Autor: | Editorial:
El cielo. El purgatorio
EL CIELO
¿Qué es el cielo? Según el Catecismo de la Iglesia católica el cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Cristo (Cat 1026). La vida perfecta con la Santísima Trinidad... con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama cielo (Cat 1024).
Dice el Apocalipsis que, en el cielo, los elegidos verán el rostro de Dios y llevarán su nombre sobre la frente. No habrá ya noche ni tendrán necesidad de luz de antorchas ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos (Ap 22,4-5). El mismo Dios estará con ellos y enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo ni gritos ni trabajo, porque todo esto es ya pasado (Ap 21,3-4).
San Pablo nos cuenta su propia experiencia: Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no se pueden expresar (2 Co 12,2-4). Ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1 Co 2,9).
Muchos santos también han tenido experiencias de cielo. La Venerable Concepción Cabrera de Armida dice: Un día después de comulgar, me dejé llevar de la voluntad de Dios. Me ví sumergida en un abismo de luz y claridad, de eso inexplicable que arrebata todo sentido, quedando el alma suspensa y en un punto fija. Ese punto era Dios, Dios, abismo de pureza y de infinitos resplandores... ¡Oh Trinidad beatísima, luz de luz, en donde no hay la más leve sombra! ¡Oh Padre, Hijo y Espíritu Santo! Yo me gozo en el secreto sublime de tu felicidad incomprensible. Te amo tanto, tanto (Diario, 17 de julio de 1897).
Santa Faustina Kowalska escribe en su Diario: Hoy he estado en espíritu en el paraíso y he visto la inconcebible belleza y felicidad que nos espera después de la muerte. He visto cómo todas las criaturas rinden incesantemente honor y gloria a Dios. Y he visto cuán grande es la felicidad que se vive en Dios (27-11-1936).
También puedo decir que en cada aparición, el ver a la Madre de Dios significa para mí ver el cielo. Junto a Ella uno se siente en el cielo, con el corazón lleno de amor y de felicidad.
Sí, el cielo existe y tú puedes ir a él, sólo necesitas quererlo y pedirle perdón a Dios de tus pecados. Allí en el cielo, tendrás la alegría de conocer y amar a todos los hombres de todos los tiempos y conocerás sus vidas y darás con ellos gloria a Dios. Allí no habrá barreras de idiomas, porque todos se entenderán con el lenguaje del amor. Allí no habrá ancianos, niños o enfermos, todos serán iguales ante Dios con la única diferencia de su grado de amor y de felicidad. El cielo será la meta de todos tus deseos y esperanzas. El cielo será tu felicidad colmada para siempre. Pero ¿estás preparado o necesitas purificar tu alma en el purgatorio?
El cielo es la Plenitud del amor
EL PURGATORIO
Es un estado de purificación de todas las manchas o consecuencias negativas de nuestros pecados. Es como pasar el alma por el fuego del amor de Dios. Este fuego de amor divino hace felices a los bienaventurados y, su falta, hace infelices a los condenados. Por eso, decía el teólogo Hans Urs Von Balthasar que el purgatorio es Dios que purifica, Dios perdido es el infierno y Dios poseído es el cielo.
En su informe sobre la fe, el Papa Benedicto XVI dice: Hoy todos nos creemos tan buenos que no podemos merecer otra cosa sino el paraíso. Esto proviene de una cultura que tiende a borrar del hombre todo sentimiento de culpa y de pecado. Alguien ha observado que las ideologías que predominan actualmente coinciden todas en una cosa fundamental: la obstinada negación del pecado, del infierno y del purgatorio... Yo digo que, si no existiera el purgatorio, habría que inventarlo. Porque hay pocas cosas tan espontáneas, tan humanas, tan universalmente extendidas, en todo tiempo y cultura, como la oración por los propios allegados difuntos. Calvino, el reformador de Ginebra, hizo azotar a una mujer sorprendida orando sobre la tumba de su hijo y, por lo tanto, según él, culpable de superstición.
La Reforma protestante, en teoría, no admite el purgatorio ni por consiguiente las oraciones por los difuntos. Pero en la práctica, al menos los luteranos alemanes, han vuelto a ellas, justificándolas con algunas consideraciones teológicas. Las oraciones por los seres queridos son un impulso demasiado espontáneo para que pueda ser sofocado, es un testimonio bellísimo de solidaridad, de amor y de ayuda que va más allá de las barreras de la muerte. De mi recuerdo o de mi olvido depende un poco la felicidad o infelicidad de aquel que me fue querido y que ha pasado ahora a la otra orilla, pero que no deja de tener necesidad de mi amor. El P. Jean Guiton, famoso teólogo francés, dice: He encontrado muchos protestantes, que rezan por sus difuntos, a pesar de que su fe no dice nada sobre esto.
