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Autor: | Editorial:



Tu te llamas Francisco
En la zona oriental de Navarra, casi en la raya con Aragón y al sur de la sierra de Leire, se alza, enclavado sobre una mole de roca, el castillo de Xavier. Finales de octubre de 1515. Hace un día de otoño gris, revuelto y frío. En lo alto de la torre del homenaje, la bandera, izada tan solo a media asta, danza y ondea fieramente zarandeada por el viento. Lleva prendidos negros crespones porque el castillo y sus moradores viven jornadas de duelo. Juan de Jaso, señor de Xavier, ha muerto hace unos días y hoy se va a celebrar un solemne funeral que reunirá a deudos y amigos alrededor de la familia.

En su aposento, la señora de la casa, María de Azpilcueta, está terminando de vestirse sus ropas de viuda. No está sola; la acompañan su hermana menor, Violante, Pachica, la doncella, y la pequeña Gracieta.
Doña María, ayudada por Violante, prende sobre su toca los velos de luto y habla para la doncella:

-Pachica, ve a buscarme a Francés. Dile que antes de bajar a la sala pase a verme por aquí.
Y sale la doncella.
“El ama quiere comprobar que el pequeño se ha vestido convenientemente antes de que le vea la familia”, va pensando la veterana criada mientras va en busca del hijo menor de la casa.

Este hijo menor de la casa, apenas adolescente, ha terminado ya de vestirse su traje de luto: borceguíes de cuero negro, calzas negras de lana y sobre la blanca camisa de lino, jubón de terciopelo negro ajustado con ancho cinturón de cuero, también negro, cerrado con hebilla de plata.
Es un chico guapo y bien plantado este Francés de Xavier. Piernas largas y fuertes, hechas a la carrera y al salto; cuerpo recio y espigado de muchacho que ama los ejercicios y juegos al aire libre; hermosa cabeza bien plantada sobre los hombros y unos ojos garzos, brillantes, curiosos y bailarines que revelan inteligencia y quizá una manera animosa y valiente de mirar la vida.
Francés se contempla una y otra vez los borceguíes y las calzas. Acaricia las mangas de su jubón nuevo y se ajusta y reajusta el cinturón. Se siente satisfecho de su atuendo. Todo es nuevo y es la primera vez que se viste enteramente de negro, excepción hecho de la camisa, naturalmente.

La ropa negra ha estado siempre reservada para los mayores, para las ceremonias solemnes y los lutos rigurosos de los mayores. Él, Francés, nunca ha tenido ocasión de participar en una gran ceremonia, y tampoco nunca hasta ahora se ha tenido que vestir de luto. El recuerdo del padre recién desaparecido vela durante unos momentos la mirada del muchacho...

A través de la puerta le llega la voz de Pachica:
-Francés, dice la señora que antes de bajar a la sala vayas a su aposento.
-Ya voy, Pachica.
Se pasa los dedos por los párpados en dos manotazos rápidos, da un par de tirones nerviosos a los puños de su camisa y recolocándose una vez más la hebilla del cinturón, abre la puerta y sale con paso firme camino del aposento de su madre.
“Allí hay un espejo grande”, se dice; “quizá se presente ocasión de mirarme y ver qué aspecto tengo”.
-Adelante, pasa –ha invitado la voz de doña María desde dentro, y Francés cruza el umbral y se presenta ante su madre y su tía Violante.
-Buenos días, madre. Buenos días, tía Violante.
A Gracieta ni un saludo, ni siquiera una mirada. La niña huérfana, recogida por caridad en el castillo y que sirve a doña María como doncellita y acompañante, no cuenta hoy nada para Francés.
-Buenos días, sobrino.
-A ver, déjame que te mire –dice la madre, y se levanta para contemplar a su benjamín desde un punto de vista más favorable. El chico se mantiene ante su madre y su tía bien derecho, las piernas juntas y las dos manos unidas en la espalda. En la postura del que quiere mostrarse entero, del que se sabe mirado con afecto y no tiene nada que ocultar.
-Muy bien –aprueba la tía, siempre dispuesta a encontrar perfecto al sobrino preferido-. Estás muy bien con el traje nuevo. Pareces mayor; es el negro, claro.

La madre no dice nada, pero se advierte en su aire complacido la satisfacción que siente al mirar la gentil figura del hijo. Se acerca a él y alarga una mano para tratar de atusar el flequillo rebelde, que cede sólo un segundo a la presión de sus dedos, para volver en seguida a caer de nuevo sobre la frente.

