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El paso necesario por el desierto
Así como sucedió con Jesús, lo mismo sucede con nosotros, el Espíritu nos empuja al desierto para ayudarnos a fortalecer la vocación que tenemos.


Por: Pbro. Francisco Ontiveros | Fuente: Semanario Alégrate



La imagen del desierto

Mucho ayuda comprender el ambiente en el que fue escrita la Biblia, para entender, al menos un poco, el asunto del que hablan los autores sagrados. No podemos alcanzar una verdadera comprensión del mensaje de la Palabra de Dios si no nos situamos en el ambiente que ha sido el caldo de cultivo de lo que ahí nos es narrado. Conviene aclarar que, en el ambiente de Palestina, los desiertos no son lugares de arena, como los que vemos de este lado del mundo, sino montañas calcáreas de mínima vegetación. Son parajes despoblados (Jb 38,26). El desierto es un lugar abandonado, árido, inseguro y habitado por demonios (Jb 24,5; Is 30,6). De tal manera que es un lugar crudo, inhóspito, terrible… (cfr. HAAG Herbert, Breve Diccionario de la Biblia, 166).

La tentación en la vida de Jesús

Mateo y Lucas son más fértiles en los detalles sobre la estancia de Jesús en el desierto y la serie de tentaciones que ahí experimentó. Lucas fundamentalmente es el que coloca un guiño entre el desierto y el Calvario. Para ayudarnos a conocer a Jesús profundamente, la Escritura nos muestra esplendorosamente que Jesús vivió constantemente expuesto a la tentación. Incluso, cuando al inicio de su ministerio, allá en el desierto el tentador le sale al encuentro ofreciéndole los estímulos por excelencia, pues fueron las tentaciones de Adán en el paraíso y las tentaciones de Israel en el desierto (CatIC 538), Jesús lo rechaza manteniéndose fiel. Es inmediatamente ahí donde el autor sagrado deja una afirmación sorprendente: “el tentador se fue para volver hasta el momento oportuno” (cfr. Lc 4,13). Estando Jesús en la cruz, recibe las mismas tres tentaciones, ahora de los magistrados, de los soldados, incluso de uno de los malhechores (cfr. Lc 23,35-39). Un género literario que usa la Escritura (la inclusión) para indicar que Jesús fue tentado siempre.

El lugar de los enamorados



Es muy elocuente la manera en la que el profeta Oseas habla del desierto. Cuando Dios está hablando en un tono de enojo y molestia por las contrariedades del pueblo, en la parte de los castigos a la esposa infiel, afirma que no se compadecerá pues se siente deshonrado. Es más, Él pondrá al descubierto la vergüenza de los amantes con quienes se ha prostituido la esposa infiel (imagen del pueblo y de cada uno), en lugar de proferir un castigo ejemplar y sin remedio, Dios ardiente en amor por su pueblo continúa: “voy a seducirla, a llevarla al desierto para hablarle al corazón” (cfr. Os 2,16). El profeta nos ayuda a entender que el desierto es el lugar de los amantes, de los enamorados, de la reconciliación, de la esperanza. Es el lugar en el que Dios seduce a su pueblo infiel, es bella la imagen del desierto: el lugar de los “amantes enamorados” que se ofrecen esperanza, que se dan una nueva oportunidad desde el más hondo amor.

El Espíritu nos lleva al desierto

Así como sucedió con Jesús, lo mismo sucede con nosotros, el Espíritu nos empuja al desierto para ayudarnos a fortalecer la vocación que tenemos. La tentación forma parte de la vida de todos; no podemos eludirla. Nos acompaña como una sombra en cada paso que damos. Pero la tentación nos ofrece el servicio de ayudarnos a reconocer si estamos haciendo lo que tenemos que hacer en el camino de la propia vida, o si ya hace tiempo que dejamos de entregar la vida como la ofrenda en la vocación a la que hemos sido llamados.







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