Autor: | Editorial:
El infierno. El diablo
EL INFIERNO
Hay algunos teólogos que dicen que no existe el infierno, porque todos los que no quieran acogerse a la salvación ofrecida por Jesucristo, serán aniquilados al no recibir el don de la inmortalidad. Dios lo ha creado para siempre y cada uno podrá vivir su eternidad como quiera vivirla. Dios respetará su libertad.
Otros, siguiendo la antigua teoría de Orígenes de la apokatastasis, que fue descartada desde los primeros tiempos por todos los Santos Padres, dicen que los malos, después de un castigo temporal, irán definitivamente al cielo. Esto también ha sido condenado en el II Concilio de Constantinopla del año 553.
Y no faltan quienes con un poco de sonrisa malévola dicen: El infierno existe, pero está vacío . La Iglesia nunca ha declarado que alguien en concreto esté en él. Pero una cosa es no saber quién está,.y en esto no hay que hacer juicios temerarios ni siquiera con los más grandes criminales, y otra cosa muy distinta es decir que no hay nadie. La Iglesia no ha dicho que esté Judas, pero Jesús lo da a entender, cuando dice: Más le valía no haber nacido (Mc 14,21).
Santa Teresa de Jesús, Santa Faustina Kowalska, la Venerable Josefa Menéndez, la Venerable Ana Catalina Emrnerick y otros santos nos hablan de su experiencia de haber visto el infierno. Ana Catalina Emmerick dice que es un país de infinitos tormentos, un mundo horrible y tenebroso . Muchas veces, cuando ella iba al cementerio a orar por las almas, sentía quiénes estaban condenadas. Dice: Veía salir como un vaho negro que me estremecía de algunos sepulcros. En estos casos, la idea viva de la santísima justicia de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que había de espantoso en tales sepulcros .
Santa Teresa de Jesús nos cuenta: Un día murió cierta persona, que había vivido harto mal y por muchos años. Murió sin confesión, mas con todo esto no me parecía a mí que se había de condenar Estando amortajando el cuerpo, vi muchos demonios tomar aquel cuerpo y parecía que jugaban con él... Cuando echaron el cuerpo en la sepultura, era tanta la multitud de demonios, que estaban dentro para tomarle, que yo estaba fuera de mí de verlo y no era menester poco ánimo para disimularlo.
Consideraba qué harían de aquel alma, cuando así se enseñoreaban del triste cuerpo. Ojalá el Señor hiciera ver esto que yo vi a todos los que están en mal estado, que me parece fuera gran cosa para hacerlos vivir bien (Vida 38,24).
Lucía de Fátima cuenta en sus Memorias la visión del infierno aquel 13 de julio de 1917: Vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas, entre gritos y gemidos de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas como negros carbones en brasa. Nuestra Señora nos dijo entre bondad y tristeza: Habéis visto el infierno adonde van las almas de los pobres pecadores.
Y lo peor de todo es que el infierno es eterno. Jesús nos habla claramente de ello (Mt 25,41) y la Iglesia nos lo enseña en el símbolo Quicumque (DS 76) del siglo V, en el concilio IV de Letrán (DS 801), en la constitución dogmática Benedictus Deus de Benedicto XII (DS 1000,1002) y en la constitución Lumen Gentium del Vaticano II (N°48). Pero el infierno es eterno, no porque Dios lo quiera, sino porque ellos así lo quieren. Si por un imposible, los condenados se arrepintieran, serían inmediatamente perdonados por Dios. Su misericordia es infinita y más grande que todos los pecados de todos los hombres juntos. Lo triste es que se han decidido contra Dios para siempre y nunca se arrepentirán. Es el gran misterio de la libertad humana y del gran respeto que Dios tiene por el hombre, a quien respeta, aun cuando desee vivir eternamente lejos de El. El infierno se lo crea el propio condenado. Por eso, no hay dos infiernos iguales, cada condenado tiene su propio infierno. Más que un lugar es un estado infernal, que uno se fabrica según la medida de su odio y maldad.
El Papa Juan Pablo II afirma que el infierno es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre, incluso en el último momento de su vida... El infierno más que un lugar indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría (28-7-1999). El Catecismo de la Iglesia católica dice que es el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados (Cat 1033). Dios no predestina a nadie a ir al infierno, para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal) y persistir en él hasta el final (Cat 1037).
