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Obstáculos en la formación del carácter
Capítulo II
Obstáculos en la formación del carácter
Podríamos resumir los obstáculos en la formación del carácter en los siguientes, la mayoría ya señalados:
El miedo al «qué dirán».
La pasión o defecto dominante. En cada joven hay una o dos pasiones grandes o defectos capitales. Descubrir estas pasiones y tenerlas a raya, he aquí el camino seguro en la formación del carácter. No pierdas el tiempo en la extirpación de faltas pequeñas. Sujeta la pasión dominante; después vencerás con facilidad las restantes. En un joven, por ejemplo, el defecto capital es la comodidad, y por eso siempre anda huyendo del trabajo; en otro, es la gula; en un tercero, la charla continua; en otro, la ira precipitada, o el amor propio exagerado, la testarudez. Todos estos defectos son otros tantos focos de rebeldía en tu alma. Si no los sujetas a tiempo, muy mal te saldrá la partida.
Paciencia en la propia autoeducación. Se requieren largos años.
Falta de conocimiento de sí mismo. La vida agitada hace que el joven no disponga nunca de ratos de silencio, de reflexión, o de desarrollo de su espíritu, no se conoce y no puede ir creciendo en el espíritu.
¿Conoces la ley de la cristalización? Sabrás entonces que si en un líquido saturado, en que hay diferentes materias diluidas, y las moléculas están entremezcladas, ponemos un pequeño cristal, de éste emana una misteriosa fuerza de atracción, y lentamente va atrayendo todas las moléculas que tengan la misma naturaleza que el cristal. El cristal se hace cada vez mayor, y si nada estorba durante algunos meses ese lento proceso de cristalización, se convertirá en magnífico cristal el pequeño trozo allí colocado. Pero, nótalo bien: si en la cristalización no hubo estorbo. De lo contrario, si no existe la tranquilidad adecuada, se formarán unos cristales contrahechos.
Un proceso análogo ocurre en la cristalización del espíritu. Si los pensamientos de que saturas tu alma son siempre nobles, elevados, generosos, entonces éstos, como por una especie de afinidad química, irán levantando en el fondo de tu alma otros pensamientos semejantes; y si en los años de juventud prosigue en ti este estado, los buenos anhelos formarán una personalidad armónica y equilibrada.
Pero si el joven pone estorbos a la cristalización tranquila del espíritu, con frecuentes caídas en pecado, la personalidad será desequilibrada.
La mala hierba
Contempla un campo de trigo en el mes de mayo. Entre el sembrado, fresco y tierno, levanta su cabeza un tallo seco, la cizaña, alguna mala hierba. Todavía no son peligrosas, hasta parecen brotes inocentes y sin importancia; pero, a medida que crezcan, se volverán más espinosos y más duros.
Joven: tú también estás en la primavera de tu vida, y también has podido notar en el sembrado de tu alma el tallo de la mala hierba. Tus malas costumbres, tu terquedad... tu defecto dominante no eran tan manifiestos durante la niñez, pero a medida que van desarrollándose, si no acometes contra ellos, se vuelven cada vez más espinosos y más difíciles de quitar.
¿Qué será de ti si no entablas esta lucha? Tu cuerpo sigue creciendo y desarrollándose pero el alma se te queda raquítica. La mala hierba se desarrolla en ti con gran empuje; bien sabes que no necesita ningún cuidado, pero el sembrado de trigo, las buenas cualidades, se mueren, se ahogan bajo la mala hierba que crece en abundancia.
Este joven, si le mandan algo en su casa, contestará de malas maneras. Si hay algo que le disgusta, cerrará la puerta con un ruido que parece un cañonazo. Si se le rompe el cordón del zapato, soltará una palabrota. Si tropieza con otro, despotricará contra él. En una palabra, será un hombre «inaguantable».
Malas hierbas hay en todas las almas, pero el joven de carácter no les deja tiempo para que cobren fuerzas, sino que rápidamente las extermina con vigilancia y lucha continua. Esta lucha continua es lo que llamamos el combate de la propia educación.
El combate del alma
En el alma, pues, hay una lucha continua entre el bien y el mal. Apenas contabas cinco o seis años y ya sentiste los primeros movimientos del enemigo. Sentiste algo en ti que te empujaba hacia el mal. Un peso de plomo que trata de hundirte en el abismo, en el abismo sin fondo de la ruina moral. Una terrible herencia, la inclinación al mal, consecuencia del pecado original.
Por esto el hombre se inclina más al mal que al bien. Esto lo conoces de sobra por propia experiencia.
Conocemos los ideales sublimes que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó, nos entusiasmamos con ellos, quisiéramos vivirlos... Pero, ¡cuántos obstáculos se levantan...!
Observo dentro de mí un choque trágico. El bien agrada, pero el pecado tiene sus alicientes. La vida según el ideal atrae hacia las alturas; pero el pecado tira hacia abajo. Esta lucha nos hace preguntarnos: ¿cómo es tan difícil ser bueno y tan fácil ser malo?
«En todo hombre hay un santo y un criminal», dijo Lacordaire. El criminal va adquiriendo fuerzas en tu interior por sí mismo y crece aunque no lo cuides; pero para ser santo es necesario una labor perseverante y ardua en la educación de sí mismo.
Y ¿sin sacrificio?
No se puede ser hombre de carácter, aspirar a un alto y generoso ideal, sin sacrificio. «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt 16,24), te dice Jesús. Quien quiera estar con Él en el cielo no ha de abandonarlo en el camino pedregoso de la cruz.
Para tener voluntad hace falta cierta ascesis. De quien nunca se priva de una cosa lícita no se puede esperar que rehuse todas las prohibidas. La palabra «ascesis» significa originalmente «elaboración final»; tal como la entendían los griegos: aquella vida de preparación, de pulimento y de sacrificio con que se disponían los atletas a las olimpiadas. El hombre de carácter también es resultado de una lucha, de un combate. Sin sacrificio ni abnegación no se puede lograr nada grande en esta tierra.
En la vida todo el mundo hace sacrificios; la diferencia estriba tan sólo en el motivo por el que lo hacen. Piensa, por ejemplo, en el avaro, como vive miserablemente, como se sacrifica por ahorrar, para este fin ahoga todos sus deseos, vive sin alegrías y sin amigos. Y todo esto para amontonar dinero.
Nada se nos da gratis en este mundo. Quien desea labrar una estatua ha de quitar mucho del tosco bloque de mármol; y quien quiera moldearse a sí mismo y hacer una obra maestra de su persona, ha de pulirse sin descanso.
Le preguntaron a Zeuxis por qué trabajaba con tanta diligencia en sus cuadros: «Porque trabajo para la eternidad», contestó.
Joven: cuando trabajas por tu alma, trabajas para la eternidad. ¿Encontrarás excesivo trabajar por tu alma?
«Yo soy así»
El combate contra los instintos no acaba nunca. El joven que se preocupa por su carácter nunca excusará sus faltas diciendo: «Yo soy así, ya nací con este temperamento»; sino que trabajará sin tregua en el perfeccionamiento de su alma. Repite, por tanto, muchas veces: aunque las fieras moren en mí, llegaré a domarlas. No me resigno a ser como sería según mi temperamento, sino que he de ser como yo quiero. Estamos en este mundo no para pararnos en lo que somos, sino para plasmar lo que hemos de ser.
Hay una leyenda muy pintoresca de San Columbano, el evangelizador de los bávaros. Toda su fortuna consistía en un manso borriquito que le servía para transportar su modesto equipaje en sus viajes apostólicos. Hasta que un día, al pasar por un bosque, salió de repente un oso y le mató el borriquito. ¿Y qué hizo el santo? Se fue derecho al oso y le cargó el equipaje: «¡Ah, hermano, tú has matado el borrico! Pues bien, ahora tendrás que llevar tú mi equipaje.» El oso, todavía bañado en sangre de la víctima, inclino la cabeza y en adelante sirvió a su señor como un manso corderito.
No te quejes, pues, nunca de que eres muy apasionado, fogoso, precipitado, ambicioso, vivaracho, etc. Amansa el oso y átalo a tu carruaje. La pasión en sí misma no es mala: lo es tan sólo la pasión desenfrenada. Sin grandes pasiones no se pueden hacer obras grandes y, por tanto, no puede haber héroes ni santos.
La pasión es el viento del mar. Si no sopla, los barcos se paran, inactivos, con el velamen caído. Pero no basta que sople el viento. Todo depende de si sabemos aprovecharlo con habilidad para hinchar las velas de nuestra embarcación; porque, de lo contrario, no hará sino volcar la nave.
La formación del carácter no exige que extirpes tus pasiones, sino que las conviertas en aliadas. Por tanto, no sigas sus consejos, porque la pasión puede ser mala consejera; pero aprovecha sus fuerzas, pues son resortes poderosos si bien las empleas.
Sólo quien persigue «apasionadamente» un fin noble podrá vencer todos los obstáculos. Las pasiones son corceles fogosos en el carro de tu vida; si las dejas en libertad, te arrastran al precipicio; si las sujetas con mano firme llevando tú las riendas, te harán volar hacia tu fin.
Toda pasión es como el fuego: puede ser bendición y puede ser maldición, tal como escribe Schller en La campana: «Es el fuego potencia bienhechora, mientras la guía el hombre y bien la emplea.»
Por más brioso que sea tu temperamento, por muchas que sean tus malas inclinaciones heredadas no es culpa tuya tenerlas, no te desanimes. Haz cuanto esté a tu alcance para ennoblecer tu alma, y después acuérdate de la gran verdad consoladora: «Dios no niega la gracia a quien hace todo cuanto puede.»
Quien se levanta de mal talante
Todos sufrimos cambios de humor. Hoy estamos de buen humor y mañana, basta un leve contratiempo, para ponernos de mal humor. «Se ha levantado de mal talante», dicen los hombres al encontrarle. «Estoy de mal humor», repites tú mismo.
No hay duda, el humor no depende de nosotros; por tanto, no somos totalmente responsables de él. Pero de nosotros depende hacer todo lo posible para sobreponernos a ese mal humor.
Aun estando de mal humor, no debes hacerlo sentir a los que te rodean ni mostrarlo con enfados, con cara larga o con descontento. ¡Cuántas veces tuvieron que dolerse los hombres de palabras ofensivas y acciones precipitadas que cometieron sin premeditación, bajo la influencia de su mal humor! Cuántas veces se nos escapan frases no pensadas, de las que sólo más tarde nos damos cuenta lo ofensivas que fueron para los otros! «¡Dios mío! Yo no quería hacerlo. No me daba cuenta de las consecuencias que iban a traer consigo.» Sí, sí, pero ya es tarde.
No abandonarse al desaliento es la virtud del roble, de la roca, del alma grande.
En las oscuras profundidades del gran océano, donde nunca baja un rayo de sol, donde la naturaleza pierde el color, donde la temperatura está casi a cero grados, donde el aire contenido en el agua es de poca densidad, donde el peso de la mole inmensa del agua viene a ser abrumador; en este ambiente desolador, ¡es curioso el caso!, viven unos peces luminosos. La sabiduría de Dios hizo que en este lugar oscuro unos peces con su propio cuerpo hiciesen de linterna. Hasta en el abismo más oscuro del océano vibra la vida inundada de luz y de destellos.
Si tienes orden en tu alma, nunca has de estar de mal humor, ni sombrío, ni desalentado. No te levantes nunca «de mal talante». Procura tener un humor jovial, expansivo, capaz de trabar conversación con los pajarillos. Trata de ser, sobre todo, fuente de vida, de alegría, de luz, de sol, cuando la tristeza, las dificultades económicas y las múltiples preocupaciones te envuelvan. Piensa que «después de las tinieblas legará la luz» (Job 17, 12).
