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Autor: | Editorial:



La experiencia moral, llamada de Dios al hombre
Enfoque

Habiéndonos propuesto seguir un método inductivo, partimos del dato más elemental para la elaboración de una reflexión moral: el ser humano experimenta en su propia vida la realidad de una dimensión del todo particular, que llamamos “moralidad”. Experimenta la realidad del bien y del mal. Y la experimenta como algo que no se da él a sí mismo, y que tampoco puede él manejar a su antojo [1].

La Sagrada Escritura nos muestra que esa experiencia peculiar, es en el fondo una llamada de Dios, una invitación divina a actuar en conformidad con la propia identidad de ser humano, según el designio originario del mismo Creador [2].


1. La experiencia de la moralidad

a) Una experiencia universal

Es un hecho que en todas las culturas y sociedades de todas las épocas de la humanidad, son frecuentes expresiones lingüísticas y comportamientos que se refieren a juicios de valor, de mérito o de demérito, de premio o castigo, etc. en función del modo de actuar de los individuos o los grupos. Se habla de “bien o mal”, “noble o innoble”, “digno o indigno”, “apreciable o despreciable”, etc.

Pero lo más importante es ver que cada uno de nosotros, aun con ideas y creencias diversas, con diversa educación y visión de la vida, etc. experimentamos personalmente la realidad de un “algo” que se presenta en nuestra vida como importante y determinante para guiar nuestros actos. Más aún, como veremos enseguida, experimentamos ese “algo” como aquello que define el valor mismo de nuestros actos libres y de nosotros mismos en cuanto personas libres.

b) El valor como motivación

Partamos del hecho de que siempre que actuamos voluntariamente (lo cual supone también que actuamos conscientemente), lo hacemos movidos por algún motivo. Hay algo que “nos mueve” a hacer o dejar de hacer esto o aquello. También el chico que dice: “a mí me da la gana de actuar sin ningún motivo...”. En realidad, ése es el motivo que le mueve: el deseo de actuar sin motivo, por puro capricho.

Ahora bien, si algo nos “mueve” a actuar, es porque para nosotros ese algo “vale”; a veces decimos de ese algo que “vale la pena”.. Es decir, comprendemos que hay una pena que pagar, un costo; pero que el valor de esa realidad justifica la pena. Puede tratarse de un objeto que deseamos comprar pero nos parece caro; dudo, y un amigo me dice: “vamos, vale la pena”.. Puede tratarse del esfuerzo por estudiar moral, o de renunciar a mis planes previos, para entrar en el seminario... Cuando algo me cuesta, pero decido de todas formas hacerlo, comprarlo, buscarlo.... significa que en mi interior he captado un valor superior a lo que he de sacrificar.

c) El concepto de valor

En el fondo, pues, lo que nos motiva a actuar o dejar de actuar, es un valor. Y ¿qués es un valor? ¡Buena pregunta! Pero no vamos ahora a enredarnos en todo un análisis de ese complejo concepto. Naturalmente no me refiero aquí a los valores manejados en las Casas de bolsa (de “bolsa de valores”), ni exclusivamente a eso que a veces se entiende cuando se dice, por ejemplo, que “los jóvenes de hoy ya no tienen valores”. Ahí se refiere uno a una categoría exclusiva de valores, los que tienen un carácter espiritual, de cierta nobleza reconocida por la sociedad, etc.

La categoría de valor a la que me refiero aquí, es más general y radical; y está efectivamente siempre presente en nuestras decisiones voluntarias. Valor significa aquí simplemente aquello que me atrae a mí, sujeto, por parte de un determinado objeto. Todo “objeto”, en sentido metafísico, puede ser visto en un momento dado como bien por parte de algún sujeto. Será un filete humeante a las dos de la tarde, será un buen libro, o la amistad de un compañero, o el sacramento de la Eucaristía... Pero no basta que sea potencialmente un bien; yo, sujeto, he de descubrirlo en cuanto tal, he de captar algo en ese objeto que me atrae y me lo presenta como bueno. Ese “algo” que descubro en el objeto y me atrae, éso es el valor. Por tanto, el valor no es más que el bien en cuanto que atrae a un sujeto. Y desde el momento en que el sujeto descubre el valor del objeto bueno, se lo puede proponer como fin de su actuar voluntario; es decir, puede verse motivado a actuar o dejar de actuar de un determinado modo.

