Aprender a mirar
La gente que dejamos de mirar
Por: Rafael Moya | Fuente: Cristo en la Ciudad

Jesús entraba en la ciudad de Naín cuando se encontró con un cortejo fúnebre. Una mujer acababa de perder a su único hijo. Había mucha gente alrededor, pero el Evangelio cuenta algo muy sencillo: Jesús la vio.
Ella no tuvo que acercarse ni pedir ayuda. En medio de la multitud, alguien reparó en su dolor.
Todos los días nos cruzamos con muchas personas. Quien abre la puerta del edificio, quien limpia la oficina, quien sirve el café, quien entrega un paquete, quien conduce el transporte o la persona que encontramos cada mañana en el mismo lugar.
Los vemos tanto que podemos terminar dejando de mirarlos.
Y quizá alguno esté atravesando una enfermedad, una preocupación familiar, una pérdida o simplemente uno de esos días en los que cuesta seguir adelante. No lo sabemos porque cada persona carga una historia que no necesariamente podemos ver.
Jesús tenía una manera distinta de atravesar las multitudes. No veía gente: veía personas.
Tal vez humanizar nuestra ciudad pueda comenzar con algo tan sencillo como levantar la mirada, saludar, aprender un nombre o preguntar “¿cómo estás?” y esperar realmente la respuesta.
No podremos resolver la historia de todas las personas que encontramos.
Pero podemos evitar que quienes pasan todos los días junto a nosotros terminen volviéndose invisibles.
Evangelio: Jesús y la viuda de Naín (Lucas 7, 11-17).
