No tengo suerte
Muchos jóvenes, si les han puesto un cero en el colegio, desanimados suspiran: «No tengo suerte.» Y si alguno de sus compañeros sobresale, en seguida tienen preparado el fallo: «¡Claro! siempre tiene suerte este tipo.»
Y, sin embargo, el éxito no es tan sólo cuestión de suerte; y quien de la suerte espera el éxito, en vano esperará con la boca abierta el pollo asado, trinchado y servido. El que quiera lograr algo en la vida, no haga reproches a la suerte, sino coja la ocasión por los pelos y no la suelte.
¿No tienes toda una cuadrilla de obreros que trabajan para ti? Ahí están tus dos brazos vigorosos, tus hábiles diez dedos de la mano, tus pies incansables, tus ojos agudos, tus oídos despiertos..., todos ellos están dispuestos a trabajar para ti. Y tienes además tu cerebro penetrante, esa admirable central de telecomunicaciones. ¿Para qué esperar, pues, ayuda extraña?
Los mahometanos tienen un proverbio interesante: «El mundo entero pertenece a Dios, pero Dios se lo alquila a los valientes». En otras palabras, el joven no ha de esperar inactivo, sino que ha de fraguar sobre el yunque, con duro trabajo, la carrera de su vida. Hay que estar convencido de que el éxito pertenece a los tenaces, aunque tengan que pasar por muchos intentos fallidos. Los malos resultados transitorios nadie puede evitarlos, pero el que emprende el trabajo una y otra vez, con vigor creciente, vencerá de veras. Por tanto, lo principal no es la suerte, ni siquiera el talento brillante, sino el ánimo tenaz en el trabajo.
«Lo he intentado... pero en vano»
Muchos jóvenes se quejan de las veces han querido enmendarse, de las veces han querido mejorar... y de que al final todo ha sido en vano, no lo han logrado. Y se desalientan porque no saben distinguir entre el serio querer y el mero desear.
Y en realidad no lo quisieron, no lo intentaron; sólo imaginaron que sería así o asá. «Quisiera enmendarme»... pero nada hicieron para ello. Y es que hay una diferencia enorme entre el «quisiera» y el «quiero».
«Lo he intentado, !pero en vano!» No te enfades si te digo claramente que no es verdad, que no lo has intentado. Te lo imaginas tan sólo... «quizá no estaría mal probarlo.»
¿Habría Colón descubierto América si hubiese dado entrada al menor desaliento por el fracaso de sus primeras tentativas? ¡Cómo fue pordioseando por las cortes de Europa, durante dieciocho años, en busca de ayuda económica para su viaje! Se reían de él por todas partes, teníanlo por aventurero, por visionario; pero él se aferró resueltamente a sus propósitos. Tenía bastantes motivos para creer que más allá del continente conocido no podía haber únicamente mar, sino que debía de haber más tierra, otro continente. Y merced a su entusiasmo, a su voluntad tenaz, pudo vencer todos los estorbos y emprender su gran viaje, aunque sus contemporáneos pensaran que no lo habían de verlo más. ¿Sabes cuántos años tenía entonces? Cincuenta y ocho. Otros a esa edad ya se jubilan. Él, entonces, puso mano al gran sueño de toda su vida.
Querer mucho
El carácter no brota de la efervescencia de un momento, de un arranque que se lanza para detenerse en seguida, sino del trabajo metódico, perseverante y formativo, tratando de poner en juego todas las energías espirituales. Hay que pensarlo bien, emprenderlo con tesón y perseverar con constancia.
Muchos jóvenes «quisieran» muchas cosas, «desearían» y «les gustaría que fueran así o asá»; nada, sin embargo, hacen para ello. Que distinta situación de la expresada en la poesía:
No miró a la derecha. No miro a la izquierda.
¡Adelante! ¡Derecho al fin!
¡Con la confianza en Dios!
¡Y a través de todo!
Todo lo que puede hacer el hombre, puede hacerlo. Es inconcebible lo que es capaz de hacer un hombre, basta que sepa querer con decisión y constancia. Grandes fuerzas duermen en nosotros, mucho mayores de lo que pensamos. Debes creer que están escondidas en ti estas grandes fuerzas, y así se romperán de improviso las cadenas que te atan. Da comienzo a todas tus empresas con este pensamiento: «conseguiré ciertamente el fin que me propongo». Si no tienes una fe ciega en el triunfo, tu «querer» tan sólo será un «quisiera» ineficaz.
¡Fuera los Alpes!
Cuando Napoleón conquistaba países uno tras otro y les imponía su yugo, le ocurrió una gran contratiempo; sus generales le advirtieron que los Alpes impedían el paso a su ejército. Napoleón al momento contestó con decisión: «¡Entonces, fuera los Alpes!»
Una voluntad fuerte no se arredra ante las dificultades. ¡Titánica fuerza de voluntad la de Napoleón. Y si esta voluntad de acero se hubiera hermanado con adecuada rectitud de alma y hubiese vencido su egoísmo incontenible, no sólo no hubiese caído en la desgracia y hubieses evitado muchos males, sino cuánto bien hubiese podido hacer... Pero aprende de él a querer con fuerza.
Hay que ver antes con claridad el objetivo, pero una vez decidido, venga lo que viniere, hay que hacerlo... o vencer o morir.
Tú también tienes que dejar el cómodo «quisiera» o «me gustaría», que no sirve para nada, y entrar por el sendero estrecho del «quiero». Dejar de gastar las fuerzas lamentándote con que «soy débil, no podré lograrlo» y aprovecharlas para empezar a actuar.
Supo querer
En el retrato de los grandes hombres se podrían inscribir estas palabras: «Supo querer». A Santo Tomás de Aquino le preguntó su hermana: «¿Qué he de hacer para alcanzar la salvación eterna?» «Querer», fue su breve respuesta.
El joven no ha de acobardarse anodadado ante las dificultades, sino que ha de mirar de frente los obstáculos que le cierran el paso. Por más nublado que esté el cielo, llegará a salir el sol. Y por más crudo que sea el invierno, ha de llegar un día la primavera.
Fuera el desaliento. Para los jóvenes el trabajo, para los viejos el descanso. No desmayes jamás. Y adelante, con valentía, contra las dificultades. Muchas veces nos imaginamos las empresas mucho más arduas que lo que suelen ser. Y, sin embargo, lo dice muy bien el proverbio inglés: «Nunca llueve tan fuerte como cuando se la mira desde la ventana.»
Mira qué sabiamente pensaba el pagano Séneca en este punto: «La desgracia no quebranta al hombre valiente» (Prov. 2), «La desgracia es ocasión para la virtud» (Prov IV, 6), «El fuego sirve de prueba al oro; la miseria, a los hombres fuertes» (Prov. V, 8).
La historia está llena de ejemplos de estos. Hubo muchos que parecían tener conjuradas contra sí todas las fuerzas. Miles y miles de obstáculos se levantaban contra sus planes; pero ellos opusieron con noble ardor su voluntad de acero y vencieron. Donde la primavera es continua y la Naturaleza siempre benigna, los hombres son indolentes y sin energías.
Beethoven, el gran músico, estaba completamente sordo cuando compuso su obra más excelsa.
Moisés, el gran libertador de los judíos, no sabía casi hablar; pero con la ayuda de Dios y con el humilde reconocimiento de su flaqueza, se hizo jefe de todo un pueblo.
Por tanto, ¡no seas pesimista! No digas: «En vano emprendo cualquier asunto, nací con mala estrella, nada me sale bien.» Si te persigue la mala suerte, encárate con ella y no cejes. No te cruces de brazos.
Es la suerte patrimonio de los tontos. Con esto suelen consolarse los perezosos y los fracasados. No admiten que el otro sea más diligente, más hábil, que sea más tenaz en el trabajo.
Los trece de la fama
Cuando Francisco Pizarro viajó hacia la conquista del Perú y se vio metido en graves peligros de suerte que su tripulación se rebeló y exigió la vuelta, se puso en medio de sus hombres y les dijo: «Al Norte de esta línea os espera una vida cómoda, sin peligros, pero también pobreza, un destino oscuro; al Sur os esperan duros esfuerzos, arduos combates y penuria; pero si triunfamos, la riqueza, el poder y la gloria. Escoged, pues, ahora.» Casi todos marcharon hacia el Norte; sólo hubo doce que se colocaron junto a Pizarro en la parte Sur, y estos trece, «los trece de la fama», después de muchas privaciones, llegaron a la meta, porque no se habían arredrado ante la lucha.
Por tanto, no pierdas nunca la cabeza, por muy grande que sea el contratiempo. Algunos hombres pasan por muchas pruebas en la vida, y no parece sino que la desgracia los persigue. Si tú te encuentras en el mismo caso, no te aflijas, no importa, trabaja sin desmayo. Quienes logran más en la vida son los que cumplen siempre su deber con alma serena y la sonrisa en los labios; se alegran en silencio cuando les va bien, y sufren con entereza la desgracia, siguiendo el consejo del poeta romano: «En los trances duros y lo mismo en la bonanza, ten siempre ánimo sosegado.»
Supongamos que estás ya trabajando y te echan de la empresa. De ves de repente en la calle con graves dificultades económicas. Estás a punto de desalentarte y desesperarte. Pero piensa un poco. ¿No hay otro puesto para ti en toda la redondez de la tierra? ¿Y qué sabes tú lo que Dios quiere al cortar bruscamente tu carrera? ¿Quien sabe si no es así como te quiere guiar a tu debida carrera, a tu verdadero cometido?
Edumndo Campión era el favorito de la reina Isabel de Inglaterra. Celebróse una gran fiesta, y Campión hubo de mostrar su admirable arte de montar a caballo delante de los invitados. Cayó del caballo. En vez de aplausos, risotadas mordaces. Campión se retiró, descubrió su verdadera vocación, se hizo misionero jesuita, y dio su vida por Cristo como mártir.
Julio César desembarcó en Africa. Al bajar del buque tropieza de repente y cae en tierra. El cortejo supersticioso susurra, ve un augurio malo en el suceso. Pero César tiene una feliz ocurrencia. Extiende sus brazos, y con acento patético grita: «Te abrazo, Africa.» Supo forjar un éxito del mismo percance.
La lucha, las privaciones, no sólo no son un mal, sino también fuente de virtudes heroicas. Si no hubiese tentación, no habría tampoco dominio de sí mismo. Si no hubiese pruebas, tampoco habría perseverancia. Quien lucha, se hace fuerte.
Dante escribió en el destierro luchando con la miseria, su magnífica obra, la Divina Comedia. Schiller escribió en una dolorosa enfermedad sus dramas de más relieve. Mozart terminó su Réquiem en el lecho del dolor. No le iría bien al hombre si sus empresas todas fueran coronadas por el éxito. Enseña el fracaso a ser humildes, y da vértigo el éxito continuo. Todo es capaz el hombre de soportar, menos un bienestar continuo.
El peligro del éxito
No lo niego: el éxito estimula a perseverar en el trabajo, al ver cómo las fatigas han tenido su premio. También, es verdad, que pierde fácilmente el ánimo el que siempre fracasa. Pero el peligro está en que nos aficionemos al triunfo. El aplauso ficticio o conseguido demasiado pronto puede causar la caída de los talentos más encumbrados.
Hay jóvenes que por unos chillidos de violín, o por algunos brochazos, se ven aclamados por sus padres o por sus amigos como un nuevo Mozart o un nuevo Rafael. Naturalmente, no necesitaba más el muchacho. En seguida se cree ser un genio mundial, un «superhombre», y se comporta como tal: es un estrambótico, un «genio» indisciplinado, nada merece su respeto, todo lo critica y, sobre todo, no se esfuerza por aprender. «Viviré de mi talento», se dice inconscientemente. ¡Gran equivocación! Si de verdad el Señor te ha concedido algún talento o capacidad sobresaliente, fórmate en lo que fuere cuanto puedas y ten cuidado para no perder tu sencillez. Manténte humilde.
