda, vamos -ha dicho Francés, que ya trae el tablero y la caja con las figuras.
Y los dos muchachos se han sentado en el suelo, uno frente a otro, con una banqueta entre los dos, sobre la que han colocado el tablero. Se sitúan las figuras y empieza el juego.
Tía Violante comienza una nueva historia, pero ni Gracieta ni Francés atienden a la narración; se la han escuchado cientos de veces, así que su voz sólo sirve de fondo al esfuerzo que hacen al planear cada movimiento del juego.

-Vivía en el monasterio de Leyre, hace muchos, muchos años, un monje muy anciano y muy santo que se llamaba Virila. Sabía que estaba cerca el momento en que el Señor le llamaría a su presencia y se preguntaba cómo sería el paraiso y que se sentiría viviendo eternamente en el cielo con Dios, con Santa María y con los santos.
"Un día, después de Laudes, y dándole siempre vueltas a ese pensamiento, salió al monte y se sentó junto a la fuente. Al punto empezó a oir el canto de un pajarillo que entonaba una melodía maravillosa. Aquella música le producía un gozo tan profundo, una alegría tan extraordinaria y un bienestar tan confortador, que el buen monje se sintió inundado de la más sublime felicidad y deseó que el pajarillo siguiera gorjeando por los siglos sin fin...; pero al cabo de unos instantes, el canto cesó.

"-¡Qué cosas tan prodigiosas ha creado el Señor! -murmuró el buen anciano dando un hondo suspiro. Se había quedado un tanto desconsolado por el silencio del pajarillo; pero enseguida, como era un monje disciplinado y cumplidor, tomó el camino de vuelta al monasterio, donde le aguardaba el trabajo: tenía que concluir la imagen de Nuestra Señora que estaba pintando, porque habéis de saber que era un monje artista y muy devoto de la Reina del Cielo.

"Cuando llegó a la entrada de Leyre lo halló todo tan cambiado que pensó que se había equivocado de monasterio. Ni el portal era el mismo, ni le resultaba conocido el monje portero, que al verle allí mirándolo todo asombrado, le preguntó:
"-¿Qué deseais, hermano?
"-Quiero ver a mi abad para contarle algo extraordinario que me ha ocurrido y algo muy sorprendente que me está ocurriendo ahora.
"El portero pensó que aquel hombre no sabía muy bien lo que decía porque, no siendo monje de aquel monasterio, estaba claro que tampoco el abad de aquella casa era su abad; pero como el buen viejo vestía el hábito de la orden le dejó entrar hasta la celda abacial.
"Cuando el anciano monje se encontró ante el abad se sintió más confuso todavía, porque tampoco al abad le había visto nunca ni el abad le conocía a él.

"-¿Quién sois, hermano, y qué quereis de nosotros?
"-Yo, padre abad, soy un monje de este monasterio. Salí esta mañana al monte y allí oí cantar prodigiosamente a un pajarillo. Luego, he vuelto y todo está cambiado y nadie me reconoce ni yo veo a ninguno de los monjes mis hermanos con los que he convivido durante más de cincuenta años.
"-¿Cómo os llamáis, hermano, y qué oficio teníais en el monasterio?
"-Me llamo Virila, y es mi trabajo pintar imágenes. Un cuadro de Santa María con el Niño debía terminar hoy mismo...
"El abad recordó entonces haber leído en las crónicas del monasterio el relato de la desaparición misteriosa de un monje llamado Virila, que había dejado un precioso cuadro de Nuestra Señora sin terminar.
"Aquello había ocurrido hacía más de trescientos años.
"Envió al monje portero a buscar la pintura inacabada y el buen Virila reconoció su obra. Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Lloraba emocionado al comprender la inmensa felicidad que gozan los bienaventurados en el paraíso. A él le habían parecido unos breves instantes lo que en realidad habían sido más de trescientos años.
"Todavía vivió el monje Virila un poco más de tiempo en el monasterio de Leyre. Lo justo para dejar terminado el cuadro que representaba a Nuestra Señora con el Niño; luego el Señor se lo llevó para que gozara de su presencia por toda la eternidad".

Calla la narradora y se producen unos momentos de silencio.
-¡Te como el alfil! -triunfa la voz de Gracieta.
-Y yo a tí la torre y ¡jaque a la reina! -retruca Francés calmosamente.
-¡Oh, vaya! -suspira decepcionada la muchacha.
A las pequeñas los incidentes del juego no les interesan.
-¿Es verdad que el monasterio de Leyre está muy cerca de aquí, tía Violante?
-Sí, muy cerca.
-¿Iremos un día? Di, ¿nos llevarás un día?
-¿Podremos sentarnos junto a la fuente?
-A lo mejor oímos cantar al pajarillo.
-Hace mucho frío, Blanca; yo creo que en pleno invierno los pajarillos no cantan...
-Bueno, como ese es un pájaro milagroso... -argumenta con toda seriedad la pequeña Laurencia- a lo mejor puede cantar aunque esté nevando, ¿no?
-Pues no sé, sobrina...
-¡Cuenta otra historia, tía, anda, por favor!
-Sí, cuenta otra.
Recapacita un momento la narradora, sonríe a las insaciables pequeñas, reacomoda las entrelazadas manos sobre el regazo y empieza de nuevo:
-¿Os cuento la historia del Santo Cristo de Xavier?
-¡Sí, cuenta...!
-Pues asegura la leyenda que hace unos trescientos años el castillo de Xavier era una fortaleza abandonada en la que no vivía nadie. Sólo era ocupada en tiempos de guerra.

