Autor: | Editorial:
Las manos de Dios. El día en que Dios se equivocó
LAS MANOS DE DIOS
Escribía un autor: Cuando veía a un enfermo que sufría sin consuelo una enfermedad incurable, cuando veía a un anciano abandonado o a un pobre sin esperanza, me preguntaba: ¿Dónde está Dios?
Cuando veía a un moribundo en su agonía lleno de dolor, cuando veía a una esposa traicionada y abandonada o veía niños inocentes, que sufrían sin que nadie les tuviera compasión, me seguía preguntando: ¿Dónde está Dios?
Cuando veía mujeres de la calle, hombres sin compasión, asesinos a sueldo o jóvenes sin ilusión, me tenía que seguir preguntando: ¿Dónde está Dios? ¿Es que Dios era indiferente ante la miseria y el dolor humano? ¿Es que no tenía compasión de sus hijos que sufrían? ¿Es que no le importaba que siguieran sufriendo injustamente y, a veces, sin fe y sin esperanza?
Un día tuve la osadía de enfrentarme a Dios y decirle: Señor, ¿Por qué permites tanto sufrimiento? ¿Por qué no haces algo para que haya más amor y más consuelo? ¿Dónde están tus manos para acariciar a tantos que necesitan consuelo y amor, porque nadie los quiere? ¿Por qué no echas una mano de ternura a los que más te necesitan, especialmente a los que más sufren?
Después de un largo silencio, escuché una voz en el fondo de mi alma, que me dejó sin aliento. Él me dijo: Hijo mío, ¿no te das cuenta de que yo quiero que tú seas mis manos y mis pies, mi corazón y mi alma, y que, con tu vida y tu amor, lleves alegría y consuelo a los que lo necesitan? Entonces, comprendí, de un solo golpe, que yo debía ser las MANOS DE DIOS y que, en vez de criticar a Dios, lo que debía hacer era atreverme a hacer algo con mis manos por los demás. Sí, me di cuenta de que mis manos estaban sin llenar, que no habían dado todo lo que debían dar, que no habían consolado ni amado ni perdonado como debían, ni habían sabido compartir tanto amor que tenía guardado en mi corazón. Por eso, me propuse, a partir de ese día, repartir a manos llenas todo lo que Dios me había dado para que, al final de mi vida, pudiera entregarle mis manos vacías, porque habían entregado todo sin guardarme nada. Pero también le daría mi corazón lleno de amor y lleno de nombres, de tantas personas a quienes había ayudado a ser felices.
Señor, ¿quieres mis manos para dar amor
a los pobres y enfermos?
Señor, te doy mis manos.
¿Quieres mis pies para pasar el día, visitando a los encarcelados,
a los necesitados o a los marginados?
Aquí están mis pies.
¿Quieres mi voz para pasar todo el día hablando
a quienes necesitan palabras de amor?
Aquí está mi voz.
Señor, ¿quieres mi corazón para amar
todo el día y toda la noche
a quienes me rodean?
Aquí está, Señor, mi corazón y mi vida.
¿Quieres mi dolor para seguir salvando
a los hombres?
Aquí está mi dolor y mi alma con todo lo que tengo y todo lo que soy.
EL DÍA EN QUE DIOS SE EQUIVOCÓ
Recuerdo a un padre de familia que, hablando de su hijo, un joven de veinte años, que había muerto en un accidente, decía: Mi hijo era un joven responsable y buen cristiano. Era el orgullo de la familia. Todos los que lo conocían, decían que era un muchacho extraordinario y que tenía mucho futuro por delante. Por eso, no puedo comprender por qué tuvo que morir en un accidente absurdo, provocado por un chofer borracho, que invadió la acera por donde caminaba tranquilamente. ¿Por qué Dios se lo llevó? Creo que ese día Dios se equivocó.
Muchas personas piensan de esta manera ante la muerte de sus seres queridos, ante los sufrimientos de tantos niños inocentes o ante tantos seres humanos maltratados, esclavizados o asesinados injustamente en el mundo. ¿Por qué Dios permite todo esto? ¿Es que Dios se ha olvidado de ellos o simplemente se equivocó? Lo peor es que mucha gente, al no poder comprender a Dios, no lo quiere perdonar, acusándolo de ser el culpable de todas sus desgracias o de las desgracias de su familia. Y, para vengarse, ya no quieren rezar ni ir a la iglesia, guardándole rencor en su corazón. ¿Es que acaso el castigar así a Dios lo hará cambiar su manera de actuar o de pensar? ¿Es que el deseo de darle su merecido y gozarse de una dulce venganza los dejaré dormir más tranquilos o arreglará las cosas?
