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La Cristiada y los mártires de México 2o. Parte
Historia de la Iglesia en América. Eclesiología
Persecuciones religiosas de México en el siglo XIX, y un balance del espíritu de los cristeros, la espiritualidad bíblica y tradicional del México católico.


Por: José María Iraburu | Fuente: Catholic.net





SEGUNDA PARTE

El curso de la guerra

Jean Meyer, en el volumen I de su obra, describe al detalle las vicisitudes que corrió al paso de los años la guerra de la Cristiada, que él divide en estas fases:

-incubación, de julio a diciembre de 1926;

-explosión del alzamiento armado, desde enero de 1927;

-consolidación de las posiciones, de julio 1927 a julio de 1928, es decir, desde que el general Gorostieta asume la guía de los cristeros hasta la muerte de Obregón.

-prolongación del conflicto, de agosto 1928 a febrero de 1929, tiempo en que el Gobierno comienza a entender que no podrá vencer militarmente a los cristeros;

-apogeo del movimiento cristero, de marzo a junio de 1929;

-licenciamiento de los cristeros, en junio 1929, cuando se producen los mal llamados Arreglos entre la Iglesia y el Estado.



El ejército federal

El ejército «consustancial con el gobierno» en el México de entonces «consideraba a la Iglesia como su adversaria personal. Agente activo del anticlericalismo y de la lucha antirreligiosa, hizo su propia guerra, su guerra religiosa. El general Eulogio Ortiz mandó fusilar a un soldado, en el cuello del cual vió un escapulario. Algunos oficiales llevaban sus tropas al combate al grito de ¡Viva Satán!» (Meyer I,146).

«Cada arma reclutaba por su cuenta. El enganche debía ser voluntario y firmado al menos por tres años», condición que muchas veces se incumplía, tanto que «se seguían utilizando las cuerdas para atar a los voluntarios. Se echaba mano de cualquiera: condenados de derecho común, obreros sin trabajo, campesinos», y sobre todo «del subproletariado rural y de los indios, vencidos o no» (149-150). La brutalidad y la indisciplina de esta tropa es apenas descriptible.

Al no haber servicio de intendencia, «el avituallamiento estaba a cargo de las compañeras de los soldados, las famosas soldaderas, que marchaban al lado del ejército y que, como la langosta, caían sobre las granjas y los pueblos... La deserción, frecuente en tiempo de paz, llegaba a ser masiva en tiempo de guerra» (152). El general Amaro, jefe del ejército federal, no conseguía «poner en línea más de 70.000 hombres, aunque se pasaba el tiempo reclutando: ¡20.000 desertores al año, de 70.000 soldados!» (153). Este general famoso, el indio Amaro, hijo de un peón de Zacatecas, hombre inteligente, implacable y sanguinario, el que mandó a su aviación bombardear en el cerro del Cubilete el monumento a Cristo Rey, llegó a ser muy culto, y se reconcilió con la Iglesia varios años antes de su muerte.

Los federales, malos jinetes, eran peores soldados, que disparaban de lejos, gastaban mucha munición, perdían las armas con facilidad, y no conocían bien el terreno por donde andaban. Eso explica que los cristeros, cuyas características de lucha eran las contrarias, les infligieran tantas bajas. Los callistas, eso sí, eran muy crueles, pero «la dureza de la represión, la ejecución de todos los prisioneros, la matanza de los civiles, el saqueo, la violación, el incendio de los pueblos y de las cosechas, dejaban en la estela de los federales otros tantos nuevos levantamientos en germen» (I, 194).

La guerra se hacía también en la prensa del gobierno, ocultando la magnitud del conflicto o dando siempre la victoria por inminente. Unida a la lucha militar, el general Amaro propugnaba una campaña de «desfanatización», como aquélla por la que dio orden al gobernador de Jalisco de cambiar los nombres de todos los lugares que llevaban nombres de santos (I,178). Todos los medios valían, también el soborno. Así, en una ocasión, el gobierno trató de comprar a un jefe cristero llamado «el 14», el cual respondió: «Que a mí ni me den nada, que nomás arreglen eso de los padrecitos y de las iglesias, y yo me estoy en paz, pero mientras no lo arreglen que no piensen que con dinero me van a comprar» (177).

La desesperación del gobierno se iba acrecentando a medida que pasaban los meses, y se veía incapaz de vencer -en palabras del gobernador de Colima-«las hordas episcopales de fanáticos que engañados por la patraña clerical se han lanzado a la loca aventura de restaurar el predominio de los curas» (189).


Balance de la guerra

A mediados de 1928 los cristeros, unos 25.000 hombres en armas, «no podían ya ser vencidos, dice Meyer, lo cual constituía una gran victoria; pero el gobierno, sostenido por la fuerza norteamericana, no parecía a punto de caer» (I, 248). En realidad, la posición de los cristeros era a mediados de 1929 mejor que la de los federales, pues, combatiendo por una Causa absoluta, tenían mejor moral y disciplina, y operando en pequeños grupos que golpeaban y huían -piquihuye-, sufrían muchas menos bajas que los soldados callistas. Después de tres años de guerra, se calcula que en ella murieron 25.000 o 30.000 cristeros, por 60.000 soldados federales.

