Autor: | Editorial:
El dolor. Felices ustedes
EL DOLOR
¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad;
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!
¡Qué triste es mi caminar!
Llevo en el pecho escondido
un gemido de pesar,
y en mis labios un cantar
para esconder mi gemido.
Y es que temiendo, Señor,
que este mundo burlador
se burle de mis pesares,
voy ahogando entre cantares
los ayes de mi dolor.
No quiero que en mi cantar
mi pena se transparente;
quiero sufrir y callar,
no quiero dar a la gente
migajas de mi pesar
Tú sólo, Dios y Señor,
Tú, que por amor me hieres;
Tú, que con inmenso amor,
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres.
Tú sólo lo has de saber;
que sólo quiero contar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.
Por eso, Dios y Señor,
por tu bondad y tu amor,
porque lo mandas y quieres,
porque es tuyo mi dolor,
¡bendita sea, Señor,
la mano con que me hieres!
(José María Pemán)
FELICES USTEDES
Jesús llama felices, bienaventurados, dichosos a quienes sufren, poniendo su confianza y esperanza en Dios. ¿De qué sirve gozar y ser felices con la felicidad que da el mundo, si, al final, nos sentimos vacíos y tristes por no haber cumplido bien nuestra misión? Es preferible aceptar la voluntad de Dios, que, a veces, permite el sufrimiento en nuestras vidas, y tener la oportunidad de crecer y madurar más espiritualmente, para poder así gozar y ser mucho más felices por toda una eternidad. Jesús, en las Bienaventuranzas, que es como la carta Magna del Evangelio, ilumina la vida de los que sufren, dándoles una gran esperanza. Su dolor, sea por el motivo que sea, (enfermedad, vejez, persecución, desprecio ) no quedará sin recompensa, si se acepta con paz y resignación amorosa.
Dice Jesús:
Felices ustedes los pobres,
porque de ustedes es el reino de Dios,
Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Felices los que lloran, porque reirán.
Felices ustedes, si los hombres los odian,
los expulsan, los insultan
y los consideran como delincuentes
a causa del Hijo del Hombre.
Alégrense en ese momento y llénense de gozo, porque les espera una recompensa grande del cielo (Lc 6, 20-23).
Podríamos resumir las Bienaventuranzas diciendo: Felices los que sufren por amor a Dios, porque serán eternamente felices en el cielo. Lo contrario, sería lo que dice el profeta Jeremías: Maldito, infeliz, el hombre que pone su confianza en otro hombre (y en los placeres del mundo), apartando su corazón de Dios (Jer 17,5).
Por eso, ustedes que sufren, levanten su corazón a Dios y acéptenlo todo como venido de sus manos amorosas de Padre. Realmente, es maravilloso saber que nuestra vida no depende del azar o de un ciego destino ni del movimiento de las estrellas ni está sometida a cualquier otra causa impersonal desconocida. Nuestra vida está en las manos de Dios, que controla hasta los más mínimos detalles y tiene contados hasta los pelos de la cabeza (Lc 12, 7).
Y Dios es bueno, es nuestro Padre, y quiere nuestra felicidad. Por eso, es exigente y quiere lo mejor para nosotros. Y sabe muy bien que, con frecuencia, un sufrimiento permitido por Él, puede ayudarnos a mejorar y a crecer mucho más que cincuenta años de vida normal y sin problemas de ninguna clase. Por lo cual, el amor de nuestro Padre Dios permite, a veces, sufrimientos en nuestras vidas, aunque nuestra mente humana no los pueda comprender. En estos casos, lo único que nos queda es aceptarlos sin desesperación y decir como Jesús: que no se haga mi voluntad sino la tuya (Mc 14, 36).
El consuelo de que nuestro dolor no es inútil, sino beneficioso para nosotros y para el mundo entero, nos hace ver la vida y el mundo desde el punto de vista del amor de Dios, que todo lo controla y lo permite por nuestro bien. ¡Que Dios sea bendito!
¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad;
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!
¡Qué triste es mi caminar!
Llevo en el pecho escondido
un gemido de pesar,
y en mis labios un cantar
para esconder mi gemido.
Y es que temiendo, Señor,
que este mundo burlador
se burle de mis pesares,
voy ahogando entre cantares
los ayes de mi dolor.
No quiero que en mi cantar
mi pena se transparente;
quiero sufrir y callar,
no quiero dar a la gente
migajas de mi pesar
Tú sólo, Dios y Señor,
Tú, que por amor me hieres;
Tú, que con inmenso amor,
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres.
Tú sólo lo has de saber;
que sólo quiero contar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.
Por eso, Dios y Señor,
por tu bondad y tu amor,
porque lo mandas y quieres,
porque es tuyo mi dolor,
¡bendita sea, Señor,
la mano con que me hieres!
(José María Pemán)
FELICES USTEDES
Jesús llama felices, bienaventurados, dichosos a quienes sufren, poniendo su confianza y esperanza en Dios. ¿De qué sirve gozar y ser felices con la felicidad que da el mundo, si, al final, nos sentimos vacíos y tristes por no haber cumplido bien nuestra misión? Es preferible aceptar la voluntad de Dios, que, a veces, permite el sufrimiento en nuestras vidas, y tener la oportunidad de crecer y madurar más espiritualmente, para poder así gozar y ser mucho más felices por toda una eternidad. Jesús, en las Bienaventuranzas, que es como la carta Magna del Evangelio, ilumina la vida de los que sufren, dándoles una gran esperanza. Su dolor, sea por el motivo que sea, (enfermedad, vejez, persecución, desprecio ) no quedará sin recompensa, si se acepta con paz y resignación amorosa.
Dice Jesús:
Felices ustedes los pobres,
porque de ustedes es el reino de Dios,
Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Felices los que lloran, porque reirán.
Felices ustedes, si los hombres los odian,
los expulsan, los insultan
y los consideran como delincuentes
a causa del Hijo del Hombre.
Alégrense en ese momento y llénense de gozo, porque les espera una recompensa grande del cielo (Lc 6, 20-23).
Podríamos resumir las Bienaventuranzas diciendo: Felices los que sufren por amor a Dios, porque serán eternamente felices en el cielo. Lo contrario, sería lo que dice el profeta Jeremías: Maldito, infeliz, el hombre que pone su confianza en otro hombre (y en los placeres del mundo), apartando su corazón de Dios (Jer 17,5).
Por eso, ustedes que sufren, levanten su corazón a Dios y acéptenlo todo como venido de sus manos amorosas de Padre. Realmente, es maravilloso saber que nuestra vida no depende del azar o de un ciego destino ni del movimiento de las estrellas ni está sometida a cualquier otra causa impersonal desconocida. Nuestra vida está en las manos de Dios, que controla hasta los más mínimos detalles y tiene contados hasta los pelos de la cabeza (Lc 12, 7).
Y Dios es bueno, es nuestro Padre, y quiere nuestra felicidad. Por eso, es exigente y quiere lo mejor para nosotros. Y sabe muy bien que, con frecuencia, un sufrimiento permitido por Él, puede ayudarnos a mejorar y a crecer mucho más que cincuenta años de vida normal y sin problemas de ninguna clase. Por lo cual, el amor de nuestro Padre Dios permite, a veces, sufrimientos en nuestras vidas, aunque nuestra mente humana no los pueda comprender. En estos casos, lo único que nos queda es aceptarlos sin desesperación y decir como Jesús: que no se haga mi voluntad sino la tuya (Mc 14, 36).
El consuelo de que nuestro dolor no es inútil, sino beneficioso para nosotros y para el mundo entero, nos hace ver la vida y el mundo desde el punto de vista del amor de Dios, que todo lo controla y lo permite por nuestro bien. ¡Que Dios sea bendito!