Luego retrocede dos pasos para mirarle de nuevo a una cierta distancia:
-Es cierto que esa ropa te hace parecer mayor. Te nos estás haciendo grande sin que casi nos demos cuenta, hijo.
Francés no ha podido mirarse en el espero, pero tampoco lo necesita. La aprobación de tía Violante, las frases de su madre y la mirada de rendida admiración que le llega desde los ojos de Gracieta le están diciendo mucho más de lo que podría contarle un espejo...
Pero la miel de la gloria no suele durar mucho.

Francés, ¿dónde está tu capa? –pregunta doña María.
-En mi cuarto.
-Vé a buscarla.
-No la necesito, no tengo frío.
-Lo tendrás, hace un día muy desapacible.
-No me hace falta la capa para nada –es la tajante afirmación de Francés, que está pensando en el desdoro y afrenta que sufriría su traje nuevo si resulta que tiene que cubrirlo con la vieja capa, que fue negra en sus tiempos, pero que ya pardea por varios sitios.
-Vé por tu capa ahora mismo –el tono es terminante y no parece brindar ninguna oportunidad a una nueva réplica.
Y, sin embargo, todavía hay en el muchacho un último intento de resistirse:
-Pero, de veras, madre, si es que...
-¡No voy a repetírtelo! ¿Oyes las campanas? Está sonando el segundo toque. Es la hora de marchar hacia la iglesia. Vamos, vé a tu cuarto y baja luego a la sala enseguida.
Se endurece el gesto del muchacho, pero no hace el menor movimiento que indique su intención de obedecer. Desde el fondo del aposento llega, casi en un murmullo, la voz suave de Gracieta que ofrece:
-Señora, ¿subo yo a buscar la capa?

-¡No! –ha rechazado el muchacho casi violentamente.
Y como si el ofrecimiento de la doncellita hubiera servido para quebrar la última resistencia terca de Francés, se le ve dar media vuelta, girando sobre un solo pie y salir, ceñudo y arisco, en busca de la indeseada prenda.
Su salida alivia la tensión madre-hijo que Violante y Gracieta han presenciado un poco temerosas. Estos enfrentamientos de doña María con Francés no se producen con frecuencia, pero a veces dan lugar a situaciones embarazosas para los testigos que están presentes. La madre es autoritaria y el hijo está creciendo y reacciona y se encabrita cada vez que le parece que le están tratando como si aún fuera un pequeño, aunque todavía acaba siempre por someterse y aceptar la autoridad materna...

Doña María ha terminado de prepararse. Violante le ha tendido el manto y ella misma se ha envuelto también en el suyo.
-Vamos –ha dicho la señora de la casa. Y las dos mujeres, seguidas de Gracieta, se encaminan hacia la parte más antigua del castillo, hacia la sala grande en la que deben de estar ya congregados a estas horas los amigos y familiares invitados a la solemne celebración.
Se interrumpen conversaciones y comentarios a la entrada de las dos señoras. La sala principal del castillo es muy espaciosa y aparece llena de personas, hombres en su gran mayoría. Se han reservado para las pocas damas asistentes los sillones cercanos a la chimenea, en la que arde un fuego de gruesos leños de encina.

Se han levantado las damas para saludar a las señoras que entran y luego los caballeros se han llegado, en riguroso orden de jerarquía, edad y parentesco, a besar la mano de la viuda. Para Violante, la hermana más joven, que se mantiene en un prudente segundo término, ha habido besos de las señoras y leves inclinaciones de cabeza de los caballeros.
Detrás de todos los hombres se han acercado a doña María sus dos hijos mayores, Miguel y Juan, que están aquí desde primeras horas de esta mañana recibiendo y atendiendo a los visitantes a medida que han ido llegando.

-¿Dónde está Francés? –ha preguntado a media voz Miguel.
-Viene ahora mismo –comenta doña María en el mismo tono comedido.
-Debería haber estado aquí hace ya mucho rato –murmura Miguel, y su frase tiene un cierto matiz autoritario que sorprende a su madre. “¿Está este muchacho tan posesionado ya de su nueva posición como señor del castillo que empieza a querer controlar los movimientos de los familiares?”, piensa.
Doña María no tiene tiempo de seguir sus reflexiones, Francés hace en ese momento su aparición bajo el dintel de la puerta y se detiene a mirar, un poco cohibido, la nutrida concurrencia.

