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VII. Dimensión Familiar

Es importante conocer algunos rasgos de la situación particular de los padres y de las relaciones familiares cuando el muchacho está pasando por el período de la adolescencia. El educador no puede olvidar que, en cierto sentido, es educador de toda la familia, que tendrá en ocasiones que informar a los padres sobre alguna situación particular, tendrá que sugerirles tomas de posición y, no pocas veces, tendrá que enfrentarse con sus actitudes de indiferencia o de prepotencia ante el muchacho.

Por otro lado, el educador debe hacer propios los consejos que se dan a los padres de adolescentes y debe aplicarlos a las situaciones específicas que le toca vivir con el muchacho: no puede olvidar que está llamado a lograr una verdadera paternidad espiritual con las almas que se le han encomendado.

A. Los padres de adolescentes

La madre poco a poco pasa a un segundo plano pues el hijo irá rehuyendo de sus caricias y de "sus faldas". Debe ser consciente de ello. No debe interrumpir este proceso. Hace falta madurez afectiva por parte de ella, comprensión y deseo sincero de ver crecer a su hijo sanamente. Esta situación por la que pasa no debería ser problemática si la relación con su pareja no ha perdido nunca el protagonismo que debe tener, si ella ha seguido preocupándose y ocupándose de su marido, si su papel de madre nunca ha suplantado el papel de esposa.

El padre, por lo general, también disfrutó la primaria del hijo; su relación era cercana, el muchacho estaba en una edad simpática, amigable, eran buenos camaradas. Ahora que empiezan los distanciamientos el padre debe ejercer una función mayor de guía. Debe apoyar a la madre, defenderla de las impertinencias de los hijos. Por otra parte, le podría resultar fácil irse alejando poco a poco del hijo para entregarse cada vez más a la pasión del trabajo. Es fácil que ante la adolescencia del hijo vaya refugiándose en sus negocios, perdiendo la comunicación con él.

Inconscientemente puede volverse indiferente, frío y, si el trabajo no ha ido bien, puede sobrecargarse de tensión y dramatizar las actitudes negativas e inesperadas de su hijo adolescente.
Ambos están llegando a los cuarenta años (si es el primer hijo que llega a la adolescencia). La típica crisis de esta edad sólo puede llevarse adecuadamente cuando la comunicación conyugal no ha cesado de ser íntima, afectuosa, en crecimiento continuo. Las dificultades que el hijo adolescente trae a la familia deben ser un estímulo para acrecentar la comunicación, el apoyo y la defensa mutua incondicional.

La adolescencia del hijo es, quizá, el momento donde las distancias se pueden acentuar, donde se empiecen a buscar "válvulas de escape". De todos modos, las mismas dificultades que el hijo empieza a traer a la casa, facilita que los padres vuelvan a poner su atención en la vida familiar. La lejanía del afecto filial debe compensarse con un incremento del cariño. Las caricias deberían volver al seno de la pareja, si es que la niñez gratificante del hijo las había alejado. Los padres deben llevar una relación entre sí que cree una cierta y sana envidia ante los ojos del hijo que se abre a la vida.
A menudo el hijo adolescente refleja algunas proyecciones de los padres. Si la pareja atraviesa un período de crisis, discute y se encuentra en profundo desacuerdo, es fácil que involucre al hijo en estas circunstancias y que cualquiera de los dos trate de ganárselo para chantajear al otro.

Las mayores ausencias de casa de los adolescentes (vacaciones por su cuenta, etc.) deja a los padres solos, como antes del nacimiento de los hijos. Entonces muchas parejas experimentan una especie de inquietante soledad, no saben qué decirse, se ponen nerviosos con facilidad, no se comprenden. Sin los hijos, sin sus problemas ¿de qué hablar? Nacen largos silencios, la conversación se vuelve banal. Los psicólogos denominan esta situación "síndrome del nido vacío". La pareja paternalista, para evitar este malestar vivido o temido, trata, sin darse cuenta, de mantener por todos los medios posibles a los hijos dentro de casa y de no de favorecer su crecimiento.