Y Dios sigue callando y sufriendo la indiferencia y el rechazo de tantos hijos que no lo pueden comprender. Si ellos fueran Dios, entonces, harían las cosas de distinta manera. Pero dejemos a Dios ser Dios y no queramos imponerle nuestras opiniones. Dios sabe lo que hace y todo lo permite por nuestro bien (Rom 8,28), aunque no lo entendamos.
Dios ve la cosas desde el punto de vista de la eternidad y sabe que los pequeños sufrimientos de esta vida, nos proporcionarán una inmensa alegría y felicidad en el cielo, si sabemos aceptarlos sin rebelarnos contra Él. Además, nadie tiene derecho a vivir ni un instante más. Cada momento de vida es un regalo maravilloso, que no sabemos hasta cuándo durará. Por eso, debemos aprovecharlo al máximo y vivir con responsabilidad, pues Dios tiene contados todos nuestros días (Sal 39,5).
Dios no se goza con nuestros males y sufrimientos. Dios también sufre con nosotros. Solamente nos pide paciencia y amor. Al final de cuentas, nadie se muere de infarto ni de accidente ni de enfermedad o de injustas torturas o violencias ajenas Todos mueren en el momento en que Dios los llama a cada uno y le dice: Hijo mío, ha llegado tu hora, preséntame tus cuentas. El medio para llamarnos puede ser un accidente o la violencia de un asesino, pero Dios controla todo y todo lo permite por nuestro bien. Después de la muerte, ya no habrá más dolor ni sufrimiento y todo será paz y felicidad. Vale la pena haber vivido y ser feliz después eternamente. Por eso, demos gracias a Dios por la vida y nunca nos rebelemos contra sus planes, sino procuremos vivir en plenitud cada instante de vida que Él nos conceda.
Escribía un autor: Cuando veía a un enfermo que sufría sin consuelo una enfermedad incurable, cuando veía a un anciano abandonado o a un pobre sin esperanza, me preguntaba: ¿Dónde está Dios?
Cuando veía a un moribundo en su agonía lleno de dolor, cuando veía a una esposa traicionada y abandonada o veía niños inocentes, que sufrían sin que nadie les tuviera compasión, me seguía preguntando: ¿Dónde está Dios?
Cuando veía mujeres de la calle, hombres sin compasión, asesinos a sueldo o jóvenes sin ilusión, me tenía que seguir preguntando: ¿Dónde está Dios? ¿Es que Dios era indiferente ante la miseria y el dolor humano? ¿Es que no tenía compasión de sus hijos que sufrían? ¿Es que no le importaba que siguieran sufriendo injustamente y, a veces, sin fe y sin esperanza?
Un día tuve la osadía de enfrentarme a Dios y decirle: Señor, ¿Por qué permites tanto sufrimiento? ¿Por qué no haces algo para que haya más amor y más consuelo? ¿Dónde están tus manos para acariciar a tantos que necesitan consuelo y amor, porque nadie los quiere? ¿Por qué no echas una mano de ternura a los que más te necesitan, especialmente a los que más sufren?
Después de un largo silencio, escuché una voz en el fondo de mi alma, que me dejó sin aliento. Él me dijo: Hijo mío, ¿no te das cuenta de que yo quiero que tú seas mis manos y mis pies, mi corazón y mi alma, y que, con tu vida y tu amor, lleves alegría y consuelo a los que lo necesitan? Entonces, comprendí, de un solo golpe, que yo debía ser las MANOS DE DIOS y que, en vez de criticar a Dios, lo que debía hacer era atreverme a hacer algo con mis manos por los demás. Sí, me di cuenta de que mis manos estaban sin llenar, que no habían dado todo lo que debían dar, que no habían consolado ni amado ni perdonado como debían, ni habían sabido compartir tanto amor que tenía guardado en mi corazón. Por eso, me propuse, a partir de ese día, repartir a manos llenas todo lo que Dios me había dado para que, al final de mi vida, pudiera entregarle mis manos vacías, porque habían entregado todo sin guardarme nada. Pero también le daría mi corazón lleno de amor y lleno de nombres, de tantas personas a quienes había ayudado a ser felices.