Se notará que he dicho que el sujeto “descubre” el valor en el objeto. Este es un matiz importante. El valor, efectivamente, tiene a la vez una dimensión subjetiva y otra objetiva. Por un lado, tiene que ser descubierto por el sujeto. Por otro, el sujeto lo “descubre” no lo crea. Es decir, cuando yo aprecio un buen filete, cuando veo que “vale”, no soy yo quien hace que el filete valga. Más bien, descubro, aprecio algo en ese objeto que corresponde a una tendencia mía. No vale porque yo lo aprecio, sino lo aprecio porque vale, porque contiene ese algo que hace de ello un bien para mí.. Es evidente que no todos apreciamos igualmente los diversos valores de los diversos bienes. Para un vegetariano, el filete no representará ningún valor; él aprecia mucho más las zanahorias, que en cambio a mí no me gustan. Esto significa solamente que cada sujeto puede o no descubrir y apreciar los valores de modo diverso, a partir de sus inclinaciones, educación, decisiones anteriores, estilo de vida, etc. Yo descubro, no creo, el valor del filete; mi amigo vegetariano descubre, no crea, el valor de la zanahoria.

¿Para qué toda esta disquisición sobre el motivo y sobre el valor que nos motiva? Para poder entender bien lo que es la “experiencia moral”.. Porque, en el fondo, como veremos enseguida, esa experiencia no es otra cosa que la experiencia de un valor. De un valor muy particular, que podemos llamar desde ahora, valor moral.

d) El valor moral como valor de la persona

Hagamos un análisis introspectivo de cómo solemos juzgar espontáneamente los actos voluntarios de las demás personas y de nosotros mismos, en cuanto personas. Veremos que, en el fondo, nosotros (y me refiero a todos los seres humanos) juzgamos los actos voluntarios como buenos o malos en función de ese valor particular que llamamos valor moral.

Considerermos un caso como éste. El periódico dio la noticia de un señor joven que se tiró al mar para salvar a sus dos hijitos que estaban ahogándose, arrastrados por las olas. No sabía nadar muy bien, pero nadó duro hasta que logró sacar a la orilla a su niñita. Estaba ya exhausto, pero volvió a tirarse, a pesar de los gritos de su esposa que le decía que era muy peligroso y no podría ya sacar al niño. El tenía que intentarlo. Unas horas después, el helicóptero de la policía encontró al niño vivo, agarrado al cadáver flotante de su papá.

La gente se conmovió ante el gesto de ese padre. Imaginemos que alguien dijera que esa acción no tuvo mucho valor, porque el señor demostró que no nadaba muy bien, que no era fuerte, quizás que no fue prudente... Evidentemente, todo eso son valores. Pero creo que cualquiera pensaría que quien dice semejante cosa, “no ha entendido nada”. Una acción de ese tipo, puede, es cierto, estar privada de muchos valores propios del ser humano, pero entendemos que vista en su realidad más profunda, en cuanto acto voluntario de una persona humana, es una acción buena, una buena acción.

Otro día, el periódico refiere el caso de un secuestro. Un grupo de encapuchados secuestró a un niño de ocho años para pedir un rescate millonario a sus padres. Dado que éstos no se doblegaron fácilmente, al cabo de unos días les enviaron en un sobre una oreja del muchacho, para que entendieran que iban en serio. Poco después, viéndose acorralados por la policía, le pegaron un tiro en la nuca y lo dejaron abandonado en un bosque.

Aquí, naturalmente, alguien podría decir que la actuación de los secuestradores estaba llena de valores, de valores muy importantes para todo individuo humano. Hubo sagacidad, audacia, determinación, firmeza... y quién sabe cuántos otros valores. Y sin embargo, creo, todos sentimos repuganacia ante semejante hecho. Por más valores que hayan puesto los secuestradores-asesinos, ese acto es malo, una mala acción.

Todo esto significa que, en nuestra experiencia espontánea y cotidiana, el valor de una acción humana, en cuanto acción humana, depende de un valor que no se reduce a ninguno de los otros, ni es tampoco la suma de todos ellos.