Son muchos los caminos e itinerarios educativos que un padre puede seguir. Algunos utilizan en la formación de sus hijos, sin un filtro personal y sin demasiada convicción, las tendencias educativas del momento. Otros no siguen una conducta coherente y alternan momentos educativos contrastantes. Otros renuncian al cometido de educar, arrastrados por los más diferentes motivos. Otros hacen prevalecer actitudes negativas como la hostilidad, la crítica, la agresividad, la mofa o el desprecio. Otros, por último, se comportan de modo honrado, son cordiales, firmes pero flexibles, están siempre dispuestos a animar, es decir, se comportan como auténticos educadores.

Actualmente se está desarrollando una "cultura adolescente" (subcultura o contracultura) en oposición a la cultura adulta. Es un desafío radical al mundo de los adultos. Algunas características de la subcultura adolescente son el rechazo de la sociedad convencional y de cualquier autoridad, la exaltación de la "espontaneidad", el narcisismo, el derecho exacerbado a la propia autonomía y a la propia intimidad. Los padres no pueden desentenderse de las influencias culturales que reciben los hijos fuera y dentro de la familia a través de los medios de información. Los padres deben saber que la familia es el primer ámbito de promoción de la cultura.

Es importante tener en cuenta una problemática actual que afecta de manera especial a los hijos: la separación y el divorcio. El porcentaje de niños y adolescentes, con los que trabajamos, que viven esta problemática es muy alto y con tendencia a crecer. Los niños y preadolescentes pueden sentir miedo ante la noticia del divorcio de sus padres; con frecuencia se sienten amargados y furiosos con uno de ellos o con ambos, en especial con el padre al que culpan de causar el divorcio. Pueden exteriorizar su rabia robando o mintiendo, o emprenderla contra ellos mismos con dolores de cabeza y de estómago. Los niños mayores tienen un mejor conocimiento de los sentimientos íntimos de sus padres y de su conflicto, aunque todavía muchos se sienten responsables de haber causado el divorcio y también de hacer que sus padres se sientan mejor. Algunos creen que sus padres se están separando porque la relación entre ellos ha cambiado, pero de la misma manera creen que tales cambios pueden ser revertidos si los padres así se lo proponen.

Los adolescentes sienten rabia, depresión, culpa y desesperación. Pueden verse preocupados por el dinero o volverse muy activos sexualmente. Puede que comiencen a competir con los padres del mismo sexo o sucumbir bajo la presión de ser el "hombre" o la "mujer" de la casa. Tienden a creer que sus padres se han divorciado porque sus relaciones se han deteriorado debido a problemas de personalidad o diferencias irreconciliables. Les cuesta a veces uno o dos años aceptar esta realidad y adaptarse a su nueva situación; muchos no llegan a perdonar y sienten rechazo de la edad adulta; otros sienten miedo a fracasar en su futuro matrimonio.

Hay niños, por supuesto, que sí logran adaptarse y son capaces de salir de la penosa experiencia del divorcio con su yo básicamente intacto. La capacidad de los hijos para hacer esto parece estar relacionada en parte con su propia adaptabilidad y en parte con el modo como los padres manejen los problemas relacionados con la separación y el desafío de criar a los hijos solos.

B.Relación padre-hijo

Para el adolescente es importante vivir en una familia cuyas relaciones estén teñidas de intimidad, honradez, confianza. Es necesario establecer con cada uno de los hijos una sana relación hecha aceptación, transparencia y confianza; es el camino del amor. Comprensión, sobre todo emotiva, firmeza, tolerancia y aliento, son actitudes de fundamental importancia para el adolescente, así como los cuidados y el cariño son una base segura para el niño.
La incomprensión en la familia es uno de los factores primordiales que producen malestar entre los adolescentes. Los padres deben darse cuenta de que existen muchos puntos de vista, deben intentar ver las cosas con los ojos del otro, ponerse en su lugar. Sin embargo, muchos padres no logran entender los problemas de los hijos, ni siquiera los consideran problemas. No hay solidaridad, comprensión, motivación. Cuando un padre no consigue hacerse entender, no pocas veces, renuncia a entender y cuando no logra hacerse escuchar renuncia también a escuchar.