Y esto es posible. Veamos lo que cuenta la mística María Simma, de quien hablaremos ampliamente en este libro: Conocí un hombre que me dijo que él no quería ir al cielo. Yo le pregunté: ¿Por qué? Me dijo: Porque Dios permite muchas injusticias. Yo le aclaré que no es Dios, sino los hombres malos. Pero él me dijo: Yo lo odio. Espero no encontrarme con Él después de mi muerte, si no lo mataré con un hacha. ¿Es posible que alguien pueda odiar a Dios? ¿Que alguien creado con amor y por amor por un Dios infinitamente bueno, pueda odiarlo? Sí, es posible. De todos modos, nadie se va a condenar por sus pecados mortales cometidos, como si Dios lo castigara inexorablemente, quiera o no quiera; se condenará por su decisión de no arrepentirse, de no querer ser perdonado y por su soberbia de seguir rechazando a Dios eternamente.
Muchos autores afirman que, al momento de la muerte, Dios se nos presentará con todo su amor divino y nos dará la oportunidad de sentir su amor y tener la opción, plenamente conscientes, de amarlo o rechazarlo para siempre. ¿Cuál será tu opción? Piensa que el infierno también puede ser una realidad para ti. Cada pecado que cometes te va alejando poco a poco de Dios y de su amor. Si quieres ir al infierno, el pecado es el camino más fácil y más rápido. Cuanto más graves sean tus pecados, más hundido estarás en tu propio infierno desde ahora y tu corazón estará más lleno de odio, violencia y maldad.
El infierno será tu triste final, si vives encerrado en ti mismo y rechazas amar, servir, ayudar y hacer el bien a los demás. El infierno será tu propia cárcel, construida por ti mismo, una cárcel de odio y violencia, donde nunca podrás ser feliz. El infierno será la oscuridad y la tristeza total, la esclavitud eterna de Satanás y sus secuaces, será una vida eterna con los demonios. ¿Por qué no te decides ahora mismo por amar a Dios y a los demás? ¿Por qué no te arrepientes de tus pecados? ¿Por qué no le pides a Dios insistentemente la gracia de la salvación? No te condenarás sin quererlo. No tengas miedo. Si quieres ser bueno, aunque seas débil, Dios será tu fortaleza. Tú decide hacer el bien en vez de hacer el mal, decide amar en lugar de odiar. Recuerda que el infierno es no querer amar y no poder decir JESÚS jamás.
El Infierno es el rechazo eterno del amor
EL DIABLO
Hay muchos que, cuando oyen hablar del diablo, se fastidian, porque no creen en su existencia y consideran a los que creen como anticuados y retrógrados. Pero el diablo no deja de existir, porque algunos no crean en él. La Escritura nos habla de él, la Iglesia lo confirma, todos los santos han tenido experiencias con él y muchas personas comunes y corrientes pueden certificarlo, especialmente los que han estado metidos en grupos de adoración a Satanás.
El diablo es un ser maligno, perverso y pervertidor, la mentira y el odio personificados. Él ha querido formarse también una iglesia con adoradores y seguidores fieles: las iglesias satánicas. Y muchos lo siguen, a veces, inconsciente e irresponsablemente, quizás por curiosidad o buscando en esas reuniones experiencias ocultas de placer o de sabiduría. Pero la realidad de los que están metidos en el satanismo, es dramática y horrible.
Miguel Warnke perteneció a una secta satánica en California, USA, y escribió un libro titulado El vendedor de Satanás, editado por Logos International, en Plainfield, New Jersey, en 1972. En este libro nos cuenta su odisea y cómo entró en el grupo. Su testimonio es realmente extraordinario por tratarse de un alto jefe de una secta satánica de la que pudo salir. Él cuenta que el crimen, la orgía sexual, la tortura ritual, el canibalismo, la droga... son las principales herramientas que utilizan. Sin embargo, estos actos monstruosos nada son comparados con las fuerzas demoníacas que se convocan y sueltan, de las cuales pierden muchas veces el control... En nuestras reuniones llamábamos a los demonios para que hicieran casi cualquier cosa que la mente de una persona dirigida por Satanás puede soñar.. Los demonios pueden infligir enfermedad, posesionarse de los hombres y animales, pueden oponerse al crecimiento espiritual, pueden diseminar falsa doctrina, pueden atormentar a la gente, pueden adivina, causar celos, orgullo, lascivia o pueden conducir a una persona a la desesperación. Los demonios buscan habitar en cuerpos humanos para poder satisfacer sus lascivias indescriptibles y sus perversos anhelos.
Al ser yo nombrado sumo sacerdote tenía toda la bebida que pudiese bebe,; todas las satisfacciones que deseara y control de vida o muerte literalmente sobre toda una legión de personas. Pero en el infierno del satanismo no hay compasión ni caridad, sólo hay violencia y maldad.