Y lo mismo tenemos que decir de nuestra apreciación sobre la persona que actúa. De uno que se dedica a secuestrar, matar, robar, ofender a los demás, buscar solamente su proprio provecho aprovehándose de los demás, etc., solemos decir que “es una mala persona”. No importa si es listo, guapo, fuerte, rico, etc. Podré decir que es una persona inteligente, fuerte... pero, de todas formas, es una “mala persona”. Es decir, mala en cuanto persona, en aquello que define a la persona, que es el uso de su libertad. Viceversa, de una persona que vive para hacer el bien a los demás, que perdona, ayuda, es honesta y sincera, etc. solemos decir que es “una buena persona”. Aunque quizás no posea otros muchos valores propios del hombre. Aunque no sea muy inteligente, o robusta, o bella... es una buena persona, es decir buena en cuanto persona.

Este análisis nos lleva, pues, a una conclusión muy interesante e importante: los seres humanos experimentamos un valor que es diverso de los demás valores, y según el cual juzgamos las acciones humanas como buenas o malas en cuanto tales, y a las personas como buenas o malas en cuanto tales. A ese valor especial lo llamamos “valor moral”.

Pero podemos hacer un análisis introspectivo más personal y más interesante todavía. El análisis de nuestra experiencia interior ante ciertas decisiones que tenemos que tomar o que hemos tomado en el pasado.

Supongamos que el obispo de mi diócesis ha pedido que uno de los dos seminaristas que ya hemos sido ordenados de diácono, le acompañe en su próximo viaje a Roma y Tierra Santa. Naturalmente, tanto a mi compañero como a mí nos encantaría hacer esa experiencia. He oído voces de que el Rector está pensando en mandarle a él. Me pongo inquieto, y de pronto se me ocurre una brillante idea. Dentro de unos días tendremos un examen escrito y está prohibido llevar los apuntes al aula. Yo podría meter sus apuntes en su escritorio sin que se dé cuenta. Cuando pase el profesor revisando, como hace siempre, le vería los apuntes y... no creo que concedan el viaje ¡a uno que copia en los exámenes!

De pronto, algo me detiene en mi plan. Algo, dentro de mí, me dice que “no puedo” hacerlo. Naturalmente, puedo hacerlo. Es fácil, es bastante seguro... Pero “¡no puedo!”. ¿Qué me está pasando? Está claro que esa acción comportaría la realización de varios valores muy interesantes: sagacidad, discreción, etc. Y luego, todos los valores que tendría el viaje en sí mismo, justo antes de mi ordenación sacerdotal: Roma, Jerusalén... Pero sigo sintiendo algo raro dentro de mí. Siento que si cometo semejante acción me rebajo a mí mismo en mi valor de persona, a pesar de todos los otros valores.

Supongamos que, a pesar de ese sentimiento negativo fuerte, actúo según mi plan, todo sale “bien”, y al final voy yo a ese magnífico viaje. Y supongamos que el Rector le pide a mi compañero que nos lleve al aeropuerto al obispo y a mí. Al despedirnos, me dice, visiblemente triste, que él se había hecho la ilusión de hacer el viaje, pero que está contento de que lo pueda disfrutar yo, que me va a encomendar en su oración para que todo vaya bien y me sirva mucho en mi preparación inmediata para el sacerdocio. Subo al avión, recuerdo sus palabras, y siento un tremendo nudo en el estómago. No logro quitar de mi cabeza esa frase. Pero, ¿qué me pasa? ¿No está claro que todo salió “bien”? ¿No te das cuenta -me digo- de que hay toda una serie de valores en ese hecho? Pero, quizás, no logro engañarme. El nudo sigue ahí, apretando desde mi conciencia. Sé que hice mal, que me he rebajado como persona...

Antes o después de una acción podemos experimentar que es buena o mala, independientemente de los otros valores que están en juego. Es ese otro valor, el valor moral, muchas veces vagamente percibido, pero realmente presente en nuestra experiencia cotidiana, lo que da valor a nuestros actos en cuanto actos humanos y a nuestra persona en cuanto persona humana.

Me he extendido en la descripción de estos casos porque considero muy importante que alguna vez ahondemos con nuestra reflexión en esa experiencia del valor moral, que es muy frecuente, casi cotidiana, pero muchas veces oscura y no tematizada. Lo más interesante es que cada uno reflexione sobre su experiencia personal para descubrir esa realidad: la experiencia de la moralidad como experiencia de un valor diferente de los demás valores que nos motivan en nuestra vida, y según el cual juzgamos nuestros actos y a nosotros mismos como buenos o malos, así sin más, en cuanto personas. Esa constatación nos lleva a la conclusión de que el valor moral es el valor de la persona en cuanto tal.. Y esto es así porque, como veremos, es el valor que tiene que ver con aquello que es más propio y definitivo en la persona en cuanto sujeto personal: su propia libertad.