Newton, el famoso físico, aun después de sus investigaciones y de sus resultados, decía que su trabajo era semejante al de aquel que fuese recogiendo conchas a la orilla del inmenso mar de la verdad: «Lo que piensa el mundo escribe de mi labor, no lo sé; pero a mí me da la impresión de que es como un juego de niño a la orilla del mar; de vez en cuando quizá haya encontrado una piedrecita más vistosa o una concha más hermosa que mis compañeros de juego, mientras observo que el océano de la verdad sigue impenetrable.»
Cuanto más sabio, más humilde es el hombre; porque cuanto más aprende y sabe, con tanta mayor claridad ve lo increíblemente poco que sabe respecto a lo que le queda por saber.
Walter Scott, el gran sabio y escritor inglés, después de una larga labor de decenas de años, tenaz y perseverante, reconocía: «Durante mi carrera me sentía atormentado e impedido por mi propia ignorancia.»
No en vano dijo Sócrates: «La mayor sabiduría humana es saber que no sabemos.» Y también Sócrates: «Muchos habrían sido sabios si no hubieran creído que ya lo eran.» Un proverbio húngaro dice: «Si tuvieras talento, no lo sacarías a relucir.»
Suelen decir los alemanes de la gallina que cacarea estrepitosamente pero que da pocos huevos: «Mucho ruido y pocos huevos.» También lo decimos en castellano: «Mucho ruido y pocas nueces.» La estupidez y el orgullo brotan del mismo tronco.
En una ocasión Alcibíades se envaneció ante su maestro Sócrates de las numerosas tierras que poseía en las cercanías de Atenas. Ante tal actitud Sócrates sacó un gran mapa y le dijo: «Muéstrame dónde está Asia.» Alcibíades mostró el gran continente. «Bien. Y ahora, ¿dónde está Grecia?» También se la mostró, pero ¡qué trozo del mapa más pequeño ocupaba. «¿Y dónde está en Grecia el Peloponeso? Alcibíades casi no lo encontró en el mapa, tan pequeño era. «Y ¿dónde está Atica?» Imposible de distinguir. Mucho menos las tierras que poseía.
El demonio del dinero
Otra prueba decisiva del carácter de un joven es la manera de procurarse dinero, de ahorrarlo y de gastarlo. La locura, la caza del dinero, ha cautivado a muchos. No se puede vivir sin dinero, es verdad; pero no lo es menos que vivir tan sólo por dinero, no es vida humana. La caza de dinero no puede ser fin digno de la vida humana, ya que el dinero es sólo el medio para la consecución de bienes más elevados.
Por desgracia, son muchos los que queman incienso al becerro de oro, como los judíos idólatras en el desierto. Son muchos también los que valoran al hombre por lo que tiene y no por lo que es: «Este tiene tal auto y tantas hectáreas...» Pero lo principal será siempre esto: «¿Ves? Es un hombre honrado de pies a cabeza.»
Muchos se esclavizan durante años para hacerse una fortuna y se empeñan los restantes para guardarla como un policía. Tiene razón San Bernardo: «La fortuna la conseguimos con fatigas, la guardamos con preocupaciones y la perdemos con dolor.»
«¿Qué? ¿Entonces no está permitido crearse una fortuna con honrado esfuerzo?» Claro que sí. Pero quien adquirió una gran fortuna con que podría hacer tantas obras buenas en favor de sus prójimos y las omite, este tal no tiene perdón de Dios. Según la enseñanza de Jesucristo, sólo está permitido amontonar grandes bienes si con ellos practicamos la justicia y hacemos obras de misericordia.
No hay que ser comunista ni es menester negar el derecho de propiedad para afirmar que las enormes fortunas no han podido amontonarlas un solo individuo; muchos obreros y empleados las regaron con su sudor; por lo mismo, se debe invertir bastante de tales fortunas en el bien común, en favor de la humanidad. «Nobleza obliga», es un dicho que muchos conocen. Pero la riqueza obliga también; obliga a prestar auxilio, a portarse con liberalidad con espíritu cristiano y social. «El corazón se endurece más aprisa en la riqueza que el huevo en el agua hirviendo» (Burne).
Recibiste de Dios una fortuna sólo a manera de préstamo, y un día tendrás que rendir estricta cuenta de su empleo. Si todos viviesen este principio, se podría resolver en un solo día la cuestión social.
Hay, por otro lado, jóvenes que no saben vivir sin gastar. Si pasan ante una pastelería, ante una tienda de deportes, ante un cine, ante un vendedor de helados... cada cual según sus gustos, si tienen dinero en su bolsillo no pueden dominarse. Estos muchachos nunca estarán satisfechos y nunca tendrán dinero, porque toda su fortuna se derretirá entre sus manos como la nieve al primer rayo del sol.
Preguntaron una vez a un rico que había sabido abrirse camino a costa de grandes luchas, cómo pudo acumular tanta fortuna. Así contestó: «Mi padre me inculcó profundamente que no debía jugar antes de acabar el trabajo; y que no debía gastar el dinero antes de poder ganarlo.»
¡No derrochar el dinero que no has ganado! Es lo que ocurre con muchos estudiantes con el dinero de sus padres. Mantén el firme propósito de no gastar ni un céntimo en cosas superfluas. Sólo así podrás estar contento con tu suerte el día de mañana. Por este razón muchos hombres están descontentos, no porque no gastan, sino porque no saben frenar sus pretensiones. Acostumbrados a un alto nivel de vida nunca les llega el dinero que ganan. Por otra parte, hombres de mediana fortuna pueden vivir honradamente y sin pesares si conocen el arte de la economía y no son esclavos del consumo.
¿Cómo se cazan los monos?
¿Sabes cómo los negros cazan al mono? Tienen un modo harto ingenioso. Atan bien fuerte al árbol una bolsa de piel con arroz, la comida favorita del mono. El agujero de la bolsa es de tal tamaño que por él puede pasar apretadamente la mano del mono, pero no si está se llena con un puño de arroz, no pueda sacarla de nuevo. ¡Pobre mono! Sube al árbol, mete la mano en la bolsa, y la llena de arroz. Sí, pero... no puede sacar el puño. En este momento sale del escondrijo el cazador; el pobre animal grita, salta, se retuerce... es inútil, el negro lo agarra. No hubiera tenido el mono más que abrir la mano, soltar el botín, y estaba salvo. Pero eligió el cautiverio antes que desprenderse de la presa.
¡Cuidado!, joven, no te aprisione también el amor ávido del dinero y no te arrastren a sus cárceles la avaricia.
No podemos vivir sin dinero, pero ¿cómo vivir para que el dinero me sirva y no me esclavice? Trátalo tan sólo como un medio, no lo conviertas en fin por la forma de adquirirlo. Por un plato de lentejas, por unas ventajas materiales, no vendas el derecho de primogenitura de los hijos de Dios, tu propia alma.
Cuando alguien muere suele preguntarse: «¿Cuánta fortuna dejó?» Habría más bien que preguntarse:
«¿Cuántas obras buenas hizo?» Por muy rico que seas no has de vivir siempre.
¿Quién es el más rico?
«¿Quién es el más rico?», preguntaron al sabio griego Cleantes. «Quien se contenta con menos», contestó.
Cuánto menos sean tus pretensiones materiales, mayor será tu independencia. Y basta ver la maestría que tiene la civilización moderna, la propaganda, para despertar «necesidades innecesarias» en los hombres. La modestia en los deseos ya es una fuente de ganancia.
¿Por qué tantos engaños, estafas, robos, corrupción? Porque los hombres sólo quieren gozar, pero no quieren sacrificarse.
¿Por qué tantas vidas desgraciadas? Porque gastaron más de lo que tenían.
La austeridad en los gastos educa el carácter y aumenta el sentimiento de independencia, mientras que el derroche induce a la ligereza y la ruina. No compres «porque todos lo tienen». Piensa en los millones de pobres del mundo que no tienen nada. Con ese dinero que ahorras, por no gastar superfluamente, puedes ejercer la caridad, el verdadero amor generoso y desinteresado. Y esto es un sabroso manjar espiritual del que no te debes privar. Pruébalo, por favor; verás que alegría te proporciona separar algo de lo tuyo, privarte con un pequeño sacrificio, ayudando con ello a los más pobres. La verdadera limosna no procede de lo que nos sobra, sino de lo que nos es necesario. La limosna nos tiene que doler. Aunque no seas rico, si consumes poco, siempre tendrás para ejercer la caridad.
La alegría del trabajo
La riqueza de un país proviene, no de sus fértiles llanuras, ni de sus riquezas forestales, ni de sus riquezas minerales.... sino del trabajo de sus hombres, de la inteligencia que sabe usarlas con precisión.
El trabajo es uno de los mejores educadores del carácter, enseña a saber vencerse a sí mismo, a ser perseverante y pone en tensión el espíritu. Valora el trabajo el que se ve obligado por largo tiempo enfermedad o desempleo a la inactividad. Es uno de los mayores sufrimientos de los presidiarios, cuando se les obliga a estar sin hacer nada meses y años; basta para volverse loco.
Al mismo tiempo, el hombre que todo lo tiene, cuyos deseos se cumplen apenas asoman, pasará una vida con más espinas que flores, pues sin trabajo, la vida es un soñar vacío y vano. Por más rico que seas has de trabajar. De la inactividad nace la ruina moral y espiritual. Por esto, llega a decir San Pablo: «Quien no trabaje, que no coma» (II Tes. 3, 10).
Trabajar, no aparentar
No basta con aparentar que se trabaja. El perezoso es cruel verdugo de sí mismo. En medio del trabajo vuela el tiempo, mientras que se hacen eternos los minutos cuando no se hace nada.
Uno de los primeros medios para el robustecimiento de la voluntad es precisamente el trabajo que obliga al esfuerzo continuo y minucioso. Quien trabaja no tiene tiempo de estar descontento, de rebelarse contra su suerte. Aún más: el trabajo nos absorbe y hasta nos hace olvidar las pequeñas molestias y preocupaciones de la vida.
No basta con sentarse a estudiar, hay que estudiar. El estudiante perezoso puede aparentar que estudia, está sentado ante el libro abierto, lo mismo que los demás; vuelve las páginas de la misma manera o más todavía. Mira con tal seriedad las letras que hasta puede hacer que su madre lo acaricie con compasión: «¡Pobre hijito, te matas con tanto estudiar». Y, sin embargo, no hace sino aparentar que estudia. Su entendimiento va errante por todas partes. En su cabeza se acumulan pensamientos que nada tienen que ver con el estudio.
El libro de los Proverbios del Antiguo Testamento pinta magistralmente en pocos trazos al hombre perezoso que «quiere y no quiere» (Prov. 13, 4), que «se consume por sus propios deseos» (Prov. 21, 25), ya que toda su vida y todo su trabajo no son otra cosa que deseos y suspiros infructuosos. Ni por casualidad sabe decidirse a tiempo en sus tareas, exagera las dificultades y huye con miedo del esfuerzo. «El Algebra es extremadamente difícil, es inútil, no es posible aprenderlo», repite. Y cierra el libro antes de empezarlo. Todo lo prueba, de todo tiene vagas noticias, pero nada sabe como corresponde.
Hasta puede pasar con habilidad los años valiosos de su juventud en los centros educativos sin sacar de ellos el menor provecho. Si va a la escuela, es porque se le obliga. Si presta atención es muy a pesar suyo, teniendo el entendimiento muy lejos de donde está. Aparenta estar atento, pero no adelanta.
