Lorena Ramírez: unos pies que pueden volar
Por: Julio Hortiales | Fuente: Siete24

El nombre de Lorena Ramírez comenzó a aparecer en medios internacionales cuando cruzó metas en ultramaratones con huaraches y vestimenta tradicional.
Su imagen contrastó con el corredor convencional, pero su historia no nació en una competencia.
Su trayectoria inició en la Sierra Tarahumara, donde correr no representa una disciplina deportiva, sino una necesidad cotidiana. Antes de que alguien midiera sus tiempos, ella ya recorría largas distancias para cumplir tareas básicas. Antes de que alguien hablara de resistencia, su cuerpo ya la practicaba sin nombrarla.
Este contexto coincide con lo documentado por organismos como la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, que ha señalado que las comunidades rarámuri mantienen formas de vida ligadas al territorio. En estas comunidades, el desplazamiento a pie forma parte de la rutina diaria.
Crecer donde el camino enseña a resistir
Lorena nació en una comunidad rarámuri en Chihuahua, donde el terreno define el ritmo de vida. Las distancias no se calculan en kilómetros urbanos, sino en horas de trayecto entre montañas.
Desde niña acompañó a su familia en recorridos largos. Caminaba o corría para realizar actividades básicas. No existía transporte constante ni alternativas inmediatas.
Ese entorno marcó su desarrollo físico y social. La falta de recursos formaba parte del día a día, pero también existía una estructura comunitaria sólida. Según el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, estas comunidades mantienen sistemas de apoyo colectivo que influyen en la formación de sus integrantes.
En ese contexto, su historia no era excepcional, sino cotidiana. Su hermano explicó en entrevistas que muchas niñas no pudieron estudiar porque debían cuidar animales y apoyar en casa. Esa realidad también formó a Lorena.
Las primeras barreras fuera de su mundo
Cuando salió de su comunidad para competir, el contraste fue evidente. Otros corredores llegaban con equipo especializado y preparación técnica. Ella llegó con los recursos disponibles en su entorno.
Participar implicaba cubrir gastos, realizar traslados largos y adaptarse a espacios desconocidos. Las condiciones no eran iguales. En ese escenario, abandonar parecía una opción posible.
Sin embargo, su relación con correr no dependía de la competencia. Correr ya formaba parte de su vida cotidiana.
El reconocimiento comenzó cuando organizadores notaron su desempeño en carreras de larga distancia. Sin técnica visible, mantenía un ritmo constante. Sin preparación formal, competía al mismo nivel que otros corredores.
Este fenómeno ha sido observado en estudios sobre corredores rarámuri, citados por la National Geographic, donde se documenta su capacidad para recorrer largas distancias con eficiencia física.
La familia como punto de partida
La familia ocupa un lugar central en su historia. Su padre inculcó el gusto por correr a sus hijos, quienes también participan en competencias.
No existieron entrenadores ni metodologías estructuradas. Existió el ejemplo cotidiano. Su padre lo resumió con una frase breve: “A los ganadores no les gusta hablar”.
Esa idea se refleja en Lorena. Su historia no se construye desde el discurso, sino desde la acción constante en su entorno.
La resistencia que no se entrena en un gimnasio
La fortaleza de Lorena no se explica desde métodos convencionales. Su resistencia responde a años de exigencia en condiciones reales dentro de la sierra.
Corre sin tecnología, sin mediciones digitales y con concentración sostenida. Su disciplina no nació en un plan estructurado, sino en la necesidad de continuar cada día.
Investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia han documentado que las prácticas físicas de los rarámuri están vinculadas a su cultura y entorno. Estas prácticas favorecen la resistencia prolongada.
Permanecer sin cambiar
Con el reconocimiento llegó la posibilidad de adaptarse al modelo dominante del deporte profesional. Lorena decidió mantenerse en su forma original de correr.
Sigue utilizando vestimenta tradicional y huaraches. Su decisión responde a una convicción personal y cultural.
En entrevistas, expresó: “Yo corro con huaraches… y uso trajes rarámuris”. También afirmó: “No sería Lorena sin mi falda”.
La vida que no cambia con el reconocimiento
Fuera de las competencias, su rutina permanece vinculada a su comunidad. Participa en actividades cotidianas y convive con su familia.
No existe una separación entre la atleta y la persona. Su vida no gira en torno al reconocimiento. El reconocimiento llegó después de años de práctica cotidiana.
Una historia que trasciende el deporte
La trayectoria de Lorena Ramírez abrió una conversación sobre identidad, cultura y visibilidad de comunidades indígenas en el deporte.
En una de sus pocas declaraciones directas, compartió un mensaje breve: “Siempre deben soñar”. La frase refleja su forma de comunicar, sin discursos extensos.
Más allá de la meta
El recorrido de Lorena no se mide únicamente en competencias. Se entiende desde los caminos que recorrió antes de ser observada por el público internacional.
Cada decisión de mantenerse en su entorno, cada trayecto en la sierra y cada elección de no cambiar forman parte de su historia. Su trayectoria muestra que el reconocimiento puede llegar sin modificar el origen.
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