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La identidad profesional de las tareas domésticas
Una aproximación antropológica a este ámbito de la vida, tan rico en valores humanos como oscurecido por prejuicios inveterados


Por: Pablo Prieto | Fuente: Darfruto.com



1. El hogar como profesión

2. El puro trabajo y sus aledaños

3. Lecturas profesionales de las tareas domésticas

1. El hogar como profesión

“¿Trabajas en algo?” Esta es la extrañísima pregunta que oyen a veces muchas mujeres casadas. “¿Trabajas o te dedicas más bien a la casa?” No es que se ignore el gran esfuerzo que conlleva la casa, ni mucho menos, sólo que aunque suponga trabajo, esta labor no se considera un trabajo, un oficio serio y formal, sino la ausencia de él. ¿Por qué? ¿Sólo por motivos socioeconómicos? ¿Por no estar remunerado y no encuadrarse en el marco legal de las demás profesiones? ¿Es porque lo dictan así las convenciones sociales y las tradiciones, muchas de ellas de corte machista? ¿Basta esto para explicar la extraordinaria peculiaridad del trabajo doméstico, o bien es preciso ahondar más? La cuestión, como se sabe, viene de lejos, pero sigue palpitando hoy, cuando todas las fuerzas sociales parecen de acuerdo en promover el trabajo femenino.

Ejemplo de ello son las campañas, tan loables y oportunas por otra parte, para promover la corresponsabilidad en los quehaceres domésticos. Se nos recuerda que todos los miembros de la familia estamos comprometidos en esta obra, y que hemos de repartirnos las tareas de modo que no recaigan, de modo desproporcionado y abusivo, sobre los hombros de la mujer. Para lo cual habría que flexibilizar el criterio con que asignamos los cometidos dentro del hogar, intercambiando cuando sea preciso los papeles que la tradición asigna al varón y a la mujer, y desechando definitivamente la vieja fórmula de “labores propias de su sexo”.

Es un cambio de mentalidad exigido sin duda alguna por las nuevas condiciones en que se desenvuelve la familia en el siglo XXI. No obstante cabe preguntarse hasta qué punto es posible el mencionado intercambio y con qué principios y reglas ha de efectuarse. En otras palabras, los roles femenino y masculino en el hogar ¿son inducción arbitraria de la sociedad o bien obedecen, en alguna medida, a la peculiar estructura comunitaria de la familia? Porque sin aclarar este punto se corre peligro de deformar el hogar precisamente con aquello que debería ser su realización práctica, su manifestación y su fruto.

Así ocurre cuando se concibe la labor doméstica como un ajetreo disperso e indeterminado, un impreciso “hacer de todo”, sin más objeto que cubrir las necesidades básicas y evitar la suciedad y el desorden. Una ocupación, en definitiva, sin contenido específico, destinada a “rellenar” el hueco que dejan los otros oficios, supuestamente más relevantes y especializados.

¿Realmente pensamos esto del trabajo doméstico? Posiblemente no, y rechacemos esta idea por superficial e injusta, intuyendo que la “cosas de la casa” son mucho más. Ahora bien, en la práctica, esta mentalidad aflora en la vida cotidiana de muchos hogares provocando discordias y conflictos, a veces muy graves, precisamente a propósito de las “cosas de la casa”. Posiblemente la violencia doméstica, tan actual por desgracia, se deba más a este analfabetismo doméstico que a las infidelidades y adulterios que ventilan los medios de comunicación, y que más bien son su triste consecuencia y corolario.

Por eso no basta con rodear el trabajo doméstico de facilidades materiales, incentivos económicos y elogios verbales. Necesitamos un vigoroso ejercicio crítico, más allá del enfoque puramente sociológico, para interrogarnos por la esencia del trabajo doméstico y su significado humano.

Sólo entonces podremos discernir lo que en él hay de espurio y accesorio: convencionalismos trasnochados, prejuicios sexistas, conformismos, complejos, y principalmente el menosprecio ilustrado del trabajo manual, con la consiguiente hipertrofia del pensamiento científico-técnico; en una densa capa de tópicos que la inercia de los siglos ha ido acumulando sobre este ámbito de la actividad humana, deformando su imagen y confiriéndole el aspecto tedioso, insustancial e incluso humillante que conocemos.

Tan ambicioso objetivo desborda esta serie de artículos [1]. Aquí nos limitaremos más bien a un esbozo antropológico del trabajo doméstico, a fin de mostrar que posee una verdadera identidad profesional, rica y bien caracterizada, y no sólo eso, sino que funciona en el seno de la sociedad como paradigma e iniciación pedagógica de todos los demás oficios y profesiones, y clave para captar las relaciones entre ellos.

