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Parte II

Humanidades suplementarias y Viernes Santo
Espiritualidad de la Cruz, reflexiones para la cuaresma.


Por: René Allande Sánchez. Misionero del Espíritu Santo | Fuente: Catholic.net



En cada cuaresma que vamos celebrando el Espíritu viene a despertar “humanidades suplementarias” que descubriéndose desprovistas de humanidad, despojadas de dignidad, abandonadas de los hombres, se descubren invitadas por el Verbo glorificado para continuar lo que falta a su pasión redentora. Porque el Verbo sigue viniendo en cada hombre, porque el Verbo sigue padeciendo en nuestro padecer, continúa muriendo en nuestro morir, solo así iremos resucitando con Él, en Él, porque el Verbo sigue muriendo en toda muerte de hombre. Nuestra muerte no nos pertenece, Él la ha hecho suya. Nuestro pecado es pretender ser señores de nuestra vida y de nuestra muerte, vamos siendo presa de su propia libertad, seguimos pretendiendo ser señores de nuestro proyecto.

 

Cuaresma es la búsqueda de mi propia pasión a la luz de la palabra que se va proclamando. Cuaresma es optar por ser prolongación del morir de Cristo a favor de la humanidad que está a mi alcance y en la opción de ofrecer mi vida por los cercanos, por los que me ha sido dado, saberme muriendo y dando la vida por todos, pues he de aprender que no hay derramamiento de sangre que no sea sangre derramada por los cercanos y los de lejos. Toda sangre derramada sigue teniendo su cauce por las llagas de Cristo. Se me sugieren sintonías de mi morir con su morir, se me sugieren libertades en su libertad y ama en sus formas de amar al hombre.

 

Viernes santo: celebración de mi muerte en su muerte, de su morir en mi morir. Para esto es necesario descubrir la narración de mi proyecto de dar la vida, cómo me quiere dando la vida, cómo me quiere volviendo al Padre, descubrirme, tal vez, incongruente, insatisfecho, lamentando mi forma original de volverme a El, renegando, traicionando, huyendo de mi propia realidad, cargado de máscaras, de simulaciones, de soledades. Lo primero que causa la lectura contemplada del misterio fuente del amor herido es corregir el proyecto, sanarlo, invitarme a ingresar en el abrazo que purifica, que toca el fondo del alma con su mirada que traspasa de parte a parte mis retenciones, mis idolatrías, que si le doy ingreso a su morir de amor, va matando uno a uno mis dioses.



 

La palabra proclamada en la cuaresma, viene impregnada del Espíritu, es palabra que convence, que enamora, que seduce libertades. El Espíritu es restaurador de templos deteriorados, de humanidades cansadas, es sanador del aburrimiento, del deterioro de la existencia. El Espíritu prepara esta humanidad nuestra, la ordena, la hace atractiva al Verbo y al mismo tiempo el Verbo crucificado, en su pasión amor, atrae a su centro nuestra pobre humanidad, a su claustro donde se da el descanso del Padre. Somos su carne, somos su sangre, somos su Cuerpo glorificado, necesariamente cuerpo envuelto en pasión dolor, en sufrimiento y pena, pero ya no nuestro, sino de El. La meta es viernes santo, es el morir de amor, unido al morir de amor de Cristo, que se proclame ese día: Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo según… y que mi nombre se proclame en toda la Iglesia, en el corazón de cada hombre sobre la tierra, porque no padezco sino en su nombre, porque no voy muriendo, sino en su muerte con un Sí plenamente libre. Él quiere celebrar su Pascua en mi pasar, quiere ser todo mío, quiere ser yo y yo quiero ser todo de Él por participación, quiere llevarme consigo.

 

 

“Dicho esto sopló y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”. El Espíritu es el que da la forma de Cristo. Es este el punto de partida de la celebración de la fiesta, la fiesta de las bodas, la de la mutua propiedad que tendrá lugar en mi propio morir, que ya no será un morir en el anonimato, sino el morir de Cristo. Es el Espíritu quien me llevará de palabra en palabra a ir descubriendo mi propia forma de Cristo. Es el Espíritu quien busca en mi cuerpo las señales de Jesús, quien quiere ver, tocar, internarse por mis heridas para escrutar mi corazón, conocer lo que hay dentro, para saber la razón de mis sufrimientos, si no son las señales de Jesús quiere restaurar, quiere reconstruir esta humanidad en una humanidad gloriosa, que finalmente será el lugar de la unión, de la comunión, del amor mutuo, donde el Verbo crucificado glorificado, llegará a ser uno conmigo.



 

Que no nos sorprenda

 

“No los conozco” No me reconozco en ustedes, no me miro en ustedes, no veo mis señales en sus manos, en sus pies, en su corazón, no vienen a mí heridos de amor por causa del hombre, no vienen a mí enamorados de mi Padre. Cómo ir haciendo de nuestras heridas que necesariamente están en nuestro cuerpo, heridas de Cristo, cómo lograr que nuestra tribulación sea la de Cristo, de tal manera que seamos dignos de ser consolados por la fuente del Consuelo, el Padre, de tal manera que seamos en verdad prolongación de las llagas de Cristo a favor del hombre y consolemos con el consuelo recibido de Dios.

 

Quisiera contemplar mi desmoronamiento a la luz del Resucitado. Es solo el Señor quien da razones de mi pasión dolor. Se trata de ir conociendo como soy conocido, de irme mirando desde mi estado actual: Ya he resucitado con Cristo. Me pregunto: ¿Qué es más fuerte, el estar ya en Cristo resucitado, sabiéndome en El, en su conocimiento amor, en su conocimiento intuitivo, o estar presente a este mundo con mi conocimiento reflexivo, pero experimentando las realidades de mi cuerpo con todas sus tendencias y deseos? ¿Cuál es la realidad que influye más en mi ser? Sin duda alguna que debería ser la que me da la certeza de estar ya definitivamente con Cristo en Dios. Sabiéndome allí cómo influir en mi conciencia del estar aquí, porque en El soy con permanencia en su amor, en cambio aquí en este mundo estoy con la inestabilidad en el amor, en proceso de lo definitivo.

 

El saberme ya en el amor permanente me arrastra, me atrae con atracción irresistible, pues las resonancias interiores son memorial de mi ser en El. Por esto considero que lo temporal ha de estar impregnado de la promesa, que el transcurrir esta padeciendo la lentitud del tiempo. Que la conciencia de mi pasar ha de estar animado por la esperanza. La esperanza es la actitud del creyente que lo establece en una constante atracción hacia su ser en Cristo. La esperanza en el presente es tensión hacia el señorío de Cristo donde me tiene profundamente amado.

 







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