Todas aquellas gentes que me amaban y que se preocupaban de mí, que me alababan, que me palmoteaban la espalda, que me hacían viajar en avión para celebrar conferencias, que me vestían y me proveían de coche con chofe,; que me daban dinero en abundancia, drogas, licor y cualquier cosa que yo deseara, me lanzaron una noche lluviosa, completamente desnudo, en el pavimento de la puerta de un hospital para deshacerse de mí, que estaba enfermo por la droga...
Yo había aumentado el número de miembros de la secta de 500 a 1.500, había manejado miles de dólares en el tráfico de estupefacientes y siempre había acatado lealmente cada orden para hacer lo que querían los agentes de Satanás. Pero ahora ya no les servía. Con Satanás no hay segunda oportunidad ni simpatía, ni ayuda, cuando la necesitas... Cuando me recuperé en el hospital, vi que tenía 45 dólares en el bolsillo y me fui a una tienda de venta de armas y me compré un revólver Smith & Wesson, calibre 38, y una bala que me costaron 44.98 dólares. Con una bala era suficiente, quería suicidarme.
Pero no se suicidó y se arrepintió de sus pecados. Encontró en Dios la paz que había perdido y fue liberado de las garras de Satanás por el poder del único que podía salvarlo: Jesucristo. Tú también puedes ser liberado de cualquier opresión del maligno. ¿Acaso prefieres vivir en ese mundo tenebroso del miedo, odio, violencia y maldad, que será tu infierno eternamente? ¿Crees que vale la pena conseguir toda clase de placeres, dinero y poder a cambio de tu alma? Recuerda que el diablo existe y no tendrá compasión de ti. Pero, mientras hay vida, hay esperanza. Procura alejarte cuanto antes de este camino, que puede ser sin retorno. Para Dios no hay nada imposible. Confía en Él. No dejes para mañana lo que debes hacer hoy. Después podría ser demasiado tarde. Acércate a Dios y dile con amor en este mismo instante: Dios mío, perdóname todos mis pecados y ten compasión de mí. Yo te amo y yo confío en Ti . Repítelo muchas veces y después acude al sacramento de la confesión. Y encontrarás el perdón y la paz. Una paz sin límites, que nadie puede darte, sino sólo Dios. Te deseo que seas feliz. Jesús te espera y te ama. Él te ha creado para el cielo. No lo olvides.
Jesús es Amor , Perdón y Misericordia
Hay algunos teólogos que dicen que no existe el infierno, porque todos los que no quieran acogerse a la salvación ofrecida por Jesucristo, serán aniquilados al no recibir el don de la inmortalidad. Dios lo ha creado para siempre y cada uno podrá vivir su eternidad como quiera vivirla. Dios respetará su libertad.
Otros, siguiendo la antigua teoría de Orígenes de la apokatastasis, que fue descartada desde los primeros tiempos por todos los Santos Padres, dicen que los malos, después de un castigo temporal, irán definitivamente al cielo. Esto también ha sido condenado en el II Concilio de Constantinopla del año 553.
Y no faltan quienes con un poco de sonrisa malévola dicen: El infierno existe, pero está vacío . La Iglesia nunca ha declarado que alguien en concreto esté en él. Pero una cosa es no saber quién está,.y en esto no hay que hacer juicios temerarios ni siquiera con los más grandes criminales, y otra cosa muy distinta es decir que no hay nadie. La Iglesia no ha dicho que esté Judas, pero Jesús lo da a entender, cuando dice: Más le valía no haber nacido (Mc 14,21).
Santa Teresa de Jesús, Santa Faustina Kowalska, la Venerable Josefa Menéndez, la Venerable Ana Catalina Emrnerick y otros santos nos hablan de su experiencia de haber visto el infierno. Ana Catalina Emmerick dice que es un país de infinitos tormentos, un mundo horrible y tenebroso . Muchas veces, cuando ella iba al cementerio a orar por las almas, sentía quiénes estaban condenadas. Dice: Veía salir como un vaho negro que me estremecía de algunos sepulcros. En estos casos, la idea viva de la santísima justicia de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que había de espantoso en tales sepulcros .
Santa Teresa de Jesús nos cuenta: Un día murió cierta persona, que había vivido harto mal y por muchos años. Murió sin confesión, mas con todo esto no me parecía a mí que se había de condenar Estando amortajando el cuerpo, vi muchos demonios tomar aquel cuerpo y parecía que jugaban con él... Cuando echaron el cuerpo en la sepultura, era tanta la multitud de demonios, que estaban dentro para tomarle, que yo estaba fuera de mí de verlo y no era menester poco ánimo para disimularlo.