2. Llamada de Dios al hombre

Nuestra experiencia del valor moral tiene una característica muy peculiar: no depende totalmente de nosotros mismos. Esa expresión tan frecuente, “no puedo”, o bien la otra equivalente, “debo”, indica precisamente que no experimentamos lo moral como algo que nosotros hacemos y deshacemos a placer. Sería todo muy sencillo si el bien moral coincidiera con nuestro querer o con nuestro sentir: “decido o siento que esto está bien, y por lo tanto está bien”. No es así. Al contrario, cuántas veces me gustaría hacer algo, y me gustaría que fuera bueno para poder hacerlo con tranquilidad de conciencia... Y por más que intento persuadirme de ello... “no puedo”.

Da la impresión de que en nuestro interior, en nuestra razón moral, resuena una voz que no podemos manejar a nuestro antojo. Es lo que llamamos, precisamente, “la voz de la conciencia” . Este fenómeno nos introduce en un tema que es central en la visión cristiana de la moral: la vida moral consiste en la respuesta a una llamada de Dios.

Vamos a ver que esta especie de “intuición” de una voz que nos llama en la conciencia, responde plenamente a la visión que la Sagrada Escritura nos da de la moral.

a) La moral como llamada divina, en el A.T.

El texto central de la moral del pueblo de Israel lo encontramos en Deuteronomio, 4, 32-40. Los capítulos 4-7 de ese libro exponen con vigor los “preceptos y normas” dados por Moisés al pueblo en nombre de Dios. Pero lo fundamental no son los diversos preceptos. Lo principal, lo que da inicio y sentido a todo, es el amor operante de Dios en relación con su pueblo escogido. Por eso, Moisés pone antes sus ojos las grandiosas obras de Yahveh:
“¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores, como todo lo que Yahveh vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto?” (Dt 4, 34).

Esa actuación prodigiosa de Dios es expresión de su amor:
“Porque amó a tus padres y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto personalmente con su gran fuerza” (v. 37).

Dios ha tomado la iniciativa, por puro amor, pidiendo al pueblo que le responda con su fidelidad a la Alianza establecida con él después de liberarlo de la esclavitud que padecía en Egipto. Esa respuesta del pueblo consistirá sobre todo en el reconocimiento de Yahveh como único Dios:
“A ti se te ha dado a ver todo esto, para que sepas que Yahveh es el verdadero Dios y que no hay otro fuera de él” (v. 35).
“Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahveh es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro” (v. 39).
“Escucha Israel. Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (6, 4-5).

Se trata de la llamada “cláusula fundamental” de la moral del pueblo de Israel. De ella deriva una serie de “cláusulas particulares”, normas, preceptos, indicaciones, que configuran la vida moral del pueblo:
“Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti” (4, 40).

Esta idea central del amor de correspondencia a Dios por su amor liberador, que debe traducirse en la fidelidad a todos los preceptos, constituye el pórtico y la base misma del llamado “código deuteronómico” (caps. 12-26) en el que se exponen con detalle todas las reglas que han de regir al pueblo. Reglas sobre el culto y los sacrificios, contra la idolaría, sobre el diezmo anual, el año sabático, el trato de los esclavos, el comportamiento con los homicidas, el modo de vestir de hombre y mujeres, el adulterio y la fornicación, el divorcio, etc., etc.

La moral del pueblo escogido es, pues, una moral eminentemente religiosa, enraizada en la iniciativa del amor de Dios. Es una moral “dialogal”, que tiene su fulcro en la correspondencia a su amor. Es una moral que consiste en una respuesta a la llamada que Dios hace a su pueblo al sacarlo de Egipto, ayudarle en todas sus necesidades y establecer con él una Alianza:
“A Yahveh vuestro Dios seguiréis y a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz, a él serviréis y viviréis unidos a él” (Dt 13, 5)

Esta característica dialogal de la moral atraviesa todo el A.T. En todas sus páginas vemos a un Dios que habla con su pueblo, le llama, le exige, le guía y le reprende. A veces habla directamente, sobre todo dirigiéndose a alguno de sus elegidos: Moisés, los jueces, el rey David, etc. Otras veces llama al pueblo a través de los acontecimientos: las serpientes venenosas del desierto o el destierro a Babilonia. Frecuentemente, a través de sus enviados: los profetas, los sacerdotes, los sabios; ellos hablan en nombre de Dios y a través de ellos Dios les llama al arrepentimiento, a la santidad, a la justicia, a la fidelidad...


b) La moral como llamada, en el N.T.

