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V. Dimensión Intelectual


Si se compara con un niño, el adolescente es una persona que construye sistemas. El niño, señala Piaget, no edifica sistemas sino que piensa concretamente, problema tras problema, a medida que la realidad los plantea y no une las soluciones que encuentra mediante teorías generales. En cambio, lo que sorprende en el adolescente es su interés por los problemas inactuales, sin relación con las realidades vividas día a día, o que anticipan, con una ingenuidad asombrosa, situaciones futuras del mundo y, a menudo, quiméricas.

Sorprende más que nada su facilidad para elaborar teorías abstractas. Hay algunos adolescentes que escriben, que crean una filosofía, una política, una estética. Otros no escriben pero hablan. La mayoría incluso no habla mucho de las producciones personales y se limitan a rumiarlas de modo íntimo y secreto. Pero todos tienen sistemas y teorías que transforman el mundo de uno o de otro modo.

Ahora bien, la producción de esta nueva forma de pensamiento, por ideas generales y construcciones abstractas, se efectúa en realidad de una manera bastante continua y menos brusca de lo que parece, a partir del pensamiento concreto propio de la segunda infancia (7 a 11 años). Entre los once y los doce años, aproximadamente, tiene lugar esta transformación fundamental: el paso del pensamiento concreto al pensamiento formal o hipotético-deductivo.

Las operaciones lógicas comienzan a ser trasladadas del plano de la manipulación concreta al plano de las meras ideas pero sin el apoyo de la percepción ni de la experiencia. Será ahora un pensamiento capaz de deducir las conclusiones que hay que sacar de puras hipótesis, y no sólo de la observación real. Es por ello por lo que esa forma de pensamiento representa una dificultad y un trabajo mucho más grande que el pensamiento concreto. Hay que entender esta fatiga del adolescente.
Sólo después de comenzar este pensamiento formal, la construcción de los sistemas que caracterizan la adolescencia, se hace posible: las operaciones formales aportan al pensamiento un poder completamente nuevo, que equivale a desligarlo y liberarlo de lo real para permitirle edificar a propio gusto reflexiones y teorías. La inteligencia formal marca, pues, el primer vuelo del pensamiento, y no es extraño que el adolescente use y abuse, para empezar, del poder imprevisto que le ha sido conferido. Ésta es una de las novedades esenciales que oponen la adolescencia a la infancia: la libre actividad de la reflexión espontánea.

La capacidad de abstracción es una fuente maravillosa y no pocos muchachos durante esta fase laboriosa manifiestan cierto padecimiento físico y hasta alguna debilidad nerviosa. Se trata de una verdadera crisis y es un momento en el que el muchacho necesita de nuestra asistencia y apoyo. Debemos entretenernos largamente con él, hablar con él, ayudarlo a sacar de sus frases basadas en hipótesis (si...) las debidas deducciones (entonces...).

Pero todo nuevo poder de la vida mental empieza por incorporar el mundo en clave egocéntrica y subjetiva, sin encontrar hasta más tarde el equilibrio al lograr un ajuste con la realidad objetiva de las cosas. Existe, pues, un egocentrismo intelectual de la adolescencia, comparable al egocentrismo del lactante que asimila el universo a su actividad corporal y al egocentrismo de la primera infancia que asimila las cosas al pensamiento incipiente. Esta última forma de egocentrismo adolescente se manifiesta a través de la creencia en la reflexión "todopoderosa", como si el mundo hubiera que someterse a los sistemas y no los sistemas a la realidad. Es la edad filosófica por excelencia: el yo es lo bastante fuerte como para reconstruir el universo y lo bastante grande como para incorporarlo.

Dentro del marco de este egocentrismo es característica la exagerada "autoconciencia", que tiene mucho que ver con la denominada audiencia imaginaria: el adolescente se siente observado siempre, cree que ocupa el centro de los pensamientos de todos los que le rodean y actúa de acuerdo a lo que en su imaginación cree que será aprobado por los demás. Otra manifestación típica del egocentrismo en el pensamiento de los adolescentes es el mito personal, según el término que usa Elkind. Se refiere a la convicción de los adolescentes de que ellos son especiales, que su experiencia es la única y que ellos no están sujetos a las reglas naturales que gobiernan el resto del mundo. "Esas cosas suceden sólo a las otras personas, no a mí", es la suposición inconsciente que ayuda a explicar los muchos riesgos corridos en la adolescencia.

El egocentrismo del adolescente encuentra poco a poco su corrección en una reconciliación entre el pensamiento formal y la realidad: el equilibrio se alcanza cuando la reflexión comprende que la función que le corresponde no es la de contradecir, sino la de anticiparse e interpretar la experiencia. Y entonces este equilibrio sobrepasa con creces el del pensamiento concreto, ya que, además del mundo real, engloba las construcciones indefinidas de la deducción racional y de la vida interior. Así mismo, cuando el muchacho comprende que los demás tienen sus propios pensamientos y preocupaciones (que no son precisamente "ellos") y cuando se dan cuenta de que no están exentos del orden natural de las cosas comienzan a superar el egocentrismo al que nos referíamos en el número anterior.

El que el muchacho tenga ya la capacidad para entender ciertos conceptos y valores abstractos no quita que el formador en su modo de comunicarse utilice un lenguaje ameno y figurativo. De lo que se trata es que de las imágenes y ejemplos concretos que le presentemos, el muchacho pueda sacar deducciones y principios generales que podrá aplicar en otras circunstancias y casos particulares.

Es necesario que el muchacho aprenda a pensar en clave simbólica, es decir, hay que enseñarle a descubrir y percibir, en todas las realidades creadas que va conociendo y comprendiendo, un significado profundo que remite a un orden superior por encima de lo que él ve y entiende claramente, un orden que no deja de ser racional y que, por tanto, escapa a toda superstición y concepción mágica de la vida. Es la conjunción natural de la razón y de la fe que hay que hacerle percibir desde ahora, de forma que se le allane el camino ante las dudas que el ambiente cultural seguramente le presentará en lo sucesivo.

Hay que identificar los posibles problemas que el muchacho tenga en relación al aprendizaje. Se sabe que un muchacho con dificultades, por ejemplo en la lectura, correrá el riesgo de quedar rezagado en relación con su grupo. Ciertamente estos problemas deberían ser identificados en la infancia, pero existe la posibilidad de que no se adviertan en esa fase. No se puede subestimar estos problemas y habrá que discernir, o ayudar a discernir, si es necesaria la intervención de un especialista.

Finalmente, hay que tener en cuenta que el desorden de las pasiones va ofuscando poco a poco la mente de las personas. No están muy lejos de la realidad quienes dicen que el muchacho pierde la razón a finales de quinto de primaria y no la recupera sino cuando termina la preparatoria, o más adelante. Por ello el formador no se extrañe de que el muchacho en esta época "no quiera aceptar" algunos razonamientos y verdades, bastante evidentes de por sí.
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