En enero de 1929, el embajador norteamericano Morrow -que insistía al gobierno y a la prensa para que no hablasen de cristeros sino de «bandidos» (I,301)- estimaba improbable pacificar el Estado «antes de que se solucione la cuestión religiosa». En febrero los mismos políticos veían el panorama muy oscuro, y un senador decía en un discurso a sus colegas: «¿Es que nuestros soldados no saben combatir rancheros, o no se quiere que se acabe la rebelión? Pues dígase de una vez y no estemos echando más leña. No se olviden ustedes de que con tres Estados más que se levanten de veras, ¡cuidado con el Poder Público, señores!» (I,285).

A mediados de 1929 se veía ya claramente que, al menos a corto plazo, ni unos ni otros podían vencer. Sin embargo, en este empate había una gran diferencia: en tanto que los cristeros estaban dispuestos a seguir luchando el tiempo que fuera necesario hasta obtener la derogación de las leyes que perseguían a la Iglesia, el gobierno, viéndose en bancarrota tanto en economía como en prestigio ante las naciones, tenía extremada urgencia de terminar el conflicto cuanto antes. Eran, pues, éstas unas favorables condiciones para negociar el reconocimiento de los derechos de la Iglesia...


Rumores de un posible arreglo

Desde mediados de 1927 estuvo al mando supremo de los cristeros el general Gorostieta, militar de carrera, a quien iban llegando de cuando en cuando rumores de posibles arreglos entre la Iglesia y el Estado, a espaldas de la Guardia Nacional cristera. Como estos rumores iban en aumento, el 16 de mayo de 1929 escribió a los Obispos mexicanos una larga carta, de la que citamos algún fragmento:

«Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano, para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha; aliento y consuelo que con una sola honorabilísima excepción [Mons. Martínez y Zárate, obispo de Huejutla, 17 años desterrado] de nadie hemos recibido...

«Si los obispos al presentarse a tratar con el gobierno aprueban la actitud de la Guardia Nacional, si están de acuerdo en que era ya la única digna que nos dejaba el déspota, tendrán que consultar nuestro modo de pensar y atender nuestras exigencias; nada tenemos que decir en este caso...

«Si los obispos al tratar con el gobierno desaprueban nuestra actitud, si no toman en cuenta a la Guardia Nacional y tratan de dar solución al conflicto independientemente de lo que nosotros anhelamos...; si se olvidan de nuestros muertos, si no se toman en consideración nuestros miles de viudas y huérfanos, entonces... rechazaremos tal actitud como indigna y como traidora...

«Muchas y de muy diversa índole son las razones que creemos tener para que la Guardia Nacional, y no el Episcopado, sea quien resuelva esta situación. Desde luego el problema no es puramente religioso, es éste un caso integral de libertad, y la Guardia Nacional se ha constituido de hecho en defensora de todas las libertades y en la genuina representación del pueblo, pues el apoyo que el pueblo nos imparte es lo que nos ha hecho subsistir...

«Como última razón creemos tener derecho a que se nos oiga, si no por otra causa, por ser parte constitutiva de la Iglesia católica de México, precisamente por ser parte importantísima de la Institución que gobiernan los obispos mexicanos» (+Meyer I,316-320)

El 2 de junio de 1929 el general Gorostieta fue asesinado en una emboscada por los callistas, y le sucedió al frente de la Guardia Nacional el general Degollado.


Los «mal llamados Arreglos» (21-6-1929)

La historia de los Arreglos alcanzados en junio de 1929 es tan triste que haremos de ella una referencia muy breve, ateniéndonos sobre todo a la documentada información que López Beltrán ha dado recientemente del asunto. Mons. Ruiz y Flores, Delegado Apostólico ad referendum, escogió como secretario para negociar a Mons. Pascual Díaz y Barreto, el «único Obispo que había mostrado decidido empeño en lograr una transacción con los callistas» (Lpz. Beltrán 499).

Ambos fueron traídos de los Estados Unidos a México, incomunicados en un vagón de tren, por el embajador norteamericano Dwight Whitney Morrow, banquero y diplomático, protestante y masón, cómplice de Calles y del presidente Portes Gil. Ya en la ciudad de México continuaron incomunicados en la lujosa residencia del banquero Agustín Legorreta. No recibieron ni a los Obispos mexicanos ni a un enviado de la Liga. Tampoco quisieron recibier al Obispo Miguel de la Mora, secretario del Subcomité Episcopal, que mandó aviso a Mons. Flores de que «tenía grandes y urgentes cosas que comunicarle, y que no fuera a pactar nada sin antes oírlo». Las puertas de aquella casa, en esos días, sólo estuvieron abiertas «para Morrow, para los sacerdotes extranjeros: Wilfrid y Parsons y Edmundo Walsh, S.J. [experto en política internacional de la universidad de Georgetown], para Cruchaga Tocornal, el embajador de Chile, y para otros extranjeros. Para los extraños. No para los mexicanos» (Lpz. Beltrán 516).

Puede afirmarse, pues, que los dos Obispos de los Arreglos con Portes Gil no cumplieron las Normas escritas que Pío XI les había dado, pues no tuvieron en cuenta el juicio de los Obispos, ni el de los cristeros o la Liga Nacional; tampoco consiguieron, ni de lejos, la derogación de las leyes persecutorias de la Iglesia; y menos aún obtuvieron garantías escritas que protegieran la suerte de los cristeros una vez depuestas las armas.