Consideraba qué harían de aquel alma, cuando así se enseñoreaban del triste cuerpo. Ojalá el Señor hiciera ver esto que yo vi a todos los que están en mal estado, que me parece fuera gran cosa para hacerlos vivir bien (Vida 38,24).
Lucía de Fátima cuenta en sus Memorias la visión del infierno aquel 13 de julio de 1917: Vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas, entre gritos y gemidos de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas como negros carbones en brasa. Nuestra Señora nos dijo entre bondad y tristeza: Habéis visto el infierno adonde van las almas de los pobres pecadores.
Y lo peor de todo es que el infierno es eterno. Jesús nos habla claramente de ello (Mt 25,41) y la Iglesia nos lo enseña en el símbolo Quicumque (DS 76) del siglo V, en el concilio IV de Letrán (DS 801), en la constitución dogmática Benedictus Deus de Benedicto XII (DS 1000,1002) y en la constitución Lumen Gentium del Vaticano II (N°48). Pero el infierno es eterno, no porque Dios lo quiera, sino porque ellos así lo quieren. Si por un imposible, los condenados se arrepintieran, serían inmediatamente perdonados por Dios. Su misericordia es infinita y más grande que todos los pecados de todos los hombres juntos. Lo triste es que se han decidido contra Dios para siempre y nunca se arrepentirán. Es el gran misterio de la libertad humana y del gran respeto que Dios tiene por el hombre, a quien respeta, aun cuando desee vivir eternamente lejos de El. El infierno se lo crea el propio condenado. Por eso, no hay dos infiernos iguales, cada condenado tiene su propio infierno. Más que un lugar es un estado infernal, que uno se fabrica según la medida de su odio y maldad.
El Papa Juan Pablo II afirma que el infierno es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre, incluso en el último momento de su vida... El infierno más que un lugar indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría (28-7-1999). El Catecismo de la Iglesia católica dice que es el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados (Cat 1033). Dios no predestina a nadie a ir al infierno, para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal) y persistir en él hasta el final (Cat 1037).
Y esto es posible. Veamos lo que cuenta la mística María Simma, de quien hablaremos ampliamente en este libro: Conocí un hombre que me dijo que él no quería ir al cielo. Yo le pregunté: ¿Por qué? Me dijo: Porque Dios permite muchas injusticias. Yo le aclaré que no es Dios, sino los hombres malos. Pero él me dijo: Yo lo odio. Espero no encontrarme con Él después de mi muerte, si no lo mataré con un hacha. ¿Es posible que alguien pueda odiar a Dios? ¿Que alguien creado con amor y por amor por un Dios infinitamente bueno, pueda odiarlo? Sí, es posible. De todos modos, nadie se va a condenar por sus pecados mortales cometidos, como si Dios lo castigara inexorablemente, quiera o no quiera; se condenará por su decisión de no arrepentirse, de no querer ser perdonado y por su soberbia de seguir rechazando a Dios eternamente.
Muchos autores afirman que, al momento de la muerte, Dios se nos presentará con todo su amor divino y nos dará la oportunidad de sentir su amor y tener la opción, plenamente conscientes, de amarlo o rechazarlo para siempre. ¿Cuál será tu opción? Piensa que el infierno también puede ser una realidad para ti. Cada pecado que cometes te va alejando poco a poco de Dios y de su amor. Si quieres ir al infierno, el pecado es el camino más fácil y más rápido. Cuanto más graves sean tus pecados, más hundido estarás en tu propio infierno desde ahora y tu corazón estará más lleno de odio, violencia y maldad.
El infierno será tu triste final, si vives encerrado en ti mismo y rechazas amar, servir, ayudar y hacer el bien a los demás. El infierno será tu propia cárcel, construida por ti mismo, una cárcel de odio y violencia, donde nunca podrás ser feliz. El infierno será la oscuridad y la tristeza total, la esclavitud eterna de Satanás y sus secuaces, será una vida eterna con los demonios. ¿Por qué no te decides ahora mismo por amar a Dios y a los demás? ¿Por qué no te arrepientes de tus pecados? ¿Por qué no le pides a Dios insistentemente la gracia de la salvación? No te condenarás sin quererlo. No tengas miedo. Si quieres ser bueno, aunque seas débil, Dios será tu fortaleza. Tú decide hacer el bien en vez de hacer el mal, decide amar en lugar de odiar. Recuerda que el infierno es no querer amar y no poder decir JESÚS jamás.