Señor, ¿quieres mis manos para dar amor
a los pobres y enfermos?
Señor, te doy mis manos.
¿Quieres mis pies para pasar el día, visitando a los encarcelados,
a los necesitados o a los marginados?
Aquí están mis pies.
¿Quieres mi voz para pasar todo el día hablando
a quienes necesitan palabras de amor?
Aquí está mi voz.
Señor, ¿quieres mi corazón para amar
todo el día y toda la noche
a quienes me rodean?
Aquí está, Señor, mi corazón y mi vida.
¿Quieres mi dolor para seguir salvando
a los hombres?
Aquí está mi dolor y mi alma con todo lo que tengo y todo lo que soy.
EL DÍA EN QUE DIOS SE EQUIVOCÓ
Recuerdo a un padre de familia que, hablando de su hijo, un joven de veinte años, que había muerto en un accidente, decía: Mi hijo era un joven responsable y buen cristiano. Era el orgullo de la familia. Todos los que lo conocían, decían que era un muchacho extraordinario y que tenía mucho futuro por delante. Por eso, no puedo comprender por qué tuvo que morir en un accidente absurdo, provocado por un chofer borracho, que invadió la acera por donde caminaba tranquilamente. ¿Por qué Dios se lo llevó? Creo que ese día Dios se equivocó.
Muchas personas piensan de esta manera ante la muerte de sus seres queridos, ante los sufrimientos de tantos niños inocentes o ante tantos seres humanos maltratados, esclavizados o asesinados injustamente en el mundo. ¿Por qué Dios permite todo esto? ¿Es que Dios se ha olvidado de ellos o simplemente se equivocó? Lo peor es que mucha gente, al no poder comprender a Dios, no lo quiere perdonar, acusándolo de ser el culpable de todas sus desgracias o de las desgracias de su familia. Y, para vengarse, ya no quieren rezar ni ir a la iglesia, guardándole rencor en su corazón. ¿Es que acaso el castigar así a Dios lo hará cambiar su manera de actuar o de pensar? ¿Es que el deseo de darle su merecido y gozarse de una dulce venganza los dejaré dormir más tranquilos o arreglará las cosas?
Y Dios sigue callando y sufriendo la indiferencia y el rechazo de tantos hijos que no lo pueden comprender. Si ellos fueran Dios, entonces, harían las cosas de distinta manera. Pero dejemos a Dios ser Dios y no queramos imponerle nuestras opiniones. Dios sabe lo que hace y todo lo permite por nuestro bien (Rom 8,28), aunque no lo entendamos.
Dios ve la cosas desde el punto de vista de la eternidad y sabe que los pequeños sufrimientos de esta vida, nos proporcionarán una inmensa alegría y felicidad en el cielo, si sabemos aceptarlos sin rebelarnos contra Él. Además, nadie tiene derecho a vivir ni un instante más. Cada momento de vida es un regalo maravilloso, que no sabemos hasta cuándo durará. Por eso, debemos aprovecharlo al máximo y vivir con responsabilidad, pues Dios tiene contados todos nuestros días (Sal 39,5).
Dios no se goza con nuestros males y sufrimientos. Dios también sufre con nosotros. Solamente nos pide paciencia y amor. Al final de cuentas, nadie se muere de infarto ni de accidente ni de enfermedad o de injustas torturas o violencias ajenas Todos mueren en el momento en que Dios los llama a cada uno y le dice: Hijo mío, ha llegado tu hora, preséntame tus cuentas. El medio para llamarnos puede ser un accidente o la violencia de un asesino, pero Dios controla todo y todo lo permite por nuestro bien. Después de la muerte, ya no habrá más dolor ni sufrimiento y todo será paz y felicidad. Vale la pena haber vivido y ser feliz después eternamente. Por eso, demos gracias a Dios por la vida y nunca nos rebelemos contra sus planes, sino procuremos vivir en plenitud cada instante de vida que Él nos conceda.