Sólamente consiguieron del Presidente unas palabras de conciliación y buena voluntad, y unas Declaraciones escritas en las que, sin derogar ley alguna, se afirmaba el propósito de aplicarlas «sin tendencia sectaria y sin perjuicio alguno». Así las cosas, los dos Obispos, convencidos por el embajador norteamericano Morrow de que no era posible conseguir del Presidente más que tales Declaraciones, y aconsejados por Cruchaga y el padre Walsh, que las «creían suficientes», aceptaron este documento redactado personalmente en inglés por el mismo Morrow:

«El Obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República... Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas Declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza de que la reanudación de los servicios religiosos [expresión protestante, propia de Morrow, su redactor] pueda conducir al Pueblo Mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F. Junio 21 de 1929.-Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico» (Lpz. Beltrán 527).

Las leyes vigentes, por supuesto, eran aquéllas que habían desencadenado la Cristiada. ¿Para derogar aquellas leyes vigentes habían muerto inútilmente veinte o treinta mil cristeros?...


Frutos de la Cristiada

¿Inútilmente lucharon, con tan grandes pérdidas y sufrimientos, los cristeros y sus familias? En 1929 el jesuita Eduardo Iglesias, bajo el pseudónimo Aquiles P. Moctezuma, en El conflicto religioso de 1926, escribía relativamente satisfecho: «Terminadas felizmente las conferencias entre el Estado y la Iglesia»... (441). No es ésa la interpretación hoy más común. Pero también hay actualmente quienes estiman que los Arreglos «fueron los menos malos posibles dentro de las circunstancias». Así lo cree, por ejemplo, Juan Landerreche Obregón, quien además insiste en que los Arreglos.

«De ninguna manera significaron que el esfuerzo, el sacrificio y la sangre de los cristeros hayan sido inútiles para la libertad de la Iglesia Católica y el respeto a la religión y a los fieles. Por el contrario, los cristeros demostraron al gobierno con sus sacrificios, sus esfuerzos y sus vidas, que en México no se puede atacar impunemente a la religión católica ni a la Iglesia... Y todo esto se demostró en forma tan convincente a los tiranos, que los obligó no sólo a desistir de la persecución religiosa, sino los ha obligado también a respetar la religión y la práctica y el desarrollo de la misma, a pesar de todas las disposiciones de la Constitución [de 1917] que se oponen a ello, y que no se cumplen, porque no se pueden cumplir, porque el pueblo las rechaza... Los frutos [de la Cristiada] se han recogido y se siguen recogiendo sesenta años después de su lucha y seguramente culminarán a su tiempo en la realización plena por la que lucharon quienes dieron ese testimonio» (Prólogo a E. Mendoza, Testimonio 4,7-8).

En 1993 el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y reestableció sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.


Un triunfo de la masonería

Unos días después de los Arreglos logrados sobre todo por los masones Morrow y Portes Gil, el 27 de junio de 1929, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, el cual a los postres habló «a sus reverendos hermanos»:

«Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo... Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes (aplausos). Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes... La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación (aplausos).

«En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería» (+Lpz. Beltrán 540-541).

Alude a la misma revolución que asesinó a García Moreno, y que tantas victorias ha logrado en los siglos XIX y XX en la América hispana con el apoyo de la masonería local y norteamericana. Portes Gil más tarde, en su libro La lucha entre el Poder Civil y el Clero, dejó bien claro que «su aparente capitulación [de los Obispos] a la que dieron el nombre de un arreglo con el Gobierno, no fue otra cosa que someterse incondicionalmente a la ley» (547). En 1958, ajeno a la Iglesia, murió en Mixcoac, y en la esquela publicada por «la Muy Respetable Gran Logia Valle de México» se le citaba como «Miembro Activo y Gran Capitán de Guardias de este Supremo Consejo del Grado 33» (546).


Licenciamiento de los cristeros

El Jefe supremo de la Guardia Nacional, general Jesús Degollado Guízar, dirigió a todos los cristeros, «a pesar de que se nos desgarra el alma», un patético mensaje de licenciamiento, del que entresacamos el último párrafo:

«La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡AVE, CRISTO! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos.

REY DE NUESTRA PATRIA.

¡VIVA CRISTO REY!

¡VIVA SANTA MARIA DE GUADALUPE!

Dios, Patria y Libertad».

«Tal vez a la muerte gloriosa...» En efecto, poco después de los Arreglos, el Gobierno, mostrando «el espíritu de buena voluntad y respeto» asegurado a los Obispos negociadores, comenzó a través de siniestros agentes «el asesinato sistemático y premeditado» de los cristeros que habían depuesto sus armas, «con el fin de impedir cualquier reanudación del movimiento... La caza del hombre fue eficaz y seria, ya que se puede aventurar, apoyándose en pruebas, la cifra de 1.500 víctimas, de las cuales 500 jefes, desde el grado de teniente al de general».

También «hay que decir, y esto honra a aquellos hombres, que más de un general federal advirtió a los cristeros del peligro que los amenazaba» (Meyer I, 344-346). De todos modos, aún con esto, más jefes cristeros fueron muertos después de los Arreglos que durante la guerra.

Esto supuso una larga y durísima prueba para la fe de los cristeros, que sin embargo se mantuvieron fieles a la Iglesia con la ayuda sobre todo de los mismos sacerdotes que durante la guerra les habían asistido.


Después de los Arreglos

El capellán de los cristeros de Colima, padre Enrique de Jesús Ochoa, en Los cristeros del volcán de Colima, cuenta que «lloró de verdad el mismo Señor Ruiz y Flores cuando se vió burlado, cuando miró el fracaso de aquellos Arreglos, "si arreglos pueden llamarse", según él mismo dijo, escribiendo de su puño y letra (el 1º de agosto de 1929)».