Para vencer la pereza, tendríamos que imitar al comerciante que seguía estos principios:
«No olvides que el deber principal de la vida es el trabajo. El tiempo es oro, no lo malgastes. Lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana. Da importancia a la cosa más insignificante. Haz que el orden gobierne tus acciones. Esfuérzate en hacer el mayor número de obras buenas durante toda tu vida. Trabaja con diligencia hasta el último momento de tu vida.»
La debilidad del activismo
Hay jóvenes de naturaleza especial que trabajan durante todo el día y siempre están ocupados. No obstante, por falta de perseverancia, son víctimas dignas de compasión por la debilidad de su propia voluntad. Siempre están atareados, no cesan un momento, pero no dedican más de diez minutos a una misma cosa: derrochan actividad febril pero inútil.
El trabajo a retazos, falto de orden, además de cansar mucho más que el estudio serio, carece de todo valor. El motivo es que la inteligencia humana no es capaz de prestar atención y retener eficazmente cuando se cambia sucesivamente de actividad.
El joven que mejor aprende y más rinde es aquel que mientras estudia se olvida por completo del mundo, no se da cuenta siquiera del ambiente que le rodea, del tiempo, de las dificultades y concentra su atención en un solo punto. Por tanto, no emprendas todo a la vez. Empieza un solo trabajo, prosíguelo con perseverancia, no toleres desalientos y no lo abandones hasta llevarlo a buen término. «Lo que haces, hazlo bien.»
Suele ser errónea la opinión corriente en nuestros días, según la cual son «activos» y de espíritu «creador» aquellos hombres que con nerviosa inestabilidad emprenden innumerables empresas.
¡Qué engaño! Los grandes descubrimientos que han significado un paso de la Humanidad en el campo de la cultura técnica y espiritual, han nacido del trabajo constante en el ambiente fértil del tranquilo escritorio, del laboratorio silencioso y de las calladas bibliotecas. Lo que hace a los verdaderos lumbreras de la ciencia, de la literatura, del arte y de la industria, es la diligencia constante, reposada, con ánimos para mantener un trabajo reconcentrado durante largos años.
No se escalan las cimas de las altas montañas en un instante; a esto se comprometerían muchos jóvenes, sino mediante el trabajo continuado de millares de pasos pequeños, a costa de trepar por las peñas, de remover obstáculos con perseverancia, de hacer pie... donde se pueda, y a base de resbalar muchas veces.
El héroe no es aquel que es capaz de llevar a cabo una o dos acciones atrevidas, sino el que sabe ejecutar con valentía las obras más insignificantes de la vida.
Cuando una gran pereza quiere apoderarse de ti, y venciéndola te aprendes el Algebra, eso es valentía.
Cuando te sientes tan bien por la mañana acurrucado entre las sábanas, y a pesar de ello saltas animosamente de la cama cuando suena el despertador, eso es valentía.
Cuando el sol de la primavera te convida a jugar a la pelota en vez de seguir estudiando para aprenderte la lección, y venciéndote a ti mismo te esfuerzas en seguir sobre el libro, eso es valentía heroica.
Cuando algo no te gusta y lo haces, a pesar de todo, con ánimo sereno y alegre, por que así lo exige la voluntad de Dios, eso sí que es valentía de héroe.
El caracol y la liebre
El caracol y la liebre se apostaron para ver quién ganaba una carrera. La meta sería el bosque cercano. El caracol emprendió su camino lento y tenaz. La liebre, con ilimitada confianza, se acostó en el suelo bajo los rayos esplendorosos del sol, y pensaba: «¡Imbécil! ¿Para qué se fatiga tanto? ¿A qué tantos sudores? En dos saltos le dejaré atrás.» El caracol seguía su camino arrastrándose, sudando, y, cuando la liebre se dio cuenta, no le faltaba más que un paso para llegar al bosque. «¡Atiza! Hay que correr», exclamó la liebre. Da un salto, da otro salto, pero antes de dar el tercero, el caracol ya estaba en el bosque.
La perseverancia y la diligencia vencen al talento. Ha habido muchos jóvenes de gran talento, con muchas cualidades, que se quedaron atrás por su inconstancia. Hicieron sus estudios con buenas calificaciones, pero en la vida no dieron fruto, precisamente porque no estaban acostumbrados a un trabajo sistemático. No llegaron a nada. Por otra parte, muchos de los que han triunfado en la vida, durante los años de estudio no tenían más que un talento mediano, pero supieron compensarlo con diligencia férrea y con trabajo constante y sistemático.
Por eso corre un gran riesgo el que fácilmente aprende: «¡Yo no tengo que estudiar; tengo talento!» Pero el talento no es una ciencia, sólo es un medio para alcanzarla. Y muchos jóvenes de buenas cualidades fracasan porque no hacen fructificar el talento que Dios les ha dado.
El trabajo tenaz y esforzado, la paciencia constante, son como el agua que fluye tranquila durante siglos y va cavando un cañón profundo. «La labor perseverante vence todas las dificultades» (Virgilio).
De poco sirve el genio sin dedicación apasionada e intensa. Las creaciones científicas o artísticas más gloriosas del espíritu humano las debemos, no a la llamarada momentánea del genio, sino a la perseverante diligencia de la hormiga. Lo importante es tener una meta clara en la vida y con voluntad firme y constante tender hacia ella. Sin diligencia constante nada se logra. Aunque no sea un genio, si puedo proponerme para mi vida un fin elevado y tratar de alcanzarlo con perseverancia tenaz.
¿Sabes cuánto tiempo empleó Dante para su obra de fama mundial, La Divina Comedia? Treinta años justos. Y Dickens, el gran escritor inglés, dice de sí que cada libro le costaba un trabajo inmenso.
Prescott, el célebre historiador americano, estaba casi ciego cuando para escribir su gran obra titulada Fernando e Isabel de España, le fue necesario aprender antes varios idiomas modernos, para los que dedicó diez años, ya en la madurez de su vida.
Newton, el gran astrónomo, escribió quince veces su Cronología, hasta que pudo darse por satisfecho. Cuando le preguntaron cómo pudo hacer sus descubrimientos, contestó con modestia: «Sencillamente, estaba soñando siempre con ellos.» Todo su descanso consistía en cambiar sus estudios y alternar los temas.
Cuando Tiziano, el pintor de fama universal, envió a Carlos V su cuadro célebre, La última cena, le escribió lo siguiente: «Mando a Vuestra Majestad un cuadro que me ha costado siete años de trabajo diario, muchas veces quitándole horas al sueño.»
Para escribir La Eneida Virgilio gastó veinte años, y estuvo a punto de destruirla antes de morir por no considerarla bastante buena.
Fenelón transcribió dieciocho veces su célebre obra educadora El Telémaco, y todavía en la última copia requirió muchas correcciones.
Edison era todavía niño cuando pasaba la mitad de las noches leyendo; no leía novelas, sino tratados técnicos de mecánica, de química y de electricidad.
Tolstoi ejercía una autocrítica muy severa de sus obras, y decía que el oro sale a la luz del sol después de pasarlo por el tamiz y lavarlo repetidas veces; no corregía tan sólo los borradores, sino también las copias, de suerte que algunas veces el texto definitivo era la tercera transcripción, pero había pasajes que corregía aún más veces.
Stephenson trabajó durante quince años en el perfeccionamiento de su locomotora. Esta constancia y tenacidad la había educado desde niño. Sus padres, pobres como eran, no tenían medios para poder mandar a la escuela a su hijo. Estando trabajando doce horas diarias, robaba tiempo a la noche para poder aprender a leer y escribir. Tenía diecinueve años cuando llegó a escribir su propio nombre. Aprovechaba cualquier momento para estudiar, hasta el descanso de la comida.
Roberto Peel, uno de los oradores de más fama que ha tenido el Parlamento inglés, refutaba con inigualable memoria todos los argumentos, uno tras otro, de sus contrarios políticos. Y, sin embargo, su inteligencia no pasaba de la medianía. ¿De dónde le vino aquella memoria excelente? Se debió a que cuando niño, al volver de la iglesia, su padre le hacía subirse a una mesa y recitar el sermón. Al principio, como es natural, le costaba; pero este ejercicio llegó a darle tal agudeza a su entendimiento que repetía los sermones idénticos casi palabra por palabra.
Watt necesitó treinta años para diseñar la máquina condensadora de vapor. Herschel requirió fabricar para uno de sus telescopios un espejo cóncavo. Hizo más de doscientos espejos cóncavos antes de fabricar el que verdaderamente le convenía. Pero al fin lo consiguió.
En la vida, los éxitos no se alcanzan con momentáneos arranques, sino con diligente constancia durante años. Es la paciencia activa la que levantó, a costa de enorme trabajo, las pirámides de Egipto. Gracias a ella los monjes medievales copiaron las obras que nos legaron los clásicos griegos y latinos. La base de todo adelanto está en la diligencia inquebrantable, en el esfuerzo moderado pero continuo, y no en una llamarada fugaz.
Educación de la voluntad
Los sentimientos, la imaginación y el temperamento ejercen gran influencia sobre la voluntad. Como es casi imposible dominarlos por completo, la voluntad del hombre no goza de plena libertad. Has podido verlo por propia experiencia: una mañana te despiertas con sentimientos tristes, abatido; otro día, en cambio, saltarías continuamente de alegría; pero en vano buscas la causa de estos cambios de humor, no sabes a qué se deben.
Lo mismo sucede con la fantasía. Un día, sin motivo especial, revives el recuerdo de acontecimientos lejanos en tu memoria, o bien te sobrevienen pensamientos pesimistas: la imaginación te pinta dificultades enormes, obstáculos invencibles ante tu trabajo, sólo para quitarte el ánimo.
Aunque no seamos completamente dueños de nuestros sentimientos y de nuestra imaginación, hemos de extender también el dominio de la voluntad en lo posible a estos terrenos. Sé dueño de tus sentimientos y coge las riendas de tu imaginación. ¿Te has despertado de mal humor? Es igual. Esfuérzate por sonreír, cantar con alegría, y ya habrás vencido en parte tus sentimientos.
¿Has de resolver un problema de Algebra? Tu fantasía te exagera las dificultades: «¡qué difícil es este problema! ¡Cuánto tendré que trabajar para resolverlo!» Tú, en cambio, di para tus adentros: «No es verdad: la imaginación me engaña. No es tan terrible como parece. Ella me pinta exageradas las dificultades. Cuanto mayor sea la dificultad, tanto más quiero emprender el trabajo.»
Muchos crímenes, discordias, peleas, envidias, ofensas, riñas, no provienen de una mala voluntad sino de una voluntad débil, no ejercitada en dominar los sentimientos intensos. Podemos vencer, por ejemplo, un leve mal humor sin ningún esfuerzo especial; y, no obstante, cuántos hombres sufren por este mal humor, porque su pereza les impide hacer un pequeño esfuerzo.
La educación de la voluntad va a la par de la educación de los sentimientos. Los sentimientos influyen en el espíritu no sólo para movernos a querer, sino también para querer de buen grado y con perseverancia. La voluntad que funciona sin sentimientos puede convertir al hombre a la larga en un ser sin corazón, egoísta, testarudo, en una caricatura de una personalidad armónica. Toda obra buena es mucho más fácil de realizar y de mantener con el calor del corazón que con la fría luz del entendimiento.
Cuerpo y alma están en íntima dependencia. Si estás abatido y una tristeza sin causa se apodera de tu alma, intenta sonreír, frota con alegría tus manos y verás que tu tristeza empieza a desaparecer. Si un dolor físico te molesta, ocúpate en pensamientos agradables y llegarás a olvidar en parte tu dolor.
De cualquier desgracia que te sucediere procura sacar algún provecho espiritual. ¿Te pisa alguien en el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros: «A costa de este dolor seré capaz de dominarme más a mí mismo.» Ser dueño de los propios sentimientos, sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.