2. El puro trabajo y sus aledaños

Anclada perezosamente en nuestra cultura subsiste aún la mentalidad mercantilista que pretende definir el trabajo por criterios exclusivamente económicos. El trabajo sería tanto más profesional cuanto más claramente se verifique su productividad, se traduzca en números y se exprese en estadísticas. Habría así profesiones netas y bien definidas como la del empresario, el obrero, el agricultor, exponentes del trabajo-trabajo, el trabajo sin más, el puro trabajo. Otras en cambio, más reacias a la pinza del sociólogo, el político o el economista, presentan un perfil más vago e impreciso. El llamado sector servicios ofrece multitud de ejemplos en que resulta extremadamente complicado reducir el factor humano a datos precisos y manejables. ¿Cómo tasar, en efecto, la sonrisa de la azafata, la empatía de la enfermera, la cordialidad del taxista, la solicitud del médico? ¿Quién traducirá tales cosas a euros con un mínimo de exactitud? Reducidas a su esqueleto económico, en efecto, muchas profesiones resultan seriamente deformadas y otras, como el oficio doméstico, sencillamente irreconocibles.

Ahora bien, ¿hasta qué punto la dimensión ética y estética, o si se quiere, la solidaridad y el arte, son ajenos al trabajo? ¿Por qué definir el trabajo sólo desde la razón utilitaria y no desde la razón humanitaria o la razón estética? Topamos aquí con un prejuicio que se remonta a los albores mismos de nuestra civilización. Ya los filósofos griegos propusieron estructurar la polis contraponiendo la vida contemplativa o teorética, propia del filósofo, al trabajo manual, propio de esclavos, mujeres y niños. La primera de estas actitudes, el otium de los latinos, es la del hombre libre, sabio, virtuoso y perfecto ciudadano, mientras que el negotium, el trabajo propiamente dicho, sería el principal obstáculo para alcanzar tales cualidades, o lo que es lo mismo, para ser plenamente hombre. Y es cierto que un mínimo de otium es indispensable para trascender lo inmediato, vislumbrar el sentido de las cosas, y entrar en esa corriente divina que Platón llama Eros, fuente última de toda belleza, fiesta, juego, poesía, humor, etc.: en eso lleva razón el pensamiento clásico. Lo que no está claro es que otium y negotium deban entenderse antagónicamente, y menos aún reflejarse de ese modo en usos e instituciones sociales. Se advierte aquí ese cierto intelectualismo recalcitrante que recorre toda la historia de la cultura occidental y que, apoyado en el dualismo antropológico, menosprecia el cuerpo, y por tanto el trabajo manual y el universo simbólico en que se desenvuelve.

Con la llegada del Cristianismo mejoró notablemente la consideración del trabajo manual ya que tanto Jesucristo como su Madre se dedicaron a él de lleno, y también porque se descubre su inestimable valor ascético en orden a la santidad. Pese a ello la división medieval entre artes liberales (las “liberadas” del esfuerzo físico) y serviles o mecánicas mantuvo y en cierto modo acentuó la escisión clásica entre contemplación y acción, vida intelectual y trabajo manual. No es este el sitio para repasar la historia del trabajo [2] pero lo cierto es que la mencionada dicotomía, con innegables cambios y transformaciones, llega hasta la Edad Moderna, y es el sustrato cultural en que se inscribe el mercantilismo de la revolución industrial, mencionado más arriba.

Debemos a la sensibilidad posmoderna y globalizada un saludable ensanchamiento de esta perspectiva. El multiculturalismo, el prestigio de la solidaridad, el ecologismo, el feminismo, la cultura de la imagen, etc, han ampliado el concepto de trabajo superando viejas rupturas entre competencia y solidaridad, producción y creación, eficiencia técnica y relación personal, etc. Somos ahora más conscientes de que dentro del trabajo hay, por así decir, muchas cosas además de trabajo, o mejor, que el verdadero trabajo, el asumido por la persona concreta y real, comprende gran variedad de ingredientes olvidados hasta ahora. En otras palabras, que el negotium no sólo no se opone al otium, sino que ambos necesitan complementarse para ser lo que son, con el consiguiente beneficio tanto para el mundo laboral como para el descanso y la diversión.

Esta nueva sensibilidad reclama un concepto de profesión más flexible que el comúnmente aceptado y recogido por la Real Academia: “empleo, facultad u oficio que una persona tiene y ejerce con derecho a retribución”. Porque si bien la organización política requiere una noción así, práctica y funcional, convenientemente perfilada por el derecho y la economía, ello no es óbice para acoger en nuestra conciencia cívica otra idea de profesión más amplia e integradora, fundamento antropológico de la anterior, que pone por encima de la remuneración del trabajo su vocación social, su carácter de servicio a la comunidad. Así lo insinúa la misma etimología pues ‘profesión’ viene de profiteor: declararse, ofrecerse, disponerse. El elemento clave y definitorio es aquí la función social de cada actividad, su aptitud para trascender el ámbito privado y configurar la sociedad de un determinado modo. Como resulta evidente, es en esta perspectiva donde destaca la envergadura profesional del oficio doméstico, tanto más admirable cuanto que actúa en la raíz misma de la sociedad, que es la familia, haciéndola posible.