Y añade: «Yo mismo he visto llorar al Papa [Pío XI] cuando trata el asunto de los arreglos de México: L’ho veduto piàngere, decía el Cardenal Boggiani al vicepresidente de la Liga Nacional, don Miguel Palomar y Vizcarra; y al que esto escribe, en Roma el año 1930» (+Lpz. Beltrán 517).

La verdad es que los dos obispos de los Arreglos, y especialmente Mons. Pascual Díaz, sufrieron mucho en los años posteriores, y al menos por parte de algunos sectores, padecieron un verdadero linchamiento moral.

Recientemente publicaba la revista «30 días» (1993, n.66) una entrevista con la pintora mexicana Dolores Ortega, de 85 años, que vivió de cerca la Cristiada con su marido, Carlos Díez de Sollano, uno de los responsables de la Liga Nacional. A la pregunta ¿por qué los obispos firmaron los acuerdos?, responde: «Estaban confundidos y los engañaron. Después de los arreglos, convidamos a cenar a monseñor Díaz, arzobispo de México. Estábamos comiendo y mi esposo le dice: "Oigame, Ilustrísima, ¿qué me dice usted de los arreglos?" Bajó los ojos, casi se le saltaron las lágrimas y le dice: "Mira Carlitos, ese asunto no me lo toques, me causa mucho dolor. Nos engañaron"». Y continúa el periodista: También ustedes cayeron en el engaño. A lo que contesta la señora Ortega: "No, de ningún modo. Nosotros sabíamos que era una trampa, que el Gobierno no respetaría nunca los arreglos. Lo sabíamos todos, los de la Liga y los cristeros". Sabían ustedes que era un engaño, que entregando las armas y dejando la clandestinidad la muerte era segura. ¿Por qué lo hicieron, entonces? "Porque lo mandaba la Iglesia. Por fidelidad, por obediencia a la Iglesia"».


Crónica de los mártires y beatos en la persecución

Así fue. Y aún hoy, pocos pueblos católicos, como el mexicano, quieren tanto a sus Obispos y sacerdotes. Pero hagamos crónica de los mártires, lo más importante de todo cuanto ocurrió en torno a la Cristiada.

Los mártires cristeros -en el sentido estricto de la palabra- fueron muchísimos, aunque como es lógico sólo algunos serán reconocidos y canonizados por la Iglesia como tales. No es fácil, pues, entre tantos héroes destacar a algunos, pero vamos a hacerlo con Anacleto González Flores, el que organizó la Unión Popular en Jalisco, impulsó la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y se distinguió como profesor, orador y escritor católico. El Maestro Cleto, como solían decirle con respeto y afecto, era un cristiano muy piadoso, como lo muestra el siguiente dato:

«Al final del Rosario, los cristeros de Jalisco añadían esta oración compuesta por Anacleto González Flores: "¡Jesús misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por ti. Quisiera nunca haber pecado para que mi vida fuera una ofrenda agradable a tus ojos. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mis pecados. Por tu santa Cruz, por mi Madre Santísima de Guadalupe, perdóname, no he sabido hacer penitencia de mis pecados; por eso quiero recibir la muerte como un castigo merecido por ellos. No quiero pelear, ni vivir ni morir, sino por ti y por tu Iglesia. ¡Madre Santa de Guadalupe!, acompaña en su agonía a este pobre pecador. Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo sea ¡Viva Cristo Rey!"» (Meyer III,280).

Pues bien, el 1 de abril de 1927 fue apresado con tres muchachos colaboradores suyos, los hermanos Vargas, Ramón, Jorge y Florentino. «Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás». Fue inútil su petición, y los cuatro, con Luis Padilla Gómez, presidente local de la A.C.J.M., fueron internados en un cuartel de Guadalajara. Allá interrogaron sobre todo al Maestro Cleto, pidiéndole nombres y datos de la Liga y de los cristeros, así como el lugar donde se escondía el valiente arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. Como nada obtenían de él, lo desnudaron, lo suspendieron de los dedos pulgares, lo flagelaron y le sangraron los pies y el cuerpo con hojas de afeitar. Él les dijo:

«Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria».

Atormentaron entonces frente a él a los hermanos Vargas, y él protestó: «¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!». Y a Luis Padilla, que pedía confesión: «No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, no un Juez, el que nos espera. Tu misma sangre te purificará». Le atravesaron entonces el costado de un bayonetazo, y como sangraba mucho, el general que mandaba dispuso la ejecución, pero los soldados elegidos se negaban a disparar, y hubo que formar otro pelotón. Antes de recibir catorce balas, aún alcanzó don Anacleto a decir: «¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!».

Y en seguida fusilaron a Padilla y los hermanos Vargas (+Rivero 131-133).

Una vez suspendido el culto en México el 31 de julio de 1937, la inmensa mayoría del clero, unos 3.500, obedeciendo a sus Obispos, se fue recogiendo en las grandes ciudades, controladas por el gobierno, con lo que los civiles y combatientes del campo quedaban sin pastores. Estos sacerdotes, aunque sujetos a estricta vigilancia y en ocasiones a vejaciones, no corrieron normalmente peligro de muerte.

Por el contrario, los sacerdotes que permanecieron en el campo, lo hicieron con gravísimo riesgo, conscientes de que si eran apresados, serían ejecutados, muchas veces con sadismo, ya que el gobierno pensaba que «fusilando sin compasión a todo sacerdote cogido en el campo, obligaba a los demás, aterrorizados, a refugiarse en la ciudad», y esperaba así que «dejando a los campesinos sin sacerdotes, sofocaría rápidamente la rebelión» (Meyer I,40).