Obstáculos en la formación del carácter
Podríamos resumir los obstáculos en la formación del carácter en los siguientes, la mayoría ya señalados:
El miedo al «qué dirán».
La pasión o defecto dominante. En cada joven hay una o dos pasiones grandes o defectos capitales. Descubrir estas pasiones y tenerlas a raya, he aquí el camino seguro en la formación del carácter. No pierdas el tiempo en la extirpación de faltas pequeñas. Sujeta la pasión dominante; después vencerás con facilidad las restantes. En un joven, por ejemplo, el defecto capital es la comodidad, y por eso siempre anda huyendo del trabajo; en otro, es la gula; en un tercero, la charla continua; en otro, la ira precipitada, o el amor propio exagerado, la testarudez. Todos estos defectos son otros tantos focos de rebeldía en tu alma. Si no los sujetas a tiempo, muy mal te saldrá la partida.
Paciencia en la propia autoeducación. Se requieren largos años.
Falta de conocimiento de sí mismo. La vida agitada hace que el joven no disponga nunca de ratos de silencio, de reflexión, o de desarrollo de su espíritu, no se conoce y no puede ir creciendo en el espíritu.
¿Conoces la ley de la cristalización? Sabrás entonces que si en un líquido saturado, en que hay diferentes materias diluidas, y las moléculas están entremezcladas, ponemos un pequeño cristal, de éste emana una misteriosa fuerza de atracción, y lentamente va atrayendo todas las moléculas que tengan la misma naturaleza que el cristal. El cristal se hace cada vez mayor, y si nada estorba durante algunos meses ese lento proceso de cristalización, se convertirá en magnífico cristal el pequeño trozo allí colocado. Pero, nótalo bien: si en la cristalización no hubo estorbo. De lo contrario, si no existe la tranquilidad adecuada, se formarán unos cristales contrahechos.
Un proceso análogo ocurre en la cristalización del espíritu. Si los pensamientos de que saturas tu alma son siempre nobles, elevados, generosos, entonces éstos, como por una especie de afinidad química, irán levantando en el fondo de tu alma otros pensamientos semejantes; y si en los años de juventud prosigue en ti este estado, los buenos anhelos formarán una personalidad armónica y equilibrada.
Pero si el joven pone estorbos a la cristalización tranquila del espíritu, con frecuentes caídas en pecado, la personalidad será desequilibrada.
La mala hierba
Contempla un campo de trigo en el mes de mayo. Entre el sembrado, fresco y tierno, levanta su cabeza un tallo seco, la cizaña, alguna mala hierba. Todavía no son peligrosas, hasta parecen brotes inocentes y sin importancia; pero, a medida que crezcan, se volverán más espinosos y más duros.
Joven: tú también estás en la primavera de tu vida, y también has podido notar en el sembrado de tu alma el tallo de la mala hierba. Tus malas costumbres, tu terquedad... tu defecto dominante no eran tan manifiestos durante la niñez, pero a medida que van desarrollándose, si no acometes contra ellos, se vuelven cada vez más espinosos y más difíciles de quitar.
¿Qué será de ti si no entablas esta lucha? Tu cuerpo sigue creciendo y desarrollándose pero el alma se te queda raquítica. La mala hierba se desarrolla en ti con gran empuje; bien sabes que no necesita ningún cuidado, pero el sembrado de trigo, las buenas cualidades, se mueren, se ahogan bajo la mala hierba que crece en abundancia.
Este joven, si le mandan algo en su casa, contestará de malas maneras. Si hay algo que le disgusta, cerrará la puerta con un ruido que parece un cañonazo. Si se le rompe el cordón del zapato, soltará una palabrota. Si tropieza con otro, despotricará contra él. En una palabra, será un hombre «inaguantable».
Malas hierbas hay en todas las almas, pero el joven de carácter no les deja tiempo para que cobren fuerzas, sino que rápidamente las extermina con vigilancia y lucha continua. Esta lucha continua es lo que llamamos el combate de la propia educación.
El combate del alma
En el alma, pues, hay una lucha continua entre el bien y el mal. Apenas contabas cinco o seis años y ya sentiste los primeros movimientos del enemigo. Sentiste algo en ti que te empujaba hacia el mal. Un peso de plomo que trata de hundirte en el abismo, en el abismo sin fondo de la ruina moral. Una terrible herencia, la inclinación al mal, consecuencia del pecado original.
Por esto el hombre se inclina más al mal que al bien. Esto lo conoces de sobra por propia experiencia.
Conocemos los ideales sublimes que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó, nos entusiasmamos con ellos, quisiéramos vivirlos... Pero, ¡cuántos obstáculos se levantan...!
Observo dentro de mí un choque trágico. El bien agrada, pero el pecado tiene sus alicientes. La vida según el ideal atrae hacia las alturas; pero el pecado tira hacia abajo. Esta lucha nos hace preguntarnos: ¿cómo es tan difícil ser bueno y tan fácil ser malo?
«En todo hombre hay un santo y un criminal», dijo Lacordaire. El criminal va adquiriendo fuerzas en tu interior por sí mismo y crece aunque no lo cuides; pero para ser santo es necesario una labor perseverante y ardua en la educación de sí mismo.
Y ¿sin sacrificio?
No se puede ser hombre de carácter, aspirar a un alto y generoso ideal, sin sacrificio. «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt 16,24), te dice Jesús. Quien quiera estar con Él en el cielo no ha de abandonarlo en el camino pedregoso de la cruz.
Para tener voluntad hace falta cierta ascesis. De quien nunca se priva de una cosa lícita no se puede esperar que rehuse todas las prohibidas. La palabra «ascesis» significa originalmente «elaboración final»; tal como la entendían los griegos: aquella vida de preparación, de pulimento y de sacrificio con que se disponían los atletas a las olimpiadas. El hombre de carácter también es resultado de una lucha, de un combate. Sin sacrificio ni abnegación no se puede lograr nada grande en esta tierra.
En la vida todo el mundo hace sacrificios; la diferencia estriba tan sólo en el motivo por el que lo hacen. Piensa, por ejemplo, en el avaro, como vive miserablemente, como se sacrifica por ahorrar, para este fin ahoga todos sus deseos, vive sin alegrías y sin amigos. Y todo esto para amontonar dinero.
Nada se nos da gratis en este mundo. Quien desea labrar una estatua ha de quitar mucho del tosco bloque de mármol; y quien quiera moldearse a sí mismo y hacer una obra maestra de su persona, ha de pulirse sin descanso.
Le preguntaron a Zeuxis por qué trabajaba con tanta diligencia en sus cuadros: «Porque trabajo para la eternidad», contestó.
Joven: cuando trabajas por tu alma, trabajas para la eternidad. ¿Encontrarás excesivo trabajar por tu alma?
«Yo soy así»
El combate contra los instintos no acaba nunca. El joven que se preocupa por su carácter nunca excusará sus faltas diciendo: «Yo soy así, ya nací con este temperamento»; sino que trabajará sin tregua en el perfeccionamiento de su alma. Repite, por tanto, muchas veces: aunque las fieras moren en mí, llegaré a domarlas. No me resigno a ser como sería según mi temperamento, sino que he de ser como yo quiero. Estamos en este mundo no para pararnos en lo que somos, sino para plasmar lo que hemos de ser.
Hay una leyenda muy pintoresca de San Columbano, el evangelizador de los bávaros. Toda su fortuna consistía en un manso borriquito que le servía para transportar su modesto equipaje en sus viajes apostólicos. Hasta que un día, al pasar por un bosque, salió de repente un oso y le mató el borriquito. ¿Y qué hizo el santo? Se fue derecho al oso y le cargó el equipaje: «¡Ah, hermano, tú has matado el borrico! Pues bien, ahora tendrás que llevar tú mi equipaje.» El oso, todavía bañado en sangre de la víctima, inclino la cabeza y en adelante sirvió a su señor como un manso corderito.
No te quejes, pues, nunca de que eres muy apasionado, fogoso, precipitado, ambicioso, vivaracho, etc. Amansa el oso y átalo a tu carruaje. La pasión en sí misma no es mala: lo es tan sólo la pasión desenfrenada. Sin grandes pasiones no se pueden hacer obras grandes y, por tanto, no puede haber héroes ni santos.
La pasión es el viento del mar. Si no sopla, los barcos se paran, inactivos, con el velamen caído. Pero no basta que sople el viento. Todo depende de si sabemos aprovecharlo con habilidad para hinchar las velas de nuestra embarcación; porque, de lo contrario, no hará sino volcar la nave.
La formación del carácter no exige que extirpes tus pasiones, sino que las conviertas en aliadas. Por tanto, no sigas sus consejos, porque la pasión puede ser mala consejera; pero aprovecha sus fuerzas, pues son resortes poderosos si bien las empleas.
Sólo quien persigue «apasionadamente» un fin noble podrá vencer todos los obstáculos. Las pasiones son corceles fogosos en el carro de tu vida; si las dejas en libertad, te arrastran al precipicio; si las sujetas con mano firme llevando tú las riendas, te harán volar hacia tu fin.
Toda pasión es como el fuego: puede ser bendición y puede ser maldición, tal como escribe Schller en La campana: «Es el fuego potencia bienhechora, mientras la guía el hombre y bien la emplea.»
Por más brioso que sea tu temperamento, por muchas que sean tus malas inclinaciones heredadas no es culpa tuya tenerlas, no te desanimes. Haz cuanto esté a tu alcance para ennoblecer tu alma, y después acuérdate de la gran verdad consoladora: «Dios no niega la gracia a quien hace todo cuanto puede.»
Quien se levanta de mal talante
Todos sufrimos cambios de humor. Hoy estamos de buen humor y mañana, basta un leve contratiempo, para ponernos de mal humor. «Se ha levantado de mal talante», dicen los hombres al encontrarle. «Estoy de mal humor», repites tú mismo.
No hay duda, el humor no depende de nosotros; por tanto, no somos totalmente responsables de él. Pero de nosotros depende hacer todo lo posible para sobreponernos a ese mal humor.
Aun estando de mal humor, no debes hacerlo sentir a los que te rodean ni mostrarlo con enfados, con cara larga o con descontento. ¡Cuántas veces tuvieron que dolerse los hombres de palabras ofensivas y acciones precipitadas que cometieron sin premeditación, bajo la influencia de su mal humor! Cuántas veces se nos escapan frases no pensadas, de las que sólo más tarde nos damos cuenta lo ofensivas que fueron para los otros! «¡Dios mío! Yo no quería hacerlo. No me daba cuenta de las consecuencias que iban a traer consigo.» Sí, sí, pero ya es tarde.
No abandonarse al desaliento es la virtud del roble, de la roca, del alma grande.
En las oscuras profundidades del gran océano, donde nunca baja un rayo de sol, donde la naturaleza pierde el color, donde la temperatura está casi a cero grados, donde el aire contenido en el agua es de poca densidad, donde el peso de la mole inmensa del agua viene a ser abrumador; en este ambiente desolador, ¡es curioso el caso!, viven unos peces luminosos. La sabiduría de Dios hizo que en este lugar oscuro unos peces con su propio cuerpo hiciesen de linterna. Hasta en el abismo más oscuro del océano vibra la vida inundada de luz y de destellos.
Si tienes orden en tu alma, nunca has de estar de mal humor, ni sombrío, ni desalentado. No te levantes nunca «de mal talante». Procura tener un humor jovial, expansivo, capaz de trabar conversación con los pajarillos. Trata de ser, sobre todo, fuente de vida, de alegría, de luz, de sol, cuando la tristeza, las dificultades económicas y las múltiples preocupaciones te envuelvan. Piensa que «después de las tinieblas legará la luz» (Job 17, 12).