Y es que después de la muerte, el alma experimenta el amor de Dios con tal intensidad que siente la imperiosa necesidad de amarlo con todas sus fuerzas, pero no puede, porque está enferma por las secuelas de sus pecados y necesita purificarse. Es como un enfermo de los pulmones que quisiera respirar sin dificultad y necesita primero curarse para poder respirar a pleno pulmón. Así también el alma quiere amar a Dios con toda su capacidad y sufre, porque no puede amarlo en plenitud. Sin embargo, lo grande de todo este misterio es que la misericordia de Dios permite que los vivos puedan suplir por los difuntos y así puedan sanarse más rápidamente. Es como si les obtuviéramos la medicina adecuada que, en un instante o en poco tiempo, los curara y los purificara totalmente. O como si pagáramos su deuda de golpe (indulgencia plenaria) para que fueran directamente al cielo, o pagarla por partes para que vayan creciendo gradualmente hasta la plenitud de su amor.
Una religiosa hablaba así del purgatorio. Supongamos que un día se abre una puerta y aparece un ser espléndido y maravilloso. Nosotros nos sentimos anonadados y fascinados por su belleza y él nos dice que está locamente enamorado de nosotros. Uds. jamás han soñado poder ser amados así. Tienen gran deseo de arrojarse en sus brazos para sentir su amor, pero se dan cuenta que hace meses que no se asean y huelen mal, tienen el pelo grasiento y el vestido lleno de manchas... Y le dicen: Espere un momento y se van primero a lavarse y asearse. Pero el amor es tan intenso que cada minuto de retraso es un sufrimiento insoportable. Pues bien, el purgatorio es algo de eso, un retraso impuesto por nuestra impureza antes del abrazo pleno y definitivo con Dios. El purgatorio es como un deseo inmenso de Dios, un deseo loco de amar a Dios en plenitud, que hace sufrir lo indecible al alma que espera.
Por eso, decía Santa Catalina de Sena: Qué maravilloso debe ser el cielo, cuando Dios exige una purificación total, tan dolorosa al alma.
a) Textos Bíblicos
Jesús dice que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último centavo (Mt 5,26). Ya que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio (Mt 12,36). Por eso, cada uno mire cómo edifica... si con oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja... Aquel cuya obra subsista recibirá el premio y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego (1 Co 3,10-15). Jesús dice que hay pecados que no se perdonarán ni en este mundo ni en el otro, dando a entender que otros sí. Dice: Quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mt 12,32).
Por lo tanto, es bueno y piadoso orar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados (2 Mc 12,43). Porque en el cielo no puede entrar nada manchado (Ap 21,27). Sólo los limpios de corazón, como dice Jesús, verán a Dios (Mt 5,8). Por eso, San Pablo desea la misericordia de Dios en el día del juicio para su fiel auxiliar Onesíforo: Que el Señor le dé hallar misericordia en aquel día (2 Tim 1,18).
b) Doctrina de la Iglesia
Los que mueren en gracia y amistad de Dios, pero imperfectamente purificados aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Cat 1030). La Iglesia llama purgatorio a esa purificación final de los elegidos (Cat 1031).
La Iglesia peregrina honró desde los primeros tiempos del cristianismo con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones... Nuestra oración por ellos puede, no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor (Cat 958). La Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos (Cat 1032).
La fiesta o conmemoración de todos los fieles difuntos se celebra cada año el dos de noviembre. Esta fiesta fue introducida en el calendario litúrgico por el monasterio de Cluny (Francia) en el siglo XI. De allí se difundió a todas las abadías cluniacenses y, después, a los países europeos y al mundo entero.
En 1274, en el segundo concilio de Lyon, la Iglesia declaró por primera vez, de modo solemne, la doctrina sobre el purgatorio: Después de esta vida existen penas purificadoras para los que no están suficientemente limpios de sus pecados, penas que las oraciones de los vivos puedan aligerar. La existencia del purgatorio fue definida en el concilio de Florencia (1438-45), aunque no se definió que fuera un lugar ni que hubiera fuego. No se afirmó nada sobre cómo eran las penas. Lo que está definido es que es un estado en el que los difuntos, no enteramente purificados, son purgados, que esta purificación tiene un carácter de castigo después de la muerte y que los vivos pueden ayudar con sufragios a los difuntos (DS 1304). En el concilio de Trento (1545-63) se definió esta misma doctrina (DS 840,983,1580).
