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El Dios hecho hombre no es un invento de los cristianos
¿Cómo al ejemplo de María, podré yo recibir al Divino Niño que quiere nacer en mi corazón ?


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.Net



Se habla mucho de que, en nuestro mundo secularizado, la Navidad ha ido perdiendo su sentido autentico, para convertirse en una celebración profana, en donde ya no tienen cabida la simbología religiosa. Acabo de salir a la calle, aquí en Madrid, con la intención de comprar una postal navideña con motivos religiosos, tal como Dios manda, para poder felicitar así, junto con mi esposa, a unas monjitas amigas nuestras y al final he tenido que regresar a casa con las manos vacías.

 

Postales navideñas había para todos los gustos y colores: paisajes nevados, renos, papá Noel, abetos con bolitas, pinos con regalos, con música, sin música etc., lo que no encontré fue una sola que hiciera alusión al misterio divino. No acabo de entenderlo, como tampoco entiendo el intento fallido de U.E de sustituir “FELIZ NAVIDAD” por “FELICES FIESTAS”. Pareciera como si todo el mundo tuviera derecho a celebrar la Navidad menos los cristianos. Ya no solo en la calle, también en los hogares las fiestas de Navidad han dejado de ser lo que eran para convertirse en una celebración social y familiar. La gente en estos días se muestra más amable y servicial, busca desesperadamente el calor humano y los valores familiares que parecían olvidados vuelven a primer plano. La Navidad Laica sirve de motivo para que las familias y los amigos sientan la necesidad de reunirse y todos juntos vivir momentos de confraternidad y recordar con nostalgia las ausencias de quienes ya partieron. En una palabra, la magia de la Navidad, que nadie sabe bien lo que es, se deja sentir en todos los corazones. No dudo que esto sea valioso y estimable, lo que quiero decir es que esto no lo es todo, ni siquiera es lo más importante. No hay Navidad auténtica sin Dios, sin Belén no habrá verdadero gozo interior, porque como dice Luigi Giussani ”La Navidad es “la Buena Nueva” de que este lugar existe y no en el cielo de los sueños, sino en la tierra de una realidad carnal “ Si no damos crédito al hecho histórico de que, en un momento de nuestra historia humana, el Dios inaccesible de Abraham, Isaac y Jacob, abandonó su eterna morada celestial en la que era infinitamente feliz, para descender a nuestra tierra y revestirse de nuestra condición humana, si no partimos de aquí, entonces estamos condenados a vivir sin esperanza

Ya sé que lo que sucedió aquella divina noche en Belén, es un misterio inaccesible, imposible de comprender, que no cabe dentro de nuestros cálculos humanos, pero también sé que los misterios no están ahí para ser analizados a través del microscopio, sino para ser ensalzados, para ser reverenciados y caer de rodillas ante ellos, después de haber dado crédito a la palabra de quien no puede engañarse ni engañarnos. Sí, la Navidad es un hecho histórico y real que sacia y llena nuestro humano corazón hasta rebosar de alegría.

 



El relato evangélico de lo sucedido en Belén hace dos mil años, es la más apasionante historia que trasciende toda imaginación humana. Obra es del Dios-Amor y solo a Él se le pudo ocurrir semejante locura. Nuestras esperanzas vuelven a renacer al saber que Dios mismo se ha hecho uno de los nuestros, para acompañarnos en nuestra complicada y apasionante aventura de vivir. Hemos dejado de ser huérfanos y lo que desde Adán venía siendo un destierro se ha llenado de la gloria de Dios, trayéndonos la esperanza que tanto necesitábamos. “Navidad”, “Emmanuel”, “Dios con nosotros", todo es una misma cosa ¿Cabe gozo mayor? La alegría navideña nace del convencimiento de que Dios bajó a nuestra tierra y se hizo uno de los nuestros. Todos los hombres y mujeres, sin excepción, tienen motivos para estar alegre al llegar Navidad, porque, pensando en todos, nació el Salvador. Su venida al mundo ha de entenderse como un acontecimiento salvífico universal, que abarca a todo el género humano, igual para los buenos que para los malos, lo mismo para los que creen como para los que no creen. Nació para los pastores, que presurosos fueron a adorarle, pero también para aquellos que no le recibieron, cerrándole la puerta y negándose a darle techo y cobijo.

La Navidad hay que verla como el recordatorio del acontecimiento histórico de todos los tiempos, que sucediera hace dos mil años en el humilde pueblecito de Belén, perteneciente a la región de Judea en la Cisjordania. No se trata de un simple cumpleaños a lo humano, no. EL nacimiento del Niño-Dios trasciende el paso de los tiempos. En sentido espiritual, ÉL sigue naciendo todos los años en nuestros corazones, acontecimiento del que nos dan cumplida cuenta los autores místicos: “Dios se convirtió en Hombre para que el hombre se convirtiera en Dios” fue el tema recurrente de los Satos Padres en la Iglesia de Oriente. Desde esta perspectiva, habría que decir no ya que no somos meros espectadores de este acontecimiento trascendental, sino actores importantes

¿Cómo al ejemplo de María, podré yo recibir al Divino Niño que quiere nacer en mi corazón ?

La pregunta produce escalofríos.

 



“Cuando venga, ay yo no sé,

con qué le envolveré yo,

con qué….

Dímelo, que no lo sé,

con qué le tocaré yo,

con qué…

con qué le besaré yo,

con qué…

con qué le abrazaré yo,

con qué…

con qué manos le tendré

que no se me rompa, no,

con qué” (Gerardo Diego)







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