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¿Y si Dios no quiere que seas feliz?
Seamos honestos. Muchos hemos llegado a pensar que, para Dios y para la Iglesia... todo es pecado.


Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net



Seamos honestos. Muchos hemos llegado a pensar que, para Dios y para la Iglesia... todo es pecado. Que si sales con tus amigos, pecado. Que si te diviertes, pecado. Que si quieres disfrutar la vida, pecado. Y entonces aparece una pregunta que, aunque pocos se atreven a decir en voz alta, muchos jóvenes sí se hacen: ¿A Dios no le gusta que sea feliz? La respuesta es sí... pero primero tendríamos que preguntarnos algo más importante: ¿Qué entendemos por felicidad? Porque muchas veces confundimos la felicidad con momentos que simplemente nos hacen sentir bien por un rato.

El mundo nos ofrece emociones rápidas y experiencias inmediatas. Todo está diseñado para que quieras volver una y otra vez. Un video más. Una fiesta más. Un capítulo más. Un videojuego más. Un like más. Una relación más. Y sin darte cuenta, aquello que parecía darte felicidad empieza a pedirte cada vez más. Cuando reaccionas, ya no sales de fiesta de vez en cuando... ahora necesitas hacerlo todos los fines de semana. Ya no comes por hambre... sino por ansiedad. Ya no juegas un rato... amaneces frente a la consola. Ya no buscas amar... buscas llenar un vacío. Y aquí está la gran trampa del mundo: te da pequeñas dosis de felicidad para que siempre tengas que regresar por más. Como si nunca fuera suficiente.

En cambio, Jesús hace una promesa completamente distinta. En el Evangelio de Juan dice: "El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás." (Juan 4,14). Y más adelante también afirma: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia." (Juan 10,10). Entonces surge otra duda: Si Jesús dice que quien bebe de su agua nunca volverá a tener sed, ¿por qué seguimos yendo a misa? ¿Por qué rezamos todos los días? ¿Por qué seguimos buscándolo? Porque Cristo no nos ofrece una emoción pasajera. Nos ofrece una vida nueva. No se trata de recibirlo una sola vez y ya nunca volver a acercarte a Él. Se trata de que, cada vez que vuelves a encontrarte con Cristo, descubres algo nuevo de su amor. Mientras el mundo necesita sorprenderte constantemente para mantenerte entretenido, Dios nunca deja de renovar tu corazón. En el mundo repites experiencias, con Cristo siempre descubres una nueva profundidad.

Por eso seguir a Jesús no significa renunciar a la felicidad, significa dejar atrás aquello que solo te hace feliz por un momento para encontrar una alegría que permanece. Una alegría que no depende de que todo salga bien. Que no desaparece cuando llegan los problemas. Que no termina cuando acaba una fiesta. Es la plenitud. Y la plenitud no consiste en hacer todo lo que quieres. Consiste en descubrir para qué fuiste creado. Porque el pecado no existe para arruinarte la diversión. Existe porque todo aquello que nos aleja de Dios termina quitándonos la libertad y la paz que tanto buscamos. Dios no quiere menos felicidad para ti. Quiere mucho más de la que el mundo puede ofrecerte.

Por eso, la próxima vez que pienses que seguir a Cristo es aburrido o que Dios quiere quitarte todo lo que disfrutas, recuerda esto: Dios nunca compite contra tu felicidad. Él quiere regalarte algo infinitamente mejor. No una felicidad que dure una noche... sino una alegría que permanezca toda la vida... y también en la eternidad.









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