No tengo suerte
Muchos jóvenes, si les han puesto un cero en el colegio, desanimados suspiran: «No tengo suerte.» Y si alguno de sus compañeros sobresale, en seguida tienen preparado el fallo: «¡Claro! siempre tiene suerte este tipo.»
Y, sin embargo, el éxito no es tan sólo cuestión de suerte; y quien de la suerte espera el éxito, en vano esperará con la boca abierta el pollo asado, trinchado y servido. El que quiera lograr algo en la vida, no haga reproches a la suerte, sino coja la ocasión por los pelos y no la suelte.
¿No tienes toda una cuadrilla de obreros que trabajan para ti? Ahí están tus dos brazos vigorosos, tus hábiles diez dedos de la mano, tus pies incansables, tus ojos agudos, tus oídos despiertos..., todos ellos están dispuestos a trabajar para ti. Y tienes además tu cerebro penetrante, esa admirable central de telecomunicaciones. ¿Para qué esperar, pues, ayuda extraña?
Los mahometanos tienen un proverbio interesante: «El mundo entero pertenece a Dios, pero Dios se lo alquila a los valientes». En otras palabras, el joven no ha de esperar inactivo, sino que ha de fraguar sobre el yunque, con duro trabajo, la carrera de su vida. Hay que estar convencido de que el éxito pertenece a los tenaces, aunque tengan que pasar por muchos intentos fallidos. Los malos resultados transitorios nadie puede evitarlos, pero el que emprende el trabajo una y otra vez, con vigor creciente, vencerá de veras. Por tanto, lo principal no es la suerte, ni siquiera el talento brillante, sino el ánimo tenaz en el trabajo.
«Lo he intentado... pero en vano»
Muchos jóvenes se quejan de las veces han querido enmendarse, de las veces han querido mejorar... y de que al final todo ha sido en vano, no lo han logrado. Y se desalientan porque no saben distinguir entre el serio querer y el mero desear.
Y en realidad no lo quisieron, no lo intentaron; sólo imaginaron que sería así o asá. «Quisiera enmendarme»... pero nada hicieron para ello. Y es que hay una diferencia enorme entre el «quisiera» y el «quiero».
«Lo he intentado, !pero en vano!» No te enfades si te digo claramente que no es verdad, que no lo has intentado. Te lo imaginas tan sólo... «quizá no estaría mal probarlo.»
¿Habría Colón descubierto América si hubiese dado entrada al menor desaliento por el fracaso de sus primeras tentativas? ¡Cómo fue pordioseando por las cortes de Europa, durante dieciocho años, en busca de ayuda económica para su viaje! Se reían de él por todas partes, teníanlo por aventurero, por visionario; pero él se aferró resueltamente a sus propósitos. Tenía bastantes motivos para creer que más allá del continente conocido no podía haber únicamente mar, sino que debía de haber más tierra, otro continente. Y merced a su entusiasmo, a su voluntad tenaz, pudo vencer todos los estorbos y emprender su gran viaje, aunque sus contemporáneos pensaran que no lo habían de verlo más. ¿Sabes cuántos años tenía entonces? Cincuenta y ocho. Otros a esa edad ya se jubilan. Él, entonces, puso mano al gran sueño de toda su vida.
Querer mucho
El carácter no brota de la efervescencia de un momento, de un arranque que se lanza para detenerse en seguida, sino del trabajo metódico, perseverante y formativo, tratando de poner en juego todas las energías espirituales. Hay que pensarlo bien, emprenderlo con tesón y perseverar con constancia.
Muchos jóvenes «quisieran» muchas cosas, «desearían» y «les gustaría que fueran así o asá»; nada, sin embargo, hacen para ello. Que distinta situación de la expresada en la poesía:
No miró a la derecha. No miro a la izquierda.
¡Adelante! ¡Derecho al fin!
¡Con la confianza en Dios!
¡Y a través de todo!
Todo lo que puede hacer el hombre, puede hacerlo. Es inconcebible lo que es capaz de hacer un hombre, basta que sepa querer con decisión y constancia. Grandes fuerzas duermen en nosotros, mucho mayores de lo que pensamos. Debes creer que están escondidas en ti estas grandes fuerzas, y así se romperán de improviso las cadenas que te atan. Da comienzo a todas tus empresas con este pensamiento: «conseguiré ciertamente el fin que me propongo». Si no tienes una fe ciega en el triunfo, tu «querer» tan sólo será un «quisiera» ineficaz.
¡Fuera los Alpes!
Cuando Napoleón conquistaba países uno tras otro y les imponía su yugo, le ocurrió una gran contratiempo; sus generales le advirtieron que los Alpes impedían el paso a su ejército. Napoleón al momento contestó con decisión: «¡Entonces, fuera los Alpes!»
Una voluntad fuerte no se arredra ante las dificultades. ¡Titánica fuerza de voluntad la de Napoleón. Y si esta voluntad de acero se hubiera hermanado con adecuada rectitud de alma y hubiese vencido su egoísmo incontenible, no sólo no hubiese caído en la desgracia y hubieses evitado muchos males, sino cuánto bien hubiese podido hacer... Pero aprende de él a querer con fuerza.
Hay que ver antes con claridad el objetivo, pero una vez decidido, venga lo que viniere, hay que hacerlo... o vencer o morir.
Tú también tienes que dejar el cómodo «quisiera» o «me gustaría», que no sirve para nada, y entrar por el sendero estrecho del «quiero». Dejar de gastar las fuerzas lamentándote con que «soy débil, no podré lograrlo» y aprovecharlas para empezar a actuar.
Supo querer
En el retrato de los grandes hombres se podrían inscribir estas palabras: «Supo querer». A Santo Tomás de Aquino le preguntó su hermana: «¿Qué he de hacer para alcanzar la salvación eterna?» «Querer», fue su breve respuesta.
El joven no ha de acobardarse anodadado ante las dificultades, sino que ha de mirar de frente los obstáculos que le cierran el paso. Por más nublado que esté el cielo, llegará a salir el sol. Y por más crudo que sea el invierno, ha de llegar un día la primavera.
Fuera el desaliento. Para los jóvenes el trabajo, para los viejos el descanso. No desmayes jamás. Y adelante, con valentía, contra las dificultades. Muchas veces nos imaginamos las empresas mucho más arduas que lo que suelen ser. Y, sin embargo, lo dice muy bien el proverbio inglés: «Nunca llueve tan fuerte como cuando se la mira desde la ventana.»
Mira qué sabiamente pensaba el pagano Séneca en este punto: «La desgracia no quebranta al hombre valiente» (Prov. 2), «La desgracia es ocasión para la virtud» (Prov IV, 6), «El fuego sirve de prueba al oro; la miseria, a los hombres fuertes» (Prov. V, 8).
La historia está llena de ejemplos de estos. Hubo muchos que parecían tener conjuradas contra sí todas las fuerzas. Miles y miles de obstáculos se levantaban contra sus planes; pero ellos opusieron con noble ardor su voluntad de acero y vencieron. Donde la primavera es continua y la Naturaleza siempre benigna, los hombres son indolentes y sin energías.
Beethoven, el gran músico, estaba completamente sordo cuando compuso su obra más excelsa.
Moisés, el gran libertador de los judíos, no sabía casi hablar; pero con la ayuda de Dios y con el humilde reconocimiento de su flaqueza, se hizo jefe de todo un pueblo.
Por tanto, ¡no seas pesimista! No digas: «En vano emprendo cualquier asunto, nací con mala estrella, nada me sale bien.» Si te persigue la mala suerte, encárate con ella y no cejes. No te cruces de brazos.
Es la suerte patrimonio de los tontos. Con esto suelen consolarse los perezosos y los fracasados. No admiten que el otro sea más diligente, más hábil, que sea más tenaz en el trabajo.
Los trece de la fama
Cuando Francisco Pizarro viajó hacia la conquista del Perú y se vio metido en graves peligros de suerte que su tripulación se rebeló y exigió la vuelta, se puso en medio de sus hombres y les dijo: «Al Norte de esta línea os espera una vida cómoda, sin peligros, pero también pobreza, un destino oscuro; al Sur os esperan duros esfuerzos, arduos combates y penuria; pero si triunfamos, la riqueza, el poder y la gloria. Escoged, pues, ahora.» Casi todos marcharon hacia el Norte; sólo hubo doce que se colocaron junto a Pizarro en la parte Sur, y estos trece, «los trece de la fama», después de muchas privaciones, llegaron a la meta, porque no se habían arredrado ante la lucha.
Por tanto, no pierdas nunca la cabeza, por muy grande que sea el contratiempo. Algunos hombres pasan por muchas pruebas en la vida, y no parece sino que la desgracia los persigue. Si tú te encuentras en el mismo caso, no te aflijas, no importa, trabaja sin desmayo. Quienes logran más en la vida son los que cumplen siempre su deber con alma serena y la sonrisa en los labios; se alegran en silencio cuando les va bien, y sufren con entereza la desgracia, siguiendo el consejo del poeta romano: «En los trances duros y lo mismo en la bonanza, ten siempre ánimo sosegado.»
Supongamos que estás ya trabajando y te echan de la empresa. De ves de repente en la calle con graves dificultades económicas. Estás a punto de desalentarte y desesperarte. Pero piensa un poco. ¿No hay otro puesto para ti en toda la redondez de la tierra? ¿Y qué sabes tú lo que Dios quiere al cortar bruscamente tu carrera? ¿Quien sabe si no es así como te quiere guiar a tu debida carrera, a tu verdadero cometido?
Edumndo Campión era el favorito de la reina Isabel de Inglaterra. Celebróse una gran fiesta, y Campión hubo de mostrar su admirable arte de montar a caballo delante de los invitados. Cayó del caballo. En vez de aplausos, risotadas mordaces. Campión se retiró, descubrió su verdadera vocación, se hizo misionero jesuita, y dio su vida por Cristo como mártir.
Julio César desembarcó en Africa. Al bajar del buque tropieza de repente y cae en tierra. El cortejo supersticioso susurra, ve un augurio malo en el suceso. Pero César tiene una feliz ocurrencia. Extiende sus brazos, y con acento patético grita: «Te abrazo, Africa.» Supo forjar un éxito del mismo percance.
La lucha, las privaciones, no sólo no son un mal, sino también fuente de virtudes heroicas. Si no hubiese tentación, no habría tampoco dominio de sí mismo. Si no hubiese pruebas, tampoco habría perseverancia. Quien lucha, se hace fuerte.
Dante escribió en el destierro luchando con la miseria, su magnífica obra, la Divina Comedia. Schiller escribió en una dolorosa enfermedad sus dramas de más relieve. Mozart terminó su Réquiem en el lecho del dolor. No le iría bien al hombre si sus empresas todas fueran coronadas por el éxito. Enseña el fracaso a ser humildes, y da vértigo el éxito continuo. Todo es capaz el hombre de soportar, menos un bienestar continuo.
El peligro del éxito
No lo niego: el éxito estimula a perseverar en el trabajo, al ver cómo las fatigas han tenido su premio. También, es verdad, que pierde fácilmente el ánimo el que siempre fracasa. Pero el peligro está en que nos aficionemos al triunfo. El aplauso ficticio o conseguido demasiado pronto puede causar la caída de los talentos más encumbrados.
Hay jóvenes que por unos chillidos de violín, o por algunos brochazos, se ven aclamados por sus padres o por sus amigos como un nuevo Mozart o un nuevo Rafael. Naturalmente, no necesitaba más el muchacho. En seguida se cree ser un genio mundial, un «superhombre», y se comporta como tal: es un estrambótico, un «genio» indisciplinado, nada merece su respeto, todo lo critica y, sobre todo, no se esfuerza por aprender. «Viviré de mi talento», se dice inconscientemente. ¡Gran equivocación! Si de verdad el Señor te ha concedido algún talento o capacidad sobresaliente, fórmate en lo que fuere cuanto puedas y ten cuidado para no perder tu sencillez. Manténte humilde.