Están el tío Martín de Azpilcueta y la tía Margarita y su hijo Juan, que han venido desde el palacio de Olloqui, y el tío Pedro de Atondo y el señor de Añués y su esposa, que han venido desde Sangüesa, y el primo Juan de Echagüe, y el primo Juan de Azpilcueta y la tía Leonor con los primos Eguía, que han venido desde Estella, y el señor de Espinal y Valentín de Lérruz... Y está también Esteban de Zuasti, el primo más querido y el más conocido y tratado, ya que ha vivido aquí, en el castillo, durante más de seis años. Es huérfano desde que era casi un niño y doña María se lo trajo para que viviera y se educara junto a sus dos hijos mayores, Miguel y Juan, hasta que alcanzara edad suficiente para instalarse ya en su propia casa.
Doña María ha podido comprobar con una sola rápida mirada que Francés ha recogido su capa. No la trae puesta, sino doblada sobre el brazo; claro que ha bastado un único leve gesto de la madre para que el muchacho comprenda que no puede llevar su rebeldía más allá y se eche la prenda desganadamente sobre los hombros.
-Salgamos –ha dicho doña María. Y marcha ella la primera hacia el pequeño zaguán.

Justo frente a la puerta de la sala se abre la diminuta capilla que alberga al Cristo de Xavier. Ante ella se ha detenido unos segundos la señora de la casa, ha hecho una ligera venia y se ha persignado; luego ha proseguido la marcha. Casi todos los que la siguen han imitado su acto de reverencia a la imagen, incluso los que vienen tan detrás que no han podido ver lo que ella hacía. Y es que todos los habitantes del castillo y los parientes y amigos que frecuentan esta morada saben del afecto y devoción que esta imagen inspira, no sólo a la familia del castillo, sino a los habitantes de la comarca y aún de más allá de las fronteras de Navarra.

El grupo, siguiendo a doña María, ha bajado los dos tramos de la escalera exterior que desciende hasta el patio de armas y ha hecho el recorrido semicircular que conduce hasta la puerta del reducto. Ha cruzado el puente levadizo sobre el foso y, atravesando otra segunda puerta, ha llegado hasta lo alto de la rampa. Allá abajo aguarda un grupo de sirvientes que dependen del castillo: el mayoral y el salinero con sus familias respectivas, el bodeguero, el panadero, el molinero, algunos labradores de las cercanías, tres o cuatro pastores...
Antes de empezar a bajar la rampa, la pequeña comitiva se organiza. Pasan a la cabeza los dos hermanos, Miguel y Juan, a los que corresponde caminar delante abriendo la marcha; doña María y Violante les siguen. Francés se coloca a la izquierda de su madre.
-No, tú ahí delante, con tus hermanos.
El muchacho mira asombrado a su madre al verse promocionado, así de repente, a la nueva categoría.

Miguel se ha vuelto a inquirir hosco:
-¿El chico aquí, con nosotros?
-Sí, es ya muy grande para andar siempre entre mujeres. Y en la iglesia que ocupe el sitial de tu izquierda. ¿No vas tú a sentarte en el que fue de tu padre? ¿No le corresponde a Juan el que ha sido tuyo hasta ahora? Pues que Francés se coloque en el suyo. Tres hombres tenía esta familia hasta hace unas semanas, tres hombres vuelve a tener desde ahora mismo...
No es momento de replicar a frases tan terminantes, y mucho menos delante de tantos allegados y amigos, así que Miguel acepta lo dispuesto por su madre. Él es el hijo mayor de la familia, el nuevo señor de Xavier, pero está claro que la madre sigue siendo la máxima autoridad.
Francés ha dado unos pasos para colocarse a la altura de sus hermanos mayores y todo el grupo se ha puesto en marcha para cruzar la explanada que hay ante el castillo, remontar el pequeño repecho que lleva al altozano sobre el que está edificada la iglesia y llegar hasta el atrio.
Durante todo este recorrido se ha podido oír el lento y lúgubre tañido de las campanas que convocan por tercera vez a la comunidad para que se reúna a orar por el cristiano que ha dejado este mundo.

