Entrevista con el P. Ernesto Simroth Cuevas, L.C.
"No quería ser sacerdote... hasta que Dios me agarró en curva"
Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net

En medio de una Iglesia que sigue caminando con jóvenes, preguntas, búsquedas y anhelos profundos, existen sacerdotes que no solo predican con palabras, sino con su vida. Sacerdotes cuya alegría, cercanía y autenticidad se vuelven un imán para quienes buscan sentido.
Uno de ellos es el Padre Ernesto Simroth Cuevas, Legionario de Cristo, sacerdote desde hace 4 años y 5 meses, actualmente capellán de la Prepa Anáhuac en Mérida, Yucatán. Su forma de acompañar, escuchar y confiar ha marcado a muchos jóvenes… y también a quienes trabajamos con ellos.
Cuando platico con el Padre Ernesto, lo primero que noto es que no responde desde una definición fría, sino desde la experiencia. Así que le pregunto, casi como quien quiere entender más que entrevistar:
“Padre, ¿qué significa para usted ser sacerdote?”
“Ser sacerdote es haber sido escogido por Dios de entre los hombres para responder a un llamado divino. No como un privilegio, sino como una invitación a seguir un camino muy concreto de santidad, configurándose con Jesucristo a través de un sacramento que marca para siempre.”
Para el Padre Ernesto, ser sacerdote ha significado dejar atrás todo lo que Dios ya le había regalado —planes, sueños, proyectos— para recibir todavía más… pero ya no a su manera, sino a la de Dios.
Mientras analizo su respuesta, entiendo por qué muchos jóvenes confían en él. Habla del sacerdocio como un don y una responsabilidad, recordando una frase de san Juan Pablo II que repite con convicción: don y misterio. Un don que no cancela la humanidad, y un misterio que —dice entre risas— espera entender del todo hasta el Cielo.
La conversación sigue y me surge una duda muy común:
“Padre, ¿qué diferencia hay entre ser sacerdote y ser monje?”
Con mucha claridad me explica:
“El sacerdote es un ministro ordenado para el servicio directo de la Iglesia, alguien que actúa in Persona Christi y cuya misión principal es ayudar a Dios en la santificación de las personas, sobre todo a través de los sacramentos.
El monje, en cambio, vive un llamado distinto: una vida de oración y contemplación. Es un hombre que se separa del mundo para rezar por él. Algunos monjes son sacerdotes, otros no, pero todos buscan santificarse desde el silencio, el trabajo y la oración dentro del monasterio.”
Y lo resume con sencillez:
“Digamos que el sacerdote vive más en las calles y en las parroquias… y el monje más en el silencio.”
Entonces llegamos a una de las preguntas que más me interesan:
“¿Cómo decidió ser sacerdote? ¿Cómo fue su llamado?”
Aquí se ríe y me dice algo que ya le he escuchado antes, pero que nunca deja de sorprenderme:
“Dios a mí me agarró en curva.”
Y continúa:
“Jamás había pensado en el sacerdocio. Mis planes eran otros: estudiar medicina, especializarme en Estados Unidos, seguir un camino muy distinto. Todo cambió cuando, después de terminar la preparatoria, decidí tomarme un año sabático y visité el seminario de los Legionarios de Cristo para saludar a unos amigos.
Iba solo por unos días. Llevaba una maleta pequeña. Pero ese lugar me trajo una paz que no sabía explicar. Dos semanas después, tomé la decisión de quedarme como postulante.
Con el tiempo entendí que Dios ya venía sembrando inquietudes en mi corazón. Era feliz, sí, pero sentía que algo faltaba. Que la vida estaba hecha para más. Que mi capacidad de amar todavía no estaba completa.”
Luego me comparte una anécdota que muchos jóvenes entenderán perfectamente: una noche de antro, luces, música, humo, amigos… y de pronto, cerca de las dos de la mañana, una pregunta aparece en su mente sin aviso:
“¿Y por qué no sacerdote?”
Me aclara, entre risas, que no estaba tomado.
“Simplemente así actúa Dios: con preguntas suaves, respetuosas, que no obligan, pero que no te dejan en paz.”
Y añade:
“La vocación siempre llega como una invitación. Es un deseo de santidad que nace de un corazón que ya no se conforma con lo que el mundo ofrece.”
Le pregunto entonces algo que muchos se cuestionan:
“¿Alguna vez dudó de seguir como sacerdote?”
Sin dudarlo, me responde:
“Sí. Varias veces, y agradezco profundamente esas dudas.”
Y lo explica con claridad:
“Las crisis forman parte del camino. Un joven que entra al seminario y nunca duda debería preguntarse si realmente está discerniendo. La duda, cuando se vive bien, no debilita la vocación: la confirma.”
Después añade:
“Después de una buena duda, viene una paz muy profunda. Porque ya no es algo que te contaron, sino algo que viviste.”
Antes de terminar, le hago la última pregunta, quizá la más humana:
“¿Qué es lo más gratificante que ha encontrado en el sacerdocio?”
No habla de logros, ni de números, ni de éxitos visibles. Dice una sola palabra:
“Las lágrimas.”
Y explica:
“Las lágrimas de quienes llegan rotos y se van consolados. Las lágrimas de quienes experimentan el perdón, la misericordia y el amor de Dios.”
Luego concluye:
“Cada vez que alguien se encuentra con Jesús a través de mi sacerdocio, puedo ver claramente la mano de Dios tocando su alma.”
Y cierra con una frase que se queda resonando:
“¿Quién soy yo para que Dios haga tanto a través de mí?”
Al terminar esta entrevista, me quedo pensando que el sacerdocio del Padre Ernesto no se explica solo con palabras, sino con presencia, escucha y alegría. Con esa capacidad de mirar a los jóvenes sin juicio, de acompañarlos sin prisa y de confiar en que Dios sigue llamando, incluso cuando parece que nadie escucha.
No es casualidad que san Juan Bosco dijera:
“Los jóvenes no solo son el futuro de la Iglesia, son su presente más vivo.”
Y al ver a sacerdotes que creen en ellos, que los escuchan, los forman y caminan a su lado, uno entiende que la Iglesia sigue viva porque sigue apostando por los corazones jóvenes.
Tal vez hoy más que nunca necesitamos pastores que, como el Padre Ernesto, nos recuerden que Dios sigue llamando, que la santidad no es cosa del pasado y que vale la pena entregar la vida entera por Aquel que —como él mismo dice— no quita nada… y lo da todo.