Se calcula que cien o doscientos permanecieron en el campo, escondidos con la protección de los fieles, que en muchos casos fueron también ejecutados por darles cobijo. López Beltrán, considerando los años 1926-29, da los nombres de 39 sacerdotes asesinados, más los de 1 diácono, 1 minorista y 6 religiosos (343-4). Guillermo Mª Havers recoge los nombres de 46 sacerdotes diocesanos ejecutados en el mismo período de tiempo (Testigos de Cristo en México 205-8). Muchos de estos curas pertenecían a la archidiócesis de Guadalajara (Jalisco, Zacatecas, Guanajuato) o a la diócesis de Colima, pues sus prelados, Mons. Orozco y Jiménez y Mons. Velasco, permanecieron en sus puestos, con buena parte de su clero.

El 22 de noviembre de 1992, Juan Pablo II beatificó a veintidós de estos sacerdotes diocesanos, destacando que «su entrega al Señor y a la Iglesia era tan firme que, aun teniendo la posibilidad de ausentarse de sus comunidades durante el conflicto armado, decidieron, a ejemplo del Buen Pastor, permanecer entre los suyos para no privarlos de la Eucaristía, de la palabra de Dios y del cuidado pastoral.

Lejos de todos ellos encender o avivar sentimientos que enfrentaran a hermanos contra hermanos. Al contrario, en la medida de sus posibilidades procuraron ser agentes de perdón y reconciliación». La Conferencia del Episcopado Mexicano, en el libro ¡Viva Cristo Rey! (México 19912), nos da breves reseñas biográficas de los 25 mártires que han sido beatificados (otras reseñas de ellos y de otros muchos, también de laicos y religiosos: +Lpz. Beltrán 243-487; Havers, Testigos de Cristo en México). Aquí nos limitaremos a recordar sus santos nombres, con las fechas de su martirio.

En 1915: David Galván Bermúdez, en la persecución de Carranza (30-1).

En 1926: Luis Batis Sainz, y con él tres feligreses de la Acción Católica, Manuel Morales, casado, Salvador Lara Puente, y su primo David Roldán Lara (15-8), también beatificados.

En 1927: Mateo Correa Magallanes (6-2); Jenaro Sánchez (18-2); Julio Alvarez Mendoza (30-3); David Uribe Velasco (12-4); Sabas Reyes Salazar (13-4); Cristóbal Magallanes, con su coadjutor Agustín Sánchez Caloca (25-5); José Isabel Flores (21-6); José María Robles (26-6); Miguel de la Mora (7-8); Margarito Flores García (12-11); Pedro Esqueda Ramírez (22-11).

En 1928: Jesús Méndez Montoya (5-2); Toribio Romo González (25-2); Justino Orona Madrigal (1-7); Atilano Cruz Alvarado (1-7); Tranquilino Ubiarco (5-10);

En 1937: Pedro de Jesús Maldonado (11-2), en una persecución desatada en Chihuahua, en tiempo del presidente Lázaro Cárdenas, otro general (1934-40).

«La solemnidad de hoy [Cristo Rey], destacaba Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación, instituida por el papa Pío XI precisamente cuando más arreciaba la persecución religiosa de México, penetró muy hondo en aquellas comunidades eclesiales y dio una fuerza particular a estos mártires, de manera que al morir muchos gritaban: ¡Viva Cristo Rey!»

A todos ellos ha de añadirse el nombre del padre jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, beatificado por el papa Juan Pablo II el 25 de setiembre de 1988. A diferencia de los sacerdotes antes recordados, él estaba en la ciudad de México, por orden de sus superiores, dedicándose ocultamente al apostolado. Con ocasión de un atentado contra el presidente Obregón, fueron apresados y ejecutados los autores del golpe, y con ellos fueron también eliminados el padre Pro y su hermano Humberto, que eran inocentes (23-11-1927) (+Rafael Ramírez Torres, Miguel Agustín Pro; y Luis Butera, Un mártir alegre. Vida del P. Miguel Pro).


El espíritu de los cristeros

Pero volvamos a los cristeros, a aquellos católicos que se alzaron en armas, echándose al monte «para defender a su Dios, a su Religión, a su Madre, que es la Santa Iglesia». Traeremos sobre ellos algunos datos y observaciones, siguiendo principalmente a Jean Meyer, que estudió largamente la Cristiada, y entrevistó durante cuatro años a muchos antiguos cristeros. Dos avisos previos:

1.-Nótese que los datos reflejan un tiempo, hacia 1970, en que el pueblo mexicano llevaba siglo y medio independiente de España, y un siglo sometido a persecución religiosa continua por parte de los gobiernos liberales, a partir de Juárez.

Recordemos que en 1917 la Constitución establece la educación laica. En 1934 se impone al pueblo la educación socialista, y Calles proclama indispensable que la Revolución se apodere «de las conciencias de la niñez y de la juventud», porque ambas «deben pertenecer» a la Revolución (352) -a la revolución liberal o a la socialista, viene a ser lo mismo-. Y en 1946 se vuelve a la educación arreligiosa. Pero siempre y en todo caso «ha sido constante la actitud que supone que es el Estado el que tiene el derecho de educar, derecho negado expresamente a la Iglesia y no reconocido a los padres de familia» (Acevedo 357).