Tres sacerdotes revestidos con negros ornamentos esperan ante la puerta. El oficiante ofrece con el hisopo agua bendita a los tres hijos de la familia y luego entra en el templo seguido de los otros dos sacerdotes, del sacristán y de toda la comitiva.
En el centro de la nave se alza un catafalco cubierto de paños negros y flanqueado por seis enormes cirios colocados en altos candelabros de madera sobredorada.
Desde el retablo del altar, la imagen pequeñita y amable de Santa María de Xavier recibe a los visitantes con su serena placidez acogedora y preside la ceremonia mostrando a todos el Niño que se asienta en su regazo.
Y comienza el solemne funeral.

Francés sabe ya el suficiente latín, aprendido de estos mismos clérigos que están ahora oficiando el funeral por su padre, como para poder descifrar aquí y allá algunas frases:
Réquiem aeternam dona ei, Domine... Dale, Señor, el descanso eterno... Rex tremendae maiestatis, qui salvandos salvas gratis, salva me, fons pietatis... Rey de tremenda majestad que a los que salvas los salvas por pura gracia, sálvame, ¡fuente de piedad! ..Per Christum Dominum nostrum, in quo spes beatae resurrectionis effulsit …por Cristo Señor Nuestro, en el cual brilló la esperanza de nuestra feliz resurrección...
Y se sorprende a ratos distraído durante la larga celebración pensando en cosas completamente ajenas al acto religioso: la muerte del cachorro, su nueva dignidad recién adquirida de muchacho crecido que ocupa ya un puesto entre los hombre, el enfado con Gracieta, la enorme trucha entrevista en la poza aguas abajo del Molinaz...

Pero vuelve a prestar toda su atención cuando el oficiante glosa la personalidad y los méritos y virtudes del difunto:
-Juan de Jaso y Atondo. Doctor en leyes y en cánones por la universidad de Bolonia... Buen cristiano, devoto, caritativo... Generoso en la dotación de esta misma iglesia en la que se celebra el funeral en su memoria y sufragio... Amparador de huérfanos y menesterosos... Caballero leal. Fiel servidos y consejero prudente de sus reyes... Embajador en las cortes de Francia, Aragón y Castilla, luchador incansable por la paz y la concordia entre estos reinos vecinos...

Francés se siente orgulloso de ser hijo de tal padre y al mismo tiempo siente una tan enorme congoja oprimiéndole el pecho allá dentro que...
“¡No puedes llorar ahora!”, se prohíbe a si mismo. “¡No delante de todos esos!”, y parpadea nerviosamente y se muerde los labios en un esfuerzo enérgico por hacer retroceder la humedad que empezaba a empañarle la visión.
Desde su puesto privilegiado en el presbiterio, junto al altar, en el lado del Evangelio, puede echar una rápida ojeada casi furtiva a la masa de parientes y amigos que se apiña en la pequeña iglesia. “Nadie me mira a mí”, se tranquiliza, “todos miran al altar”.
Y, por fin, ha terminado el oficio.

A mediodía todos los asistentes se han congregado en una comida servida en la sala grande del castillo. La mesa ha estado presidida por don Miguel, el párroco, sentado en una de las cabeceras, y por doña María, sentada en la otra, teniendo a su derecha al hijo mayor, nuevo señor de Xavier.
La comida y la bebida, abundantes y bien servidas, han animado a la concurrencia.
Muy entrada la media tarde han empezado las despedidas.

Don Miguel, que se retira a su residencia junto a la iglesia, acompañado de los dos clérigos que viven con él allí, ha venido a poner sus dos manos sobre los hombros de Francés en un gesto de cariñosa familiaridad:
-Así que nuestro Francisco ha crecido tanto que...
Y ante el mohín de resignado fastidio del muchacho, insiste con una media sonrisa que suaviza su insistencia:
-Que sí, muchacho, que sí, que tú te llamas Francisco; eso de Francés son cosas de tu madre y de tu tía; y todas porque repetías con gracia, sin saber lo que decías, y desde bien chiquitito, las frases que tu padre te decía en lengua francesa; pero tú no olvides que tu nombre es Francisco, Francisco por Francisco de Asís, el seráfico santo italiano. Lo de llamarte Francés no estaba del todo mal mientras eras un chiquillo, pero ahora que ya te sientas con tus hermanos mayores...
Don Miguel puede permitirse hablar con entera libertad de las cosas de esta familia. Pertenece a ella, es tío segundo de las dos señoras que habitan en el castillo, él es también un Azpilcueta. Y en la familia se le venera y se le quiere; tiene fama de santo.