Ante los padres el hijo, a menudo, no es solamente objeto de amor y atención, sino también una proyección de los propios deseos y expectativas. Por eso es difícil para un padre resistir al impulso de modelar al hijo tal como él quisiera, en lugar de aceptarlo como es o quiere ser. El deseo del hijo ideal está latente en todo padre, pero uno ha de vérselas a diario con el hijo real. Así, muchas veces se le rechaza por eso que es y se trata por todos los medios de cambiarlo para adecuarlo al modelo ideal. La relación padre-hijo adolescente se complica precisamente porque ésta es la fase en la que el muchacho empieza a tener intereses personales propios.

Por otra parte, como afirma Bettelheim, es fácil que la necesidad de autoestima de los padres se transforme en la necesidad de ser madres y padres "perfectos" y tener un hijo perfecto para mostrárselo a los otros: se preocupan, sobre todo, de que vista bien, de que saque buenas calificaciones, lo ponen en clases de natación, idiomas, computación, etc. Por desgracia el concepto de perfección educativa, frecuentemente está deformado por convenciones sociales y actitudes superficiales.

Algunos adolescentes viven dramáticamente sus problemas, aunque es verdad que no siempre se tratan de problemas reales; pero lo importante es cómo los perciben y cómo se perciben ellos ante esos problemas. Y muchas veces lo padres ni existen, no son un punto de referencia ni interlocutores idóneos, de quienes se puede recibir serenidad y apoyo. A menudo, califican de "tonterías" los problemas del hijo, o bien dicen que exagera, que los problemas de la vida son muy distintos y que cuando crezca se dará cuenta de ello. Así el muchacho experimenta grandes decepciones, limitaciones, incomprensiones y hasta frustraciones.

Un padre que se burla de su hijo o lo tacha de conformista por su modo de vestir según la moda, por su modo de actuar o por sus actitudes extravagantes, no siempre comprende que el muchacho sólo está haciendo intentos para individuarse tomando en préstamo pseudo-identidades, con la esperanza de encontrar tarde o temprano la suya. Un padre que no sabe afrontar bien y da excesiva importancia a estos episodios, acaba por fijarse en un punto de la educación perdiendo de vista todos los demás.

Además el padre que afronta indebidamente la importancia de la ropa o corte de pelo, etc., anima indirectamente al hijo a focalizar sus propias preocupaciones exactamente sobre esas cosas que se desea combatir, hasta el punto que el muchacho, gastando tantas energías en esto, olvidará su cometido real: descubrir su propia identidad y su propio puesto en la sociedad.

El sexo es uno de los temas que más dificultad presenta a los padres en cuanto a la educación de sus hijos. Una de las causas es que las diferencias entre las generaciones son bastante grandes. De hecho, es un tema en el que los padres a menudo pueden y deben aprender mucho de sus hijos. La peor situación que puede darse entre padres e hijos en materia sexual es la falta de diálogo, provocada por la ausencia de comunicación y de confianza. Los temas acerca de la sexualidad, si bien evitando despertar curiosidades innecesarias, deben ser afrontados en familia, y los padres deben estar atentos a las reacciones de los hijos en este aspecto.

Algunos puntos prácticos para saber afrontar el tema de la sexualidad con los hijos: el diálogo con otros padres de familia; informarse con sacerdotes y, si es necesario, con profesionales de probada doctrina y rectitud moral; documentarse bibliográficamete; estar atentos a las canciones y bailes de los jóvenes y a las conversaciones de los hijos sobre el tema; crear un ambiente propicio dentro de la familia para hablar; saber dar respuestas para que no las encuentren en otros lugares; saber tratar el tema con el respeto que merece, pero con desenvoltura; expresar a los hijos las propias convicciones, con coherencia y con el propio testimonio.

C. Una adecuada comunicación

Parece importante que los padres, cuando el hijo entra en la adolescencia, abandonen poco a poco ciertos rasgos del tipo de relación que se remonta a cuando el hijo era aún niño, y que establezcan una especie de nueva alianza, una relación fundada sobre bases nuevas y que se despliegue en nuevas expectativas, nuevos cometidos y nuevas responsabilidades recíprocas. Será este cambio psicológico de actitud el que impulsará al muchacho al crecimiento hacia la madurez.