2.-Adviértase también que la inmensa mayoría de los cristeros eran rancheros modestos, gente de pueblo, aunque también se unieron a ella algunos estudiantes, licenciados o profesionales. Los ricos católicos, dicho sea de paso, apenas les ayudaron nunca, aunque lo necesitaban siempre, sobre todo para comprar armas y parque. Pues bien, los cuestionarios muestran que entre los cristeros «cerca del 60 % no habían ido jamás a la escuela», aunque no todos ellos eran analfabetos, pues bastantes habían aprendido a leer en su casa (III,272).

Muestran sin embargo una sorprendente cultura, y más concretamente, una profunda cultura cristiana. Ya conocemos, por ejemplo, la voz de Ezequiel Mendoza Barragán, campesino michoacano de Coalcomán, que nunca fue a la escuela, y que llegó a ser coronel famoso de cristeros. Jean Meyer, que conoció a Mendoza cuando éste tenía ya 75 años, confiesa: «quedé deslumbrado, fascinado, por la misteriosa energía que irradiaba de él» (pról. Testimonio). Y en otro lugar dice que «todas las entrevistas confirman el carácter representativo de Ezequiel Mendoza», aunque es cierto que su lengua era «especialmente clara y bella» (III,289).

Espiritualidad católica. -En entrevistas, crónicas y cartas de cristeros causa admiración comprobar la calidad doctrinal, bíblica y poética de sus expresiones. Todo lo cual contradice abiertamente el menosprecio de algunos pedantes acerca de la veracidad del cristianismo entre los indígenas de América. Los cristeros, concretamente, tenían en sí toda la fuerza de quien sabe estar haciendo la voluntad de Dios. «Conscientes de hacer la voluntad de Dios, dice Meyer, los cristeros podían resistir todos los descalabros militares, todas las desdichas espirituales y hasta la más terrible de todas: los arreglos y el poco apoyo clerical» (289). Esa fidelidad a la voluntad de Dios providente les hacía inquebrantables.

Ezequiel Mendoza, por ejemplo, decía a su gente: «No, muchachos, acuérdense que aquí pedimos a Dios lo que más nos conviniera y por eso no digamos desatinados "ya ven que las cosas cambian de un momento a otro"; "la hoja del árbol no se mueve sin la gran voluntad de Dios", paciencia y resignación» (289). En cierta ocasión, según él mismo refiere, arengaba así a los suyos: «No queremos compañeros que traigan fines torcidos, queremos hombres que de todo corazón quieran agradar a Dios en todo, sin otro interés que defender a su Iglesia nuestra Madre; ya que sus feroces enemigos la quieren exterminar, aunque no lo conseguirán, porque fue dicho por Nuestro Señor Jesucristo que "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella"; y lo que Cristo ofreció lo cumple; también dijo que "pasarán los cielos y la tierra, pero sus palabras no pasarán". Además tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo, y con su esposo, el Espíritu Santo. Todavía más contamos con todos los santos y santas del Cielo y de la tierra para que ellos rueguen a Dios por nosotros en todo tiempo y lugar, y si Dios está con nosotros no tengamos miedo de morir en defensa de la Iglesia y de la Patria, seremos mártires e iremos al cielo para siempre» (Testimonio 31).

Por su parte, Aurelio Acevedo, un simple ranchero de Zacatecas, animaba así a su tropa: «Vosotros, valientes sin tacha, siempre pensad que vais en camino del Calvario; pensad que vais al martirio cumbre donde se entra al Cielo de la Paz y eterno regocijo. Todo redentor debe ser crucificado para fin de que triunfe y sea glorificado. No olvidéis que esta lección es más clara que el sol que nos alumbra: ¡recordad a Jesús!» (Meyer III,275).

Y otro jefe, Pedro Quintanar, decía a sus tropas: «Todo lo bueno que en vosotros hay es sólo de Dios y... todo lo malo que en vuestro regimiento hay es vuestro. A Dios hay que atribuir todo lo bueno y toda la gloria y todo triunfo, pues vosotros sois instrumentos viles» (289).

Prácticas religiosas. -La guerra fue para muchos cristeros como unos ejercicios espirituales continuados. La misa sobre todo era, cuando había sacerdote, lo más apreciado por los cristeros, el centro de todo, cada día. Más aún, «en los campamentos cristeros, cuando esto era posible, el Santísimo Sacramento estaba expuesto, y los soldados, por grupos de quince o veinte, practicaban la adoración perpetua. La comunión frecuente era la regla... Los sacerdotes que permanecían con los cristeros se pasaban el tiempo confesando, bautizando, casando, organizando ejercicios espirituales y haciendo misiones» (III,278).

Pero «era frecuente que no hubiese ya sacerdote, y entonces un seglar tomaba la dirección de la vida religiosa, como Cecilio Valtierra, el cual todas las mañanas leía el Oficio de la Iglesia, en presencia de los fieles, y todas las tardes llevaba el Rosario. Estas misas blancas iban acompañadas de otras innovaciones» (III,277). «Los cánticos y el Rosario acompañaban todos los instantes de la vida, en la marcha o en el campamento. Los cristeros oraban y cantaban a altas horas de la noche, rezando colectivamente el Rosario, de rodillas, y cantando los laudes a la Virgen o a Cristo, entre las decenas» (III,279).

Es indudable que de su fe cristiana sacaban los cristeros toda su abnegación y valor para la guerra. No eran unos valientes a pesar de ser unos hombres piadosos, sino que más bien porque eran piadosos eran valientes.