Newton, el famoso físico, aun después de sus investigaciones y de sus resultados, decía que su trabajo era semejante al de aquel que fuese recogiendo conchas a la orilla del inmenso mar de la verdad: «Lo que piensa el mundo escribe de mi labor, no lo sé; pero a mí me da la impresión de que es como un juego de niño a la orilla del mar; de vez en cuando quizá haya encontrado una piedrecita más vistosa o una concha más hermosa que mis compañeros de juego, mientras observo que el océano de la verdad sigue impenetrable.»
Cuanto más sabio, más humilde es el hombre; porque cuanto más aprende y sabe, con tanta mayor claridad ve lo increíblemente poco que sabe respecto a lo que le queda por saber.
Walter Scott, el gran sabio y escritor inglés, después de una larga labor de decenas de años, tenaz y perseverante, reconocía: «Durante mi carrera me sentía atormentado e impedido por mi propia ignorancia.»
No en vano dijo Sócrates: «La mayor sabiduría humana es saber que no sabemos.» Y también Sócrates: «Muchos habrían sido sabios si no hubieran creído que ya lo eran.» Un proverbio húngaro dice: «Si tuvieras talento, no lo sacarías a relucir.»
Suelen decir los alemanes de la gallina que cacarea estrepitosamente pero que da pocos huevos: «Mucho ruido y pocos huevos.» También lo decimos en castellano: «Mucho ruido y pocas nueces.» La estupidez y el orgullo brotan del mismo tronco.
En una ocasión Alcibíades se envaneció ante su maestro Sócrates de las numerosas tierras que poseía en las cercanías de Atenas. Ante tal actitud Sócrates sacó un gran mapa y le dijo: «Muéstrame dónde está Asia.» Alcibíades mostró el gran continente. «Bien. Y ahora, ¿dónde está Grecia?» También se la mostró, pero ¡qué trozo del mapa más pequeño ocupaba. «¿Y dónde está en Grecia el Peloponeso? Alcibíades casi no lo encontró en el mapa, tan pequeño era. «Y ¿dónde está Atica?» Imposible de distinguir. Mucho menos las tierras que poseía.
El demonio del dinero
Otra prueba decisiva del carácter de un joven es la manera de procurarse dinero, de ahorrarlo y de gastarlo. La locura, la caza del dinero, ha cautivado a muchos. No se puede vivir sin dinero, es verdad; pero no lo es menos que vivir tan sólo por dinero, no es vida humana. La caza de dinero no puede ser fin digno de la vida humana, ya que el dinero es sólo el medio para la consecución de bienes más elevados.
Por desgracia, son muchos los que queman incienso al becerro de oro, como los judíos idólatras en el desierto. Son muchos también los que valoran al hombre por lo que tiene y no por lo que es: «Este tiene tal auto y tantas hectáreas...» Pero lo principal será siempre esto: «¿Ves? Es un hombre honrado de pies a cabeza.»
Muchos se esclavizan durante años para hacerse una fortuna y se empeñan los restantes para guardarla como un policía. Tiene razón San Bernardo: «La fortuna la conseguimos con fatigas, la guardamos con preocupaciones y la perdemos con dolor.»
«¿Qué? ¿Entonces no está permitido crearse una fortuna con honrado esfuerzo?» Claro que sí. Pero quien adquirió una gran fortuna con que podría hacer tantas obras buenas en favor de sus prójimos y las omite, este tal no tiene perdón de Dios. Según la enseñanza de Jesucristo, sólo está permitido amontonar grandes bienes si con ellos practicamos la justicia y hacemos obras de misericordia.
No hay que ser comunista ni es menester negar el derecho de propiedad para afirmar que las enormes fortunas no han podido amontonarlas un solo individuo; muchos obreros y empleados las regaron con su sudor; por lo mismo, se debe invertir bastante de tales fortunas en el bien común, en favor de la humanidad. «Nobleza obliga», es un dicho que muchos conocen. Pero la riqueza obliga también; obliga a prestar auxilio, a portarse con liberalidad con espíritu cristiano y social. «El corazón se endurece más aprisa en la riqueza que el huevo en el agua hirviendo» (Burne).
Recibiste de Dios una fortuna sólo a manera de préstamo, y un día tendrás que rendir estricta cuenta de su empleo. Si todos viviesen este principio, se podría resolver en un solo día la cuestión social.
Hay, por otro lado, jóvenes que no saben vivir sin gastar. Si pasan ante una pastelería, ante una tienda de deportes, ante un cine, ante un vendedor de helados... cada cual según sus gustos, si tienen dinero en su bolsillo no pueden dominarse. Estos muchachos nunca estarán satisfechos y nunca tendrán dinero, porque toda su fortuna se derretirá entre sus manos como la nieve al primer rayo del sol.
Preguntaron una vez a un rico que había sabido abrirse camino a costa de grandes luchas, cómo pudo acumular tanta fortuna. Así contestó: «Mi padre me inculcó profundamente que no debía jugar antes de acabar el trabajo; y que no debía gastar el dinero antes de poder ganarlo.»
¡No derrochar el dinero que no has ganado! Es lo que ocurre con muchos estudiantes con el dinero de sus padres. Mantén el firme propósito de no gastar ni un céntimo en cosas superfluas. Sólo así podrás estar contento con tu suerte el día de mañana. Por este razón muchos hombres están descontentos, no porque no gastan, sino porque no saben frenar sus pretensiones. Acostumbrados a un alto nivel de vida nunca les llega el dinero que ganan. Por otra parte, hombres de mediana fortuna pueden vivir honradamente y sin pesares si conocen el arte de la economía y no son esclavos del consumo.
¿Cómo se cazan los monos?
¿Sabes cómo los negros cazan al mono? Tienen un modo harto ingenioso. Atan bien fuerte al árbol una bolsa de piel con arroz, la comida favorita del mono. El agujero de la bolsa es de tal tamaño que por él puede pasar apretadamente la mano del mono, pero no si está se llena con un puño de arroz, no pueda sacarla de nuevo. ¡Pobre mono! Sube al árbol, mete la mano en la bolsa, y la llena de arroz. Sí, pero... no puede sacar el puño. En este momento sale del escondrijo el cazador; el pobre animal grita, salta, se retuerce... es inútil, el negro lo agarra. No hubiera tenido el mono más que abrir la mano, soltar el botín, y estaba salvo. Pero eligió el cautiverio antes que desprenderse de la presa.
¡Cuidado!, joven, no te aprisione también el amor ávido del dinero y no te arrastren a sus cárceles la avaricia.
No podemos vivir sin dinero, pero ¿cómo vivir para que el dinero me sirva y no me esclavice? Trátalo tan sólo como un medio, no lo conviertas en fin por la forma de adquirirlo. Por un plato de lentejas, por unas ventajas materiales, no vendas el derecho de primogenitura de los hijos de Dios, tu propia alma.
Cuando alguien muere suele preguntarse: «¿Cuánta fortuna dejó?» Habría más bien que preguntarse:
«¿Cuántas obras buenas hizo?» Por muy rico que seas no has de vivir siempre.
¿Quién es el más rico?
«¿Quién es el más rico?», preguntaron al sabio griego Cleantes. «Quien se contenta con menos», contestó.
Cuánto menos sean tus pretensiones materiales, mayor será tu independencia. Y basta ver la maestría que tiene la civilización moderna, la propaganda, para despertar «necesidades innecesarias» en los hombres. La modestia en los deseos ya es una fuente de ganancia.
¿Por qué tantos engaños, estafas, robos, corrupción? Porque los hombres sólo quieren gozar, pero no quieren sacrificarse.
¿Por qué tantas vidas desgraciadas? Porque gastaron más de lo que tenían.
La austeridad en los gastos educa el carácter y aumenta el sentimiento de independencia, mientras que el derroche induce a la ligereza y la ruina. No compres «porque todos lo tienen». Piensa en los millones de pobres del mundo que no tienen nada. Con ese dinero que ahorras, por no gastar superfluamente, puedes ejercer la caridad, el verdadero amor generoso y desinteresado. Y esto es un sabroso manjar espiritual del que no te debes privar. Pruébalo, por favor; verás que alegría te proporciona separar algo de lo tuyo, privarte con un pequeño sacrificio, ayudando con ello a los más pobres. La verdadera limosna no procede de lo que nos sobra, sino de lo que nos es necesario. La limosna nos tiene que doler. Aunque no seas rico, si consumes poco, siempre tendrás para ejercer la caridad.
La alegría del trabajo
La riqueza de un país proviene, no de sus fértiles llanuras, ni de sus riquezas forestales, ni de sus riquezas minerales.... sino del trabajo de sus hombres, de la inteligencia que sabe usarlas con precisión.
El trabajo es uno de los mejores educadores del carácter, enseña a saber vencerse a sí mismo, a ser perseverante y pone en tensión el espíritu. Valora el trabajo el que se ve obligado por largo tiempo enfermedad o desempleo a la inactividad. Es uno de los mayores sufrimientos de los presidiarios, cuando se les obliga a estar sin hacer nada meses y años; basta para volverse loco.
Al mismo tiempo, el hombre que todo lo tiene, cuyos deseos se cumplen apenas asoman, pasará una vida con más espinas que flores, pues sin trabajo, la vida es un soñar vacío y vano. Por más rico que seas has de trabajar. De la inactividad nace la ruina moral y espiritual. Por esto, llega a decir San Pablo: «Quien no trabaje, que no coma» (II Tes. 3, 10).
Trabajar, no aparentar
No basta con aparentar que se trabaja. El perezoso es cruel verdugo de sí mismo. En medio del trabajo vuela el tiempo, mientras que se hacen eternos los minutos cuando no se hace nada.
Uno de los primeros medios para el robustecimiento de la voluntad es precisamente el trabajo que obliga al esfuerzo continuo y minucioso. Quien trabaja no tiene tiempo de estar descontento, de rebelarse contra su suerte. Aún más: el trabajo nos absorbe y hasta nos hace olvidar las pequeñas molestias y preocupaciones de la vida.
No basta con sentarse a estudiar, hay que estudiar. El estudiante perezoso puede aparentar que estudia, está sentado ante el libro abierto, lo mismo que los demás; vuelve las páginas de la misma manera o más todavía. Mira con tal seriedad las letras que hasta puede hacer que su madre lo acaricie con compasión: «¡Pobre hijito, te matas con tanto estudiar». Y, sin embargo, no hace sino aparentar que estudia. Su entendimiento va errante por todas partes. En su cabeza se acumulan pensamientos que nada tienen que ver con el estudio.
El libro de los Proverbios del Antiguo Testamento pinta magistralmente en pocos trazos al hombre perezoso que «quiere y no quiere» (Prov. 13, 4), que «se consume por sus propios deseos» (Prov. 21, 25), ya que toda su vida y todo su trabajo no son otra cosa que deseos y suspiros infructuosos. Ni por casualidad sabe decidirse a tiempo en sus tareas, exagera las dificultades y huye con miedo del esfuerzo. «El Algebra es extremadamente difícil, es inútil, no es posible aprenderlo», repite. Y cierra el libro antes de empezarlo. Todo lo prueba, de todo tiene vagas noticias, pero nada sabe como corresponde.
Hasta puede pasar con habilidad los años valiosos de su juventud en los centros educativos sin sacar de ellos el menor provecho. Si va a la escuela, es porque se le obliga. Si presta atención es muy a pesar suyo, teniendo el entendimiento muy lejos de donde está. Aparenta estar atento, pero no adelanta.