El concilio Vaticano II afirmó: Este sagrado sínodo recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que se hallan en la gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo confirma los decretos de los sagrados concilios Niceno II, Florentino y Tridentino (LG 51).
c) Testimonio de los primeros cristianos
En libros antiguos como Actas de Pablo y Tecla , de fines del siglo II, se habla de la costumbre cristiana de orar por los difuntos. Tertuliano (160-240) habla del sacrificio eucarístico que se ofrecía en el aniversario de la muerte (De monogamia 10). San Cirilo de Jerusalén, en su exposición de la misa, hace referencia a la oración por los difuntos que se hacía después de la consagración.
En una inscripción del año 216, en el epitafio de Abercio de Hierópolis, se ve escrito: Quien sea compañero en la fe, que rece una oración por Abercio. En las catacumbas de San Calixto hay algunas palabras escritas por aquellos primeros cristianos que iban a morir: Acordaos en vuestras plegarias de nosotros que os hemos precedido . En muchos monumentos fúnebres de los tres primeros siglos, se ve escrito esta o parecida inscripción: Que la luz de Cristo brille sobre ti. En las catacumbas de Roma hay una inscripción que dice:
Librad, Señor, el alma de vuestro siervo difunto como librasteis a Daniel del lago de los leones. San Efrén decía que los muertos son auxiliados por las oblaciones que hacen los vivos.
Esta costumbre de ofrecer oraciones y sacrificios por los difuntos estaba muy profundamente enraizada en el antiguo judaísmo, como se ve en el libro segundo de los Macabeos, y continúa hasta ahora en el pueblo judío, a pesar de tantas migraciones por todo el mundo. Los hermanos separados rechazaron el purgatorio en contra de toda una serie de testimonios de la Escritura y de la tradición judía y cristiana. Aunque la palabra purgatorio no se encuentre en la Escritura ni en los escritos de los Santos Padres, se nos habla de la realidad del purgatorio y de la creencia en la eficacia de la oración por los muertos, que no tendría sentido si el purgatorio no existiese. Así lo creía Jesús de acuerdo a la mentalidad judía y nunca criticó esta doctrina.
El Purgatorio es la purificación de nuestro amor
¿Qué es el cielo? Según el Catecismo de la Iglesia católica el cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Cristo (Cat 1026). La vida perfecta con la Santísima Trinidad... con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama cielo (Cat 1024).
Dice el Apocalipsis que, en el cielo, los elegidos verán el rostro de Dios y llevarán su nombre sobre la frente. No habrá ya noche ni tendrán necesidad de luz de antorchas ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos (Ap 22,4-5). El mismo Dios estará con ellos y enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo ni gritos ni trabajo, porque todo esto es ya pasado (Ap 21,3-4).
San Pablo nos cuenta su propia experiencia: Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no se pueden expresar (2 Co 12,2-4). Ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1 Co 2,9).
Muchos santos también han tenido experiencias de cielo. La Venerable Concepción Cabrera de Armida dice: Un día después de comulgar, me dejé llevar de la voluntad de Dios. Me ví sumergida en un abismo de luz y claridad, de eso inexplicable que arrebata todo sentido, quedando el alma suspensa y en un punto fija. Ese punto era Dios, Dios, abismo de pureza y de infinitos resplandores... ¡Oh Trinidad beatísima, luz de luz, en donde no hay la más leve sombra! ¡Oh Padre, Hijo y Espíritu Santo! Yo me gozo en el secreto sublime de tu felicidad incomprensible. Te amo tanto, tanto (Diario, 17 de julio de 1897).
Santa Faustina Kowalska escribe en su Diario: Hoy he estado en espíritu en el paraíso y he visto la inconcebible belleza y felicidad que nos espera después de la muerte. He visto cómo todas las criaturas rinden incesantemente honor y gloria a Dios. Y he visto cuán grande es la felicidad que se vive en Dios (27-11-1936).
También puedo decir que en cada aparición, el ver a la Madre de Dios significa para mí ver el cielo. Junto a Ella uno se siente en el cielo, con el corazón lleno de amor y de felicidad.
