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Mis días en el desierto
"Señor, cuando me canse de esperar, recuérdame que tú sigues obrando"


Por: Paulina Arcila | Fuente: Catholic.Net



Sin duda, el 2026 ha sido un año de preguntas y, a veces (muchas veces más de lo que quiero), pocas o nulas respuestas. Ha sido el año en donde me he acercado más a Dios de lo que en toda mi vida junta pudiera decir que he estado cerca. Han habido muchos momentos alegres, pero también muchos momentos difíciles en los que mi fe se ha visto afectada y a veces flaquea. He tenido una vida llena de bendiciones, pero siempre he creído que todo en la vida tiene una dualidad (y claro que sí, porque soy contadora): hay cargo-abono, negro-blanco, agua-aceite... y si mi vida tiene bendiciones, también creo que pueden ir a la par las lágrimas. Hoy es 30 de agosto, un día después de ir al EJC. La verdad es que estaba renuente al ir. No quería, no me inscribí, no compré boleto y ese fin de semana yo planeé llevármela tranquila. Sin embargo, Dios no lo quería así, me quería ahí por alguna razón, que hoy entiendo.

Es difícil escribir esto sin vulnerarme. Para mí, uno de los anhelos más grandes de mi corazón ha sido el ser mamá, y esposa, claro. Pero las decisiones que he tomado en la vida no me han llevado a esa vocación (todavía), por alguna razón. Tenía en mente hablar de la presencia de Jesús en mi vida, pero ahora se me hace más importante hablar de Él cuando hay “silencios”. Yo, después de alejarme de Dios, volví con un corazón renovado, participando en cuanta actividad y retiro me invitaran. Y ahí descubrí que me gustaba servir. He conocido personas y corazones maravillosos y me ha permitido entender y conocer más a Jesús. Pero eso no ha quitado mi anhelo de formar una familia. He ido al Santísimo horas, he ido a misa de San Antonio, San José y cuanto santo me ayude con mi anhelo, pero... sin respuesta. Me he sentido escuchada, pero ignorada. Y desde mi última relación hasta el día de hoy ha habido una conversión en mí, mi fe, valores, amigos, mi vida y mi familia. Pero en mi vida sentimental, que “yo creo que es el medio para cumplir esos sueños”, sigue igual. Y siempre digo: “Tengo que rezar más, hacer más, servir más...”.

Pero Dios no nos pide que hagamos más. Nos pide confiar. Porque no por hacer más me estoy comprando créditos en el banco del cielo. Lo que hacemos lo debemos hacer porque amamos a Dios y es nuestra manera de decir “Te quiero”. Pero ¿qué pasa cuando aún haciendo cosas de manera desprendida sigues sintiendo que no te escuchan? ¿Qué hago con mi anhelo? Y ahí es la parte más difícil. Una gran amiga me dijo un día, que vivió lo mismo hace poco y entendió por qué vivió todo eso. Dios nos pide confiar. Ella me dice que escriba de esto que estoy viviendo y ha fluido más que mi forma anterior. Sin embargo, sigo en el desierto, solo que ahora tengo más noción de estar ahí. Hay días difíciles, con sed, silencios, lágrimas, cansancio, en donde sientes que al no ser respondida no va a pasar o no me van a contestar. Pero hasta Jesús pasó 40 días ahí. Y si algo entendí es que el desierto es finito. Se va a acabar, pero Dios no. Y tenemos que serle fiel a Dios en esos silencios y confiar. Porque mientras más grande la prueba, más grande la bendición. Y Dios, si no te va a dar algo, no te pondría eso que deseas con todo tu corazón.

En el desierto te enfrentas con heridas de rechazo, abandono, en mi caso compararme o, por ejemplo: “ella es más bonita, alta...”, pero ahí es cuando el enemigo nos ataca y atenta contra nuestra fe. Y es ahí, en esas pruebas, en donde tenemos que estar más cerca de Dios y blindadas para pasar esos tragos amargos. La manera de sobrevivir al desierto son los sacramentos. Aunque nos cueste, pero no creo que Dios se olvide de los que han sido fieles aún en los silencios. Y como me dijeron alguna vez: “Dios no te va a gritar si estás cerca. Dios te va a hablar bajito porque está junto a ti”. No perdamos la fe. He sido testigo de desiertos y milagros en la vida de personas que quiero. Y hoy, viviendo esto, solo sé que tengo tiempo limitado en el desierto. Ya va a pasar.

Porque nuestro tiempo no es el mismo que el de Dios y no podemos medirlo de la misma manera. Y hoy, escribiendo esto, lo entendí. En el EJC entendí que no se trata de mi voluntad, sino de la de Él. Y, curiosamente, mientras escribía esto, se me presentó una frase que parecía responder justo a lo que estaba viviendo:



“Señor, cuando me canse de esperar, recuérdame que tú sigues obrando. Pongo todo lo que no puedo controlar en tus manos”.

Así que hoy solo me queda confiar, entregar aquello que no puedo controlar y seguir caminando. A cargar la cruz y seguir.







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