El Infierno es el rechazo eterno del amor
EL DIABLO
Hay muchos que, cuando oyen hablar del diablo, se fastidian, porque no creen en su existencia y consideran a los que creen como anticuados y retrógrados. Pero el diablo no deja de existir, porque algunos no crean en él. La Escritura nos habla de él, la Iglesia lo confirma, todos los santos han tenido experiencias con él y muchas personas comunes y corrientes pueden certificarlo, especialmente los que han estado metidos en grupos de adoración a Satanás.
El diablo es un ser maligno, perverso y pervertidor, la mentira y el odio personificados. Él ha querido formarse también una iglesia con adoradores y seguidores fieles: las iglesias satánicas. Y muchos lo siguen, a veces, inconsciente e irresponsablemente, quizás por curiosidad o buscando en esas reuniones experiencias ocultas de placer o de sabiduría. Pero la realidad de los que están metidos en el satanismo, es dramática y horrible.
Miguel Warnke perteneció a una secta satánica en California, USA, y escribió un libro titulado El vendedor de Satanás, editado por Logos International, en Plainfield, New Jersey, en 1972. En este libro nos cuenta su odisea y cómo entró en el grupo. Su testimonio es realmente extraordinario por tratarse de un alto jefe de una secta satánica de la que pudo salir. Él cuenta que el crimen, la orgía sexual, la tortura ritual, el canibalismo, la droga... son las principales herramientas que utilizan. Sin embargo, estos actos monstruosos nada son comparados con las fuerzas demoníacas que se convocan y sueltan, de las cuales pierden muchas veces el control... En nuestras reuniones llamábamos a los demonios para que hicieran casi cualquier cosa que la mente de una persona dirigida por Satanás puede soñar.. Los demonios pueden infligir enfermedad, posesionarse de los hombres y animales, pueden oponerse al crecimiento espiritual, pueden diseminar falsa doctrina, pueden atormentar a la gente, pueden adivina, causar celos, orgullo, lascivia o pueden conducir a una persona a la desesperación. Los demonios buscan habitar en cuerpos humanos para poder satisfacer sus lascivias indescriptibles y sus perversos anhelos.
Al ser yo nombrado sumo sacerdote tenía toda la bebida que pudiese bebe,; todas las satisfacciones que deseara y control de vida o muerte literalmente sobre toda una legión de personas. Pero en el infierno del satanismo no hay compasión ni caridad, sólo hay violencia y maldad.
Todas aquellas gentes que me amaban y que se preocupaban de mí, que me alababan, que me palmoteaban la espalda, que me hacían viajar en avión para celebrar conferencias, que me vestían y me proveían de coche con chofe,; que me daban dinero en abundancia, drogas, licor y cualquier cosa que yo deseara, me lanzaron una noche lluviosa, completamente desnudo, en el pavimento de la puerta de un hospital para deshacerse de mí, que estaba enfermo por la droga...
Yo había aumentado el número de miembros de la secta de 500 a 1.500, había manejado miles de dólares en el tráfico de estupefacientes y siempre había acatado lealmente cada orden para hacer lo que querían los agentes de Satanás. Pero ahora ya no les servía. Con Satanás no hay segunda oportunidad ni simpatía, ni ayuda, cuando la necesitas... Cuando me recuperé en el hospital, vi que tenía 45 dólares en el bolsillo y me fui a una tienda de venta de armas y me compré un revólver Smith & Wesson, calibre 38, y una bala que me costaron 44.98 dólares. Con una bala era suficiente, quería suicidarme.
Pero no se suicidó y se arrepintió de sus pecados. Encontró en Dios la paz que había perdido y fue liberado de las garras de Satanás por el poder del único que podía salvarlo: Jesucristo. Tú también puedes ser liberado de cualquier opresión del maligno. ¿Acaso prefieres vivir en ese mundo tenebroso del miedo, odio, violencia y maldad, que será tu infierno eternamente? ¿Crees que vale la pena conseguir toda clase de placeres, dinero y poder a cambio de tu alma? Recuerda que el diablo existe y no tendrá compasión de ti. Pero, mientras hay vida, hay esperanza. Procura alejarte cuanto antes de este camino, que puede ser sin retorno. Para Dios no hay nada imposible. Confía en Él. No dejes para mañana lo que debes hacer hoy. Después podría ser demasiado tarde. Acércate a Dios y dile con amor en este mismo instante: Dios mío, perdóname todos mis pecados y ten compasión de mí. Yo te amo y yo confío en Ti . Repítelo muchas veces y después acude al sacramento de la confesión. Y encontrarás el perdón y la paz. Una paz sin límites, que nadie puede darte, sino sólo Dios. Te deseo que seas feliz. Jesús te espera y te ama. Él te ha creado para el cielo. No lo olvides.


