Detenerse por una sola persona
Por: Rafael Moya | Fuente: Catholic.net

Mientras Jesús atravesaba Jericó, una multitud lo rodeaba. Todos querían verlo, escucharlo o simplemente acompañarlo. En medio de aquel ruido, un hombre ciego llamado Bartimeo comenzó a gritar pidiendo ayuda. Muchos intentaron hacerlo callar. Jesús, en cambio, se detuvo.
Es fácil dejarse llevar por la prisa. Vivimos pendientes de horarios, compromisos y pendientes que parecen no terminar nunca. En ese ritmo acelerado, las personas pueden convertirse en parte del paisaje. Las vemos, pero dejamos de mirarlas.
Jesús hacía justamente lo contrario. Donde los demás veían una interrupción, Él veía a una persona. Antes que el camino, le importaba el hombre que estaba a la orilla del camino.
Tal vez el amor comienza ahí, en la capacidad de detenernos. Escuchar con atención, preguntar cómo está alguien sin mirar el reloj, acompañar a quien atraviesa un momento difícil o simplemente ofrecer una presencia serena puede cambiar el día de otra persona.
No siempre podremos resolver los problemas de quienes encontramos. Pero casi siempre podremos regalarles algo que vale tanto como una respuesta: hacerles sentir que su vida importa.
Evangelio: La curación del ciego Bartimeo (Marcos 10, 46-52).
