Sí, el cielo existe y tú puedes ir a él, sólo necesitas quererlo y pedirle perdón a Dios de tus pecados. Allí en el cielo, tendrás la alegría de conocer y amar a todos los hombres de todos los tiempos y conocerás sus vidas y darás con ellos gloria a Dios. Allí no habrá barreras de idiomas, porque todos se entenderán con el lenguaje del amor. Allí no habrá ancianos, niños o enfermos, todos serán iguales ante Dios con la única diferencia de su grado de amor y de felicidad. El cielo será la meta de todos tus deseos y esperanzas. El cielo será tu felicidad colmada para siempre. Pero ¿estás preparado o necesitas purificar tu alma en el purgatorio?
EL PURGATORIO
Es un estado de purificación de todas las manchas o consecuencias negativas de nuestros pecados. Es como pasar el alma por el fuego del amor de Dios. Este fuego de amor divino hace felices a los bienaventurados y, su falta, hace infelices a los condenados. Por eso, decía el teólogo Hans Urs Von Balthasar que el purgatorio es Dios que purifica, Dios perdido es el infierno y Dios poseído es el cielo.
En su informe sobre la fe, el Papa Benedicto XVI dice: Hoy todos nos creemos tan buenos que no podemos merecer otra cosa sino el paraíso. Esto proviene de una cultura que tiende a borrar del hombre todo sentimiento de culpa y de pecado. Alguien ha observado que las ideologías que predominan actualmente coinciden todas en una cosa fundamental: la obstinada negación del pecado, del infierno y del purgatorio... Yo digo que, si no existiera el purgatorio, habría que inventarlo. Porque hay pocas cosas tan espontáneas, tan humanas, tan universalmente extendidas, en todo tiempo y cultura, como la oración por los propios allegados difuntos. Calvino, el reformador de Ginebra, hizo azotar a una mujer sorprendida orando sobre la tumba de su hijo y, por lo tanto, según él, culpable de superstición.
La Reforma protestante, en teoría, no admite el purgatorio ni por consiguiente las oraciones por los difuntos. Pero en la práctica, al menos los luteranos alemanes, han vuelto a ellas, justificándolas con algunas consideraciones teológicas. Las oraciones por los seres queridos son un impulso demasiado espontáneo para que pueda ser sofocado, es un testimonio bellísimo de solidaridad, de amor y de ayuda que va más allá de las barreras de la muerte. De mi recuerdo o de mi olvido depende un poco la felicidad o infelicidad de aquel que me fue querido y que ha pasado ahora a la otra orilla, pero que no deja de tener necesidad de mi amor. El P. Jean Guiton, famoso teólogo francés, dice: He encontrado muchos protestantes, que rezan por sus difuntos, a pesar de que su fe no dice nada sobre esto.
Y es que después de la muerte, el alma experimenta el amor de Dios con tal intensidad que siente la imperiosa necesidad de amarlo con todas sus fuerzas, pero no puede, porque está enferma por las secuelas de sus pecados y necesita purificarse. Es como un enfermo de los pulmones que quisiera respirar sin dificultad y necesita primero curarse para poder respirar a pleno pulmón. Así también el alma quiere amar a Dios con toda su capacidad y sufre, porque no puede amarlo en plenitud. Sin embargo, lo grande de todo este misterio es que la misericordia de Dios permite que los vivos puedan suplir por los difuntos y así puedan sanarse más rápidamente. Es como si les obtuviéramos la medicina adecuada que, en un instante o en poco tiempo, los curara y los purificara totalmente. O como si pagáramos su deuda de golpe (indulgencia plenaria) para que fueran directamente al cielo, o pagarla por partes para que vayan creciendo gradualmente hasta la plenitud de su amor.
Una religiosa hablaba así del purgatorio. Supongamos que un día se abre una puerta y aparece un ser espléndido y maravilloso. Nosotros nos sentimos anonadados y fascinados por su belleza y él nos dice que está locamente enamorado de nosotros. Uds. jamás han soñado poder ser amados así. Tienen gran deseo de arrojarse en sus brazos para sentir su amor, pero se dan cuenta que hace meses que no se asean y huelen mal, tienen el pelo grasiento y el vestido lleno de manchas... Y le dicen: Espere un momento y se van primero a lavarse y asearse. Pero el amor es tan intenso que cada minuto de retraso es un sufrimiento insoportable. Pues bien, el purgatorio es algo de eso, un retraso impuesto por nuestra impureza antes del abrazo pleno y definitivo con Dios. El purgatorio es como un deseo inmenso de Dios, un deseo loco de amar a Dios en plenitud, que hace sufrir lo indecible al alma que espera.
