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La debilidad del no nacido
Los concebidos aún no nacidos, que llevan la pobreza de ser los más pequeños y débiles, merecen que se respete su derecho a la vida y se les tenga un gran aprecio, conforme a la enseñanza de la Dilexi te.


Por: José María Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.Net



El concebido, aún no nacido, no es un mero objeto, un bulto problemático que se cruza en la existencia, un estorbo en el camino, algo que no sea merecedor de atención y de aprecio, una cosa que pueda ser ignorada, una basura que ensucia el espacio vital, algo ante lo que haya que mirar a otro lado. Por el contrario, desde el instante de la concepción, que coincide precisamente con el momento de la fecundación, existe una nueva persona, un quién, que, en cuanto tal, es tan digno como cualquier otro ser humano. Es ya una persona amada por Dios, dilexi te, una imagen de Dios, un ser redimido por Cristo, y para el que Dios quiere la felicidad del cielo.

El aborto provocado consiste en la supresión voluntaria de la vida del concebido, aún no nacido. El aborto puede lograrse por diversos medios. Así, por ejemplo, troceando el cuerpo del no nacido. Hay abortos que pueden conllevar mucho sufrimiento para el ya concebido.

El Papa Juan Pablo II, en la encíclica “Evangelium vitae”, se refiere a los niños ya concebidos, pero aún no nacidos, como a las personas más débiles e indefensas. Ellos son los más pequeños. Son pobres. No tienen voz. Son pobres, son los más pequeños, son los más débiles, etc.

El Papa León XIV, en su exhortación apostólica “Dilexi te” afirma que Nuestro Señor Jesucristo se ha identificado con los más pequeños de la sociedad. Al respecto, cita reiteradamente Mt. 25, 40: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Así pues, cada vez que lo hicieron con el más pequeño, lo hicieron con Cristo Jesús, esto es, con el que es perfecto Dios, y perfecto hombre. A su vez, san Juan Crisóstomo recuerda que en los pobres muere Cristo.

La afirmación de la existencia de una relación muy profunda entre Cristo y el pobre, además de estar constatada en la Sagrada Escritura, es una realidad constante en la religión católica. Fácilmente pueden encontrarse al respecto tantísimas citas de santos y de Papas.



El gran san Agustín afirmó que en el pobre hay una presencia sacramental de Cristo. El Santo Padre san Pablo VI aseguró que los pobres son representantes de Cristo. El Romano Pontífice san Juan Pablo II recordó que en los pobres hay una presencia especial de Cristo. La Iglesia sabe reconocer en los pobres el rostro de Cristo. El Papa Francisco ha señalado que la Iglesia sabe reconocer en el pobre la carne de Cristo. La Santa Madre Iglesia ve a Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren.

Lo que se hace con el aborto en esos pequeños se hace a Cristo. Pero, el aborto lo que hace es suprimirles la vida. Se puede pues concluir que, mirando a Cristo, el aborto provocado es una realidad gravísima.

El aborto convierte a los niños concebidos, que aún no han nacido, en material de desecho, en descartados, excluidos, extremamente marginados, asesinados, objeto de lo que es peor que la indiferencia y el olvido. En ellos viene despreciado su dolor, o desgarro, o tortura, o tormento.

Proliferan las políticas abortivas. Las leyes que aprueban el aborto son tiránicas y despóticas, y forman parte del imperio del dinero, de la dictadura de la economía que mata. Ningún político puede decir, sin caérsele la cara de vergüenza, que está del lado de los pobres, si promueve la injusticia intolerable del aborto, desentendiéndose así de los más débiles.

La Iglesia está siempre a favor del derecho a la vida, acoge y ama a los más débiles, a los más pequeños. Realidad ésta que se ha llenado de una inmensa ternura en tantísimos santos.



 







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