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Felicidad, dinero y confort
Algo muy fácil de reconocer y difícil de conseguir cuando no se vive para los demás y para con Dios


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net



Un chiste sobre el dinero dice que si éste no es la felicidad, sí es lo que más se le parece. En serio, ¿es esto verdad? El asunto es una confusión de lenguaje, o más bien de concepto psicológicamente hablando. Es la confusión entre el confort de vida, el bienestar material y la felicidad, que no son lo mismo.

El dinero o los bienes materiales dan sin duda confort de vida, que puede llegar a extremos de lujo tal que puede decirse que quien puede pagar tiene o puede comprar todo lo que esté en venta (o se obtenga por chantaje monetario). Sin duda que la riqueza material da algo muy útil: la seguridad de no pasar hambre o necesidad alguna, o más bien las necesidades que tienen una respuesta en dinero.

El dinero tiene sin embargo ciertos límites, como son las enfermedades incurables con la ciencia médica del momento. Ha habido y hay personas inmensamente ricas que mueren de cáncer o de otras enfermedades degenerativas, frente a las cuales todo el oro del mundo no sirve para nada. En casos como estos, sin duda que el dinero más que ser felicidad es causa de frustración: no puede comprar lo que se quiere: salud y vida.

Hay otras cosas que la riqueza material no compra: las buenas relaciones familiares y de amistad, por ejemplo. El dinero no devuelve la felicidad perdida por la muerte de seres queridos. Tampoco da a los padres y hermanos la alegría de recuperar, pagando en efectivo, la salud física o mental de un miembro de la familia drogadicto o dipsómano, cleptómano o asesino, de un paranoico o un esquizofrénico.

Si llega el dinero a servir para evadir acciones de la justicia humana en casos de familiares criminales por dolo o negligencia (culpa), solamente permite la tranquilidad de que dicha persona no esté en la cárcel, pero no desaparece la infelicidad o tristeza de saber que dicho ser querido delincuente es lo que es.

La riqueza sirve también para darse el lujo de regalar cosas, no por sentido de compartir caritativamente lo que se tiene, sino para sentirse a gusto o ser reconocido como “filántropo”. Sólo el dar por auténtica caridad da felicidad.

El dinero entonces, con ciertas limitaciones, da confort, satisfacción, salud, libertad de movimiento y hasta libertad de abusar del poder que dicho dinero ofrece. Pero lo que la riqueza no puede comprar u ofrecer es la felicidad real.

Si conceptuamos la felicidad como un estado de paz interior, de conciencia tranquila, de comunión espiritual con Dios y la humanidad, no es el dinero que puede darla.

Y no tiene tal poder el dinero porque los mayores bienes que se pueden dar o recibir no son materiales: amor, cariño, apoyo, consejo y educación en valores, visitas a enfermos y presos, hacer reír a un niño y otras semejantes, son cosas sin valor monetario. Todas ellas dan felicidad. Mantener unida a una familia y al círculo de amigos es felicidad, con o sin dinero.

Otra cosa que no compra el dinero, pero sí un generoso sentido de la vida, es la alegría. No es lo mismo alegría que diversión, y aunque quizá la división entre ambas cosas puede ser muy sutil, existe. Quien tiene alegría, la disfruta aún después de pasados los momentos alegres, pero quien simplemente se divierte, deja la diversión como un recuerdo del pasado, no como algo que perdura.

Si todo esto no fuera cierto ¿por qué hay millonarios en estado de grave depresión, personas que se supone son exitosas que están sin embargo frustradas y con vidas vacías, que viven bien pero no tienen razones para reír y hasta llegan al suicidio?

¿Por qué hay tanta gente rica que tiene vidas vacías, y se da perfecta cuenta de ello? Porque saben que tienen muchas cosas pero no son felices. Sufren de un estado permanente de vacío, de falta de algo que puede resultarles indefinido por tener limitado el corazón: la felicidad.

Hay un viejo cuento del rey deprimido que deseaba ser feliz, y su consejero real le dijo que para serlo debería usar la camisa del hombre más feliz del reino. Cuando sus emisarios localizaron a dicho personaje, y el rey le pidió le diera su camisa, el hombre más feliz le dijo que lo sentía, pero que no tenía camisa.

Entonces ¿no se puede ser feliz siendo rico? Por supuesto que sí, y está en el Evangelio. Son los pobres de corazón los dueños del Reino de los Cielos, incluyendo a quienes tengan el beneficio de la riqueza pero no se apegan a ella. El rey Salomón es un ejemplo particular: el Señor le dio todo el lujo, confort y satisfacción que da la materia y la relación humana, y no por eso dejó de ser santo feliz.

En suma, el confort material y de forma de vida que da la riqueza material no es la felicidad; da bienestar en muchos aspectos, pero no necesariamente en estados de ánimo, en sentirse bien con la vida propia, con la comunidad humana y con la divinidad.

La felicidad es algo muy por arriba del confort y del bienestar, que incluye lo que se llama “bienser”, que implica algo muy fácil de reconocer y difícil de conseguir cuando no se vive para los demás y para con Dios, sino para el dinero: la paz interior, y eso es la clave de auténtica felicidad.

Comentarios al autor: siredingv@bigfoot.com
 





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