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Autor: | Editorial:



CAPÍTULO XII



EL RETIRO ESPIRITUAL


En este punto, amada Filotea, es donde deseo que sigas mi consejo; porque es aquí donde se encuentra uno de los recursos más seguros para tu aprovechamiento espiritual.

Pon, cuantas veces puedas, durante el día, tu espíritu en la presencia de Dios, por alguna de las cuatro maneras más arriba indicadas; considera lo que hace Dios y lo que haces tú, y verás cómo sus ojos te miran y están perpetuamente fijos en ti, con un amor incomparable. i Oh Dios!, dirás, ¿por qué no te miro yo siempre como Tú me miras a mí? ¿Por qué piensas en mí con tanta frecuencia, y yo pienso tan poco en Ti? ¿ Dónde estamos, alma mía? Nuestra verdadera morada es Dios, y ¿dónde nos encontramos?

Así como los pájaros tienen sus nidos en los árboles, para retirarse a ellos cuando tienen necesidad, y los ciervos sus escondrijos y sus defensas, donde se ocultan y se amparan y donde toman el fresco de la sombra en el verano, de la misma manera, Filotea, nuestros corazones han de escoger, cada día, algún lugar, en la cima del Calvario, en las llagas de Nuestro Señor o en cualquiera otro sitio cercano a Él, donde guarecernos en toda clase de ocasiones, donde rehacernos y recrearnos en medio de las ocupaciones exteriores, y para estar allí, como en una fortaleza, para defendernos contra las tentaciones. Bienaventurada el alma que podrá decir con verdad al Señor: «Tú eres mi casa de refugio, mi firme defensa, mi techo contra la lluvia, mi sombra contra el calor».

Acuérdate, pues, Filotea, de hacer siempre muchos retiros en la soledad de tu corazón, mientras corporalmente te encuentras en medio de las conversaciones y quehaceres, y esta soledad mental no puede ser, en manera alguna, impedida por la multitud de los que nos rodean, porque ellos no están alrededor de tu corazón, sino alrededor de tu cuerpo, de tal manera que tu corazón permanece solo en la presencia de Dios. Es el ejercicio que practicaba David, en medio de sus muchas ocupaciones, según lo afirma en muchos pasajes de sus salmos, como cuando dice: « i Oh Señor!, yo siempre estoy contigo. Veo siempre a mi Dios delante de mí. Levanto mis ojos a Tí, ¡ oh Dios mío!, que habitas en los cielos. Mis ojos siempre están puestos en Dios». Además, las conversaciones no son ordinariamente tan importantes, que no sea posible, de cuando en cuando, apartar de ellas el corazón, para ponerlo en esta divina soledad.

A Santa Catalina de Sena, a quien su padre y su madre habían privado de toda comodidad y ocasión para poder orar y meditar, inspirándole Nuestro Señor que hiciese un pequeño oratorio en su espíritu, al cual pudiese retirarse mentalmente, para entregarse a esta santa soledad espiritual, en medio de las ocupaciones exteriores. Y, desde entonces, cuando el mundo la acometía, no recibía de ello ninguna molestia, porque, como ella misma decía, se encerraba en su celda interior, donde se consolaba con su celestial esposo.

Así, aconsejaba a sus hijos espirituales que edificasen una celda en su corazón y que se retirasen a ella.

Encierra, pues, algunas veces tu espíritu en tu corazón, donde, separada de todos, pueda tu alma comunicarse íntimamente con Dios, para decirle con David: «He estado en vela y me he hecho semejante al pelícano del desierto. Estoy como el búho o la lechuza en las hendiduras de la pared o como el ave solitaria en la techumbre». Estas palabras, aparte de su sentido literal (que demuestra cómo este gran rey se tomaba algunas horas para vivir en la soledad y entregarse a la contemplación de las cosas espirituales), nos muestran, en su sentido místico, tres excelentes lugares de retiro y como tres ermitas, donde podamos ejercitar nuestra soledad, a imitación de nuestro Salvador, que, en la cima del Calvario, fue como el pelícano de la soledad, que con su sangre da vida a sus polluelos muertos; en su Natividad en un establo abandonado, fue como el búho en las hendiduras de la pared, lamentando y doliéndose de nuestras culpas y pecados, y, el día de la Ascensión, fue como el ave solitaria que se retira y vuela hacia el cielo que es como el techo del mundo. El bienaventurado EIzeario, conde de Arián, en Provenza, habiendo estado mucho tiempo ausente de su devota y casta Delfina, recibió de ella un propio, que fue a enterarse de su salud, al cual respondió: «Me encuentro muy bien, amada esposa; si quieres verme, búscame en la llaga del costado de nuestro dulce Jesús, pues es allí donde yo habito y allí me encontrarás; en balde me buscarás en otra parte». ¡He aquí un caballero cristiano de verdad!



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