Este cambio psicológico deberá adquirir poco a poco la forma de una enseñanza lo más lejana posible del tono de prédica o de sermón. Es poco educativo, y poco eficaz, la continua exhortación pedagógica que a veces se manifiesta y expresa con suspiros, expresiones resignadas del rostro, miradas y movimientos de cabeza en señal de desaprobación. Obviamente se puede recurrir también a esto, pero ante todo habría que preguntarse sobre el sentido de una comunicación auténtica.

Hay un modo de relacionarse que es de por sí satisfactorio, que hace sentirse bien; es el de acoger cordialmente a quien se tiene delante, tal como es. A veces bastará con reforzar los puntos del lenguaje no verbal y el penetrante lenguaje de los gestos silenciosos y afectivos. Nunca es tan protagonista el cuerpo como en esta edad de la vida. Según las ciencias psicológicas, el cuerpo es el vehículo principal de la manifestación no verbal de los sentimientos y afectos.

En consecuencia, el cuerpo se convierte en el medio más importante para recibirlos y codificarlos. Es fácil deducir que, si el afecto hacia el hijo está inspirado en la paciente y aceptadora benevolencia de su gradual crecimiento y de su deseo de libertad, este sentimiento puede ser expresado con gestos silenciosos mucho más penetrantes y quizá mas convincentes que mil palabras.

El padre de familia, y el educador en general, debe aprender a observar. Observar es mirar con atención, seguir atentamente. Para poder observar es necesario "estar presentes"; es decir, garantizar una presencia discreta al hijo, en el sentido de que ya no puede ser el mismo tipo de presencia que cuando el hijo era un niño. Observar no es vigilarlo insistentemente, escudriñarlo, escrutarlo o juzgarlo para ponerle nervioso. Observar no es buscar en seguida explicaciones o causas, para hacer diagnósticos y dar interpretaciones aceleradas.

Saber observar es difícil. Hay que saber prescindir en ocasiones de los propios puntos de vista que son, muchas veces, el origen de los prejuicios. Observar es intentar ver al hijo sin intenciones prefijadas y sin comparaciones. Es mirar desde la distancia emotiva justa, ni demasiado cerca (confluencia absorbente) ni demasiado lejos (indiferencia), aunque unas veces sea oportuno acercarse a las cosas y otras distanciarse de las mismas.

Observar es encontrarse con la mirada, establecer un contacto, hasta "tocarse" con los ojos. Observar es empezar a reparar en todas esas pequeñas y grandes señales que el muchacho envía a través de su cuerpo: la cara, los ojos, la voz.., y mediante ellos llegar a su alma. No es casualidad que muchos padres sean los últimos en saber ciertas cosas de su hijo. Buscan informarse, preguntan, espían... pero no observan.

El padre de familia debe saber escuchar. La verdadera escucha es profunda y difícil para los padres y para los hijos. Cuando un padre presta atención al hijo para después, como de costumbre, contradecirlo, corregirlo, hacerle notar sus fallos o decirle inmediatamente aquello que, según él, necesita, no lo está escuchando, sino que está librando su batalla particular.
El hijo que percibe que tiene un padre impenetrable, no se siente comprendido. Para una buena escucha es necesario crear un vacío interior y adoptar una posición de receptividad, bloquear el flujo de pensamientos internos que en seguida se infiltran mientras está hablando el otro. La verdadera escucha la realiza un padre cuando presta atención a las palabras del hijo y a sus emociones, reconociéndolas por aquello que son en realidad, sin acentuarlas o disminuirlas, sin sobrevalorarlas o devaluarlas, o desdramatizando, ironizando, ridiculizando y generalizando.

Es necesario utilizar los ojos, introducirse en los ojos del hijo en lugar de mirar a otra parte mientras habla. Hay que escuchar con todo el cuerpo, con una postura y gestos que demuestren interés, aceptación, atención. Escuchar los contenidos para captar la conformidad de éstos con el tono de voz y con las expresiones del rostro; escuchar los silencios, las pausas, la respiración, escuchar incluso los rubores. Y hay que comprender que el muchacho vive una revolución interior, que le es difícil expresarse y darse a entender.