En el Nuevo Testamento se acentúa todavía más ese carácter dialogal de la moral. En tiempo de Jesús los fariseos habían deformado la religión y la moral, precisamente porque habían perdido su sentido de relación de amor y de respuesta fiel al amor de Dios. Habían reducido la religión y la moral a un mezquino legalismo. Lo que contaba era cumplir al pie de la letra las más mínimas prescripciones; su cumplimiento otorgaba automáticamente la justificación.

Y de nuevo, todo parte de la iniciativa amorosa de Dios, que manda a su propio Hijo para la salvación del mundo. Ahora no hablará al pueblo solamente con hechos o a través de sus enviados. Ahora será el mismo Dios quien llame directamente al pueblo, y a todo hombre, a la salvación. Es el Verbo de Dios quien habla.

Jesús recalcará el sentido dialogal de la religión y la moral al contraponer su mensaje a la “justicia de los escribas y fariseos” (Mt 5, 20). Su mensaje moral se centra en el cumplimiento de la voluntad del Padre, y en la invitación a seguirle e imitarle a él. La suya es una llamada radical y renovadora, que pide una respuesta radical: la búsqueda de una perfección orientada por la perfección de su Padre celestial, y la donación total, hasta cargar con la cruz, como él.

San Pablo destaca también la iniciativa divina en la vida del cristiano. Cristo murió por nosotros. Y nos llama a una vida nueva desde la fuente del bautismo (Cf. Rm 6, 4). Es una llamada a la identificación con Cristo y a su imitación (Cf. Ef 5, 1). En este sentido es muy significativo el típico esquema de algunas de sus cartas: a una parte de índole “indicativa” sigue otra de carácter “imperativo”.. Los deberes morales son respuesta al amor que Dios demuestra con los hechos de la salvación.

Es la misma realidad presentada con fuerza incomparable por el apóstol Juan: “El nos amó primero” (1Jn 4, 19). La vida moral, centrada en el mandamiento del amor, es ante todo respuesta al amor primordial de Dios: “si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4, 11).

La vida moral del hombre no es, pues, un sucederse de automatismos obligantes reducidos a normas y leyes; tampoco es puro capricho subjetivo. La experiencia moral normal y cotidiana, la experiencia de ese “no puedo” o “debo”, corresponde en el fondo a la realidad misma de la moral como respuesta a una llamada de Dios, percibida a través de la conciencia -ese instrumento otorgado a cada uno por el Creador- o también a través de su Revelación. Como Adán y Eva, cada ser humano tiene ante sí el árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero no ha sido él quien plantó ese árbol; ni es él quien decide lo que es bueno o malo. Cada hombre y mujer responde, al seguir su conciencia, a aquél que le dijo: “de ese árbol no comerás”. Y se lo dijo mientras le ofrecía, por puro y gratuito amor, todo un paraíso.

Lecturas complementarias

CEC 1730-1748; 1853
VS 6-24
EV 70, 71, 95,101
LG 2-4, 13

Autoevaluación
1. ¿Cómo se puede definir un valor?
2. ¿Qué es el valor moral?
3. ¿En qué sentido los valores tienen una dimensión objetiva y otra subjetiva al mismo tiempo?
4. ¿El hecho de que a algunos les atraigan ciertos valores y a otros no, no demuestra que los valores son puramente subjetivos?
5. ¿Qué es lo que afirmamos al decir que una persona es buena, sabiendo que quizás tenga pocas ualidades o sea “mala” para muchas cosas (para el deporte, para cocinar, para el estudio, etc.)? ¿Y cuando afirmamos que una persona es mala, conscientes de que quizás posea muchas cualidades y sobresalga en varios aspectos?
6. ¿Por qué el valor moral es el valor más importante y el que define más profundamente a las Personas?
7. Dios nos presenta la moral en el Antiguo y el Nuevo Testamento como una llamada a vivir egún la dignidad de hijos suyos. Ésta es sólo la primera parte de la moral. ¿Cuál es la segunda parte o la otra cara de la moneda?

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