Se han ido todos los visitantes. Y hasta Miguel y Juan han montado a caballo para acompañar, junto al primo Esteban de Zuasti, a la tía Leonor hasta su casa.
El castillo se ha quedado vacío y silencioso después de todo el bullicio y movimiento de la comida y las despedidas.
Doña María y Violante, cansadas del ajetreo y las emociones del día, se han retirado temprano a sus aposentos. También los criados, tan pronto como han terminado de recoger y ordenar, han desaparecido. Gracieta y Pachica hace ya rato que subieron a su cuarto.
Es ya de noche, pero Francés no tiene sueño y, como empieza a ser ya una costumbre que repite cada vez con más frecuencia, viene a resumir sus impresiones del día ante la imagen del Santo Cristo.

-¿Sabes, Señor? Sí, claro que lo sabes. Tú lo sabes todo... En todo el día no he hablado a Gracieta... No ha sido nada difícil... ¡Ha habido tanta gente! ¡Y han pasado tantas cosas...! Estoy enfadado con ella, ¡estoy furioso! El cachorro se mató ayer por su culpa... Si ella hubiera tenido más cuidado... Si no se hubiera vuelto de aquella manera... Habíamos subido al paso de ronda en lo alto de la muralla para ver si ya llegaban los primos. Ella iba delante y el perrillo la seguía. Yo iba detrás. Y de repente, ella se volvió y gritó: “¡Mira, por ahí vienen!” El cachorro se debió de asustar del revuelo de sus sayas y de su grito, y dio un respingo y saltó fuera del paso de ronda. Cayó sobre el tejado de las caballerizas y rodó y rodó, porque la inclinación del tejado no le dejaba pararse, y luego se fue de cabeza hasta el patio de armas. Se estrelló contra las losas. Cuando llegamos a su lado ya apenas alentaba... Y la culpa fue de ella..., ¿verdad que fue culpa de ella...? Bueno, a lo mejor no sólo de ella, no toda la culpa de ella. También fue un poco mía..., porque yo quise llevar al cachorro con nosotros por el paso de ronda... Pero, ¿cómo iba yo a saber que podía pasar aquello, verdad, Señor? Y tampoco ella podía saber... Mañana le hablaré, le diré: Egun on, “Buenos días”, en cuanto la vea por la mañana... Se lo diré en ese vascuence suave de su valle de Aézcua que ella habla. Le gustará más. Y Gracieta sabrá que ya no estoy enfadado con ella, sabrá que la he perdonado... Bueno, no, no es eso..., tienes razón... Berak inolako errurik ez zeulaka pensatzen dudala adieraziko diot, eso es, “le explicaré que creo que ella no tuvo ninguna culpa”, que el cachorro se mató porque..., bueno, porque sí... Nik hori uste dudala esango diot, “le diré que eso es lo que yo creo”...

“Es buena Gracieta, ¿a que es buena Gracieta? Y me quiere; yo también la quiero a ella. ¡Esta mañana quería ir a buscar mi capa!
“La capa... La madre lo ordenó y tuve que ponérmela... ¡Qué empeño en saber siempre mejor que yo lo que me pasa a mí! Y te lo digo de verdad, Señor, yo no tenía frío, no me hacía falta la capa para nada..., pero ¡me la tuve que poner! Y me tapaba casi del todo el traje nuevo. Claro que luego, durante la comida, y después, cuando ya todos se iban, sí me lo vieron... Y es verdad que hacía mal tiempo... Cuando íbamos a la iglesia todos los hombres llevaban capa... Mis hermanos también... A Miguel no le gustó nada, pero yo me senté con ellos en los sitiales junto al altar... Tú me veías allí sentado, ¿verdad, Señor? Todos los que vinieron me vieron. Me gustó que madre me dijese que lo hiciera, que me sentase allí... Ella sabe siempre lo que hay que hacer y manda siempre bien... Bueno, en lo de la capa...
“Y también don Miguel me vio... Y cómo le gusta repetir y repetir siempre que yo me llamo Francisco... ¡Si ya lo sé! Si me lo ha dicho mil veces... Lo sé desde que era pequeño..., pero Francés también es mi nombre; me gusta que los de la casa me llamen así... ¡Me habéis llamado Francés desde siempre! Porque tú también me llamas Francés, ¿verdad que sí?

“Creo que me está entrando sueño... Sí, creo que tengo sueño. Buenas noches, Señor... Me voy a dormir. Hasta mañana...”
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