El padre debe buscar conocer al hijo. En la actualidad se ha introducido la tendencia psicologizante de querer interpretar todo, de querer encontrar a como dé lugar una explicación a todos los comportamientos, movimientos, a cada palabra. Pero a menudo se interpreta mal por no tener suficientes datos objetivos, lo que lleva a tener una concepción errónea del hijo. Lógicamente esto empeora la relación, dado que interpretar, en esta ocasión, significa prejuzgar, "etiquetar".
En cambio el verdadero conocer es acercarse, acortar las distancias, para entrar en el área de la intimidad. La racionalización no es el camino idóneo para llegar al adolescente. Para conocer al propio hijo es necesario encontrar la clave justa que permita acceder a su intimidad.
El padre podrá conocer al hijo sólo si no le infunde miedo o temor reverencial, si sabe crear una relación sana y un vínculo en plena libertad. Para lograrlo es necesario una gradualidad de comportamientos: no invadir el territorio del hijo sin su permiso, sino esperar con paciencia a que solo, libremente, salga fuera de su madriguera de aislamiento y clausura.

El dinero, los regalos, los premios, no pueden comprar la amistad del hijo o su simpatía. La constricción, la fuerza, las amenazas, la seducción son inútiles. Se ha constatado, en cambio, que existen tres claves que son un salvoconducto capaz de abrir todas las puertas:

la empatía, que es la capacidad de lograr hacer manifiestos los sentimientos y afectos del hijo; la autenticidad, que es la capacidad de manifestar con congruencia los propios sentimientos y afectos; y el respeto, que es la capacidad de aceptación incondicional del hijo, tal como es.

El padre debe aprender a actuar. Muchas veces los padres preguntan qué hacer, cómo comportarse con el hijo ante tal circunstancia, cómo no equivocarse en edad tan crítica. En muchos casos el qué hacer es muy sencillo: "no hacer" o "dejar hacer". No hacer, aunque no lo parezca y pueda interpretarse como desinterés, es más difícil que hacer. En efecto, resulta espontáneo intervenir, tratar de hacer algo, especialmente cuando se tiene la sensación de que el hijo está a punto de equivocarse o no está todavía maduro para afrontar aquella situación. En realidad cuanto más interviene el padre, menos iniciativa toma el hijo.

No hacer, en este sentido, no es tampoco no actuar por indecisión o por miedo, no es ignorar al hijo, sino resistir al impulso de intervenir por una mínima cosa, o sustituir al hijo en la toma de decisiones. El no hacer puede realizarlo el padre en muchas ocasiones: en el resistir al impulso de regañar, amenazar o criticar continuamente al hijo privándole de tener confianza en sí mismo; en el reprimir la costumbre de decirle siempre sermones; en el frenarse cuando la propia tendencia es querer siempre ofrecer soluciones o sugerencias; en el evitar juzgar, inculpar, ridiculizar sistemáticamente al hijo; en el contener el ansia de interpretar, investigar, hacer siempre preguntas e interrogatorios; en el controlarse cuando instintivamente se querría desdramatizar o dramatizar demasiado, desviar, despistar ("hablemos de otras cosas", "olvidemos este asunto", "te lo tomas demasiado a pecho", "esta vez te has pasado"). No hacer es saber dejar que actúe el silencio y dar el tiempo justo para que el muchacho pueda llegar a una mayor conciencia y a una más profunda introspección con el objeto de interiorizar positivamente su experiencia.

Es necesario un hacer positivo, entre otras cosas: crear en la familia el ambiente propicio para la educación constante; ofrecer los medios convenientes para el crecimiento integral del muchacho (colegio adecuado, actividades extraescolares sanas, pasatiempos enriquecedores, etc.); dedicar el tiempo necesario para convivir y conversar con los hijos; y saber ofrecer todo esto adecuándose a la índole y a la personalidad de cada hijo, porque cada uno es un mundo y hay que actuar con cada uno de diversa forma.

