¿Amar a mis enemigos?
Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net

Todos conocemos el mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”. También recordamos la frase que Cristo nos dio: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.
Pero qué diferente suena cuando nos pide:
“A ustedes que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odian” (Lucas 6,27).
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo puedo amar a mi enemigo?
Por algo se ganó ser mi enemigo, ¿no? ¿Cómo puede Cristo pedirme que ame a alguien que me hace daño o con quien simplemente no tengo una buena relación?
Esas fueron preguntas que me hice por mucho tiempo. Para encontrar respuestas, tuve que aprender a mirar como lo hace Cristo.
Sabemos que su misericordia es infinita, y que su amor es tan grande que, incluso en la cruz, después de todo el sufrimiento, nos perdonó. Pero, ¿cómo podemos hacer algo siquiera parecido?
En los evangelios hay una pista muy poderosa. Cuando describen la mirada de Jesús, dicen:
“Él lo miró con amor”.
Siempre me detuve en esa frase: ¿qué significa realmente mirar con amor?
Y no, no se trata de mirar con ternura superficial o “hacerle ojitos” a alguien. Mirar con amor, como lo hace Cristo, es ver más allá del error o la herida. Es mirar como un Padre que, aunque su hijo tenga 30 años, sigue viéndolo como un niño al que ama profundamente.
Pero no hay que confundirlo: mirar con amor y misericordia no es decir “pobrecito, hay que perdonarlo porque está herido”.
Mirar con amor significa reconocer al otro como un hermano, que también ha sufrido, que también tiene heridas y que, aunque no sepa cómo manejarlas, merece el bien.
Cuando aprendemos a mirar así, algo cambia dentro de nosotros.
Si ves a alguien como Cristo te ve, esa persona deja automáticamente de ser tu enemigo.
Por eso, cuando Jesús nos dice “amen a sus enemigos”, en realidad nos está invitando a descubrir que no existen enemigos, sino hermanos necesitados de compasión, amor y misericordia.
Pidamos a Cristo que nos enseñe a mirar como Él mira: sin rencor, sin prejuicio, sin miedo.
Porque cuando Cristo te ve, no mira tu pecado ni tu ofensa, sino el amor que tu alma necesita para volver a su encuentro.