Sólo un ejemplo: en cierta ocasión en que los cristeros habían sufrido varias bajas y estaban tristes, el general «Degollado les hizo rezar el rosario, tras de lo cual los arengó: "Porque Cristo Rey se llevó a los nuestros ya ustedes se acobardaron, ¿ya se les olvidó que al enlistarse en las filas de Su ejército le ofrecieron sus servicios y sus vidas?... Dios, sin necesidad de usar de combates, dispone de nuestras vidas cuando a Él le place... Dejen sus armas al pie del altar, que yo nunca seré jefe de cobardes". Las tropas lloraban y gritaban: "¡No, mi general! Seguiremos siendo los valientes de Cristo Rey, y si no, pónganos a prueba"» (Meyer I,232).

Idea del gobierno y de la guerra. -Los cristeros tenían de la guerra, y de la persecución que la causó, una idea mucho más teológica que política. En las entrevistas, algunas veces también, se refleja una cierta visión política del conflicto. Por ejemplo, «para los cristeros, el turco Calles, vendido a la masonería internacional, representaba al extranjero yanki y protestante, deseoso de terminar su obra destructora (la anexión de 1848 es conocida de todos, y la situación de subhombres de los chicanos de Texas y Nuevo México...), descatolizando el país» (III,285).

Sin embargo, prevalecía con mucho la visión teológica de la guerra. Conocían bien, en primer lugar, el deber moral de obedecer a las autoridades civiles, pues «toda autoridad procede de Dios», pero también sabían que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», cuando éstos hacen la guerra a Dios. Veían claramente en la persecución del gobierno una acción poderosa del Maligno.

Ezequiel Mendoza, por ejemplo, consideraba a los gobernantes de su patria «endiablados callistas, masones y protestantes malos, que sólo buscan las comodidades del cuerpo y la satisfacción de sus caprichos en este mundo engañador y no creen que los espera un infierno de tormentos eternos, pobres murciélagos que se creen aves y son ratones» (III,283). Y decía, «¡ay de los tiranos que persiguen a Cristo Rey, bestias rumanas de las que nos habla el Apocalipsis! Todos debemos tener muy presentes las bienaventuranzas de que nos habla Nuestro Señor Jesucristo: pobreza de espíritu, lágrimas de contrición, justa mansedumbre, hambre y sed de justicia, misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los buenos cuando son perseguidos por los malos, como nos aprietan los Calles ahora, dizque porque somos muy malos, que andamos tercos queriendo defender la honra y gloria de Aquel que murió desnudo en la cruz más alta y en medio de dos ladrones, por ser Él el más malo de todos los humanos, que no quiso someterse al supremo de la tierra. Es lo que dicen ellos, porque les falta un domingo y los redobles de tambor, pero nosotros se los daremos con ayuda de quien resucitó de los muertos el tercer día y que, porque nos ama, nos dejó por Madre su propia Madre» (III,287).

Este tono profundamente bíblico era el de la Cristiada. Es la visión del Apocalipsis: Satán, el dragón infernal, la antigua serpiente, da su fuerza a la Bestia, poder maligno intramundano, que hace la guerra a los santos y a cuantos guardan el testimonio de Jesús. En este sentido, los cristeros estaban indeciblemente más cerca del Apocalipsis del apóstol San Juan que de la teología de la liberación moderna.

Con toda razón el Cardenal Ratzinger afirmaba que «la teología de la liberación, en sus formas conexas con el marxismo, no es ciertamente un producto autóctono, indígena, de América Latina o de otras zonas subdesarrolladas, en las que habría nacido y crecido casi espontáneamente, por obra del pueblo. Se trata en realidad, al menos en su origen, de una creación de intelectuales; y de intelectuales nacidos o formados en el Occidente opulento» (Informe sobre la fe, 207). La espiritualidad popular real es la de Ezequiel Mendoza y sus compañeros, llena de resonancias de la Biblia y del catecismo.

El martirio. -La teología del martirio en los cristeros no es menos rica que la de las Passiones de los primeros siglos, aunque muchas veces vaya en clave de humor. «¡Qué fácil está el cielo ahorita, mamá!», decía el joven Honorio Lamas, que fue ejecutado con su padre (III,299). «Hay que ganar el cielo ahora que está barato», decía otro (298). Norberto López, que rechazó el perdón que le ofrecían si se alistaba con los federales, antes de ser fusilado, dijo: «Desde que tomé las armas hice el propósito de dar la vida por Cristo. No voy a perder el ayuno al cuarto para las doce» (302).

En Sahuayo asesinaron uno a uno a veintisiete cristeros, que uno a uno murieron dando vivas a Cristo Rey, pero perdonaron la vida a Claudio Becerra, por ser muy jovencito. Más tarde, con gran tristeza, iba a pedir junto al sepulcro de sus compañeros martirizados: «Compañeros, pídanle a Dios me vaya al cielo a acompañarlos». Bebía entonces demasiado, y cuando el cura le reprochó, él dijo: «Me emborracho, padre, porque me da sentimiento que Dios no me quiso para mártir» (Lpz. Beltrán 66-70)...

Una vez más la voz del patriarca Mendoza: «Ustedes y yo lamentamos de corazón el fallecimiento de esos hombres que de buena fe ofrendaron sus vidas, familia y demás intereses terrenales, derramaron su sangre por Dios y por nuestra querida patria, como lo hacen los verdaderos mártires cristianos; pues su sangre, unida con la de Nuestro Señor Jesucristo y con la de todos los mártires del Espíritu Santo, nos alcanzará de Dios Padre los bienes que esperamos en la tierra y en el Cielo. Dichosos los que mueren por el amor al Dios que hizo los cielos y la tierra, y en todo está por esencia, presencia y potencia, no como los dioses falsos de Plutarco Elías Calles y de otros locos desviados por Satanás, que les ofrece los bueyes y la carreta de esta vida y después los hace birria caliente y gorda en el infierno de los tormentos» (III,299).