Para vencer la pereza, tendríamos que imitar al comerciante que seguía estos principios:
«No olvides que el deber principal de la vida es el trabajo. El tiempo es oro, no lo malgastes. Lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana. Da importancia a la cosa más insignificante. Haz que el orden gobierne tus acciones. Esfuérzate en hacer el mayor número de obras buenas durante toda tu vida. Trabaja con diligencia hasta el último momento de tu vida.»
La debilidad del activismo
Hay jóvenes de naturaleza especial que trabajan durante todo el día y siempre están ocupados. No obstante, por falta de perseverancia, son víctimas dignas de compasión por la debilidad de su propia voluntad. Siempre están atareados, no cesan un momento, pero no dedican más de diez minutos a una misma cosa: derrochan actividad febril pero inútil.
El trabajo a retazos, falto de orden, además de cansar mucho más que el estudio serio, carece de todo valor. El motivo es que la inteligencia humana no es capaz de prestar atención y retener eficazmente cuando se cambia sucesivamente de actividad.
El joven que mejor aprende y más rinde es aquel que mientras estudia se olvida por completo del mundo, no se da cuenta siquiera del ambiente que le rodea, del tiempo, de las dificultades y concentra su atención en un solo punto. Por tanto, no emprendas todo a la vez. Empieza un solo trabajo, prosíguelo con perseverancia, no toleres desalientos y no lo abandones hasta llevarlo a buen término. «Lo que haces, hazlo bien.»
Suele ser errónea la opinión corriente en nuestros días, según la cual son «activos» y de espíritu «creador» aquellos hombres que con nerviosa inestabilidad emprenden innumerables empresas.
¡Qué engaño! Los grandes descubrimientos que han significado un paso de la Humanidad en el campo de la cultura técnica y espiritual, han nacido del trabajo constante en el ambiente fértil del tranquilo escritorio, del laboratorio silencioso y de las calladas bibliotecas. Lo que hace a los verdaderos lumbreras de la ciencia, de la literatura, del arte y de la industria, es la diligencia constante, reposada, con ánimos para mantener un trabajo reconcentrado durante largos años.
No se escalan las cimas de las altas montañas en un instante; a esto se comprometerían muchos jóvenes, sino mediante el trabajo continuado de millares de pasos pequeños, a costa de trepar por las peñas, de remover obstáculos con perseverancia, de hacer pie... donde se pueda, y a base de resbalar muchas veces.
El héroe no es aquel que es capaz de llevar a cabo una o dos acciones atrevidas, sino el que sabe ejecutar con valentía las obras más insignificantes de la vida.
Cuando una gran pereza quiere apoderarse de ti, y venciéndola te aprendes el Algebra, eso es valentía.
Cuando te sientes tan bien por la mañana acurrucado entre las sábanas, y a pesar de ello saltas animosamente de la cama cuando suena el despertador, eso es valentía.
Cuando el sol de la primavera te convida a jugar a la pelota en vez de seguir estudiando para aprenderte la lección, y venciéndote a ti mismo te esfuerzas en seguir sobre el libro, eso es valentía heroica.
Cuando algo no te gusta y lo haces, a pesar de todo, con ánimo sereno y alegre, por que así lo exige la voluntad de Dios, eso sí que es valentía de héroe.
El caracol y la liebre
El caracol y la liebre se apostaron para ver quién ganaba una carrera. La meta sería el bosque cercano. El caracol emprendió su camino lento y tenaz. La liebre, con ilimitada confianza, se acostó en el suelo bajo los rayos esplendorosos del sol, y pensaba: «¡Imbécil! ¿Para qué se fatiga tanto? ¿A qué tantos sudores? En dos saltos le dejaré atrás.» El caracol seguía su camino arrastrándose, sudando, y, cuando la liebre se dio cuenta, no le faltaba más que un paso para llegar al bosque. «¡Atiza! Hay que correr», exclamó la liebre. Da un salto, da otro salto, pero antes de dar el tercero, el caracol ya estaba en el bosque.
La perseverancia y la diligencia vencen al talento. Ha habido muchos jóvenes de gran talento, con muchas cualidades, que se quedaron atrás por su inconstancia. Hicieron sus estudios con buenas calificaciones, pero en la vida no dieron fruto, precisamente porque no estaban acostumbrados a un trabajo sistemático. No llegaron a nada. Por otra parte, muchos de los que han triunfado en la vida, durante los años de estudio no tenían más que un talento mediano, pero supieron compensarlo con diligencia férrea y con trabajo constante y sistemático.
Por eso corre un gran riesgo el que fácilmente aprende: «¡Yo no tengo que estudiar; tengo talento!» Pero el talento no es una ciencia, sólo es un medio para alcanzarla. Y muchos jóvenes de buenas cualidades fracasan porque no hacen fructificar el talento que Dios les ha dado.
El trabajo tenaz y esforzado, la paciencia constante, son como el agua que fluye tranquila durante siglos y va cavando un cañón profundo. «La labor perseverante vence todas las dificultades» (Virgilio).
De poco sirve el genio sin dedicación apasionada e intensa. Las creaciones científicas o artísticas más gloriosas del espíritu humano las debemos, no a la llamarada momentánea del genio, sino a la perseverante diligencia de la hormiga. Lo importante es tener una meta clara en la vida y con voluntad firme y constante tender hacia ella. Sin diligencia constante nada se logra. Aunque no sea un genio, si puedo proponerme para mi vida un fin elevado y tratar de alcanzarlo con perseverancia tenaz.
¿Sabes cuánto tiempo empleó Dante para su obra de fama mundial, La Divina Comedia? Treinta años justos. Y Dickens, el gran escritor inglés, dice de sí que cada libro le costaba un trabajo inmenso.
Prescott, el célebre historiador americano, estaba casi ciego cuando para escribir su gran obra titulada Fernando e Isabel de España, le fue necesario aprender antes varios idiomas modernos, para los que dedicó diez años, ya en la madurez de su vida.
Newton, el gran astrónomo, escribió quince veces su Cronología, hasta que pudo darse por satisfecho. Cuando le preguntaron cómo pudo hacer sus descubrimientos, contestó con modestia: «Sencillamente, estaba soñando siempre con ellos.» Todo su descanso consistía en cambiar sus estudios y alternar los temas.
Cuando Tiziano, el pintor de fama universal, envió a Carlos V su cuadro célebre, La última cena, le escribió lo siguiente: «Mando a Vuestra Majestad un cuadro que me ha costado siete años de trabajo diario, muchas veces quitándole horas al sueño.»
Para escribir La Eneida Virgilio gastó veinte años, y estuvo a punto de destruirla antes de morir por no considerarla bastante buena.
Fenelón transcribió dieciocho veces su célebre obra educadora El Telémaco, y todavía en la última copia requirió muchas correcciones.
Edison era todavía niño cuando pasaba la mitad de las noches leyendo; no leía novelas, sino tratados técnicos de mecánica, de química y de electricidad.
Tolstoi ejercía una autocrítica muy severa de sus obras, y decía que el oro sale a la luz del sol después de pasarlo por el tamiz y lavarlo repetidas veces; no corregía tan sólo los borradores, sino también las copias, de suerte que algunas veces el texto definitivo era la tercera transcripción, pero había pasajes que corregía aún más veces.
Stephenson trabajó durante quince años en el perfeccionamiento de su locomotora. Esta constancia y tenacidad la había educado desde niño. Sus padres, pobres como eran, no tenían medios para poder mandar a la escuela a su hijo. Estando trabajando doce horas diarias, robaba tiempo a la noche para poder aprender a leer y escribir. Tenía diecinueve años cuando llegó a escribir su propio nombre. Aprovechaba cualquier momento para estudiar, hasta el descanso de la comida.
Roberto Peel, uno de los oradores de más fama que ha tenido el Parlamento inglés, refutaba con inigualable memoria todos los argumentos, uno tras otro, de sus contrarios políticos. Y, sin embargo, su inteligencia no pasaba de la medianía. ¿De dónde le vino aquella memoria excelente? Se debió a que cuando niño, al volver de la iglesia, su padre le hacía subirse a una mesa y recitar el sermón. Al principio, como es natural, le costaba; pero este ejercicio llegó a darle tal agudeza a su entendimiento que repetía los sermones idénticos casi palabra por palabra.
Watt necesitó treinta años para diseñar la máquina condensadora de vapor. Herschel requirió fabricar para uno de sus telescopios un espejo cóncavo. Hizo más de doscientos espejos cóncavos antes de fabricar el que verdaderamente le convenía. Pero al fin lo consiguió.
En la vida, los éxitos no se alcanzan con momentáneos arranques, sino con diligente constancia durante años. Es la paciencia activa la que levantó, a costa de enorme trabajo, las pirámides de Egipto. Gracias a ella los monjes medievales copiaron las obras que nos legaron los clásicos griegos y latinos. La base de todo adelanto está en la diligencia inquebrantable, en el esfuerzo moderado pero continuo, y no en una llamarada fugaz.
Educación de la voluntad
Los sentimientos, la imaginación y el temperamento ejercen gran influencia sobre la voluntad. Como es casi imposible dominarlos por completo, la voluntad del hombre no goza de plena libertad. Has podido verlo por propia experiencia: una mañana te despiertas con sentimientos tristes, abatido; otro día, en cambio, saltarías continuamente de alegría; pero en vano buscas la causa de estos cambios de humor, no sabes a qué se deben.
Lo mismo sucede con la fantasía. Un día, sin motivo especial, revives el recuerdo de acontecimientos lejanos en tu memoria, o bien te sobrevienen pensamientos pesimistas: la imaginación te pinta dificultades enormes, obstáculos invencibles ante tu trabajo, sólo para quitarte el ánimo.
Aunque no seamos completamente dueños de nuestros sentimientos y de nuestra imaginación, hemos de extender también el dominio de la voluntad en lo posible a estos terrenos. Sé dueño de tus sentimientos y coge las riendas de tu imaginación. ¿Te has despertado de mal humor? Es igual. Esfuérzate por sonreír, cantar con alegría, y ya habrás vencido en parte tus sentimientos.
¿Has de resolver un problema de Algebra? Tu fantasía te exagera las dificultades: «¡qué difícil es este problema! ¡Cuánto tendré que trabajar para resolverlo!» Tú, en cambio, di para tus adentros: «No es verdad: la imaginación me engaña. No es tan terrible como parece. Ella me pinta exageradas las dificultades. Cuanto mayor sea la dificultad, tanto más quiero emprender el trabajo.»
Muchos crímenes, discordias, peleas, envidias, ofensas, riñas, no provienen de una mala voluntad sino de una voluntad débil, no ejercitada en dominar los sentimientos intensos. Podemos vencer, por ejemplo, un leve mal humor sin ningún esfuerzo especial; y, no obstante, cuántos hombres sufren por este mal humor, porque su pereza les impide hacer un pequeño esfuerzo.
La educación de la voluntad va a la par de la educación de los sentimientos. Los sentimientos influyen en el espíritu no sólo para movernos a querer, sino también para querer de buen grado y con perseverancia. La voluntad que funciona sin sentimientos puede convertir al hombre a la larga en un ser sin corazón, egoísta, testarudo, en una caricatura de una personalidad armónica. Toda obra buena es mucho más fácil de realizar y de mantener con el calor del corazón que con la fría luz del entendimiento.
Cuerpo y alma están en íntima dependencia. Si estás abatido y una tristeza sin causa se apodera de tu alma, intenta sonreír, frota con alegría tus manos y verás que tu tristeza empieza a desaparecer. Si un dolor físico te molesta, ocúpate en pensamientos agradables y llegarás a olvidar en parte tu dolor.
De cualquier desgracia que te sucediere procura sacar algún provecho espiritual. ¿Te pisa alguien en el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros: «A costa de este dolor seré capaz de dominarme más a mí mismo.» Ser dueño de los propios sentimientos, sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.