Por eso, decía Santa Catalina de Sena: Qué maravilloso debe ser el cielo, cuando Dios exige una purificación total, tan dolorosa al alma.
a) Textos Bíblicos
Jesús dice que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último centavo (Mt 5,26). Ya que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio (Mt 12,36). Por eso, cada uno mire cómo edifica... si con oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja... Aquel cuya obra subsista recibirá el premio y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego (1 Co 3,10-15). Jesús dice que hay pecados que no se perdonarán ni en este mundo ni en el otro, dando a entender que otros sí. Dice: Quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mt 12,32).
Por lo tanto, es bueno y piadoso orar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados (2 Mc 12,43). Porque en el cielo no puede entrar nada manchado (Ap 21,27). Sólo los limpios de corazón, como dice Jesús, verán a Dios (Mt 5,8). Por eso, San Pablo desea la misericordia de Dios en el día del juicio para su fiel auxiliar Onesíforo: Que el Señor le dé hallar misericordia en aquel día (2 Tim 1,18).
b) Doctrina de la Iglesia
Los que mueren en gracia y amistad de Dios, pero imperfectamente purificados aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Cat 1030). La Iglesia llama purgatorio a esa purificación final de los elegidos (Cat 1031).
La Iglesia peregrina honró desde los primeros tiempos del cristianismo con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones... Nuestra oración por ellos puede, no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor (Cat 958). La Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos (Cat 1032).
La fiesta o conmemoración de todos los fieles difuntos se celebra cada año el dos de noviembre. Esta fiesta fue introducida en el calendario litúrgico por el monasterio de Cluny (Francia) en el siglo XI. De allí se difundió a todas las abadías cluniacenses y, después, a los países europeos y al mundo entero.
En 1274, en el segundo concilio de Lyon, la Iglesia declaró por primera vez, de modo solemne, la doctrina sobre el purgatorio: Después de esta vida existen penas purificadoras para los que no están suficientemente limpios de sus pecados, penas que las oraciones de los vivos puedan aligerar. La existencia del purgatorio fue definida en el concilio de Florencia (1438-45), aunque no se definió que fuera un lugar ni que hubiera fuego. No se afirmó nada sobre cómo eran las penas. Lo que está definido es que es un estado en el que los difuntos, no enteramente purificados, son purgados, que esta purificación tiene un carácter de castigo después de la muerte y que los vivos pueden ayudar con sufragios a los difuntos (DS 1304). En el concilio de Trento (1545-63) se definió esta misma doctrina (DS 840,983,1580).
El concilio Vaticano II afirmó: Este sagrado sínodo recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que se hallan en la gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo confirma los decretos de los sagrados concilios Niceno II, Florentino y Tridentino (LG 51).
c) Testimonio de los primeros cristianos
En libros antiguos como Actas de Pablo y Tecla , de fines del siglo II, se habla de la costumbre cristiana de orar por los difuntos. Tertuliano (160-240) habla del sacrificio eucarístico que se ofrecía en el aniversario de la muerte (De monogamia 10). San Cirilo de Jerusalén, en su exposición de la misa, hace referencia a la oración por los difuntos que se hacía después de la consagración.
En una inscripción del año 216, en el epitafio de Abercio de Hierópolis, se ve escrito: Quien sea compañero en la fe, que rece una oración por Abercio. En las catacumbas de San Calixto hay algunas palabras escritas por aquellos primeros cristianos que iban a morir: Acordaos en vuestras plegarias de nosotros que os hemos precedido . En muchos monumentos fúnebres de los tres primeros siglos, se ve escrito esta o parecida inscripción: Que la luz de Cristo brille sobre ti. En las catacumbas de Roma hay una inscripción que dice:
Librad, Señor, el alma de vuestro siervo difunto como librasteis a Daniel del lago de los leones. San Efrén decía que los muertos son auxiliados por las oblaciones que hacen los vivos.
Esta costumbre de ofrecer oraciones y sacrificios por los difuntos estaba muy profundamente enraizada en el antiguo judaísmo, como se ve en el libro segundo de los Macabeos, y continúa hasta ahora en el pueblo judío, a pesar de tantas migraciones por todo el mundo. Los hermanos separados rechazaron el purgatorio en contra de toda una serie de testimonios de la Escritura y de la tradición judía y cristiana. Aunque la palabra purgatorio no se encuentre en la Escritura ni en los escritos de los Santos Padres, se nos habla de la realidad del purgatorio y de la creencia en la eficacia de la oración por los muertos, que no tendría sentido si el purgatorio no existiese. Así lo creía Jesús de acuerdo a la mentalidad judía y nunca criticó esta doctrina.