Con frecuencia los padres dicen que hacen muchas cosas por los hijos. Pero no basta un hacer si éste no va acompañado por el aliento. El aliento es diferente de la alabanza. El aliento es preventivo, consiste en sostener al muchacho en sus esfuerzos antes de que él se disponga a hacerlos, sostenerlo por encima y aun a falta de resultados; es estima y respeto sin condiciones; es ver los aspectos positivos de su comportamiento en lugar de subrayar las equivocaciones. La alabanza, en cambio, tiende muchas veces a obtener del hijo lo que el padre espera, es posterior a las acciones, lleva a la competitividad, le puede inducir a pensar que su comportamiento es aceptable a partir del aprecio de los otros. El aliento, por el contrario, impulsa al hijo sin que él incurra en el error de actuar sólo de cara a las expectativas de los padres.

D. Educar en la sana autonomía


Los padres deben ir poco a poco dando una sana autonomía al muchacho. No son infrecuentes los casos de padres y madres que se consideran totalmente indispensables para los hijos adolescentes, y reiteran excesivamente su derecho a ser reverenciados y obedecidos, contribuyendo así a reforzar el cordón umbilical que les liga sus hijos. Muchas veces los padres no llegan a darse cuenta de lo que le cuesta al hijo el impulso a la autonomía y lo fuerte que es la tendencia a renunciar a la necesidad de ser él mismo y saber actuar con sana independencia; cosa más difícil aún cuando el muchacho teme el abandono y el rechazo por parte de los padres. Además, el muchacho viviría con menos angustia el desprendimiento si desde pequeño se le acostumbrara poco a poco a diversos grados de libertad y se le diera cada vez mayores responsabilidades.

Los procesos de separación adolescente-padres están, asimismo, notablemente influenciados por lo que Erikson llama la "confianza de fondo" que los padres transmiten a los hijos. Los padres influyen en los procesos de separación de sus hijos con sus ideas acerca de las capacidades de los mismos frente a los obstáculos de la vida; si los padres creen que sus hijos adolescentes son capaces de arreglárselas solos, facilitarán el proceso de separación; en cambio, si creen que sus hijos serán fácil presa de los demás, entonces estos procesos de separación serán más largos o, incluso, bloqueados.

Los intentos del muchacho por definirse como persona autónoma suscita en muchos padres cierta "angustia de separación", ante la cual el padre puede reaccionar convirtiéndose en sobreprotector. Algunos padres no soportan la idea de que el hijo crezca y ya no los necesite, y a veces reaccionan tachándolo de malo, ingrato, egoísta. Otros, en cambio, se sienten felicísimos de poder descargar el fardo de tal responsabilidad, y retiran la ayuda y el apoyo antes de que el muchacho sea capaz de prescindir de ellos, exponiéndolo así al peligro de sentirse abandonado. Cometido de los padres es, en esta fase de búsqueda de la propia indentidad por parte del adolescente, saber hacer frente a las oscilaciones del muchacho entre la necesidad de autonomía y la de dependencia, ayudarle a tener confianza en sí mismo y a convertirse en la persona que quiere ser, animarle a "pensar con su propia cabeza" sabiendo escuchar y acoger las directrices y consejos de sus mayores.

Algunos padres pueden reaccionar ante los comportamientos de desprendimiento de sus hijos haciéndoles fácil la vida o lamentándose: "Antes me decías todo". Y el muchacho a menudo recurrirá al engaño, dando la impresión de confiarse, pero sin decir nada realmente importante. Otros padres tratan de mantener el control con chantajes varios o creando sentimientos de culpa en el muchacho: "Estás destrozando el corazón de tu madre...". Otros recurren a amenazas: "Mientras yo te mantenga harás lo que yo te diga...".

