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Capítulo 18: De la resolución de recibir formación y guía
Resolverse a recibir formación en la fe y la doctrina


Por: Nelson Medina OP | Fuente: fraynelson.com



Conocerse mejor nunca significa asilarse más. Al contrario: a medida que descendemos hacia los sótanos de la propia vida lo que solemos encontrar es que tenemos demasiado en común con muchas otras vidas.
Esto es tan cierto que sirve como criterio: si una persona dice que se conoce muy bien pero eso no la lleva a disponerse a servir y amar a los hermanos, tenemos todo el derecho de desconfiar de ese supuesto conocimiento.

Vamos a mencionar ahora algunos ejercicios avanzados que, como los anteriores, nos llevan a pasar de las experiencias simplemente inducidas a las experiencias habituales de conocimiento de sí, empezando por uno que es fundante: resolverse a recibir formación en la fe y la doctrina.
Es verdad que Dios revela sus misterios a los pequeños, y es verdad que Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado" (Lucas 10, 21). Mas ello no es un elogio de la falta de formación. Muy al contrario, lo que hemos visto en veinte siglos de cristianismo es que, de papá Orgullo y mamá ignorancia, brotan sin cesar nuevas herejías o se reeditan las antiguas.

Téngase en cuenta sin embargo que, además de la formación en cuanto conocimiento de aquello que creemos, está la formación en la vivencia de la fe. Esto interesa mucho al verdadero conocimiento de uno mismo. Por ejemplo: uno necesita saber qué tan graves son las faltas que uno comete con más frecuencia o qué remedios suelen ser más eficaces
para vencerlas. Uno necesita saber cómo sacar mejor partido del propio temperamento y cómo poner al servicio de los demás las cualidades y destrezas que uno tiene. Todo esto implica recibir formación y también alguna forma de acompañamiento. Los peligros son muchos, los riesgos son grandes, las apariencias engañan y el ánimo no siempre da para encarar las batallas más grandes: ¿qué crecimiento real podrá tener alguien si no recibe guía y luz? Mucho es de temer que retroceda o por lo menos que se desanime en lo recién iniciado.

Este punto hay que destacarlo mucho hoy por dos razones. Primera, porque las cosas están de tal modo hoy en la Iglesia que mucha gente vive y muere sin haber conocido nunca la grandeza, la fuerza y la belleza de la fe en que fueron bautizados. Pasaron por esta tierra a merced de cualquier viento de doctrina (véase Efesios 4,1-16), creyeron que cualquier cosa se podía combinar con cualquier otra y su credo fue una religión de "Hágalo Ud. Mismo!" Si te los encuentras por la calle consideran que son "buenas
personas" y que "no le hacen mal a nadie," y por lo tanto no sienten el impulso de instruirse, corregirse o crecer.

Lo segundo es que meditemos en la responsabilidad de los obispos, sacerdotes,catequistas y todos aquellos que tienen el deber de transmitir la fe. Para muchos sacerdotes sólo interesa oír a alguien si se va a confesar de cosas graves, pues es su opinión que los pecados leves o las dudas espirituales son un terreno resbaloso y aburrido en el que poco puede hacerse. El resultado es lo que denuncio Ezequiel:

¡Ay de los pastores de Israel, que se cuidan a sí mismos! Lo que deben cuidar los pastores es el rebaño. Ustedes se beben la leche, se hacen vestidos con la lana y matan las ovejas más gordas, pero no cuidan el rebaño. Ustedes no ayudan a las ovejas débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las que tienen alguna pata rota, ni hacen volver a las que se extravían, ni buscan a las que se pierden, sino que las tratan con dureza y crueldad. Mis ovejas se quedaron sin pastor y se dispersaron, y las fieras salvajes se las comieron. Se dispersaron por todos los montes y cerros altos, se extraviaron por toda la tierra, y no hubo nadie que se preocupara por ellas y fuera a buscarlas (Ezequiel 34, 2-6).

Todo esto tiene que ver particularmente con tres servicios fundamentales dentro de la Iglesia: la consejería, la confesión y la dirección espiritual. De ellos hablaremos más por extenso después.


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