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SI DIOS ES BUENO, ¿POR QUÉ EXISTE EL MAL?
Esta es probablemente una de las preguntas más antiguas y más profundas que el ser humano se ha hecho.


Por: Brenda Treviño | Fuente: Catholic.net



Esta es probablemente una de las preguntas más antiguas y más profundas que el ser humano se ha hecho. Cada vez que vemos una injusticia, una enfermedad, una tragedia o incluso cuando experimentamos el dolor en nuestra propia vida, surge casi siempre la misma pregunta: si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal?

A primera vista, parece una contradicción, pues si Dios es todopoderoso, podría eliminar el mal, si es infinitamente bueno, debería querer hacerlo y no permitir que sus hijos, especialmente los más vulnerables, sufran.. Entonces, ¿por qué el mal sigue existiendo? La fe ofrece una luz para comprenderlo.

Lo primero que debemos entender es que Dios no creó el mal. En el relato de la creación, el libro del Génesis repite una frase constantemente: “Y vio Dios que era bueno” (Gn 1). Todo lo que Dios crea es bueno porque viene de Él. El mal, por tanto, no es una “cosa” creada por Dios, sino la ausencia o corrupción de un bien que debería estar presente. Es lo que los teólogos llaman privación del bien. Por ejemplo, la oscuridad no es una realidad creada en sí misma; simplemente aparece cuando falta la luz. De manera semejante, el mal aparece cuando el bien es rechazado o está faltando.

Pero entonces surge otra pregunta: si Dios creó todo bueno, ¿de dónde viene el mal? Para esto, te voy a dar dos respuestas desde lo que dice la teodicea, que es el estudio filosófico sobre cómo se puede convivir la idea de que existe un Dios bueno mientras hay mal en el mundo.

Antes de dar estas dos respuestas hay que comprender lo que es el mal. El mal es real en nuestras vidas, todos lo experimentamos, en la forma de una enfermedad, el sufrimiento, el dolor, el temor, la muerte. Pero no se hace presente como un ser, sino como un tropiezo, como una dificultad, como un riesgo, como una imperfección. Por ejemplo, si hay un accidente automovilístico, el auto no “chocó contra el mal” sino que chocó contra un árbol. O una persona que se murió de una enfermedad, no tuvo un “enfrentamiento con el mal”, sino que tuvo una enfermedad. Metafísicamente el mal es la ausencia del bien, porque el mal en sí mismo no existe, no es algo que salga a la calle y me lo encuentre.  El mal es real, pero constituye una deficiencia en el ser, en la función, en la expectativa que tenemos de las personas, no es algo que esté rondando por ahí afuera esperando a que me lo encuentre. 



Ahora si, teniendo el concepto de mal claro, vamos a las dos respuestas:

  1. El mal explicable: la libertad del hombre

La primera es que, uno de los mayores regalos que Dios le dio al ser humano, y este es la libertad. Dios no quiso crear robots que lo obedecieran automáticamente, quiso hacernos sus hijos, capaces de amar libremente. El amor verdadero solo puede existir cuando hay libertad, pero problema es que la libertad también abre la posibilidad del rechazo. El mismo don que nos permite amar a Dios es el que también nos permite darle la espalda. Desde el pecado original, la humanidad ha experimentado las consecuencias de esa ruptura, cómo las injusticias, la violencia, la guerra, el hambre y la indiferencia, la riqueza desproporcionada y el egoísmo. En otras palabras, mucho del mal que vemos en el mundo es fruto de las decisiones humanas, no necesitamos apelar a Dios cuando existe una libertad mal utilizada por el hombre.

  1. El mal inexplicable

La segunda es que, sabemos que no todo el mal puede explicarse únicamente por las decisiones humanas. Existen también el dolor, las enfermedades, los desastres naturales y tantas otras realidades. Todos los males, pero especialmente los inexplicables, en ocasiones se convierten en un reclamo a Dios. Si queremos una respuesta racional, sería que el mal es descubrir que somos parte de la naturaleza, por lo tanto, padecemos enfermedades porque el cuerpo no es omnipotente, y padecemos fenómenos naturales cómo efecto de la propia tierra cómo el resto de los seres vivos cómo tsunamis, incendios, huracanes. Pero esto no es algo que “mande” Dios a nuestras vidas. Lo que sí es cierto es que, con este mal inexplicable, e inclusive con el explicable, Dios nos enseña a sacar cosas buenas para nuestra vida, a verle al mal un sentido trascendental. Porque si de todas maneras existe un mal inevitable, ¿no crees que lo mejor sería sacarle algo positivo que quedarse lamentándose por ello?



  1. La buena noticia

Dios no se quedó lejos del sufrimiento humano, de hecho, su propio Hijo, Jesucristo, vino a esta tierra y experimentó los dolores físicos y sufrimientos más grandes. Jesús al encarnarse en un hombre aceptó el hecho del sufrimiento y la limitación humana. Nace como un bebé en medio de una noche fría en unas condiciones deplorables,  sufrió cansancio, perdió amigos, vio morir a los suyos, sintió hambre, sed y tentación. Pero el mayor de los sufrimientos fue morir en la cruz y cargar con todo el peso del pecado de todos los seres humanos de la historia.

Vivimos en un mundo herido por el pecado, pero también en un mundo redimido por Cristo. Esto cambia radicalmente la forma en que cómo cristianos enfrentamos el mal. El dolor puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios y en un camino de amor. Por eso los santos han repetido a lo largo de los siglos que: incluso en medio del sufrimiento, Dios sigue obrando. San Juan PabloII reflexionó profundamente sobre este misterio en su carta apostólica “Salvifici Doloris”. En ella explica que, desde la cruz de Cristo, el sufrimiento humano entra en una dimensión completamente nueva. Ya no es solamente una experiencia de dolor o de límite, sino que puede convertirse en participación en la obra redentora de Cristo.

Nos recuerda San Juan Pablo II en esta encíclica: “Pero para poder percibir la verdadera respuesta al «por que » del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el «por qué» del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino.” (Salvifici Doloris, n.13)

Esto no significa que el cristiano busque el sufrimiento o que el dolor deje de doler. Significa que, incluso en medio de la oscuridad, el sufrimiento puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios y en una forma misteriosa de participar en la salvación del mundo.

El mal existe, y el sufrimiento forma parte de la experiencia humana, negarlo sería cerrar los ojos ante la realidad. Pero Jesús nos invita a verlo con otra mirada. Ante el misterio del mal en el mundo, nosotros cómo católicos tenemos una gran responsabilidad, pues si mucho del sufrimiento nace del mal uso de la libertad del hombre, entonces  tenemos que utilizar esta libertad responsablemente. No estamos llamados simplemente a preguntarnos por qué existe el mal, sino también a ser instrumentos del bien en medio del mundo. Cada vez que elegimos el bien sobre el egoísmo, la verdad sobre la mentira, el perdón sobre el resentimiento o la generosidad sobre la indiferencia, estamos ayudando a que el mal pierda terreno. 

Recuerda siempre esto: Dios ha querido que nuestra libertad también forme parte en el combate contra el mal en el mundo. 


 







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