Este enfoque integral presenta una doble ventaja. En primer lugar evita la reducción simplista de lo profesional a lo empresarial que conduce a pensar el hogar exclusivamente desde la empresa, cuando debería ser al revés. Por otro lado, sólo definiendo la profesión por su proyección social y no por su sueldo, podemos reconocer en las labores domésticas un verdadero y propio sentido profesional, por más que en el plano técnico-jurídico no siempre constituyan una profesión, que sería lo deseable según el parecer de muchos.

Sobre la delicada cuestión del sujeto de las tareas domésticas volveremos más adelante. Ahora conviene detenernos brevemente en su contenido.

3. Lecturas profesionales de las tareas domésticas

Lo primero que salta a la vista en estos trabajos es su complejidad, no sólo por el número (algunos han distinguido más de 300) sino por su diversidad. Podemos agruparlos en tres categorías o áreas fundamentales:

a) Procesos técnicos: Son los más fácilmente tipificables y coinciden básicamente con los servicios de hostelería: cocina, lavandería, limpieza, gestión económica, etc. Desde este punto de vista cabe asimilar el hogar a una empresa del sector terciario y pueden serle muy útiles ciertas técnicas del management. No obstante, como queda dicho más arriba, limitar a esto su dimensión profesional sería incurrir en una grave simplificación.

b) Labores educativas y asistenciales: En el hogar se entrelazan de modo natural los aspectos pedagógicos con los sanitarios, sobre todo en esa rica y profunda experiencia que es la socialización primaria y que el lenguaje común conoce como crianza. Desde ella y desarrollando sus virtualidades se despliega la educación de los hijos, que abarca todos los campos sin excepción: psicomotor, afectivo, lingüístico, técnico, ético, artístico, etc. En continuidad con estas labores y formando un todo con ellas se añade el cuidado de enfermos y ancianos, y otros servicios por el estilo

c) Manifestaciones estéticas y lúdicas: Son aquellas con que la familia celebra sus acontecimientos, se expresa y se conoce a sí misma. La fiesta, la decoración y el juego crean el ambiente doméstico, en el cual encuentran eco las demás manifestaciones culturales: actualidad, cine, música, diseño, moda, deporte, literatura, etc. La orientación al decoro, la elegancia y la cordialidad es inherente a todas las tareas domésticas, por prosaicas que parezcan; es más, en la medida que traducen en términos sensibles la intimidad de la persona podemos reconocer en ellas una innegable índole artística.

Esta clasificación no alude a tareas numéricamente diferentes sino más bien a tres funciones que coinciden, en diversa proporción, en cada una de ellas. En algunas prevalece la función técnico-productiva, en otras la ético-asistencial y en otras la artístico- lúdica. Nada se entiende en el hogar de modo exclusivamente técnico, o ético, o artístico, pues precisamente lo que le distingue como trabajo es la síntesis armónica de las tres dimensiones. Ello significa que cada tarea admite varios niveles de interpretación o lecturas profesionales. Por ejemplo, la preparación de la comida puede ser simultáneamente:

a) la satisfacción de una necesidad básica,

b) un apoyo psicológico prestado al enfermo o al anciano,

c) la enseñanza para los niños de una pericia técnica,

d) el adiestramiento en un valor moral,

e) la formación en un valor estético,

f) la expresión festiva de un evento o tradición.

De ahí que la descripción externa de las tareas domésticas nunca sea suficiente para captar su complejidad antropológica y el orden interno con que se articulan, pues perderíamos de vista su valor de gesto, su riqueza simbólica. El mensaje tácito que entraña cada una siempre vale más que la materialidad del servicio prestado. Actividades de poca entidad técnica, como aderezar una comida, reparar un aparato, planchar una prenda, son altamente comunicativas y poseen gran intencionalidad pedagógica y moral.

Las tareas domésticas, por tanto, concilian técnica, asistencia y arte del modo más perfecto posible. Se trata en el fondo de las tres formas primordiales del obrar humano, los tres modos originarios en que, según la filosofía clásica, el hombre despliega su actividad, a saber:

a) producción (poíesis, fácere): operaciones técnico-artísticas, caracterizadas por obrar sobre un objeto exterior al agente, un artefacto.

b) conducta (praxis, ágere): acciones que revierten sobre la persona misma, que se modela mediante los hábitos. En la medida en que esta autorrealización tiene lugar en el diálogo, también se incluye en esta esfera el trato interpersonal, y por tanto las actividades de tipo asistencial y pedagógico.

c) contemplación (theoria, contemplatio): Actividades orientadas a la experiencia y expresión de la belleza.

Como es lógico estas tres dimensiones del obrar confluyen en toda actividad humana, y por tanto en toda profesión. Ahora bien, por lo que llevamos dicho podemos afirmar que sólo en el oficio doméstico la conjunción de tales ámbitos se asume como tarea única y sistemática, y sólo en él adquiere rango verdaderamente profesional. En otras palabras, lo que caracteriza al trabajo doméstico es su apertura radical a todo lo humano, acogiendo la vida de modo absoluto, en toda su diversidad.

Comentarios a el autor Pablo Prieto: pabloprieto100@hotmail.com

 





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