"La torre redonda en la que está la capilla del Santo Cristo estaba cerrada en todo su derredor. Un día, un cazador que perseguía un ave vio que su presa se metía por una tronera alta que había en el muro de la torre. Sintió gran curiosidad y se fue a buscar una larga escalera, la adosó a la torre y se subió para mirar por la tronera en la que se había introducido el ave.

"Se quedó maravillado, porque dentro de la torre vio al Santo Cristo y vio también que a sus pies ardía una lámpara de aceite que iluminaba el recinto.
"Bajó de la escalera presuroso y se fue a contar a las gentes del entorno lo que había descubierto. Y vinieron de todos los caserios cercanos y, luego que muchos contemplaron el prodigio, empezaron a hablar entre ellos y resultó que ni siquiera los más viejos habían visto jamás aquella torre de distinta manera a como estaba en aquellos momentos:

"-Y si la torre ha estado siempre completamente cerrada, ¿cómo es posible que una lámpara se haya mantenido encendida durante tantísimo tiempo sin que nadie cuidara de ella? -se decían.
"-Es claro que esto es cosa de milagro.
"-Seguramente el Santo Cristo está aquí encerrado desde los tiempos de las guerras con los moros- opinó alguien.
"Se pusieron a trabajar los hombres y en poco tiempo se abrió una puerta a la torre y las gentes de los alrrededores llegaron para venerar al Santo Cristo de Xavier.
"Y desde entonces nunca han faltado devotos que vengan hasta de los lugares más lejanos para rezar a sus plantas y pedirle favores".

Tía Violante ha hecho una pausa para dejar que sus oyentes acaben de gozar en silencio del final de su historia. Después, se dirige a las niñas directamente:
-¿Y os habéis fijado bien en la cara de la imagen? ¿Habéis advertido que nuestro Santo Cristo sonríe a los que le miran? Pues os voy a decir una cosa...
-¡No! -la interrumpe Francés-. ¡No les cuentes también esa historia a las niñas!
Hay una exigencia tan tajante en su tono que todos los que están en la sala le miran sorprendidos.
Y ha hecho un movimiento tan brusco al volverse hacia su tía que el tablero de ajedrez ha sufrido un envite y han rodado varias figuras, deshaciendo el orden del juego. A Gracieta no le importa gran cosa; iba perdiendo, como casi siempre...

Al cabo tía Violante ha querido saber:
-¿Qué es lo que no quieres que le cuente a las niñas?
-Eso..., eso que les ibas a contar de la sonrisa del Cristo...
-¿Y por qué no se lo puedo contar?
-¡Porque eso es mentira!
La frase ha sonado dura y violenta; se ha dado cuenta en el mismo momento de oírsela pronunciar a sí mismo.
-¡Francés! -ha lanzado desde la mesa doña María, como una seria advertencia a su hijo menor.
Y él no se desdice, pero suaviza:
-Quiero decir que... que no es verdad. A Gracieta y a mí también nos lo contabas cuando éramos pequeños... Nos decías que el Cristo nos sonreía porque éramos buenos, pero que si nos comportábamos mal, entonces... Y yo te creía, te creía del todo, creía que de verdad el Cristo dejaría de sonreirme el día que fuera malo, que si me portaba mal el Cristo me miraría serio y hasta casi enfadado... ¡Y no es cierto! Aquella vez que peleé con el primo Pedro y le descalabré de una pedrada, pasé días y días sin atreverme a mirar al Cristo por miedo a ver su cara cambiada, por temor a comprobar que estaba enfadado conmigo. Después he aprendido que el gesto del Cristo no cambiaría nunca. El artista que lo talló lo hizo así..., y no dejará de sonreirnos hagamos lo que hagamos, porque Cristo no nos sonríe porque nosotros somos buenos, nos sonríe porque es bueno Él...

Se da cuenta de que está hablando con demasiada seguridad y hasta con cierta autoridad, que está hablando con su tía, a la que quiere y respeta, y que le están escuchando todos los demás con una atención entre asombrada y sorprendida. Y explica un poco azorado:
-Yo... bueno, todo eso no lo digo yo. Lo he aprendido de don Miguel...
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