La muerte tranquila de los cristeros, con frecuencia después de terribles tormentos, impresionaba siempre a los federales. Morían perdonando y gritando ¡Viva Cristo Rey! Y el pueblo guardaba sus palabras, recogía su sangre, enterraba sus cuerpos, acudía en masa a sus funerales, cuando eran posibles, en protesta silenciosa y confesión de fe.

Alegría. -La alegría estaba también siempre presente, como es lógico, en estos hombres que se estaban jugando la vida por Cristo, pasando indecibles miserias y penalidades. En crónicas y escritos siempre hay huellas de alegría y de humor. Cuenta Ezequiel Mendoza que su papá, en una ocasión, jugándose la vida, se quedó sosteniendo una puerta de campo, para que escapara un grupo de cristeros. Los federales le disparaban una y otra vez, sin atinarle. Así que él, sin soltar la puerta, «como enojado volvió su cara y regañó al enemigo, dijo: "Pendejos, tirar para acá, parece que no ven gente"» (Testimonio 37). De éstas hay innumerables anécdotas cristeras.


Espiritualidad bíblica y tradicional del México católico

Siendo la Biblia y la Tradición eclesial las fuentes permanentes de la espiritualidad cristiana, el calificativo de tradicional, en su sentido más genuino, es tan precioso como el de bíblico. Pues bien, la espiritualidad de los cristeros es netamente bíblica y tradicional. Jean Meyer subraya con fuerza ambas notas: «Hemos quedado asombrados por el número y la exactitud de las citas bíblicas. La idea de un pueblo católico ignorante de la Biblia no es válida para el campesino mexicano de esta época. En los caseríos lejanos de la parroquia se la leía de pie, o más bien se formaba círculo en torno de aquel que sabía leer» (307).

No hay, tampoco, mariolatría en la devoción a la Virgen: «El culto de la Virgen guadalupana no es distinto del que recibe en Rusia (¡800 lugares de peregrinación marianos!), en Polonia o en Francia» (309). Meyer afirma una y otra vez «la indiscutible catolicidad de la fe mexicana» (309).

«La religión de los cristeros era, salvo excepción, la religión católica romana tradicional, fuertemente enraizada en la Edad Media hispánica. El catecismo del P. Ripalda, sabido de memoria, y la práctica del Rosario, notable pedagogía que enseña a meditar diariamente sobre todos los misterios de la religión, de la cual suministra así un conocimiento global, dotaron a ese pueblo de un conocimiento teológico fundamental asombrosamente vivo. A Cristo conocido en su vida humana y en sus dolores, con los cuales puede el fiel identificarse con frecuencia, amado en el grupo humano que lo rodea: la Virgen, el patriarca San José, patrono de la Buena Muerte, y todos los santos que ocupan un lugar muy grande, completamente ortodoxo, en la vida común, se le adora en el misterio de la Trinidad. Esta religión próxima al fiel la califican de superstición los misioneros norteamericanos (protestantes y católicos) y los católicos europeos no la juzgan de manera distinta» (307). Sin embargo, «el cristianismo mexicano, lejos de estar deformado o ser superficial, está sólida y exactamente fundamentado en Cristo, es mariológico a causa de Cristo, y sacramental por consiguiente, orientado hacia la salvación, la vida eterna y el Reino. Durante la guerra, los santos se retraen notablemente hasta su propio lugar, mientras se manifiesta el deseo ardiente del cielo» (310).

La profundidad de la evangelización realizada en México durante siglos quedó absolutamente probada cuando, después de más de un siglo de continuas persecuciones liberales, socialistas y revolucionarias, los cristeros ofrecieron al mundo este testimonio formidable de espiritualidad y de martirio.

Volvamos, pues, al principio, y oigamos la voz franciscana de uno de los primeros evangelizadores, Fray Toribio de Benavente, Motolinía. Lo que él dice de México, lo diremos aquí, para terminar nuestra historia; y lo diremos pensando en toda la América hispana:

«¡Oh, México que tales montes te cercan y coronan! ¡Ahora con razón volará tu fama, porque en ti resplandece la fe y evangelio de Jesucristo! Tú que antes eras maestra de pecados, ahora eres enseñadora de verdad; y tú que antes estabas en tinieblas y oscuridad, ahora das resplandor de doctrina y cristiandad» (Hª de los indios III,6, 339). «Pues concluyendo, digo: ¿quién no se espantará viendo las nuevas maravillas y misericordias que Dios hace con esta gente?... Estos conquistadores y todos los cristianos amigos de Dios se deben mucho alegrar de ver una cristiandad tan cumplida en tan poco tiempo, e inclinada a toda virtud y bondad. Por tanto ruego a todos los que esto leyeren que alaben y glorifiquen a Dios con lo íntimo de sus entrañas; digan estas alabanzas que se siguen, según San Buenaventura: "Alabanza y bendiciones, engrandecimientos y confesiones, gracias y glorificaciones, sobrealzamientos, adoraciones y satisfacciones sean a vos, Altísimo Señor Dios Nuestro, por las misericordias hechas con estos indios nuevos convertidos a vuestra santa fe. Amén, Amén, Amén"» (II, 11, 283).










 

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