El desprendimiento del adolescente de la familia puede presentar a veces múltiples dificultades. Es verdad que la mayor parte de los casos no es traumático y está constituido por simples disputas, sinsabores, lamentaciones, quejas; pero en otros casos es muy dramático y puede efectuarse mediante actitudes seriamente conflictivas: formas de completa apatía, drogadicción, comportamientos violentos o cercanos a la delincuencia, huidas de casa, afiliación a grupos extremistas o sectas... En todos estos casos se trata de jóvenes que, de algún modo, no logran desligarse por completo o en modo normal de la familia.
Por otro lado, ha de evitarse el equívoco de pensar que el camino de la conquista de la libertad no comporta indicaciones o reglas. No existe libertad sin ley. Es decir, la familia debe saber establecer contornos dentro de los cuales el muchacho sepa moverse cada vez con mayor libertad; pero éstos deben existir siempre. La familia debe saber proponer al hijo adolescente reglas de comportamiento lo más claras y explícitas posibles. Alguna de estas reglas esenciales serán inmutables con el paso de los años de la adolescencia; otras podrán ser modificadas. Los padres deben ejercer la autoridad sin miedo, como un auténtico servicio que están prestando al muchacho.

Los padres de familia deben: estimular la sobriedad y fortaleza del adolescente con la creación de un ambiente familiar de exigencia; promover optimismo y generosidad; controlar debidamente el tiempo libre del muchacho; estar atentos a las influencias de los amigos (saber abrir la casa a los amigos); cuidar otras influencias: lecturas, internet, diversión, dinero, aficiones, etc.; explicar el sentido de las normas morales ("el deber es un compromiso de amor"); poner especial atención al colegio y a la enseñanza de la religión.

Frente a todas las corrientes educativas hedonistas, los padres deben comprender la importancia del papel del sacrificio en la vida de sus hijos. No deben temer educarles en la austeridad, en la renuncia, en las pequeñas privaciones. Los muchachos deben aprender a sufrir para la vida, deben saber lo que es trabajar para vivir. Ellos, en el fondo, esperan esta educación de su familia. Es una gravísima omisión de los padres, por temor a las quejas y protestas pueriles de sus hijos, el hecho de renunciar a esta educación. Con esta educación al sacrificio están haciendo a sus hijos un favor incalculable y éstos, algún día, sabrán agradecérselos debidamente.

Debido a ese hedonismo que se propaga en nuestra sociedad, es clave la cuestión del dinero. Uno de los mejores métodos para formar a los hijos en el uso del dinero es darles una asignación suficiente pero contenida. Los muchachos aprenden mucho más del dinero cuando cometen errores y deben cargar con sus consecuencias. Los padres no deben decidir por sus hijos. El secreto está en que se esfuercen por conseguir algo que quieren, para que valoren lo que cuesta, que los padres no les den todo hecho. A través de una recta concepción del dinero los padres pueden inculcar en los hijos: el uso prudente del mismo; una valoración adecuada del trabajo en la sociedad; la aceptación de una responsabilidad; una diferencia clara entre la realidad y la fantasía, que tanto se difunde en los medios de comunicación; una escala justa de valores; un gradual incremento de confianza en sí mismo.

Ante el abandono, por parte del adolescente, de las líneas de conducta de la familia, algunos padres sienten pánico, y para evitar sentirse impotentes se vuelven más rígidos, autoritarios y duros, justamente cuando el muchacho tiene necesidad de un mayor grado de libertad. Esto agrava la rebelión del muchacho, creando rupturas a veces irreparables. Otros padres, sin necesitarlo de hecho, piden ayuda a especialistas, psicólogos y, a veces a la policía, exasperando la situación, volviéndose así enemigos de sus hijos. Ayudaría antes de estigmatizar ciertos comportamientos del hijo, hablar con un sacerdote, con amigos y conocidos que estén al corriente de tales comportamientos. Quizá sean modas pasajeras, quizá podrán no gustar, pero no deben de ser motivo de conflictos insuperables e inútiles.

Convendría tener en cuenta un particular que siempre angustia a los padres: si los adolescentes necesitan reglas, también tienden a impugnarlas, confutarlas y, a veces, transgredirlas. No siempre sucede, pero es una eventualidad que hay que considerar. Una eventualidad que habría que comprender en el contexto del gran misterio de la libertad humana. Una eventualidad que el mismo Cristo tiene presente en el significativo relato de la parábola del hijo pródigo, del padre de las misericordias.
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