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Capítulo 11: Del sentido y la escala de valores
Vencer al dolor implica siempre una nueva forma de presencia de lapalabra


Por: Nelson Medina OP | Fuente: Casa para tu fe católica



El dolor en sí mismo devasta, aplasta, hunde. Oprime la vida y suprime las palabras:
nos devuelve al nivel primario del grito o el rugido, o sea, las expresiones elementales
que compartimos con los animales

De las preguntas que llenan de sentido las experiencias límite

Por ello mismo, vencer al dolor implica siempre una nueva forma de presencia de la palabra. Si el dolor quiere silenciarnos, entonces darle palabras, o incluso obligarlo a hablar, es el comienzo de la victoria.
Pero hay veces que las palabras no brotan por sí solas, y hay que ayudarlas a nacer con preguntas, en tres niveles. Primero, algunas que miren al presente, a la manera de:
"¿Qué sientes? ¿Cómo estás?" Segundo, algunas que apunten hacia el pasado, como:
"¿Te había sucedido? ¿Veías venir esto?" Tercero, algunas que abran algún futuro, tal
como: "¿En qué te podemos servir? ¿Qué se puede hacer ahora?"

Por supuesto, estas preguntas no pueden aplicarse de un modo rutinario. No son una
receta sino una inspiración. Indican que, al mirar hacia el alma lastimada de alguien, o al tratar de mirar el propio corazón estrujado, nuestra atención necesita hacer pausas y dar amplio espacio para una expresión libre. Esta es decisivamente la primera fase; aunque no la única.
Pasada esa etapa, que corresponde más o menos al comienzo de hacer un duelo, podemos intentar algo más.
Por lo menos si los afectados somos nosotros mismos, conviene insistir en que el esfuerzo de ir más allá del alivio trae grandes recompensas y frutos. Esto lleva a otra serie de preguntas, que miran un poco más al sentido y un poco menos al sentimiento.
El punto central será entonces: "¿qué puedo aprender de esto?" Al principio esta pregunta no produce nada sino un retroceso a la fase de los quejidos o de los sentimientos; cosas como: "¡Lo que puedo aprender es que jamás debo meterme con esa gentuza!" De una frase así cargada de resentimiento, lo mismo que de otra cargada de miedo, poco fruto real puede esperarse. Con paciencia, sin embargo, lo más interesante y fecundo vendrá después de las acusaciones y los lamentos. Cuando ya uno deja el terreno de "¿quién tuvo la culpa?" llega al terreno de "¿quién recibirá la bendición?"

La palabra bendición viene bien al caso. Una experiencia límite por definición nos lleva
hasta el borde del no-ser. Después de ella, "ser" ya no significa lo mismo. Es una especie de regalo, una gracia, una bendición.

Aquellos que han pasado por experiencias severas que los empujaron hasta el límite de sus fuerzas, conocimientos y esperanzas, tienen una expresión muy repetida: "¡Volví a nacer!" La vida misma se convierte en un regalo, pero no un regalo trivial, sino el don por excelencia: una dádiva que a su manera nos reta e interroga profundamente: "¿Para qué puede ser, qué sentido puede tener una vida que yo creía que no iba a llegar; este tiempomismo que vivo, estos días y noches, estos amigos que ahora tengo?"

A este nivel profundo, las preguntas abrazan a la vez un pasado, que de pronto sentimos
insuficiente o superficial, y un futuro, que vemos promisorio e incógnito a la vez.
Puestos en medio, vamos espigando palabras y buscando la expresión justa que describa
la verdad fundamental: existir es una maravilla, un milagro, un llamado.
Un día uno se descubre diciendo: "Estoy aquí para algo."

De las escalas de valores y sus cambios

El fruto más precioso de una experiencia límite que ha sido bien digerida es que nuestra escala de valores cambia. Como bien enseña Edward Schillebeeckx, el contacto con el límite suele inducir una "revelación," vale decir, un modo nuevo de percibir las cosas y a nosotros mismos. En ocasiones lo revelado es tan grande y trascendental que se puede hablar de una conversión. Un convertido es aquella persona que vivió y aprovechó una experiencia límite de tal manera que sus valores ahora siguen una escala diferente: cada cosa ha recuperado el puesto que le corresponde. Esto vale singularmente para Dios mismo, a quien debemos amar "con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas" (Deuteronomio 6,5).

Quienes están alrededor de un convertido a menudo sentirán que sus nuevas posturas
tienen algo de exagerado o de fanático. Y es posible que sea así. Cuando uno se da
cuenta del tiempo que ha perdido y de todo el amor que no ha correspondido siente un tremendo impulso, como cuando un péndulo ha sido sostenido largo tiempo en uno de sus extremos. Es casi inevitable que uno se vaya al otro extremo, de modo que gente que no rezaba ahora quiera estar sólo en oraciones y vigilias, o gente que nunca hablaba ahora quiera predicar en todas partes.

Ese impulso, esa fiebre de amor, tiene su valor y no hay que criticarlo en exceso. Se parece a la juventud, que en su derroche de alegría y energía sirve para recordarnos que la vida es algo más que trabajar y gastar el sueldo. Pero así como a la juventud le debe suceder una edad madura que integre y unifique a la persona, así también el convertido haría muy mal en absolutizar su fervor o en pretender imponerlo a todos.
De hecho, absolutizar el fervor es un modo hermoso pero tonto de taparse los ojos, como
si una persona se quitara una venda negra, viera la luz, y se pusiera otra de color rosa.

El fervor es fundamental, el entusiasmo es esencial, pero ninguno de ellos es el final del camino. Hay que saber avanzar más allá del fervor y demostrar en la cotidianidad de muchos días "normales" que realmente nuestros valores han cambiado y que estamos dispuestos incluso a sufrir y esperar por causa de aquello que amamos.
Dicho con otras palabras: no hemos de criticar o burlarnos de aquel que dice: "yo estaba ciego y ahora veo la luz," pero, si somos nosotros los iluminados, siempre habrá que recordar que ninguna luz es completa, y ninguna es suficiente hasta que lleguemos a la claridad del cielo.

En resumen y balance: las experiencias límite nos llevan a conocer de un modo intenso y profundo sobre qué bases hemos estado viviendo. En este sentido son una ayuda inesperada pero valiosísima en el propio conocimiento. Para dar fruto, necesitan ser iluminadas con palabras, que usualmente vienen de preguntas. Las respuestas a estas preguntas nos conducen hacia la consolidación de nuevas bases, esto es, la aceptación de una nueva y mejor escala de valores.

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