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Autor: | Editorial:



CAPITULO III


DE LA INVOCACIÓN, SEGUNDO PUNTO DE LA PREPARACION

La invocación se hace de esta manera: al sentirse tu alma en la presencia de Dios, se postra con extremada reverencia, reconociéndose indignísima de estar delante de una tan soberana Majestad, y reconociendo, no obstante, que esta misma bondad así lo quiere, le pide la gracia de servirla y adorarla en esta meditación. Si te parece podrás emplear algunas palabras breves y fervorosas, como lo son éstas de David: «Oh Dios mío, no me apartes de delante de tu faz y no me quites tu santo Espíritu. Ilumina tu rostro sobre tu sierva, y meditaré tus maravillas. Dame inteligencia y consideraré tu ley, y la guardaré en mi corazón. Yo soy tu sierva; dame el espíritu». También te será provechoso invocar a tu Ángel de la Guarda y a los santos personajes que entran en el misterio que meditas: como, en el de la muerte del Señor, podrás invocar a la Madre de Dios, a San Juan, a la Magdalena y al buen ladrón, para que te sean comunicados los sentimientos y emociones interiores que ellos recibieron, y en la meditación de tu muerte, podrás invocar al Ángel de la Guarda, que estará allí presente, para que te inspire las consideraciones oportunas, y así en los demás misterios.



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