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Hospitalidad, caridad con el peregrino
La Iglesia, de cara a esta realidad, nos invita a dar posada a los peregrinos


Por: Laureano López, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



El hombre en su vida experimenta el ser huésped en este mundo, y al mismo tiempo, el ser extranjero en esta Tierra. Esta doble perspectiva le ayuda a vivir con actitud de peregrino y a practicar la virtud de la hospitalidad.


La Iglesia, de cara a esta realidad, nos invita a “dar posada a los peregrinos”. Ésta es una obra de misericordia corporal por la cual la caridad se manifiesta concretamente en hospitalidad. El cristiano, como peregrino físico y espiritual, está llamado a vivir una hospitalidad física y espiritual.

La peregrinación física siempre ha existido. Desde los inicios del cristianismo ha brotado un deseo de visitar aquellos lugares donde vivió Jesucristo. Sin embargo, el motivo más profundo de estos viajes era el imitar al Cristo, quien fue peregrino desde su infancia y durante su apostolado, pues iba de ciudad en ciudad predicando el Evangelio hospedándose con personas generosas.

El Evangelio de san Lucas, considerado el “Evangelio de la misericordia”, narra diversos episodios con personas que recibieron al Jesús peregrino. Así, vemos el encuentro con Zaqueo: Baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. Este se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador” (cf. Lc 19-5-7). También contemplamos el episodio con Marta y María, hermanas de su amigo Lázaro. “Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra” (Lc 10, 38-39). Cristo nos enseñó a ser peregrinos y, al mismo tiempo, nos invita a ser buenos anfitriones.

Ciertamente en muchas ocasiones no nos será posible peregrinar u hospedar a alguien físicamente. Por ello hay una dimensión espiritual de estas dos realidades. San Agustín decía: “nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. La vida terrena es una peregrinación espiritual hacia la patria eterna porque “nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Flp, 3,20). Para acertar en nuestras acciones cotidianas, siempre nos ayuda recordar esta realidad: estoy de paso por este mundo.

A quienes viven con esta actitud de peregrinación espiritual, Cristo les dice “en la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, se los habría dicho; porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y les tomaré conmigo, para que donde esté yo estén también ustedes” (Jn 14, 2-3). Por ello, el Señor será nuestro gran anfitrión en la eternidad.

El Papa Benedicto XVI nos invita a hospedar a Cristo en nuestro corazón y a una nueva peregrinación espiritual al hablar de la Eucaristía. “Queridos amigos, esta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros […] y nos invita a la peregrinación interior que se llama adoración” (Homilía del 20 agosto de 2005).

De esta manera, recibir a Cristo en la Comunión y participar en la adoración Eucarística se nos presentan como dos realidades concretas para poder vivir esta peregrinación y hospitalidad espiritual.

Al reflexionar sobre la profundidad del “dar posada al peregrino”, nos queda únicamente en esta cuaresma el seguir el ejemplo de Cristo, quien nos exhortó a vivir las obras de misericordia con nuestros hermanos: ¡Vete y haz tú lo mismo!

 

 

 

 



 

 

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